![]() |
Quiero recibir el boletín>> |
| Eugene Barber SJ "Acompañar la peregrinación del pueblo de dios" |
||
versión
para imprimir
“Quiero Vivir Como Los Jesuitas”
Viví en una familia muy católica. Mis padres y mi hermana eran muy creyentes. Mi mamá tenía dos hermanos sacerdotes; mi papá trabajaba como voluntario de la parroquia y era muy comprometido. Mi infancia fue normal. Yo era acólito en la Parroquia. La ciudad era de mucho frío y mucho calor, había mucha nieve en el invierno. Como niño vivía en el trineo, cuesta abajo. Llegaba de clase en la tarde, con dos metros de nieve, y sacaba el trineo. Llegaba de vuelta a las seis de la tarde, muerto de frío. Me eduqué hasta octavo básico con unas monjitas. En Estados Unidos es muy común que las parroquias tengan una escuela básica para atender a la comunidad del sector. Después entré a la secundaria de los jesuitas. Era un colegio nuevo y muy chico, en mi generación éramos sólo 23 alumnos. Por eso nos conocimos harto y uno estaba metido en todas las actividades: editando un diario, trabajando en la biblioteca, en reuniones de las Comunidades de Vida Cristiana, que eran un poco diferentes en ese tiempo. Aunque no era muy bueno para el deporte, yo era hincha de los equipos de básquetbol. A pesar de que el colegio era chico, siempre tenía un excelente equipo. Como niño era más bien tímido. Pero llegando a la secundaria empecé a darme cuenta de que tenía capacidad para hacer amigos y además estaba metido en todas las actividades. No iba a almorzar a la casa, me quedaba en el colegio y no volvía hasta como las seis de la tarde. Jugábamos básquetbol en una cancha al aire libre. Entonces nos decían “¿quiere jugar?” “¡Claro, si quiero jugar!” “Muy bien, toma la pala y saca la nieve de la cancha”. Llegaban nuevas personas y decíamos “¿quieres jugar? ¡Trabaja entonces! Limpia la cancha”. En el colegio conocí a los jesuitas. Tenía más contacto con los Maestrillos, especialmente con uno que tuvo mucha importancia en mi vocación. Cuando él terminó su Magisterio partió a la India a estudiar Teología. Y todavía vive ahí, es un gran misionero que trabajó con los indígenas Ho. Fue el traductor de los libros del Evangelio en su idioma. Nunca más lo pude ver, desde que partió para allá. Porque cuando él va de visita a su casa en Maryland, yo estoy acá. Y cuando yo voy a los Estados Unidos, él está en la India. Así que desde 1949 no nos hemos visto, pero nos carteamos un poco por el computador.
Tenía una vida normal, como cualquier adolescente de aquel entonces Por mi relación cercana con los jesuitas y por la formación católica de mi familia, siempre tuve en mi cabeza la posibilidad de ser sacerdote. Una posibilidad que se fue concretando por este contacto que tenía con los jesuitas. Me visitaban en mi casa, jugábamos naipes, me enseñaron a jugar ajedrez. Solía salir a caminar con ese Maestrillo que fue tan importante en mi vida Mi vocación fue muy sencilla. Nació de la educación católica que recibí en mi familia, que era de origen irlandés y alemán. Los sacerdotes eran muy importantes en la Iglesia Irlandesa. Nació de un pensamiento tan sencillo como “quiero concretar este deseo de ser sacerdote siendo como estos jesuitas, de quienes he aprendido”. No era que el camino de san Ignacio fuera lo que me llamara específicamente. De hecho, no tenía mucha idea de cómo era la vida de un jesuita; yo sólo conocía a los que hacían clases. Casi no sabía de espiritualidad ignaciana, porque lo importante para los católicos en ese tiempo en Estados Unidos no era pertenecer a una espiritualidad en especial, sino que establecer su identidad como católicos frente a los protestantes, judíos y los que no compartían la fe católica. El énfasis de nuestra identidad no era tanto como hijos de San Ignacio, sino que como católicos. Era una realidad muy diferente a la de Chile, donde los católicos son mayoría. Pero iba creciendo en mí la idea de vivir como estos jesuitas con quienes tenía tanto contento. Entonces, en el retiro de cuarto medio tomé la decisión. Me pusieron en contacto con los entrevistadores, y fui aceptado. Terminé cuarto medio en junio, y entré al Noviciado para la fiesta de San Ignacio, en julio, recién cumplidos los dieciocho años. Era muy joven, pero en ese tiempo eso era lo común. El proceso de postulación fue sencillo. Tenía que conversar con cuatro entrevistadores. Las entrevistas eran simples, con preguntas sobre la familia y el colegio. Algunos de los examinadores me conocían desde antes. Como el colegio era tan chico los jesuitas nos conocían muy bien. Entonces las entrevistas estaban casi de más. Entré al Noviciado el 30 de julio de 1950. En mi familia estaban felices. Aunque era el único hijo, nunca pusieron problemas y se sentían orgullosos de la decisión que yo había tomado. Mi hermana ya estaba casada y tuvo nueve hijos.
En mi generación entramos 44 compañeros, y yo diría que de ellos, 35 éramos recién salidos de cuarto medio. Perseveramos hasta la ordenación la mitad, más o menos. Muchos salimos de Estados Unidos. Algunos fueron a la India, otros a Japón. Varios vinimos a Chile. Mi curso del Noviciado era súper bueno para el deporte, siempre teníamos campeonatos de fútbol, básquetbol, béisbol, handball. Eran tiempos sin grandes preocupaciones. Era un ambiente de mucha alegría, de conocernos poco a poco y de ir aprendiendo a rezar. Para lograrlo, los ejercicios espirituales de 30 días que hacemos todos los jesuitas fueron muy importantes. Toda mi formación (Noviciado, Juniorado, Filosofía y el Magisterio) la tuve en Washington, que corresponde en la Provincia Jesuita de Maryland. Todos los jesuitas que hemos venido de Estados Unidos a trabajar a Chile éramos de esa Provincia. La vida de los estudiantes jesuitas era en general muy estricta. Uno se levantaba a las cinco y media de la mañana, estaba en la capilla un cuarto para las seis. Todo era reglamentado. De mis años de estudiante, destacaría el contacto con otros jóvenes con los mismos ideales. Conocí mucha gente buena, sencilla. Muchos eran inmigrantes y veníamos de colegios jesuitas que en esos años estaban formados para recibir a los inmigrantes. Los formadores nos proponían grandes ideales y hacíamos muy buenas amistades. El proceso de formación era bien rígido en ese tiempo: dos años de Noviciado, dos años de estudios humanísticos (Juniorado), tres años de Filosofía, tres años de Magisterio, cuatro de Teología. En el tercer año de Teología nos ordenábamos y terminábamos los estudios siendo sacerdotes. Y luego íbamos directamente a la Tercera Probación. Es decir, pasábamos quince años seguidos en formación. La Filosofía la hicimos en una universidad jesuita ubicada en pleno centro de una ciudad. Teníamos mucho contacto con estudiantes laicos y creo eso que eso fue importante para nuestra formación. Era bueno ese contacto.
La Teología fue distinta, porque estábamos muy aislados, a treinta kilómetros de la ciudad más cercana. Era una teología muy abstracta y en cuarto año, luchábamos porque la teología que nos enseñaban fuera más pastoral. Eran los tiempos ya del Concilio Vaticano II, así es que buscábamos una teología más concreta, más en contacto con la gente. Por ejemplo, después de un curso de la Encarnación, uno no quedaba con mucho que predicar a los demás, porque lo que estudiábamos tenía un vocabulario muy filosófico. Nosotros ya estábamos ordenados, entonces luchábamos por tener una teología más aterrizada, más predicable. Terminando la Teología, en cuarto año, le dije al Provincial que me interesaba venir a Chile. Nos había llegado una carta de él diciendo que nuestra Provincia de Maryland se haría cargo del colegio San Mateo en Osorno. Ese colegio antes estaba a cargo de los padres del Verbo Divino, pero no pudieron seguir trabajando ahí. El Obispo de Osorno, que era ex alumno jesuita, pidió al Provincial chileno que enviara un grupo de jesuitas a hacerse cargo del San Mateo, pero en esa Provincia no había sacerdotes disponibles. Entonces el Obispo fue directamente a Roma, a conversar con los superiores de la Compañía. A los superiores en Roma pareció buena la idea, porque en mi Provincia había muchas vocaciones y estaban buscando dónde enviar sacerdotes y estudiantes en misión. En ese tiempo éramos como setecientos jesuitas y muchos de ellos salían a otros países, especialmente India y Birmania. Pero en esos lugares ya había demasiada gente trabajando y la invitación a Chile llegó en el momento preciso. En mi vida también era un momento apropiado y me sentí libre para aceptar la propuesta. Mi papá había fallecido cuando yo estaba en el Juniorado, y mi mamá poco antes de mi ordenación de sacerdote. Mi hermana ya estaba casada. Además desde niño había tenido la inquietud de ser misionero, con mi primo y compañero, que entró después a los padres de Maryknoll. Desde que era estudiante jesuita yo tenía la idea de trabajar en América Latina, porque me tocó estudiar Teología con compañeros de Ecuador, Brasil, México y Chile. Chilenos como Juan Ochagavía, Renato Poblete, Arturo Gaete, Jaime Guzmán y Agustín Sánchez fueron compañeros nuestros en el teologado. Terminé mi formación teniendo ya esta inquietud en el corazón. Hice la Tercera Probación en España, con mi pobre castellano en ese tiempo. ¡Apenas me defendía!, balbuceaba. Después volví a Estados Unidos y estuve un año como profesor en el mismo colegio donde había hecho el Magisterio. En el verano de ese año tuve una experiencia que me preparó mucho para la misión en Chile. Hicimos un curso para niños de origen social más humilde, en su mayoría de raza negra, que habían terminado el sexto básico. Nuestra Provincia en ese tiempo buscaba luchar contra los prejuicios que había en contra de los negros en Estados Unidos. Para eso creamos este programa especial que buscaba darles una mejor formación y prepararlos a entrar a una buena secundaria en Washington. Fueron seis semanas de preparación en matemáticas, inglés, arte, un programa deportivo y cultural que incluía visitas al teatro y las industrias de la ciudad. Pudimos darle atención personal a cada uno. Un Nuevo País
Viajé en avión junto a un Maestrillo que iba a hacer su Magisterio en el colegio San Mateo. En ese tiempo no teníamos formación especial en idiomas, así que partí con lo que había aprendido en España y conversando con mis compañeros de Teología. Los primeros años fueron muy difíciles. Teníamos problemas de disciplina en la sala, el idioma, escribir mis prédicas, un mundo bastante diferente al mundo donde yo me había criado. Fue una experiencia fuerte también de comunidad. Éramos como trece jesuitas de Maryland trabajando en el colegio San Mateo, todos jóvenes. Eran seis maestrillos, dos hermanos jóvenes, el cura que tenía más edad tenía como 45 años. Éramos puros gringos haciendo clases, no había ningún chileno entre los jesuitas. Recién al segundo año llegó un chileno como Maestrillo. Eso fue importante para tener contacto con la ciudad y el idioma, recién en ese momento comenzamos a hablar castellano en la mesa. Formamos un equipo de básquetbol y participamos en la liga Osornina, con el Club Español, con el Regimiento, con el Equipo de Río Negro y de Purranque. Un año salimos vicecampeones. En todos los partidos que jugábamos llegaban como 200 niños del colegio para hacernos barra. Éramos buenos en básquetbol. Cuando ya dejamos de jugar como colegio, algunos curas recibieron invitación para jugar en equipos locales. En Osorno iniciamos un programa de reforzamiento para niños de escasos recursos, parecido al que yo había dirigido en Washington. Se dirigía a niños de octavo que tenían interés en entrar al colegio San Mateo en primero medio. Junto con el desafío de entregar buena educación, el tema social se fue haciendo cada vez más presente en nuestra comunidad jesuita. Al segundo o tercer año empezamos a vivir en una población, tres jesuitas de la comunidad, para tener más contacto con la gente de pocos recursos y vivir un poco más austeramente. También queríamos participar un poco más en la parroquia. Estábamos en el sector alto de la ciudad. Más adelante muchos de los niños del colegio vendrían desde esas mismas poblaciones. Vivíamos en una pequeña casa pareada que contaba con lo básico. Al igual que todas las familias pobres en el sur de Chile, teníamos una estufa de leña para protegernos del frío tremendo en el invierno. Si bien no logramos tener un contacto muy estrecho con la gente de la población, porque pasábamos todo el día trabajando en el colegio, fue buena esta primera experiencia de acercamiento a ellos y también nuestro testimonio al vivir en ese lugar. Esta experiencia duró dos años solamente, porque al otro jesuita que estaba conmigo, John Henry, lo nombraron Jefe de Pastoral en el colegio San Ignacio Alonso Ovalle. Cuando él viajó a Santiago yo volví a vivir en la comunidad del colegio San Mateo. Desde que llegamos a Osorno el Provincial de Estados Unidos, de quien dependíamos, nos insistía mucho en la formación social de los alumnos del colegio. Para lograr ese objetivo realizábamos trabajos sociales y teníamos contacto con la gente de los campamentos del sector. Eran tiempos muy difíciles en Chile, desde el año ’67 hasta después del golpe de Estado. Había mucha inquietud y conciencia de la necesidad de un cambio. No fue una experiencia fácil. En Osorno, que era una sociedad más bien conservadora con mucha gente de origen alemán, nosotros tratábamos de dar formación social, pero para algunas personas de la ciudad éramos los “curas comunistas”, porque hablábamos de las encíclicas o de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, que fue en 1968. Para mí era muy importante como persona y jesuita, que los alumnos del colegio salieran con esa inquietud, ese deseo de luchar contra la pobreza, contra la brecha entre ricos y pobres. Pusimos trabajos sociales obligatorios en tercero medio, visitando algún hogar y haciendo catequesis. Creo que fue importante para los alumnos. Nos dimos cuenta de que era muy difícil hacerles clases de religión en tercero medio. Entonces creamos varios seminarios en grupos de 14 alumnos, y cada seis semanas los grupos rotaban entre los diferentes asesores. Yo daba el seminario sobre Doctrina Social de la Iglesia. Les enseñaba sobre las estructuras injustas, hablábamos de Ghandi, Martin Luther King, las conferencias de Medellín y Puebla. Como los niños estaban haciendo trabajo social, tenían algo que decir, no era solamente escuchar lo que yo les enseñaba. Ellos podían compartir lo que vivían en sus apostolados. Y además esto fue bueno porque me permitió conocer bien a cada niño. Creo que fue algo importante para ellos y para mí. Estábamos muy concientes de la necesidad de dar a nuestros alumnos una buena formación en las encíclicas, en doctrina social de la Iglesia y también, en tratar de abrir el colegio lo más posible a los niños de pocos recursos. Sabíamos que esto último era difícil, pero nos pusimos como meta que en el colegio la mitad de los alumnos fueran de pocos recursos. Poco a poco fuimos avanzando. Hasta que años después, con Carlos Hurtado, pusimos el sistema de cuotas diferenciadas y eso hizo que el colegio se abriera mucho más todavía. El contacto con la gente en los campamentos y con la pobreza fue fuerte para mí al principio. Tenía miedo de tocar esa herida. Pero con el tiempo se iba venciendo. Recuerdo claramente cuando participamos con alumnos del colegio en la creación de un campamento. ¡Un campamento que para la gente en ese entonces significaba un paso hacia arriba! Los niños en el colegio participaron en la construcción de las mediaguas, que no eran ninguna maravilla, pero sí eran buenas para estas familias estaban viviendo como allegados o simplemente en la calle. Después de la construcción, participamos en el traslado de las familias a sus casas nuevas. Recuerdo este día con claridad: Osorno, con su lluvia, su barro, su frío… toda esta gente trasladándose en medio del duro invierno. La pobreza no era algo completamente nuevo para mí. En Estados Unidos el colegio nuestro estaba metido en un barrio negro, aunque los alumnos no eran mayoritariamente de esa raza. Pero era una pobreza era de otro tipo. Estuve 16 años en Osorno. Yo era uno de los jesuitas que llevaba más tiempo en el colegio San Mateo y empecé a sentir que era necesario cambiar. Por eso le pedí al Provincial que me enviara a trabajar en otro colegio de los jesuitas. De La Lluvia Al DesiertoEn 1983 partí a Antofagasta, para trabajar en el colegio San Luis. La llegada nuevamente fue difícil. Volví a tener problemas de disciplina, no estaba preparado para eso, me pilló de sorpresa. La comunidad era muy buena, bien acogedora y consoladora. Las personas me decían “padre, que le debe costar acostumbrarse al clima de acá”. Yo respondía “claro, ¡¡como medio minuto!!”. Es que no se podía comparar con el frío espantoso y la lluvia de Osorno. Fue un nuevo mundo, de la lluvia al desierto. De nuevo estuve haciendo clases de inglés, de religión y estuve a cargo de la formación social de los alumnos. La realidad de los alumnos de Antofagasta era diferente a la de Osorno. Acá trabajábamos con niños más pobres, y yo me sentía muy bien acogido, menos con mi curso de primero medio, donde me volvieron loco. Tuve muchos problemas de disciplina: no podía enseñarles nada, simplemente nos chocamos. Pero con los cursos mayores tenía mejor relación. Retomamos algunas cosas que se habían dejado de lado en ese colegio como las misiones, los trabajos sociales para los terceros medios, campamentos de trabajo para los niños más grandes en el verano. Fue el tiempo del auge de las Comunidades de Vida Cristiana entre los jóvenes de segundo medio y en el colegio de niñas que está enfrente. Eran años de mucha creatividad, los niños que pasaron por el colegio San Luis en ese tiempo, creo que quedaron marcados. En ese tiempo, por ejemplo, se iniciaron los trabajos de fábrica que se mantienen hasta hoy en los colegios de la Compañía. El primer año participé en la creación de muchas cosas nuevas. Jorge Elkins estaba en esa comunidad y llegó con la idea de las colonias. Hicimos colonias en septiembre de ese año para probar cómo resultaría, y en verano hicimos las colonias grandes, con unos 120 chicos. Con chiquillos de tercero medio formamos un equipo de tíos y tías para cuidar a los niños. Jorge les dio una excelente formación, con mucha sensibilidad. Junto con mi trabajo en el colegio, en Antofagasta pude tener relación con la comunidad parroquial en dos sectores. Durante más de un año hice misas en Mejillones: iba los domingos a hacer misa en una comunidad donde había unas monjitas. Fue muy bueno tener esa experiencia pastoral más directa con las personas. Las monjitas eran súper buena gente y conocí a todo el mundo en Mejillones. La ciudad en ese tiempo estaba en muy mala situación económica También hacía misas dominicales en una población que estaba en las alturas de Antofagasta. Caminando eran como 20 minutos de pura subida, uno llegaba sin respiro. Me decían “¿cómo está padre?” Yo decía “no me hagan ninguna pregunta, no puedo hablar”. Ahí estuve con gente de mucha pobreza. Además era Capellán del Hogar de Cristo. En ese tiempo no había tantas obras en Antofagasta como tienen ahora, en ese tiempo tenían sólo dos, una guardería infantil y un centro abierto. Conocí mucha gente muy buena en Antofagasta y a pesar de la mala experiencia con la disciplina me gustó bastante trabajar ahí. Estuve seis años en Antofagasta. En el año ’88 le pedí al Provincial un cambio, pensando que necesitaba salir del trabajo de colegio. Había cumplido 25 años haciendo clases, y pensaba que me haría bien tener un cambio de clima y de trabajo también. Recién habían fallecido dos jesuitas en Arica: Ignacio Vergara, aunque no estaba en Arica en ese momento, y José Vial, que estaba a cargo de los bailes religiosos y era superior de la comunidad. Entonces había dos vacantes importantes en esa comunidad y me destinaron ahí. Acompañar al Pueblos de DiosCuando llegué a vivir a Arica, la comunidad jesuita vivía dividida en tres casas diferentes, cerca de las parroquias de la Compañía en esa ciudad: San Marcos, Santa Cruz y El Carmen. Teníamos un Superior y nos juntábamos una vez a la semana para hacer reunión y almorzar juntos. Al comienzo ayudé como Vicario en la Parroquia Santa Cruz. Me parecía que en algún momento me iban a nombrar párroco ahí. Pero después me preguntaron si no me interesaría reemplazar a José Vial como asesor de los Bailes Religiosos.
El proceso de aculturación fue a golpes, paso a paso. En este momento hay como 115 Bailes en Arica, con los cuales yo me siento de alguna forma relacionado. Este es un movimiento laico que existe desde el siglo pasado. Los Bailes Religiosos son comunidades cristianas donde grupos de 12 a 50 personas se unen para bailar a la Virgen y al Señor. Su forma de expresar su fe, su oración, es a través de la danza y el canto. Hay tres grandes Santuarios donde se realizan las fiestas de baile religioso cada año. Los Bailes entonces se organizan en Asociaciones que reúnen a los grupos que van a cada fiesta. En Arica hay cinco Asociaciones de Bailes. Son profundamente marianos: bailan a la Virgen de Carmen de la Tirana, la Virgen del Rosario de Las Peñas, y la Virgen de los Remedios de Timalchaca. Prácticamente todos los Bailes son de cultura Aymara. Cada Baile tiene su organización, con una directiva de unas cuatro o cinco personas. El Caporal está a cargo de la formación religiosa de los bailarines y de crear las coreografías. El Presidente, organiza al grupo, el Secretario toma acta de las reuniones y el Tesorero está a cargo del dinero. A veces tienen también un Subdirector. Esa directiva se encarga de organizar los numerosos detalles que es necesario coordinar para que el Baile pueda participar en su fiesta anual. Esto significa preocuparse de los ensayos, la coreografía, los trajes, contratar a una banda para la música y todo lo que implica asistir a la fiesta en el Santuario, que generalmente dura entre tres y ocho días, dependiendo de la festividad: traslado, alojamiento y alimentación. Todo eso es mucho dinero que deben reunir durante el año. Los viajes a las fiestas son largos, desde Arica hay, por ejemplo, cuatro horas de camino a la Tirana y un largo viaje al Santuario de las Peñas, por el valle de Azapa. Timalchaca está aún más lejos: la micro que los lleva debe permanecer ahí durante los días de la fiesta, y eso supone otro gasto que deben costear los Bailes. Entre los Bailes se puede encontrar experiencias de fe muy profunda y admirable. Algunos se reúnen casi todo el año, semanalmente, para prepararse para la fiesta de la Tirana. Deben pagar cuotas para juntar el dinero, para lo que hacen bingos, rifas y venta de sopaipillas o empanadas. Uno entra a las casas de la gente del baile y son súper sencillas. Eso indica que hacen cualquier sacrificio para poder participar. Me pregunto a veces si los jóvenes en el futuro tendrán esa disponibilidad de hacer los sacrificios que han hecho sus padres. Todas las fiestas duran varios días. La Tirana es la más larga: dura ocho días. Algunos bailes se organizan y hacen comedores donde los bailarines toman desayuno, almuerzan, toman té y comen por un precio mucho más bajo que el de cualquier restorán. Duermen en carpas, algunos Bailes arriendan una casa. Las condiciones son duras: hace frío en la noche, escasea el agua, la luz, sólo pueden ir a los baños municipales. Pero las personas no se quejan, esto es parte de su ofrenda a la Virgen con su Hijo. Cada fiesta tiene su buena cuota de sacrificio, de aguantar el dolor. Pero lo hacen con alegría. Por ejemplo, en el camino a Las Peñas, donde hay que caminar 15 kilómetros. De repente veo a una señora agotada y me digo “no va a llegar al Santuario”. La veo al día siguiente, sentada en la plaza. Es que ellos no lo viven como un sacrificio, aunque tiene bastante de eso. Les cuesta volver a la ciudad después de la fiesta; la despedida es un momento de mucha tristeza en que dejan este lugar donde lo han pasado bien, se han sentido muy cerca de Dios y de María, donde han vivido una vida de comunidad, compartiendo. Una señora me dijo “padre, yo llego a Las Peñas y estoy feliz, desaparecen todas mis enfermedades”. Realmente es una experiencia muy fuerte de fe, de sentirse parte de este mundo católico que expresa su fe a través del canto y la danza. La devoción a María y la tradición familiar tiene mucho que ver en esto. Ellos reciben la devoción a María de sus padres, y la entregan a sus hijos. Pasa de generación en generación. La experiencia de sus fiestas se vive muchas veces como Semana Santa. Es una experiencia de Dios, de fe, que les fortalece en su vida del año. Eso lo cantan al final, en su despedida: “nos despedimos hoy, con la esperanza de volver el próximo año”. Y esta fe no la viven sólo los que bailan. A cada Santuario llegan miles de peregrinos que participan de la fiesta sin bailar. Dos mil personas que bailan en Las Peñas, por ejemplo, pero son 40.000 los peregrinos que llegan cada año. A La Tirana llegan 200 mil. Por eso es importante que recordemos que los Bailes no somos dueños de la fiesta y que tomemos nuestra participación con humildad. Tenemos una misión en el Santuario: hacer que la fiesta sea alegre, que la gente esté contenta, tratar de ofrecer una fiesta hermosa a María. El traje es algo muy importante y respetado. Sólo se puede usar para ceremonias de culto. Ellos entregan este traje hermoso como ofrenda al Señor, a María o algún santo. Lo cuidan con mucho cariño. Al terminar la fiesta se guarda para el próximo año con un beso. Muchos de los trajes son indígenas del oeste de Estados Unidos, por ejemplo los Sioux. Esto se originó a comienzos de siglo, cuando las personas en las oficinas salitreras veían estas películas de western en la matinée del sábado. Lo que me llama la atención es que ellos siempre se han identificado con los que pierden. No hay ningún Baile de cowboy, sólo indios. También hay Bailes que se visten de gitanos, otros se llaman Los Morenos: se visten de negros, de esclavos. Como en todos los grupos cristianos, hay una gama de intensidad con que los Bailes viven su experiencia de fe y esto tiene que ver mucho con el compromiso de fe de los Caporales. Cuando el Caporal tiene una vida de fe más profunda, se preocupa mucho de la formación religiosa de los bailarines y el Baile completo está más comprometido. Entre la gente de los Bailes se forma una unidad de fe, de devoción, de solidaridad. Los velorios de una persona del Baile son enormes, los bailarines están haciendo guardia y todo el Baile se hace presente para participar en los funerales, con sus trajes y la banda. Dan mucha importancia a esa manifestación de solidaridad. Cuando una persona está enferma, todo el Baile se une para ayudar a esa familia que está pasando por una crisis. La fe se concreta para ellos de esa manera. Las Asociaciones de Bailes son muy estrictas y tienen reglas muy claras. Cada Asociación tiene una Directiva, donde la presencia femenina es muy importante en el último tiempo. En los Bailes me llaman Asesor, el padre de los Bailes. Soy como el párroco de los Bailes. En vez de tener un área geográfica, tengo un grupo de personas que se reúnen para bailar en una cierta fiesta. Hago lo que hace el párroco: tratamos de hacer formación. Con jornadas de los jóvenes, de los Caporales, de los dirigentes y para otros miembros de los Bailes. Hago preparación de los sacramentos, cada Asociación tiene su misa mensual. Nunca han sido muy “miseros”. Es que en la Pampa, de donde provienen muchos de los Bailes de La Tirana, no había sacerdotes. El cura aparecía de vez en cuando no más. Un obispo de Iquique dijo que la mantención de la fe en el norte de Chile se debe a los bailes religiosos. Pienso que tiene mucha razón.
Ha sido un mundo totalmente diferente. En Antofagasta y Mejillones había visto algunos bailes, pero no muy de cerca. Ahora esto se ha convertido en una buena parte de mi vida. Conmigo todos en los Bailes son siempre muy cariñosos y atentos. He tenido algunos conflictos por tratar de intervenir en sus decisiones, especialmente cuando quiero interceder por alguien que no ha cumplido las reglas o cometido algún error. Pero son muy exigentes en el cumplimiento de sus normas y me hacen notar que el movimiento es de los laicos. En varios momentos de la historia de Chile se ha pensado que los Bailes estaban destinados a morir, pero al contrario, han tenido un crecimiento enorme. Además por mucho tiempo esta expresión ha sido mal mirada y perseguida por la Iglesia. En el siglo XIX, no se podía bailar en el templo, en la procesión ni de noche. Los Bailes eran mirados en menos, marginados. He encontrado documentos que dicen cosas como “Se prohíbe la participación de los Bailes en tal o cual cosa”, “su música es mundana, no vamos a aceptar esa música en la Iglesia”. Se decía que los Bailes estaban al margen de la Iglesia Católica, que eran supersticiosos, fiesteros, que no saben por qué bailan. Esto fue así hasta las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla. Desde entonces se ha respetado y valorado esta forma de religiosidad y los Bailes comenzaron a tener Asesores. Quizás por esa historia, hay una especie de subconciencia en la gente del Baile: se sienten mirados en menos, incomprendidos. De hecho todavía en algunas ocasiones la Iglesia no entiende esta expresión de fe. Pero actualmente en Arica no sucede eso. Las Parroquias han abierto sus puertas para que se pueda bailar en los templos. Cada Asociación tiene su “fiesta chica” en la ciudad, después de la fiesta en su respectivo Santuario. Por ejemplo, la “fiesta chica” de la Tirana es en la Parroquia El Carmen, que es de los jesuitas. En otra parroquia jesuita, La Santa Cruz, se hacen las fiestas chicas de cuatro Asociaciones. Todos los últimos párrocos han recibido con los brazos abiertos a los Bailes. Lo que no significa que no haya roces de vez en cuando entre la comunidad de la Parroquia y los bailes. A veces hay problemas dolorosos. Hay envidias, faltas y errores, como en cualquier grupo humano. Así somos, es la humanidad. Algunas veces me metí mucho en sus conflictos, pero me he dado cuenta de que no conduce a nada y es algo que me desgasta mucho. Esto ha sido un trabajo muy importante para mí. Estamos hablando de miles de personas, diez mil quizás. En su mayoría gente sencilla, que hacen cualquier sacrificio para bailar. Tantas veces en todas partes les dicen no. Entonces, que yo pueda decir sí es importante para ellos, para mi, para la Iglesia. En cierto sentido yo soy para ellos el rostro de la Iglesia Jerárquica. No porque sea Obispo, sino que por ser Asesor de los Bailes. Y tratar de ser comprensivo, servir, entender, aceptar, acompañar, Creo que ha sido muy importante para mí, para ellos y también para la Iglesia. Por otro lado, para mi una ha sido experiencia de encarnación, de meterse en un mundo que no es el de uno, y tratar de vivir esa experiencia lo mejor que pueda. Si hubiera tenido menos edad cuando me nombraron Asesor de los Bailes, me hubiera metido en alguno de ellos. Hubiera sido mejor vivir la experiencia por dentro, compartir con ellos las fiestas, dormir en sus carpas, ir juntos a buscar el agua. Ya llevo 18 años trabajando con los Bailes. Han sido experiencias muy hermosas, abrumadoras. La primera vez que fui a la Tirana, pensé que necesitaría seis meses para absorber todo lo vivido. Mucha amistad, cercanía, compartir. Entrar a un mundo nuevo y conocer mucha, mucha, gente buena. Que son una parte importante de la Iglesia, y son parte de la humanidad, con sus fallas y virtudes. Creo que ya voy a tener que dejar este servicio, debido a mi edad. Antes podía visitar más los ensayos, acompañaba más, pero ya no tengo energía para hacer tanto. Hay harta juventud en los bailes, jóvenes que les cuesta llegar a las parroquias, pero llegan a los bailes. No puedo trabajar con jóvenes ahora. Ser jesuita significa una vida de entrega y servicio al pueblo de Dios. Compartir un poco el dolor, la soledad, la pena del pueblo y también sus alegrías, sus fiestas, sus amistades. Significa trabajar pastoralmente con mucha libertad. Tanto en el colegio como en los Bailes he tenido la posibilidad de ser creativo, inventar cosas nuevas o reconocer el valor de cosas nuevas que llegan de los demás, porque muchas cosas bonitas que hemos hecho en los Bailes han salido del mismo Baile. Por ejemplo, hacer un día del bailarín, preparar a quienes bailarán por primera vez, hacer una misa mensual y confesiones antes de subir al Santuario. Solamente se necesita la capacidad para reconocer la validez de una sugerencia que surge de las bases. Significa poner al pueblo de Dios en contacto con el Padre Dios, ayudarle a reconocer el rostro de Dios como compasivo y misericordioso, ofrecer algo de esperanza quizás. Esa frase que usan los del MEJ, “vivir al estilo de Jesús”. Ser jesuita también es la posibilidad de vivir una vocación a concho, una vida de servicio, de cercanía, con mucha libertad, de encontrar la realización de uno sobre la marcha. Uno entra a la Compañía, creo, buscando su propia realización, pero como una consecuencia quizás de servir a los demás. Sentirse parte del pueblo, no superior, no para imponer. Para acompañar la peregrinación del pueblo de Dios. |
||