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Entrevista Interactiva Versión Imprimible Ficha Punto de Vista
  Rubén Morgado SJ:
"Aquí tengo un lugar para vivir amando profundamente"
 
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Esto Vale la Pena

Nací en Chuquicamata, por eso todos me dicen Chuqui desde que me vine a vivir a Santiago, en tercero básico, por el trabajo de mi papá. Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi familia es católica y cuando llegamos a Santiago entré al colegio San Ignacio.

En el colegio estuve bien metido en todo: fui Scout hasta que entré a la Compañía, participé harto en acción social. Fue especialmente importante la experiencia de Trabajos de Fábrica. Entrar en el mundo del trabajo me hizo sentido, porque mi familia es súper dicotómica: por el lado de mi mamá tienen muy buena situación económica, y por el lado de mi papá son pobres. Entonces tuve resonancias potentes en esos trabajos: veía a obreros, y era como ver a mis tíos.

Trabajos de verano y misiones también fueron significativos. Estuve en CVX, donde se formó un grupo de amigos con el que nos juntamos hasta hoy.

Hacía deporte, me gustaba jugar a la pelota. Harta fiesta y amigos. Me juntaba con gente de la CVX y del colegio, y en esa época era bastante sano. Tuve un pololeo por ahí, pero nada serio.

Cuarto medio fue un año clave para mí. Tomás García Huidobro SJ, novicio que en ese tiempo hacía apostolado en el San Ignacio Alonso Ovalle, me llevó a trabajar de noche en la calle, en el sector de La Vega. Y cuando ves el hambre, cuando ves que no hay pan, eso te da vuelta. Uno lleva un poco de comida y con eso se cree que es tan bueno… pero cuando no alcanzaba para todos los que lo necesitaban, es muy doloroso. Eso me marcó.

En ese momento yo no sabía qué iba a ser de mi vida, estaba entre psicología, medicina, teatro, derecho. Ciertamente no estaba en mis planes entrar a la Compañía. Sólo sabía que lo que hiciera, tenía ser para que el mundo estuviera mejor,  para que no hubiera gente con hambre.

La idea de la vocación jesuita fue surgiendo de a poco, y con harta resistencia por mi parte. En unos ejercicios espirituales después del carrete del último día de clases, a los que llegué bastante “alcoholizado”, empecé mirar esto del servicio a los más pobres y las resonancias más profundas que tenía en mí. En esos ejercicios me acompañó Keno Valenzuela SJ, y después de un tiempo empecé a conversar con él y a tener acompañamiento espiritual. Fui confirmando que el servicio a los más pobres era el llamado que sentía para mi vida, pero me costaba decidirme por una carrera universitaria.

Finalmente terminé estudiando derecho, más porque me fue bien en la prueba de sociales que por algún discernimiento profundo. Estuve tres años en esa carrera.

Para mi fue importante entrar a la Universidad de Chile, porque no quería que la única diferencia entre el colegio y la universidad fuera que el patio se hiciera mixto. Quería abrirme a otros mundos, y fue bonito, porque en mi grupo había desde hijos de pescadores hasta gente que venía de los colegios más caros de Santiago. Toda esa diversidad era bien significativa para mí.

En esos años el carrete se puso más pesado. Lo pasé muy bien, a pesar de que el primer año fue difícil. Tenía muchas inquietudes y ganas de hacer cosas, pero me encontré en una máquina que es distinta, donde hay gente que transmite en otras claves, que tiene otra forma de mirar la vida, y con mucha exigencia en los estudios.

Me costó entender que hacer apostolados y ayudar a otros no era el “plan común”, sino que una opción de cada uno. Yo venía de un ambiente donde el servicio a los más pobres era algo normal y que todos hacían. Pero ahora era una actividad extra, y eso tiene sus costos: estudias menos, te va peor en las notas. En ese tiempo era voluntario del Hogar de Cristo, y muchos me preguntaban qué iba a hacer allá, como si fuera loco o estuviera perdiendo el tiempo. Y tenía que dar razón de eso, con la madurez con que podía dar cuenta a los 17 años. Además la vida era un poco disociada. Había momentos para soñar en hacer algo por los pobres, pero el resto del tiempo vivía en otras lógicas: la del carrete, del estudio. Esos cambios me costaron, por eso yo diría que el primer año de universidad fue un momento de soledad.

En medio de eso tuve una crisis de fe. Quise seguir haciendo mis cosas, ser un “buen chato”, pero sin Dios. Me alejé entre comillas: seguía haciendo apostolado y participando en la comunidad, pero me distancié afectivamente. Después de “echarme” un ramo en la universidad, volví a Dios. Porque me di cuenta de que en lo que había puesto mi seguridad, daba lo mismo. En un mochileo, caminando largas horas solo por las Torres del Paine, conversé con Dios y me puse en paz con Él.

En segundo año puse las cosas en orden y empecé lentamente a meterme en una diversidad de temas. El tema social empezó a cambiar y tuvo más hondura. En ese tiempo fue la primera vez que apareció la idea de ser jesuita.

Y apareció a propósito de no mucha cosa. De repente surgió esta idea, un día mientras estudiaba derecho procesal. Entremedio de la materia, surgió la pregunta “¿y si fuera jesuita?”. La idea quedó, y volvía constantemente.

Decidí hacer ejercicios espirituales para ver si me aclaraba, pero en realidad era un mal momento, porque estaba enganchado con una niña. No le dije nada sobre ella al tipo que me estaba acompañando los ejercicios. Entonces él me metió a un discernimiento súper profundo. Cuando ya estaba terminando el retiro, yo le comenté lo de la chiquilla. Me dijo que así no podía discernir. Al final no pasó nada con ella, pero lo que me quedó claro de esa experiencia, es que si yo quería hacer algo importante en la vida, y tomar decisiones sobre lo que quería hacer, era necesario que creciera.

Y hubo hechos que me fueron ayudando a madurar poco a poco. En primer lugar, tuve la suerte de hacer un viaje a Rusia. Salir de Chile, ver este país de fuera, me hizo ver que había un mundo que no conozco y que tiene bastante más amplitud que estas fronteras. Se me abrió un horizonte.

En segundo lugar, comencé a meterme en movimientos estudiantiles de acción social, cuando ya estaba en tercer año. Así me involucré con mucha gente que estaba en este cuento de cambiar el mundo, y pude ver que yo no era la joya del servicio a los demás, sino que hay mucha gente interesada en hacer un mundo mejor. En ese tiempo pasé de hacer un voluntariado en el Hogar de Cristo a dar clases de Derecho Laboral en Infocap. Hoy me río, pues estaba haciendo el curso en paralelo; mientras yo mismo lo hacía en la universidad, lo daba en Infocap. Menos mal me acompañaba otro que ya tenía el curso aprobado.

El tercer hecho fue que a principios de tercer año, me puse a pololear. La conocí en una toma de la Escuela de Derecho de la Chile, donde me encontré también con gente de muchas carreras y se inició lo que fue el último gran movimiento estudiantil universitario, en 1997.

Esas tres cosas significaron un cambio bien potente en mi vida. Fueron hechos que se juntaron y se fueron fraguando en mi tema apostólico. Después de seis meses de estar metido en muchos proyectos, en el colegio, en Infocap, en las 2000 mediaguas para el 2000 que estaban naciendo en ese año, con una polola que tenía las mismas inquietudes que yo, sucedió una cosa muy circunstancial, pero que me hizo un “clic” muy potente, un “clic” final:

Era el recital final de Soda Stereo, y con mi polola no teníamos plata para ir. Entonces vimos que había otro concierto, de los 30 años de la muerte del Che Guevara. Iba Silvio Rodríguez, Congreso, etc. Fuimos. Yo estaba con mi polola, súper bien… y de repente fue como caer en la cuenta: “a ver, en este momento estoy en un apostolado, en una carrera en la que me va a ir más o menos bien en la vida… pero algo le falta a esto. Si me proyecto para adelante, y voy sacando las consecuencias de cómo estoy hoy día, mejor que esto nunca, realmente. Y le falta algo a esto…”. Yo estaba con una angustia horrorosa mientras cantaba Congreso… pero me decía todo el tiempo “le falta algo a esto, y esto parece que eso que falta es ser jesuita”.

Y yo no quería ser jesuita, porque me daba miedo. No estaba ni ahí, estaba pololeando,  quería tener familia, tenía mi proyecto de vida que era a esas alturas ser abogado, trabajar por los pobres. Era un buen proyecto… pero “caché” que no: que no quedaba tranquilo con esa cuestión.

Fui a hablar con un Juan Pablo Cárcamo, que era el jesuita que me había dado los ejercicios antes, y me dijo “bueno, tienes tarea pendiente. Dijiste que tenías que crecer y parece que has crecido, miremos el tema de la Compañía”. Yo quedé pa’ adentro, pero dije “bueno ya”. Porque tenía una certeza infinita de que iba a ser laico, entonces lo miré con una libertad increíble. Empecé a trabajar el tema, y me decía “voy a ser laico”, pero no quedaba tranquilo. En tres semanas bajé como 8 o 9 kilos, de estar angustiado con este tema.  

Y en un minuto llegó la claridad de que tenía que ser jesuita. Pero no con paz, sino que estaba “choreado”, enojado. No fue así como que de repente ví la luz. Estaba “emputecido” con Dios y con todo el mundo, pero sabía que tenía que ser jesuita.

Mi enojo era porque sentía que después de un período en que no tenía nada claro, en que no sabía qué estudiar, y luego sintiéndome solo… y cuando finalmente mi vida ya estaba armada, llega Dios y lo desarma todo. Sinceramente lo encontré una canallada en ese minuto. Empecé a escribir esto, y de repente me dije, “así no da”. Ahí pasé un cambio en la relación con Dios y le dije “mira, si tú me quieres acá, por lo menos dame paz”.

Siento que discerní mi vocación desde Getsemaní: “no estoy ni ahí con hacer tu voluntad, pero hágase”. Fue cero afectividad al principio. Entonces le dije a Dios “ayúdame a quererlo, porque yo no quiero quererlo”.

Hablé con Juan Pablo Cárcamo, le dije “va esta cuestión”, y le conté que iba a terminar con mi polola. Ese fin de semana mis papás justo habían salido. El viernes terminé con ella, y el domingo le conté a mi familia que estaba en esto.

Era plena época de exámenes, así que me fue “maravilloso”: pasé todos los ramos, pero con puros 4,0.

La paz fue llegando cuando puse la confianza en que ese momento malo iba a pasar, que la rabia y frustración que tenía iban a pasar. La última Navidad que pasé como laico trabajé con gente de la universidad en una población. Fue bien desastroso, hubo harta violencia en la calle, y en medio de eso me esguincé la pierna. Llegué destruido a mi casa al final del día, con el pie hinchadísimo, me dolía mucho, y me dije pero si esto es ser jesuita, y uno llega al final del día “raja”, porque has estado trabajando por otro, esto vale la pena.

Después de eso fui como intendente a trabajos de verano, con la pierna enyesada. En un momento de oración recé como María en la Anunciación. Me dije “al final aquí estamos no más, he aquí no más”.

Al volver de trabajos, fui a la jornada vocacional. Llegué con esa misma actitud: “he aquí”. Pero con cero pasión todavía. Le pedí a Dios en esos días que me tirara algunos “dulces afectivos”, como para tener alguna certeza de que esto no era mío, que no me estaba contando un cuento. Finalmente tuve unos ejercicios espirituales muy consolados en esa jornada. Entonces postulé a la Compañía.

Viene ese período raro, en que uno no sabe qué es, porque no te han dado la respuesta en la Compañía. Uno no sabe si presentarse como jesuita, porque no eres, pero tampoco eres plenamente laico porque estás esperando esa respuesta. Y después llega la respuesta, y uno va contándole a toda la gente. Ahí se produce ese proceso que a todos nos ha pasado: conocemos a la mujer de nuestra vida de nuevo, todos los amigos te cuentan todas sus cosas, gente que no se había acercado nunca llega con unos afectos que te desbordan. Es un tiempo bien extraño en realidad.

Los Primeros Años en la Compañía y el Teatro

Entré a la Compañía en marzo del ’98. Fue un día de locos, agotador. No me acuerdo mucho cómo fue ese día en realidad: era demasiada gente (entramos 13 ese año) y yo me sentía un “cabro” chico... me parecía tan raro todos los padres que había conocido en el colegio me empezaran a tratar casi como igual.

El Noviciado fue duro, porque había que “trabajar al sujeto”. Para mí, más significativo que el tiempo de cotidianidad, que era necesario porque la vida en la Compañía tiene harto de eso, hubo dos experiencias que me marcaron.

Primero, haber estado en el Mes de Hospital, que lo hice en el Hospital Psiquiátrico. Me tocó con Miguel Yaksic: teníamos que trapear el piso y hacer camas. Era un cansancio de escuchar todo el día: las auxiliares, los pacientes, los doctores, las enfermeras, todos te contaban sus cuentos. Había que estar todo el día escuchando y haciendo la pega. Uno empieza a preguntarse dónde está Dios en medio de dolor de la gente. Esa fue una pregunta que me acompañó harto.

En el hospital me quedé con la imagen de una autista, que lo único que decía era pedir agua todo el día. Yo le llevaba agua. Una vez, desarmó todas las camas que yo había hecho. Le grité “¡por qué hiciste eso!”. Otra paciente me vio y me dijo “estai sonao socio, te encariñaste, no la puedes retar”. Y era verdad.  Esa autista me resumió su vida en 21 palabras: eso fue lo único que hablamos distinto a que quería agua. Con esa imagen me quedé.

La otra experiencia fue haber trabajado en una barraca, en el mes de Peregrinación, y ahí “cachar” que la vida del trabajador es muy dura. Al obrero le sacan la cresta, lo explotan.

La primera imagen es lo absurdo del dolor. La segunda, es que hay dolor que es causado no más. Y que se puede evitar.

El Mes de Ejercicios me dio las claves de lectura, generó el ambiente para vivir esas experiencias. En ese sentido no fue en sí mismo una experiencia tan marcadora como lo es para otros, porque para mí el partido se juega en la vida. Pero sí me  dio los códigos para ver la realidad.

Leyendo hacia atrás, veo que el Noviciado no fue para nada mi mejor etapa como jesuita, pero fue lo que formó y dio las bases para todo lo que vendría después.

Luego vino el Juniorado, una etapa muy importante porque en ese tiempo entré en el mundo del teatro. Si bien a los 17 años yo había querido estudiar eso, en esa época no tuve espaldas para hacer una opción así, porque significaba conflicto con mis papás. Entré a derecho, pero pensando que cuando terminara esa carrera iba a estudiar teatro.

Y pasó que en el Noviciado, a partir de mi experiencia en el hospital psiquiátrico, escribí una obra de teatro. Le pedí permiso a Keno Valenzuela SJ (Maestro de Novicios), entonces en los ratos libres (de dos a tres de la tarde, porque en el Noviciado todo es muy estructurado), me iba a los computadores y escribía sin parar.

Hasta que al llegar al Juniorado, Coco Costadoat SJ, (mi Superior), me apoyó cuando le dije “mira quiero hacer esto, armar una obra”. Fue algo muy amateur, siento que hoy no haría eso de nuevo. Pero salió bien, para lo que podía ser en ese momento. La hicimos con chiquillos de la Universidad Alberto Hurtado.

A partir de eso “caché” que el teatro podía ser una herramienta potente para trabajar temas súper propios y poner un lenguaje nuevo. Empecé a hacer obras para la CVX, para los retiros, cosas muy puntuales y chicas.

En el Juniorado estuve muy cómodo, porque es la etapa de los estudios humanistas, y yo soy humanista completo. Me encantó ver tanto cine, el tema del arte. Tuvimos buenos formadores y además pude meterme en el tema del teatro. Fui súper feliz.

Pero igual, el segundo año de Juniorado estuve muy deprimido. Creo que lo que me pasó fue sentirme invitado a crecer para ser mejor jesuita, haciéndome cargo de que también uno puede ser diferente, y que eso implica peleas. Al igual que en el Noviciado, en esta etapa la vida está súper estructurada, entonces ya en el segundo año de Juniorado comencé a sentirme ahogado, y sentía que esto se me iba de las manos. Pero tuve harto apoyo en la dirección espiritual y de mis amigos en la Compañía, y finalmente pude terminar la etapa sin una crisis mayor.

Al terminar el Juniorado me tocaba ir a vivir a la casa de la calle Barroso y estudiar filosofía. Esa etapa es mucho más libre, lo que me hizo mucho bien. Me contacté nuevamente con mis amigos del colegio, pude ordenarme en cuánto estudiar, ni mucho ni poco, porque a veces también hay desorden en estudiar mucho. No te están marcando lo que tienes que hacer ni a qué hora, y eso a mí me ayudó mucho.

Aprendí a organizarme. También aprendí que tengo que rezar y que no se puede pasar mucho tiempo sin oración. Sentí que en la comunidad de Barroso podía respirar más. Me pidieron que parara por un tiempo con el tema del teatro para entrar bien en los estudios. Así que el primer año, sólo me dediqué a la filosofía.

Me iba bien en los estudios, así ya en el segundo año pedí estudiar además algo relacionado con el teatro. Hice un diplomado en Pedagogía Teatral, en la Universidad Católica, que estudiaba en paralelo a la carrera de filosofía.

En el diplomado descubrí a gente con rollos parecidos en el tema del lenguaje, que se preguntaban cómo expresar contenidos desde un lenguaje teatral. Me enganché mucho, tanto así que mientras hacía la tesis de filosofía (que en realidad fue un tema muy loco, entre teatro u filosofía), la boté por una semana completa y sólo me dediqué a estudiar teatro, con los riesgos que eso implica al tener que sacar una tesis en cuatro meses. Es que quería leer los autores clásicos, la teoría de la puesta en escena, entender más.

Finalmente terminé todo bien, la carrera y el diplomado. Me potenció mucho el haber terminado el diplomado con el reconocimiento de la excelencia académica. Sentí que soy capaz para esta cuestión.

El Magisterio y la Misión

En mi vida y mi vocación hay muchos deseos diversos. Desde el Noviciado yo había escrito una vez al año, religiosamente, una carta diciendo quiero irme a África, dando distintos motivos. Todas decían sabe que yo quiero irme a África, porque siento que el tema misionero para mí es importante. De a poco esta idea se fue formulando en el ser extranjero, que finalmente significaba para mí ser pobre. Llegó el tiempo de los destinos antes del Magisterio. Después una conversa con Memo (Guillermo Baranda SJ, Provincial) en que me dijo “¿estás disponible?”, yo le dije que sí, y me mandaron a Manaos.  Estaba súper contento: sentía que era un paso de confianza.

Manaos es una ciudad de un millón y medio de habitantes, que tiene un distrito industrial grande. Pero uno sale un paso más allá del límite urbano y está en la selva amazónica. Me destinaron durante dos años a dos parroquias con 20 comunidades, en La Compensa, un barrio pobre, que está dejando de ser favela, donde hay mucha droga, violencia, hacinamiento.

Fue divertido, porque antes de partir me dijeron descansa harto, vas a tener mucho trabajo, haz ejercicios espirituales. Yo hice todo eso, y llegué a Brasil hecho una fiera, con todo el ánimo para trabajar. Pero el primer día, el párroco me dice: “el primer mes, aprende a hablar y visita a la gente”.  Yo creo que eso creo que fue de las intuiciones más grandes que he tenido de un superior en la Compañía. Le pregunté “¿y qué hago?”. Me respondió “visita, y durante un mes, tu misión será discernir cuál es el mejor aporte que puedes hacer a esta comunidad, escuchando lo que te tengo que decir como párroco, lo que te tienen que decir los laicos, entendiendo cómo funcionan estas parroquias”.

Fue una frustración horrorosa: yo iba a trabajar, y me dicen que tenía que visitar. Pero empecé a hacerlo. Me hice amigo de la gente, jugué muchas pichangas. Aprendí a comer la comida que ellos comen, a quedarme callado y escuchar, a ver a gente que se estaba muriendo. Fue el mejor tiempo para captar dónde estaba parado.

En las parroquias se enteraron que yo trabajaba con el teatro, me pidieron que dirigiera el vía crucis. Yo venía llegando y no hablaba casi nada de portugués, pero al final con ayuda terminamos haciendo buenas cosas.

Me sirvió mucho conocer un modelo de Iglesia que funciona en base a laicos. Una parroquia que es llevada por laicos, en la cual como jesuitas, teníamos algunas cosas que decir. Nuestra pega era formar gente, pero la chequera la manejaban los laicos. Incluso más: no había templo parroquial, sino que son comunidades que forman una red, y lo único que existe en común es un salón. Entonces es una idea eclesial súper distinta, mucho más horizontal. Me ha ayudado ver otra Iglesia posible, con la intuición más propia de Concilio Vaticano II, frente al esquema jerárquico que conocemos acá.

Finalmente tuve mucho trabajo que hacer. En una de las parroquias trabajé con jóvenes en prevención de drogas. Formamos un grupo de teatro. En las dos parroquias trabajé con las pastorales juveniles. Había que organizar todo el cuento, armar proyectos, ver el tema de la formación. Estuve a cargo del equipo litúrgico, lo que me parecía un contrasentido porque yo no entendía nada de la liturgia de ellos. Pero aprendí mucho. También me hicieron supervisar prácticas profesionales de universitarios de Río de Janeiro, que los mandaban a trabajar en la parroquia.

Manaos fue un tocar la fragilidad de uno y de la gente. Yo creo que nunca recé con tanta fe como ahí. Fue reencontrarme con el tema de la pobreza, pero mucho más matizada. Conocí gente buena, gente mala, gente que se hace daño, gente que se hace bien. Y todos son pobres. Yo sufría con la gente, me preguntaba cómo les puede estar pasando esto, por qué hay tanto incesto, por qué tanta droga, por qué matan gente. Y por otro lado, cómo andan muertos de risa todo el día, juegan a la pelota… cómo la gente se ríe al final, de qué se ríen.

Todas las noches llegaba con historias distintas, y me preguntaba por qué ellos tienen un motivo para reírse. Fue fuerte estar todo el día en eso, un poco como maníaco depresivo, pasando de situaciones extraordinarias como unas liturgias preciosas, de donde uno salía totalmente “prendido”, a que en la esquina siguiente te encontrabas con que se había suicidado un “compadre”, y te pedían exorcismos para la casa. Y un rato después te encontrabas con un drogadicto rehabilitado, al que se le ocurre el proyecto más genial que has escuchado: hacer presentaciones culturales en los callejones, donde se vendía droga, con teatro danza, cantando. En La Compensa tocaba cada día el éxito y el fracaso juntos.

Yo sintetizo así mi experiencia en Manaos: antes conocía a Dios, de oídas. En esa gente, con esas personas, yo me encontré con el Dios de Jesús, con el Dios de los pobres, sin idealizaciones, con las tensiones que supone estar metido ahí. Si me dicen ahora, mira, tienes que pasar de nuevo por eso, volver con gastritis, con bichos, con todo, yo digo “ya, de nuevo”. Feliz.

Después de esa experiencia corroboré que el tema de ser extranjero es para mí muy potente. Hoy esa idea se encarna en Amazonia. Pero tengo que seguir viendo si es ahí, o si se da una disponibilidad más amplia, a China por ejemplo. A los nuevos desafíos, porque yo creo que un jesuita para eso está.

Como me decía un compañero jesuita, la pregunta importante es: en este partido, ¿en qué posición te gusta más jugar?, ¿en qué posición muestras mejor a Dios?

Para mí en esa pregunta adquiere mucho sentido el tema del teatro y la misión. En esa pregunta se arma el puzzle. Antes tenía mil intuiciones, pero después de vivir en Manaos, mi identidad se ordenó. Mi identidad de ser religioso, de ser jesuita, lo que en mi caso incluye además el tema del teatro, para expresar los demonios y el pedazo de Dios que llevo dentro.

Vivir Amando Profundamente

Fue raro el regreso a Chile. Yo venía con el pelo súper largo, y lo primero que pensé fue que esto iba a cambiar rápidamente. Me imaginaba a Cristian Brahm SJ (mi  superior en ese tiempo), con un a tijera listo para cortarme el pelo, explicitando que todo iba a cambiar.

Dejaba un trabajo apostólico concreto, en parroquias, estar metido en terreno, para volver a los estudios. Para mí afectivamente no hay donde perderse: estar sentado estudiando teología, a nivel de retornos a afectivos es bastante menor que trabajar en una parroquia en el sector popular.

Entonces llegar fue loco. Me demoré harto en sentirme instalado de nuevo en Chile y empezar a pensar hacia delante, y no hacia atrás. Fue una llegada violenta, por el cambio de trabajo y de estilo de vida. Pasé de un estilo muy sencillo a una casa de clase media alta, en un lugar donde dejé de ser extranjero. Las preguntas eran ¿cómo no vas a traicionar a esa gente? ¿Cómo vas a ser fiel a lo que has visto? Y aquí, no en Manaos. Lo único que yo tenía claro es que Chile no es ni va a ser Manaos. Pero cómo de igual modo, ser fiel a las intuiciones grandes que salieron de ahí.

Ese ha sido el tema en estos años de estudiante de teología. He caído en la cuenta de que la Compañía es más grande que Manaos. El primer punto, y potente, fue levantar la mirada y decir que lo que me gustó de Brasil fueron personas, pero que esto fue por una misión. Y que esto, la misión, se va a encarnar en otras personas. Entonces las personas y los nombres, los cristianos, las luisas, toda esa gente que conocí, hoy día tienen otros rostros. Pero hay que ser fiel a ellos. Porque ahí fue un lugar de regalo de Dios. 

La salida tiene que ser claramente espiritual, si no, no hay para cuándo. Uno se deprime y se devuelve no más.

Lo otro es ser fiel no sólo a nivel afectivo, sino que en los discernimientos.  Siento que eso todavía no lo tengo abierto, pero ya voy a tener que entrar en el tema de bueno, ¿Amazonas qué? ¿hay segunda parte? ¿o fue el inicio para ir a otros lados? Ésa es una pregunta abierta.

Hay otras que se han ido respondiendo. Después de estudiar filosofía y estar viendo la teología, lo único que uno tiene claro es que hay un problema de lenguaje más o menos serio para comunicar. Y ahí el tema del teatro tiene algo que hacer. No porque vaya a salvar el mundo, sino que porque aporta un lenguaje nuevo.

Creo que la teología y la filosofía han perdido relevancia para la gente. Ya nadie se pregunta “¿y qué dirán los teólogos sobre este problema?”. Entonces hay dos posibilidades: o nos quedamos enclaustrados en nuestros ghettos y hablamos una especie de “coa” personal, o uno se pone del otro lado y empieza a ver cómo dice las verdades más potentes, para que a las personas les sea significativo y entiendan.

Para mí el teatro puede hacer un bien enorme en este tema. Ayuda a poner cosas que de otro modo no se pueden decir. Y permite expresar por medio de discursos estéticos, sensoriales, cosas que dichas en frío no se alcanzan a percibir. Por ejemplo, no es lo mismo leer la palabra de Dios en forma rutinaria, que hacerlo en un buen tono, y que eso además sea apoyado por imágenes, música, representaciones gráficas.

En Manaos, una vez hicimos un auto sacramental de la Resurrección, después del Vía Crucis. Para la gente fue súper novedoso. Fue montaje muy loco, hicimos a la gente cruzar un mar rojo que armamos con telas en medio de la calle. Ver lo bien que le hizo a las personas me confirma que vale la pena avanzar en esa dirección.

Ahora estoy trabajando con gente de la carrera de teatro, en un laboratorio. Estamos experimentando sobre un texto de Job. Es loco, porque muchos de ellos no creen, entonces cuando leen la Biblia, a veces la preguntas que salen son más puras, porque tienen una mirada distinta.

Esto surgió después de que el año pasado, al volver a Chile, nuevamente dejé el teatro para meterme bien en la teología y tener un tiempo afectivo de llegar e instalarme nuevamente.  Este año me sugirieron ver las posibilidades que había de seguir formándome en teatro, pero con los créditos que ya tenía en la universidad, era imposible pensar en un magíster o entrar directamente a estudiar teatro. Entonces, en vez de meterme en un curso chico, me metí de nuevo a la producción, pero esta vez aplicando lo que ya había aprendido, con un bagaje teórico mejor.

Les mandé el texto a algunos estudiantes de teatro de la universidad católica y varios engancharon. Finalmente formamos un grupo de siete actores y actrices, una de ellas ya profesional y otros que están egresando. También se integró un estudiante de música, y ahora se sumó un arquitecto y artista plástico. Estamos creando una obra que queremos que tenga técnicas de circo como el trapecio, además de canto y actuación. Es una puesta en escena, un conjunto de cosas, hablando sobre el tema del dolor, algo que a todos nos pasa.

Yo venía trabajando en esta obra desde hace tiempo y la he ido mejorando con los años. Tiene que ver con una obsesión que me ha movido en mis estudios de filosofía y teología: eso que no encuadra en ningún lado. Hay cosas que uno no sabe dónde meter, pero igual pasan, como el mal, el dolor, y la risa, y por qué la gente se ríe, si lo pasa tan mal.

Para mí ha sido súper importante que la Compañía me respalde en mis proyectos de teatro. Siento que la Compañía apoya cuando uno hace discernimientos serios. Eso es súper potente.

En toda mi vida en la Compañía, yo puedo decir abiertamente que sí he tenido crisis. Sí,  yo me he enamorado en la Compañía. No he tenido “deslices”, pero sí me he enamorado, lo he pasado pésimo. No le doy a nadie enamorarse siendo cura. Pero es parte de la vida, y te va a pasar, así como que el cielo es azul. Porque en los matrimonios también pasa, y la cuestión es así no más. Pero eso no significa “ah, me enamoré, me salgo”. Es que no. Hay lealtades primeras: yo me he enamorado en la Compañía, y sí persevero.

Las crisis son parte de la vida. Se resuelven con transparencia, y eso no es solamente hablar, sino que hablar a tiempo, cuando se puede hacer algo, de preferencia luego. Y esa regla es para cualquier crisis, no sólo si te enamoras. También en las crisis de sentido, cuando uno no sabe para donde va. Uno como cura tiene que ser suficientemente honesto para ver que esto le pasa a todos, y que tienes una opción antes, a la que debes ser fiel. Es un tema de lealtades y amores profundos.

Para mí los últimos votos en la Compañía son cuando uno se muere. Esa es la última pertenencia a la Compañía, cuando te mueres acá. Antes de eso, estás a prueba todavía. Pero eso se construye.

Yo he pasado todos mis 20 en la Compañía, ahora tengo 29. Miro para atrás, veo la vida de mis compañeros del colegio, y no siento envidia. Aunque a veces uno piensa que le encantaría tener familia, eso es inevitable. Pero yo siento que en la Compañía soy pleno. A la Compañía le agradezco eso: que yo tengo un lugar acá, y que tengo un lugar esponjado para vivir, y me siento cómodo. Eso no quita ninguna tensión, pero hay un lugar para vivir en paz, vivir amando profundamente.

Sueño con una Compañía y una Iglesia preocupada de lo importante en la vida, no perdida en tonteras de poderes ni instituciones. Me sueño trabajando por los importantes, por los últimos, los excluidos. ¿Cómo? Ya veremos si será con o sin teología, con o sin teatro, en Amazonas o acá en Chile. Eso da lo mismo. 

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