Quiero recibir el boletín>>

Home

Entrevista Interactiva Versión Imprimible Ficha Punto de Vista
  Cristián Meneses SJ:
"Acercar a Dios a la vida de la gente"
 
  versión para imprimir

Algo Pendiente...

Mi familia es de Osorno. Cuando tenía cinco años, mis papás compraron una casa chiquitita en la población Pampa Alegre. Vivir ahí fue súper importante para mí. Era una población de viviendas básicas y yo me acuerdo que tenía mis amigos de la “pobla”, a los que mi mamá les decía “los pungas”. Yo vivía con piojos, jugando a la pelota, siempre cochino. Fue muy bonito, ahí empecé a vivir la experiencia de la amistad con otros. A los 10 años mis papás vendieron esa casa, y nos fuimos a un sector mucho más acomodado. Gran alivio para mi madre y mi familia, pero para mí fue una tristeza grande. Yo seguía andando medio embarrado, y mi mamá me mandaba a cambiarme de ropa porque no podía andar así en ese lugar. Ya no tenía a los amigos para pelotear, me cambió bastante la vida.

En ese nuevo lugar conocí al que hoy es mi mejor amigo, Cristián López, que actualmente es Director Social del Hogar de Cristo en Valdivia. Era mi vecino y estaba dos cursos más arriba que yo en el colegio San Mateo.

Entré en kinder a ese colegio que me marcó profundamente, en especial desde quinto básico. La participación que tienen los alumnos en muchas actividades del colegio fue súper importante y me llamaba la atención. Yo no tenía grandes habilidades académicas, pero siempre participé mucho en el colegio. Estuve en los Lobatos, fui rutero Scout, ingresé a la CVX donde estuve en el Consejo de Servicio, participé en la directiva de mi curso y desde primero a cuarto medio estuve en el Centro de Alumnos, donde fui presidente.

En tercero medio, los trabajos sociales me marcaron mucho. Yo era bueno para carretear, pero recuerdo que me tocó en una cuadrilla con amigos que eran más buenos que yo para el carrete. Era un grupo desordenado, pero cuando íbamos a trabajar a las poblaciones, nos poníamos más serios. Nunca me voy a olvidar un día que llegamos a una mediagua en muy malas condiciones Era invierno y quedamos todos impactados, como paralizados. Yo tomé la iniciativa de entrar a la mediagua y de armar el cuento ahí. No me di cuenta, pero después me lo reflejó mi asesor de cuadrilla. Pienso que ahí se despertó una inquietud social fuerte y se fue tejiendo algo súper importante, por el lado de lo social, y también por el lado de la amistad.

A nivel espiritual, participar en el Movimiento scout fue clave. El contacto con la naturaleza y los campamentos en las noches, en la Décima Región que es súper bonita, me ayudaron a reflexionar. Recuerdo haber pasado muchos ratos solo, en los que me fui haciendo amigo de Jesús. Tenía mis amigos, lo pasaba muy bien, pero también recuerdo muchas veces haber sentido una presencia mayor, que yo vinculaba a Dios. Sentía que Jesús me acompañaba.

En sexto básico empecé a ir a fiestas y a fumar. En ese sentido creo que me adelanté a las etapas y fui un poco precoz. Pero en segundo medio entro a la CVX y ahí se abre todo un mundo nuevo, con la posibilidad de poder tener amigas, ya no sólo de las fiestas sino que más en serio también. Hay algunas con las que aún mantengo amistad.

Ahí conocí a mi primera polola formal. Antes había tenido muchas “pinchadas”, pero esa fue la primera vez que me dio retorcijón de guata pedir pololeo. Estuve como tres o cuatro meses detrás de ella, para que me “pescara”. Pololeamos cerca de un año, pero yo vivía siempre ocupado con muchas cosas, entonces ella se enojaba conmigo. Muchas veces ella me dijo “te apuesto que tú vas a ser jesuita”, yo le decía, “estai más loca que voy a ser jesuita yo”.

Cuando pololéabamos salíamos a caminar. Para ir a su casa pasábamos por un campamento. Ella también vibraba harto con lo social. Hablábamos de que cuando fuéramos grandes esto iba a ser un tema importante para nosotros… nos proyectábamos como pareja en el futuro, estábamos bien enamorados.

Cuando la iba a dejar a su casa, en estas despedidas que duran como una hora, era mucho tiempo de estar en la puerta de su casa, con la puerta media abierta, sin hacer ruido para que no se despierten. Y me acuerdo que ella quedaba mirando hacia fuera y yo hacia adentro. Ella habría la puerta y justo en la pared había un crucifijo. Yo la abrazaba y me quedaba mirando el crucifijo también. Y yo sentía ahí “algo que tengo que elegir acá”, era como elegir entre lo que para mi representaba esa cruz o estar con ella.

Después terminamos el pololeo, pero siempre mantuvimos el contacto y a veces volvíamos a andar. Nunca volvimos a pololear formalmente, pero varias veces retomamos la relación, aunque sin que madurara mucho. En el Noviciado me di cuenta de que estuve bien enamorado de ella, y agradecer ese sentimiento que fue muy fuerte entre los dos. Ahora cuando alguien me dice que está enamorado, puedo entender un poco lo que está sintiendo.

Tuve otras dos pololas, que fueron formales pero ninguna duró mucho tiempo.

Salí en 1994 del colegio, apenas porque me iba súper mal en la parte académica. Incluso tuve que dar pruebas especiales para egresar en cuarto medio. Desde niño recuerdo que tenía una inquietud por el tema del mar…en Osorno sólo se veía el canal 7, entonces yo crecí viendo “Chips, Patrulla Motorizada”, “Área 12” y “El Mundo Submarino de Jacques Cousteau”. Me gustaba harto ese programa, y sumando eso a mi cariño por la naturaleza aprendido en los Scout, decidí postular a Biología Marina en la Universidad Austral de Valdivia. Pero como me fue súper mal en la prueba de aptitud académica quedé en lista de espera. La Universidad de Los Lagos, en Osorno, daba Ingeniería en Acuicultura, que se parece a Biología Marina pero más enfocada a la parte comercial. Finalmente entré a esa carrera.

El desafío de la universidad era el probarme que podía estudiar. Me fue bien en el primer semestre, pero no me proyecté en la carrera. Lo pasaba bien, estaba muy cómodo en Osorno, viviendo en la casa de mis papás. Pero también tenía la inquietud de salir de la ciudad, como la mayoría de los estudiantes, y además no había sintonizado con la carrera.

Entonces vino un período de crisis existencial. No sabía qué iba a hacer con mi vida. Fue un período de mucha angustia, pasé todo el segundo semestre súper enrollado. Mi padrino de confirmación, que era mi profesor de filosofía en el colegio, fue muy importante en ese momento. Estuvo todo el tiempo escuchándome. Conversando con él y con algunos amigos, pensé en cambiarme a la carrera de Ingeniería en Ejecución Agrícola. Era lo que habían estudiado mis papás y me permitía seguir en el área de las ciencias naturales.

En marzo del año siguiente entré a esa carrera en el Inacap de Temuco. Fue espectacular, porque tuve un curso más chico e hice buenos amigos. Al principio llegué a un hospedaje y después terminé viviendo en una cabaña, con un chiquillo que estudiaba mecánica y una amiga de Osorno.

Me fue muy bien en la carrera. Tenía un buen grupo de estudio, me gustaba salir al campo. Sentía que todo estaba bien.

Reconozco que tenía una inquietud vocacional desde que salí del colegio. Tenía preguntas, pero siempre ponía barreras. Antes de partir a Temuco me decía “esto me viene porque estoy en Osorno, al lado del colegio, estoy engrupido”.

El primer año que estuve en Temuco, viviendo en el hospedaje, estuve bastante solo y con mucho tiempo para pensar. No conocía mucha gente y lo único que tenía que hacer era estudiar. Iba correr al cerro Ñielol y también carreteaba, no es que estuviera tan encerrado, pero ahora miro hacia atrás y veo ese año como una especie de retiro, porque tuve mucho tiempo para pensar.

Vivía mi experiencia espiritual con mucha timidez en Temuco, ninguno de mis compañeros tenía formación religiosa entonces no podía compartir ese ámbito con ellos. Además igual carreteaba harto, entonces tampoco era el profeta ni mucho menos, no tenía fama de santurrón. Pero de repente carreteando, yo siempre quedaba mirando el panorama y sentía que Dios quería algo de mí.

Por el hospedaje circulaban personas que pasaban temporalmente. Como yo vivía solo ahí y no conocía mucha gente en Temuco, conversaba con ellos. Fue un tiempo de escuchar muchas historias. Algunos me hablaban más en serio de su vida y después yo quedaba pensando en ellos. Tenía el sentimiento de que Dios quería decirles algo, pero quizás ellos no se daban cuenta. Sentía que Dios quería estar con ellos, y me daban ganas de que ellos se dieran cuenta que Él estaba con ellos. Lo mismo me pasaba cuando tenía alguna conversación más profunda con mis compañeros de universidad.

Ahí me di cuenta de que había algo más en serio, en esa lógica, en eso que me pasaba a mí, que me tocaba muy profundo en el corazón. Entonces yo decía, si me va bien en todo esto, está todo bien, pero aquí hay algo pendiente. Caminaba, veía a un mendigo en la calle y decía esto no está bien. Y así esta inquietud vocacional fue creciendo.

Una vez iba pasando por fuera de un local del Hogar de Cristo y vi una estampita del padre Hurtado donde decía. “Digan que el Señor me ha ungido sacerdote para distribuir su cuerpo, su palabra y su perdón”. Me acuerdo que leí eso y me dije, “yo quiero esto, quiero acercar a Dios a la vida de la gente”. En ese anhelo se empieza a formular más seriamente esto de ser jesuita.

Durante mi tercer año en Temuco se enfermó el papá de mi mejor amigo. Viajé mucho a Osorno a verlos. La experiencia de dolor al acompañar a mi amigo y a su papá me marcó fuerte. Yo me decía “aquí tengo que estar acompañándolos”, sentía que estaba llamado a estar con ellos. Finalmente él murió y me tocó acompañar todo el proceso del funeral.

En esa época además mis papás tuvieron una crisis matrimonial fuerte, por lo que también tuve que estar mucho en mi casa, acompañándolos a ellos y a mi hermana. Yo me sentía acompañando como hijo, pero de algún modo, sentía que también estaba más que como hijo. Me parecía que Dios me pedía estar con ellos y ayudar en algo ahí.

Todas esas experiencias me sensibilizaron el corazón, me abrieron a mis preguntas más profundas y me permitieron verme haciendo algo que de alguna manera es sacerdotal. Recuerdo una vez que no estaban mis papás, haber bendecido mi casa yo solo, esparciendo agua por todos los rincones de mi casa, pero con una confianza en Dios muy grande.

Esa época fue clave para darme cuenta de que Dios me pedía algo, que me invitaba a algo. Y descubrí que esta pega de acompañar me tomaba mucho el corazón, independientemente de que en ese minuto lo estuviera viviendo con gente cercana, como mi familia y mi mejor amigo.

Me di cuenta de que en Temuco había estado haciendo lo mismo, con las personas del hospedaje, con mis compañeros de curso, profesores, personas que me encontraba en la calle. Mi vida estaba siendo eso: tratar de ser un puente para acercar a las personas a Dios, quizás porque para mí había sido muy importante la cercanía de Dios en mi propia vida.

Ahí está el germen de mi vocación: en acompañar a los demás, acercarlos al Señor. Es lo que sigo haciendo hoy como jesuita, con más herramientas y razones, pero fundamentalmente, es lo mismo.

Cuando le conté todas estas inquietudes a mi acompañante espiritual, él me contó de la jornada vocacional. Era en enero, en Santiago. A pesar de que fui, pude hacer los ejercicios espirituales y vivir en el Hogar de Cristo, ni mi mente ni mi corazón estaban abiertos en ese momento. Tenía miedo y me sentía inseguro. Es muy difícil dar paso sin estar 100% seguro. Pero entrar a la Compañía es dar un paso, sin estar 100% seguro. Siempre hay un cierto porcentaje de la decisión que hay que ponerlo en las manos de Dios. Pero en ese momento yo quería una certeza, entonces me dije “no voy a poder”.

Fui uno de los pocos que participaron en la jornada vocacional que decidió no postular a la Compañía. Volví a mediados de enero a Osorno, y el mismo día me junté con varios amigos en la casa. Estuve con mi ex polola, igual nos dimos unos besos, y ese día yo traté de dejar el tema ahí. Pero igual quedé súper atravesado con este tema, en los días posteriores me volví a encontrar con ella, pero no quedaba tranquilo. Lo que yo pensaba que se había acabado seguía presente y me inquietaba.

Durante todo el verano seguí dándole vueltas al tema. Tuve un verano súper tranquilo, me quedaba en la casa, trataba de rezar un poco más. No fue como mis veranos anteriores que eran súper carreteados. Conversé mucho con mis amigos más cercanos, no tuve nada más con mi ex polola ni con ninguna mujer. Sentía que para tomar una decisión tenía que estar indiferente de todo.

Y en esta especie de retiro, algo fue pasando por dentro. Hasta que en marzo, estando en la casa de unos amigos en Temuco, me dije “ya basta, qué onda, por qué hago esto, es sí o no, detrás de toda esta inquietud parece que está Dios”. Me preguntaba por qué me daban ganas de ser jesuita y ser cura. El para qué lo tenía claro, pero el por qué, lo que estaba detrás de esto, me costaba más descubrirlo. Al final pude ver que lo que estaba en el fondo era Dios.

En ese momento me atreví a ir a hablar con el Provincial, que justo estaba en Osorno. Él, muy “pillo”, me recomendó que hablara con los examinadores (psiquiatra y psicólgo) que hacen el proceso de postulación. Me dijo “conversa con ellos para que te aclares, después me cuentas, yo te doy mi opinión y ahí vemos qué pasa”. En realidad, él me mandó a postular derechamente, pero no me lo dijo así. Después de hablar con los examinadores, el Provincial llamó y me dijo que había hablado con ellos y que dieron buena opinión de mí, así que no tenía ningún problema en aceptarme en la Compañía, si yo quería. Quedé entre la espada y la pared.

No lo pensé mucho y le dije “ya, echémosle para adelante”. Él me dijo, “vas a ser muy feliz en la Compañía”.

De vuelta, en el bus a Osorno, todo el rato me iba preguntando qué hice. Sentía que había dado un salto al vacío. Fui rezando con un denario que me había regalado el provincial en el bus, pidiendo que ese salto al vacío ojalá fuera lo correcto.

Mis papás me apoyaron mucho, ellos son bien creyentes, entonces ante las cosas de Dios, doblan la rodilla solamente. De a poco le empecé a contar a mis amigos de Osorno. Muchos decían “si, yo veía algo de esto en ti”, y muchos me decían “estai h…, ¡cómo vos!”.

Cuando conté en Temuco fue impresionante. Nadie podía creerlo. Cuando fui a congelar la carrera, y me acuerdo que a donde yo iba me seguía una fila de compañeros haciéndose preguntas.

Después vino todo el tiempo de las despedidas. Mis compañeros de universidad me hicieron un tremendo asado en un galpón, al potrero libre. Fue un tremendo carrete, creo que yo era el único cuerdo y lúcido en ese carrete. Es que desde que me aceptaron en la Compañía me cuidé harto y traté de portarme bien.

En ese tiempo todo el mundo te dice que te vaya bien, que has elegido el mejor camino. Pero por dentro uno dice “qué hice”, a todos les respondes que si, pero por dentro hay un gran espacio de muchas preguntas y que después cuando entras a la Compañía se van poniendo en las manos de Dios. ¿Voy a ser capaz o no? ¿Cómo será la Compañía por dentro?

Adentro de la Compañía

El 18 de abril de 1999 entré a la Compañía, después que los demás, junto con otro jesuita que también postuló más tarde que lo normal.

Empiezas a vivir la parte más real de la Compañía, ves que estás viviendo con sujetos y que no con todos te llevas bien, y uno se empieza a preguntar, bueno, ¿es esto lo que quiero, esto es lo que buscaba? Y a veces es decir “mira, mucho de esto si, pero mucho de esto, no. Tampoco me lo imaginaba” .

Al entrar a la Compañía, específicamente al Noviciado, vienen cambios fuertes. Los horarios y la vida entera están muy normados. Uno que viene de una vida con carrete, de quedarse casi todos los días levantado hasta tarde, tiene que acostumbrase a esta nueva dinámica. Eso se vive con mucha paciencia. Reconozco que puse mi esfuerzo y me la fui jugando para acostumbrarme a esta nueva vida. Puse esfuerzo para calmarme y para ir acogiendo este estilo de vida.

El Noviciado es una etapa de mucha introspección, de revisar tu vida presente, pero también tu historia. Se empiezan a abrir muchas ventanas de diferentes ámbitos como la vida afectiva, la familia, los amigos. Hay varias experiencias marcadoras. El mes de Ejercicios Espirituales, el Diario Intensivo de Progoff, hacemos muchas revisiones de vida, conversas con el Maestro de Novicios.

En esta etapa aprendí a ser transparente en la Compañía. Lalo Ponce SJ me dijo una vez, “si alguna vez tienes problemas, (sabía que los iba a tener) ‘desembucha' al tiro”. Y cuando he tenido situaciones complicadas, he seguido su consejo. Es clave el director espiritual. Con él y junto a los superiores, además de las experiencias de formación, uno va resolviendo esas cosas que al entrar a la Compañía fueron conflictivas. Uno también va aprendiendo a mirarse a sí mismo y a la Compañía con más verdad.

Luego viene el Juniorado. Fue llegar a Santiago, a la universidad, volver al mundo. Empecé a estudiar cosas muy distintas a lo que yo estudiaba antes, con mucha dificultad. Eso implicó asumir que tenía una limitación. Nunca me olvido de haber estado en clases de inglés con la miss Nora y no entender nada, sentirme humillado, con pena. Mis primeras notas fueron puros 4,0. En el sur yo era el mejor alumno, apreciado y valorado por sus aptitudes académicas. Y aquí me sentí muy inferior en mis capacidades intelectuales y apostólicas. La experiencia del fracaso en los estudios permitió ir focalizando mi vocación. O me centraba en los éxitos, o volvía al Señor. Durante un año tuve el apoyo de una psicopedagoga, que nos ayudaba a los tres jesuitas más matados para el estudio. Ella nos enseñaba a estudiar.

En el área psicológica también he recibido harta ayuda de la Compañía. Luego de desarmar por completo mi vida en el Noviciado quedé con un sentimiento de inseguridad grande. Centré mucho mi mirada en todas mis incapacidades y en tratar de no tener problemas en ningún nivel de mi vida, como para confirmar la vocación.

El primer paso fue entrar a la Compañía. Pero el segundo paso es confiar la vida y la vocación a Dios, y entrar con todo a la Compañía. Ese segundo paso a mí se me hizo difícil, porque entré y me quedé como en la banca. No entré a jugar el partido. Y en ese jugar el partido me han ayudado mucho mis compañeros. Yo nunca me esperé vivir esa situación.

Intentaba ya no sentir nada con las mujeres, o llevarme súper bien con todos mis compañeros de comunidad, o levantarme todos los días con ánimo apostólico. Son cosas imposibles, y le agradezco mucho al Señor que me ha ido cambiando la mirada, porque en algún momento incluso pensé que no era capaz de ser jesuita. No vivir la idealidad frustra mucho. Pero también es muy bonito que caiga la idealidad y uno se encuentre con el sujeto que es, ver que ese germen de la vocación sigue vivo y más encima el Señor lo potencia fuertemente. Ahí está el tema de que somos pecadores y sin embargo llamados.

Fui donde mi superior del Juniorado, Pablo Walker SJ, y le dije “no entiendo nada”. Me puse a llorar. Después de esa conversación empecé una terapia. Creo que todos los jesuitas en algún momento nos sentimos inseguros y se nos aprieta el estómago. Decir “no me la puedo” para algunos no es drama, pero para otros que somos más escrupulosos, si nos complica.

La terapia que tuvo que ver con el autoconocimiento. Fue de mucha ayuda ese tiempo, para encontrarme y reconciliarme conmigo mismo. Encontrarme conmigo mismo me permitió encontrarme con el Señor. Pude sentirme capaz de echarle para adelante en lo que fuera. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que los problemas siempre los voy a tener, pero que es así, con estos problemas, que soy llamado a servir.

La terapia terminó hace poco, cuando ya había comenzado el Magisterio. Creo que faltan varios años para que yo pueda leer hacia atrás, así como leí el noviciado, lo que viví ahí. Por ahora experimento los frutos. Ahora en mi tiempo de Magisterio, me mando mil “cagazos”, pero este germen de mi vocación no muere. Hay que ir mejorando, pero puedo reconocer la gracia de Dios.

En el Juniorado mi apostolado fue en la parroquia San Ignacio de Padre Hurtado. Fue una vida apostólica bien fuerte, los párrocos me dieron harta confianza. Quedé muy encariñado con esa gente y todavía mantengo contacto con algunos. Trabajé en la pastoral juvenil, asesoré una comunidad, preparé un grupo de confirmación y acompañaba al grupo de monitores. Era divertido porque había chiquillos que me pegaban diez mil patadas en conocimientos. Pero pude ir captando cuál era mi aporte. Me gusta mucho acompañar grupos chicos, comunidades.

El Magisterio: experiencia pastoral de dos años

Poco antes de empezar el Magisterio había dejado de trabajar en Padre Hurtado, y estaba haciendo mi apostolado en las Escuelas Francisco de Borja Echeverría y María Goretti, que están muy cerca las dos, en Estación Central.

Cuando me tocó el Magisterio, el Provincial me pidió que lo hiciera en esas escuelas, colaborando en la pastoral de alumnos, profesores y algunas actividades con apoderados. En ese tiempo se estaba iniciando la Asociación Fe y Alegría en Chile, una federación internacional de colegios populares de la Compañía. Así se formaliza una estructura de ocho fundaciones y doce centros educacionales, once de ellos en Santiago. El objetivo es dar y mejor educación, donde más se necesita.

Aunque mi trabajo se concentra más en las dos escuelas, que ahora se unieron en un solo establecimiento educacional que se llama Padre Hurtado, me ha toca colaborar en muchas actividades de todos los centros de Fe y Alegría. Se generan muchas redes de solidaridad. La única manera de hacer cosas grandes es juntándonos y teniendo solidaridad entre nosotros. Y te das cuenta de que la gente más sencilla es solidaria entre ella, no hay otro modo de vivir la vida.

Trabajo en las catequesis, el MEJ, Confirmación, campamentos, Encuentros con Cristo, Semana Santa, mes de María. Me toca colaborar en todo ese gran organigrama pastoral que tienen las dos escuelas. También se trabaja en la parte pedagógica, comunitaria y también en el área institucional. Me he ido encantando mucho con lo que es Fe y Alegría. Compartimos entre varios una carga más pesada, y los favorecidos somos más también. Eso es muy bonito. Y además estoy muy agradecido de ver a muchos laicos colaborando en esto, ellos se han jugado también. Eso es una característica apostólica de hoy en día. No sólo debemos armar redes, sino que colaborar entre laicos y jesuitas.

Me toca hacer mucho acompañamiento personal con los chiquillos. Aunque tengo bastante trabajo administrativo, si un chiquillo viene a conversar, siento que ahí tengo que estar con él. Eso ha sido especial, porque cuando un “cabro” llega con sus problemáticas, que algunas se pueden parecer a las que yo viví en la adolescencia pero muchas otras no como las de drogadicción, embarazo adolescente o violencia intrafamiliar, para mi es muy importante abrazar y ayudar a levantar. Si yo he vivido la experiencia de ser acompañado y ayudado, puedo sintonizar con esa dimensión de la vida.

Es en esos encuentros más personales donde uno florece mucho más que al hacer una clase. El lugar privilegiado donde yo me juego todas las cartas es en la conversa con los chiquillos. Y como además vivo en el mismo sector, me he ido involucrando con sus familias.

Llegué a vivir a la población La Palma con el prejuicio que esta no es la población más pobre de Santiago y preguntándome entonces por qué la Compañía optaba por este lugar. Después de estar dos años viviendo acá, me sigo dando cuenta de que no estoy en el sector más pobre de Santiago. Y qué triste tiene que ser esa vida en los lugares más pobres, porque aquí hay harta pobreza. Cuando entras a la vida de las personas de acá, a sus casas, te das cuenta de la falta de oportunidades que tienen los chiquillos, de todas las dificultades económicas que viven las familias, los dramas por el tema del microtráfico y la violencia. Se escuchan balazos bien seguido.

La primera mirada que tuve de este lugar ha cambiado mucho. Ahora pienso “gracias a Dios estamos acá, qué bueno que la Iglesia esté acá”. Nosotros, como parte de la Iglesia, colaboramos con la atención pastoral de la gente en este lugar, donde se necesita mucho.

En este sector se integran varias obras de la Compañía de Jesús: el Santuario del Padre Hurtado, la parroquia Jesús Obrero, las escuelas Francisco de Borja y María Goretti, la parroquia de la Santa Cruz, la escuela Francisco Lecaros. Uno va viendo que las mismas familias participan en diferentes obras. El Provincial nos ha pedido que trabajemos en conjunto y así lo estamos intentando hacer.

En estos dos años que he estado en Magisterio, mi vivencia sacerdotal tiene que ver con vivir muy profundamente el germen de mi vocación. Ha sido darme cuenta de que uno es frágil y débil, pero, como dice la Congregación General, sin embargo uno es muy llamado.

He tenido buena experiencia comunitaria y apostólica, no exenta de dificultades. Con la terapia se me abrió el camino para adelante, y pude entrar a jugar el partido. Para mi Magisterio es entrar a jugar el partido, y experimentarme muy feliz de jugar este partido. Yo entiendo mi vocación, ser jesuita, como estar a disposición de la gente. Si te piden hacer una liturgia, o me puede ir a ver a la casa, para allá vamos. Y eso es potente.

La vida apostólica es muy bonita en la Compañía, y ciertamente que a mi me configura esa vida apostólica. Yo le agradezco a Dios harto. Acompañando en ejercicios espirituales a profesores de escuelas de Fe y Alegría la otra vez, sentía en mi una postura como de arrodillarme ante el Señor primero para agradecerle porque lo que uno experimenta y vive en esta misión… agradecerle ese regalo, agradecerle un sentido para la vida. Y por otro lado, me arrodillaba también para decirle “Señor ayúdame, porque tú sabes del barro de que estoy hecho”.

En mi actual comunidad vivo con jesuitas ya ordenados, de diferentes edades. Es una dinámica diferente de la que se vive en las casas de formación. Aquí uno podría tener siempre apostólica para afuera, pero para nosotros, con todo lo difícil que a veces es por el asunto del tiempo, es importante ser compañeros y generar un núcleo afectivo. Para eso es importante estar juntos, conversar lo que cada uno vive apostólicamente y trabajar en redes. Y tampoco no nos podemos desvincular con lo que pasa en el conjunto de la Provincia, no somos solos.

Claudio Barriga SJ me invitó a hacer apostolado que ha sido muy importante durante este año. Luego de tener el permiso de mi superior, desde algunos meses estamos visitando a prostitutas. Tenemos una lista de aproximadamente 30 centros nocturnos, que visitamos en las noches desde las 10:00 hasta como las 1:00 de la madrugada, todos los miércoles o jueves. Conversamos con las chiquillas y promocionamos unos cursos de formación que dan las Monjas Adoratrices.

Nuestra visita a estas mujeres tiene un sentido en sí misma. El sólo hecho de llegar a un lugar donde es imposible encontrar a un religioso, tener un espacio de diálogo con ellas es un aprendizaje y lugar de preguntas para nosotros. Para ellas es una ayuda que agradecen. “Gracias por venir a conversar acá, gracias por hacer una oración”, dicen siempre. Ahí mismo en el night club las visitamos.

Son mujeres que cargan con sus dramas humanos y con vidas muy difíciles. Llegan a la prostitución o trabajos en centros nocturnos por razones económicas principalmente. Santiago de noche es un mundo muy fuerte, se viven experiencias muy difíciles. Ellas están muy agradecidas de que la Iglesia llegue allá, no se lo esperan nunca. Tener una relación con hombres en otro rol, y que uno no las trate como objeto, sino que como sujeto, para ellas es muy importante. Nos piden medallitas para sus hijos, que las bendigamos. Nos han tocado experiencias súper bonitas, como chiquillas que quedan embarazadas y están a punto de abortar, las apoyamos y después de un mes te dicen “sabes que decidí tener mi hijo”, o algunas que cuando llegas explotan a llorar en tus brazos, que ya no pueden más. Cada vez que salimos con Claudio nos ponemos en las manos del Señor, pedimos que ojalá la chiquilla más triste hoy se pueda acercar a nosotros, que podamos ser instrumentos suyos. Pienso que este servicio es muy necesario. Y así como está este mundo marginal, me pregunto cuántos otros mundos marginales más habrá en este sector.

Arriesgándose Juntos

Al mirar mis años en la Compañía, no puedo sino agradecer la ayuda que siempre he tenido de mis compañeros jesuitas, de los formadores o acompañantes espirituales que me apoyado, comprendido y sacado adelante. Agradezco la amistad de muchos laicos con los cuales me ha tocado trabajar, gente que se ha preocupado por mi, de darme cariño y animarme. Todo eso ha sido fuente de fidelidad y de fuerza para seguir adelante en esta misión.

Agradezco y valoro lo que he vivido ahora último, en mi Magisterio en La Palma. Vivir aquí, caminar por las calles de la población, relacionarme con la gente del barrio. Pese a no ser una casa de formación, mis compañeros de comunidad me han ayudado mucho y se han preocupado de que yo siga en formación en esta casa.

También doy gracias a mi familia, que me ha entendido pese a lo ingrato que he sido con ellos. Mis papás siempre han estado al ladito. No sé si alguna vez se los habré dicho, pero estoy muy agradecido.

A la Compañía le agradezco especialmente las ayudas que me han dado, porque se ha preocupado de hacer de mí un hombre apto para el servicio que la Compañía quiere dar.

Así como yo me he ido arriesgando en la Compañía, la Compañía se ha ido arriesgando conmigo. Así como yo he ido confiando en la Compañía, es porque la Compañía ha ido confiando en mí. Y eso marca mucho cuando toca comprometerse en esta cuestión. Esa confianza yo la agradezco harto.

versión para imprimir