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Entrevista Interactiva Versión Imprimible Ficha Punto de Vista
  John Henry SJ
"Si Dios nos llama, él nos da la gracia"
 
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Deportes Y Música

Vengo de Maryland, Estados Unidos. Mi familia vivía en New Jersey, cerca de New York. Mi padre era alemán y mi mamá irlandesa. Se conocieron en la parroquia haciendo una opereta, un tipo de show musical donde mi mamá cantaba y mi papá tocaba el piano. Así comenzó mi familia y se mantuvo siempre muy cercana a la Iglesia. Mis hermanos y yo participábamos en las actividades de la parroquia.

Mi papá murió muy joven, cuando mis cinco hermanos y yo teníamos entre tres y trece años. Mi mamá quedó sola a cargo de nosotros, fue algo muy difícil. Ella era muy fuerte y activa, pero no podía ni pensar en volver a casarse con seis niños a su cargo, creo que era imposible.  Participaba algo en política y mucho en la Iglesia, iba a misa diariamente.

En mi familia todos éramos buenos para la música y el deporte. Mis tres hermanos mayores tocaban saxo, y mis dos hermanas piano, entonces yo también en el colegio empecé a tocar el saxo. Yo era el menor de los cuatro hermanos y ellos eran como dioses para mí.

Tuvimos una vida familiar excelente, con momentos difíciles y problemas de salud como cada familia, pero muy buena. Vivimos con mucha sencillez, porque no había mucho dinero en la casa, sin el papá. Un abuelo nos ayudaba.

Nosotros éramos gente humilde, no pobres, pero de clase media. Todos fuimos formados para ser profesores, porque no teníamos plata para llegar a ser abogados o arquitectos.

Hace poco estuve en Estados Unidos. Me encontré con un amigo de la infancia que me dijo “John, tu familia eran perdedores”, porque encontraba que ser profesores era poca cosa. Y después me dijo “pero ahora veo que son ganadores”. Claro, ninguno de nosotros llegó a tener mucha plata. Pero tenemos una buena vida familiar y seguimos muy unidos. Dos de mis hermanos ya están en el cielo, y los que quedan tienen una linda vida familiar con sus hijos, tengo muchos sobrinos y sobrinas. Cada uno está contento con su vida, todos trabajando como profesores.

Fui a al colegio de unas religiosas. Mi vida en el colegio fue con muchos deportes y música. Era bastante popular porque era bueno en el deporte. Tenía muchas amistades. A mediodía jugábamos handball con mis compañeros. Teníamos una hora para almorzar, comíamos un sándwich con mantequilla de maní o mermelada, todos los días la misma cosa, y jugábamos una media hora de deportes tipo béisbol. Después a clases nuevamente.

Participaba en los bailes de la secundaria, pero no era fanático. Mis intereses estaban mucho más centrados en los deportes que en las fiestas.

Era bastante inquieto. Fui presidente de curso y con varios de mis amigos participaba en actividades de la parroquia: fui acólito y estaba en el equipo de básquetbol. Muchas veces iba a la misa de las seis de la mañana, tenía que levantarme temprano para prepararla.  

Diría que el tiempo del colegio fue muy agradable, tuve la vida  de cualquier muchacho común y corriente.

Como era el menor, cuando yo era un chiquillo mis hermanos ya estaban en la universidad, que era de la Compañía. En ese momento tuve el primer contacto con los jesuitas y me di cuenta de que estaban muy cerca de la gente. Iba a ver a mis hermanos a los partidos de básquetbol y atletismo, también a los bailes, cuando ellos tocaban en las fiestas. En todas esas actividades, siempre estaban los jesuitas. Conversaban conmigo y verlos a ellos fue una verdadera atracción.

Era muy común que al salir del colegio uno trabajara en el verano, antes de entrar en la universidad. Una monja del colegio me consiguió un trabajo en el Chase BankNueva York, uno de bancos más grandes del mundo en esa época. Trabajaba como junior, haciendo trámites para el Presidente y el Vicepresidente del Banco.

Pero en vez de quedarme uno o dos meses trabajando en el verano, yo me quedé todo el año porque todavía era muy joven. Es que había salido del colegio a los 16 años, porque en primero básico me tocó con una monja que también había sido profesora de mi papá. Ella pensó que yo era tan inteligente como mi padre y me hizo saltar un curso.

Mi nombre es bastante común, entre los negros especialmente. Es como Juan Pérez en castellano. Entonces, trabajando en ese banco, el Presidente tenía un cheque para entregar al cajero en el primer piso. El cajero me dijo “firma el cheque”. Yo puse “John Henry”. Y el cajero me reclamaba, “¡pon tu firma!”, yo trataba de explicarle que ése era mi nombre, pero no me creía.

A propósito de lo común que es mi nombre tengo varias anécdotas. Había un caballo que corría en las carreras de apuestas y ganaba mucha plata. Por supuesto, se llamaba John Henry. Cuando ya estaba en Chile, mis amigos me mandaron por correo recortes de los diarios que titulaban “se jubila John Henry, el millonario”. Fue muy divertido.

Creo que al salir del colegio ya sentía la vocación sacerdotal, pero en ese momento faltó alguien me apoyara para decidir mi vocación. El tema siempre estuvo presente, pero yo no me decidía, cuando la idea pasaba por mi cabeza me decía “mañana, mañana”.  Bueno, era muy joven y además estábamos en el tiempo de la II Guerra Mundial.

Dos de mis tres hermanos se fueron al Ejército y uno a la Marina. Partieron en 1941, dos fueron destinados a Europa y otro estaba en el Pacífico, su misión era invadir las islas. Fueron tiempos muy difíciles, mirando a mi mamá llorar, especialmente cuando se fue el tercero. No teníamos muchas noticias. Además en dos años después yo entré al Noviciado, creo que debe haber sido muy duro para mi madre. Pero mis hermanos llegaron bien de vuelta, gracias a Dios.

Al terminar mi trabajo en el banco fui a la Universidad de Saint Peter, en Nueva York. La misma donde habían estudiado mis hermanos. Me tocó concentrarme más en los estudios, porque esta universidad era de los jesuitas. La mayoría de los alumnos venían de colegios secundarios de los jesuitas. Y yo, pobre, venía de un colegio de religiosas, muy buena gente pero con poco estudio, entonces la diferencia era grande. Ellos sabían mucho latín, griego, y yo ¡nada! Pero tuve muy buenos compañeros, y de mi curso en la universidad entramos cuatro en la Compañía.  Primero se estudiaba un bachiller, en arte o ciencias, dependiendo de la carrera que uno fuera a estudiar después. Yo entré al de arte, que era el de estudios humanísticos. Además del curso de latín, tenía un ramo que era escribir en latin, latin composition. Yo fracasé en ese curso, por ser poco inteligente en comparación con los alumnos de colegios de jesuitas.

Entonces, como cuando entré a la Compañía y me enviaron al Noviciado de la Provincia de Maryland a pesar de que me correspondía el de Nueva York, yo siempre digo en broma: “porque fracasé en este ramo, no me aceptaron con los brillantes de Nueva York y me mandaron a Maryland, donde la gente es más amable”.

De todos modos seguía siendo muy activo en lo deportivo y lo religioso, pero mis actividades no se concentraban en la universidad porque estaba lejos, como desde Maipú hasta Las Condes por ejemplo. Entonces si bien en la universidad tenía más estudios, mis actividades estaban en la parroquia. Pero tampoco mucha cosa, era el tiempo de la guerra, entonces no había muchas actividades.

En la universidad eran muy atrayentes los jesuitas. El Decano de la Universidad era muy joven, también había Maestrillos. Mis hermanos siempre me habían hablado de los Maestrillos y el Decano, y desde entonces quise seguir ese camino. Siempre tuve la vocación. Pienso que la vocación fue un regalo a mi madre. Cuando yo ya era sacerdote, ella me decía que a mi y a mi hermana menor, que es religiosa de la Orden de Maryknoll, nos sentía mucho más cerca que a nuestros hermanos mayores. A pesar de que estábamos lejos, yo en Chile y mi hermana en Filipinas.

Finalmente, puede ser la guerra que me haya impulsado a postular a la Compañía. Mis tres hermanos habían ido, entonces iba a tocarme a mi, pronto. Entonces fuimos con uno de mis hermanos a hablar con los jesuitas de la universidad y comencé los trámites para postular. No había muchos trámites tampoco, era cuestión de conversar con tres jesuitas, ver al médico y al dentista, y chao, al Noviciado.

Estudiante “a la Antigua”

En ese tiempo había un montón de vocaciones. Ese año entraron como sesenta jóvenes conmigo al Noviciado. Varios salieron, por supuesto. Pero seguíamos siendo muchos en el momento de la ordenación.

El Noviciado fue un poco difícil. Yo estaba conciente de que era un tiempo de prueba, no es el paraíso el noviciado. Solamente una vez por semana jugábamos básquetbol o béisbol, el resto del tiempo trabajábamos, estudiábamos, rezábamos. Es un tiempo tranquilo pero difícil. Fueron años para conocer a la Compañía y los Ejercicios Espirituales en el Mes de Ejercicios.

La formación de los jesuitas era muy estructurada. Después del Noviciado venía el Juniorado, los estudios humanísticos. Luego la Filosofía, el Magisterio, la Teología, la Ordenación. Después partíamos a continuar estudiando en la Tercera Probación.

Estuve muy poco con mi familia en los años de formación. Al principio sólo pude ir a visitarlos una vez, cuando ya estaba en el Juniorado y llevaba tres años en la Compañía. ¡Y fui solo por un día! Después, cuando partí a la Filosofía, me tocaba ir a Nueva York y pude encontrarme en la estación de trenes con mi familia que llegó a saludarme. Y estando allá, nos dieron permiso para ir hasta la mitad de camino hacia nuestra casa por un día. La familia tenía que llegar a ese lugar, para almorzar con nosotros. En Magisterio y Teología rara vez estuve con mi familia, ni siquiera pude ir a los votos de mi hermana que es religiosa. Tampoco pude ir a los matrimonios de mi hermano. Así era la vida de los jesuitas en ese tiempo, hoy es muy diferente. Pero éramos felices, igual.

Luego de lo difícil que fue el Noviciado, el Juniorado fue muy interesante y con algo más de libertad, aunque igual casi nunca salíamos de la casa. Sólo el domingo cuando íbamos a hacer catequesis en el pueblo.

En el juniorado presentábamos obras teatrales. Estudiábamos los clásicos, además del inglés y el latín. Cada mes teníamos algo de oratoria u obras teatrales.

Los deportes y la música siguieron presentes durante toda la formación. Esta fue una etapa muy entretenida en mi vida, donde tuve compañeros de diferentes lugares y se creó un ambiente de hermanos, muy rico. Jugábamos básquetbol y fútbol en equipos, por ejemplo, los teólogos contra los filósofos.

Luego vino la Filosofía. En ese tiempo teníamos que pensar en qué nos íbamos a especializar. Yo quería aprender un poco de química, para ser profesor de ese ramo en los colegios. Pero después de un año no había profesor, así que estudié filosofía. Saqué un master en Filosofía, en Boston. Allá empezamos a jugar golf, porque alrededor del Filosofado había una cancha. En Arica pude jugar una sola vez, en una cancha de arena, en el desierto.

Después venía el Magisterio, durante el cual los estudiantes jesuitas trabajamos en una parroquia o colegio. Me tocó en una secundaria en Baltimore, donde fui profesor de matemáticas y de inglés. Me gustó compartir con los alumnos. Los jesuitas me ayudaron mucho a mí en mi vocación, así que yo también quise participar con los alumnos. Participaba en los deportes y acompañaba a las Comunidades de Vida Cristiana, además de hacer clases.

Durante mis años de formación estuve siempre muy contento, nunca tuve dudas de mi vocación. Yo era un tipo tranquilo, quería ser jesuita, y también creo que he tenido la Gracia de Dios. Habría que preguntarle a Dios por qué me llamó a mí, pero sentía que esa era mi vocación, nunca pensé en casarme, ni ser médico o abogado.

Llegó la etapa de la Teología. Estudiábamos en el Seminario de Woodstock, que quedaba lejos de la ciudad de Nueva York, en el campo. En ese momento tuve mi primer encuentro con Chile, a través de los chilenos que fueron mis compañeros. Renato Poblete fue uno de ellos, él se ordenó conmigo.

En esa época la ordenación sacerdotal se hacía durante el tercer año de Teología. Fue un momento muy importante para mí. Vino mi familia completa a la ceremonia, excepto mi hermana monja, que estaba en  las Filipinas. Eran tres días: el primer día nos ordenábamos como Sub Diáconos, al segundo día Diáconos, y al tercero como Sacerdotes.

Recuerdo que dos semanas antes de la ordenación nos preparaban tomando un poco de vino antes del desayuno, para prepararnos para la misa. La idea era que cuando tuviéramos que empezar a celebrar la misa temprano en la mañana, no nos enfermáramos por tomar vino antes del desayuno. Además estuvimos en grupos con profesores para prepararnos para el sacramento de la confesión. Estudiábamos moral y cómo contestar las preguntas en el sacramento de la confesión. Fue un verano muy interesante tomando casos, algunos reales y otros nada que ver, para aprender a ser confesores. También nos unimos en grupos para aprender a hacer la misa, porque en ese tiempo era muy formal. Las manos se ponían así no más, no allá, hincarse por aquí, por allá, no era tan fácil como hoy día, que es más informal la misa.

Después de la ceremonia de ordenación nos mandaron a nuestras Parroquias, para celebrar la primera misa solemne. Eso para mí fue muy especial, porque en la ordenación pudo estar sólo la familia, debido a que el Teologado estaba como a 5 o 6 horas de mi ciudad natal. La primera misa fue impresionante porque estaban muchos amigos y familiares.

Luego volvimos a Woodstock, para terminar la Teología. Y al terminar, de inmediato había que seguir estudiando: partí a Georgetown para hacer la Tercera Probación. Era un lugar muy frío, con mucha nieve. En ese año nos mandaron durante un mes a trabajar en un hospital, y un mes a trabajos pastorales. El resto del tiempo estuvimos encerrados, igual que en casi los 13 años de formación anteriores, tratando de rezar más y estudiar un poco.

Durante el mes de Hospital fui capellán en una maternidad. Un día entré y las mujeres estaban hablando sobre los futuros nombres para sus hijos. Escuché que una señora dijo “¿por qué no le pones a tu hijo John Henry?” Y la señora respondió “no, demasiado común”. Las anécdotas sobre mi nombre siguieron hasta que llegué a Chile.

Al terminar la Tercera Probación tuve mi primer trabajo en la Compañía. Mi primer destino como sacerdote fue ser Prefecto de Disciplina del colegio jesuita Saint Joseph en Filadelphia. Era un colegio grande: solamente en enseñanza media había 1000 alumnos, y yo tenía que mantener la disciplina de todos ellos. Además era Director de Deportes. El colegio era famoso en deportes, eran campeones en fútbol y en otros deportes.

Recuerdo que mis mejores amigos eran los jóvenes “malos” del colegio, porque era con los que más compartía. Estuve dos años trabajando en ese colegio.

Próximo Destino: Chile

Siempre mi vocación estuvo marcada por la idea misionera, igual que la de mi hermana que es religiosa. Además, en la Compañía fuimos formados para ir a las misiones. Por eso, cuando llegó la propuesta del Provincial para ir a Chile sentí un llamado. La carta del Provincial nos proponía un desafío bastante radical: pedía voluntarios dispuestos a irse para toda la vida. El trabajo era hacerse cargo del colegio San Mateo, en Osorno, ciudad donde no había presencia de los jesuitas en ese tiempo. Hablé con un jesuita amigo y finalmente me ofrecí. Postulamos veinte, tuvimos que rendir algunos exámenes en la Universidad Georgetown,  y después de eso seleccionaron a trece.

Seis de ellos fuimos enviados a estudiar español durante seis semanas. Estábamos en eso, y cuando llevaba cuatro semanas me llamó el Provincial. “Vas a ser el Superior de la comunidad en Chile”, me dijo. Me dejó helado, pero acepté, sin saber con claridad lo que implicaba esta tarea. Yo no era el más viejo de los que partíamos, me parecía natural que otro que era mayor que yo fuera el Superior. Entonces fue sorprendente para mí, cuando me llaman de mi curso de castellano en Georgetown y me dicen “tú vas a ser Superior y debes partir inmediatamente a Chile. Tenía preparado con otros compañeros dar una vuelta por Estados Unidos y Canadá antes de decir adiós a Estados Unidos.

La partida fue un momento difícil, pero tengo que reconocer que fue tuve la gracia de Dios, al salir de Nueva York. Estaba toda mi familia, mis hermanos y el Provincial en el aeropuerto. Con lágrimas, por supuesto, al tomar el avión para Chile, para toda la vida. Pero no fue tan difícil porque ya había tomado esta decisión para toda la vida, y punto.

Yo creo que es la gracia de Dios, si Él nos llama, quiere algo de nosotros, Él nos da la gracia.  No va a poner en nosotros un deseo si no nos va a acompañar.

Llegué a este país sin saber mucho más de lo que Renato Poblete me contaba cuando estudiábamos juntos. Por supuesto el idioma fue muy difícil. Enseñar en castellano no era tan difícil, porque manejábamos el diálogo. Pero alrededor de la mesa, cuando salíamos a comer con la gente de Osorno, entender lo que pasaba era otro cuento, muy difícil. Igual de repente eso nos pasa hasta hoy día.

También fue difícil instalarnos aquí en un primer momento, tuvimos problemas con el Obispo de Osorno, Monseñor Valdés, un santo hombre y muy amigo mío. Después de una semana en que con otro jesuita estuvimos haciendo contactos con  monseñor Valdés, este jesuita me dice “no va a resultar”. Yo le dije “soy el Rector y el Superior, vamos a arreglar las cosas”. Y finalmente superamos el problema. Pero fue complicado, me enfermé un poquito de la guata, me dio chilitis, es algo que nos pasa a los gringos cuando viajamos a este país.

Los primeros años fueron una experiencia fuerte de vida comunitaria. Con muchos sacrificios, el frío, la lluvia de Osorno. ¡La única salvación fue la frazada eléctrica! Conocer a la gente, a los alumnos, fue una experiencia inolvidable.

En el primer año dos se enfermaron de hepatitis. Uno no fue grave, pero el otro tuvo que estar como un mes en cama. Todos decían “lo bueno es que en el sur de Chile no tiembla”. Y cuando mi compañero estaba enfermo, en cama, vino el terremoto de Valdivia. Fue algo horroroso. Dos de nosotros (el enfermo y uno que lo cuidaba) partieron al hospital, dos fuimos al colegio para ver los daños. Y uno no estaba en la casa, estaba en Puyehue, con una familia. No pudo volver hasta el día siguiente.

No sabíamos lo que era un temblor. De hecho, no sentíamos los temblores chicos que hubo antes, aunque tampoco hubo muchos. El día anterior al terremoto, sentimos un golpe a las seis de la mañana, nada más. Al día siguiente, a las 3:15, un día domingo, fue a todo full el terremoto. La casa era de madera, pensábamos que nos iba a caer encima, me gritaban “John, ¡absolución general!”. Cayeron los muros de la casa, no podíamos salir. Luego pasamos muchos días sin agua ni luz, en medio de los temblores que seguían, aunque cada vez menos fuertes. La segunda noche dijimos “vamos a ver si podemos entrar en el comedor”. Sacamos las velas del altar y había unas seis velas en la mesa. Vino un temblor y nos fuimos, con todo el peligro de un incendio, pero nosotros nos fuimos no más, estábamos aterrados.

Fue una experiencia excelente la de Osorno, tengo muy buenos recuerdos. La relación comunitaria y con los alumnos era muy buena. Nos preocupamos de mejorar el colegio en lo académico y también en la formación pastoral y social. Luego de algunos años, vimos la necesidad de formarnos un poco más para cumplir mejor esta tarea.

Nos habían enviado a este país pobre, a enseñar Doctrina Social de la Iglesia. Y en nuestra formación nunca habíamos tenido algún curso sobre eso. Entonces me fui a Ilades para estudiar. De repente los jesuitas pueden hacer cualquier cosa. Trabajar en Chile y hacer un colegio sin conocer el idioma, por ejemplo. Somos poderosos, podemos hacer cualquier cosa, pero con mucho sacrificio.

El tiempo en Ilades también fue excelente. Éramos unos 30, de toda América Latina y un norteamericano. Fue una buena experiencia de estudio: economía, teología, sociología, sindicalismo, documentos de los Papas. Toda la Doctrina Social de la Iglesia. Conocer la realidad de la gente fue impresionante.

Volví a Osorno, y junto a Gene Barber nos fuimos a vivir a una población. Estuvimos dos años ahí, trabajando en lo social. Formamos comunidades en la población. Si bien siempre habíamos visitado a la gente más pobre, porque muchos de nuestros alumnos eran becados, es diferente vivir con ellos. Al mismo tiempo seguía trabajando en el colegio. Comencé a dar un curso de Doctrina Social de la Iglesia que se llamaba Sociología, en tercero medio.

En la historia de la comunidad jesuita de San Mateo, la presencia de los norteamericanos de Maryland fue importante. En un momento llegamos a ser doce jesuitas trabajando ahí. Unos 50 jesuitas de esa Provincia han pasado por Chile. Hoy día eso se convirtió en un beneficio para la Provincia de Maryland, porque los que han regresado allá conocen el castellano y están trabajando en parroquias con mexicanos y puertorriqueños.

Después de 10 años en Osorno me destinaron al colegio San Ignacio Alonso Ovalle, para trabajar como Director de Pastoral Social. Creo que ese no era un puesto para un gringo, no fue muy fácil trabajar en eso para mí. Además era un tiempo difícil en Chile, los años 70 y 71, muchas veces no sabíamos qué hacer en la clase de religión. Había mucho cuestionamiento en la Iglesia.

Un grupo de nosotros estudiamos en ese tiempo un libro de Gustavo Gutiérrez sobre la Teología de la Liberación. Me di cuenta de que entendía poco de lo que hablaba Gutiérrez sobre la Biblia, así que pedí que me dieran permiso para ir durante un año a Estados Unidos, a estudiar Biblia.

Volví al Teologado de Woodstock, que ahora se había cambiado desde el campo a la ciudad. Fue un cambio maravilloso estar un año allá, estudiando Teología, Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. Esos estudios me han servido mucho en el trabajo de formación de laicos al que me he dedicado los últimos 20 años.

Ese año, 1972, tuve una experiencia muy enriquecedora. Puede hacer un largo viaje de un mes, por casi todo el mundo. Estuve en Roma, Jerusalén, la India, Tailandia, Filipinas, Hong Kong, Japón y Nueva York. La intención era ver a mi hermana en Filipinas, pero pude pasar por varias otras ciudades y conocer gran parte del mundo. Pienso que ser jesuita es una gran riqueza. ¿De qué otro modo yo habría conocido el mundo?

En ese momento ya tenía cincuenta años y pensé que era demasiado viejo para trabajar en colegios. Preparándome para mi regreso a Chile, le mandé una carta a Juan Ochagavía (el Provincial en ese tiempo) preguntándole qué otras posibilidades de trabajos pastorales podía tener.

Entonces, el Provincial de Maryland me pidió que me quedara como párroco en Baltimore, una iglesia parecida al templo de San Ignacio en Santiago. Pero el colegio de al lado de la iglesia estaba vacío, porque los niños se habían trasladado a una construcción nueva. Como la iglesia estaba en pleno centro, muy poca gente participaba. El Provincial me pidió que me hiciera cargo.

El edificio del colegio estaba en venta. Entonces me quedaban dos opciones: o salvaba la parroquia, o simplemente la vendía junto con el resto del colegio. Era un gran desafío. Justo en ese tiempo se incendió un teatro cercano. Buscando un nuevo lugar sus dueños fueron a ver el teatro del colegio y quedaron fascinados. Les vendimos un pedazo del edificio y el teatro. Ellos remodelaron todo, hicieron un teatro muy moderno. En la parte del colegio que nos quedó hicimos un centro de arte para los jesuitas. Hoy día hay mucha actividad y gente trabajando en esa parroquia en Baltimore.

Sin embargo los años como párroco ahí fueron difíciles. Había gente buena, pero era muy poca. Tampoco tuve una buena experiencia comunitaria ahí, algunos tenían problemas y había algunos roces que no hacían fácil la convivencia. Era una diferencia muy grande con la comunidad que habíamos tenido en Osorno.

Cuando llevaba dos años en esa parroquia pedí permiso para regresar a Chile, pero no me dejaron. Finalmente a los cuatro años pude volver.

Llegué de vuelta a Chile en 1978, destinado a Arica. Empecé a dar cursos bíblicos en varias parroquias de Arica. También le ayudaba a Juan Valdés como profesor en la Universidad, y después me contrataron como profesor de ética de negocios. Durante catorce años fui profesor de ética, primero en una sede de la Universidad del Norte y después en la Universidad de Tarapacá, como profesor de ética. 

Después fundé el Centro Ignaciano. La idea surgió hace 25 años con un grupo de laicos que participaban en los cursillos de cristiandad. Formamos una escuela de dirigentes, y después seguimos como Escuela de Fe. Han venido todos los “grandes” de Santiago como Tony Mifsud, Santiago Marshall, Ignacio Vergara, Héctor Mercieca, Alfonso Vergara, Fernando Montes y otros a dar cursos.

Después de un tiempo funcionando en parroquias e iglesias, vimos que para cumplir mejor con el llamado de los obispos latinoamericanos a mejorar la formación, era necesario instalarnos en una casa. Buscamos un terreno al lado de la Parroquia de la Santa Cruz y construimos el Centro Ignaciano, con financiamiento de la Provincia de Maryland, que ha apoyado muchas obras de la Compañía en Chile.

Comenzamos a dar retiros populares y talleres bíblicos. A nuestras actividades no viene sólo gente de las parroquias, sino que también vienen muchas personas de la ciudad. El énfasis está en formar laicos para dar los retiros.

Desde 1992 hasta el 2006 fui Director del Centro Ignaciano. El 2007 pasé a ser Subdirector, porque ya tengo mis años y no puedo trabajar tanto. 

Además de eso he tenido muchas actividades en Arica. Durante dos años fui también Capellán del Hogar de Cristo. Ahora sigo yendo a ver a los viejos para acompañarlos.

Había una casa de retiros en Azapa, igual que muchas casas de Arica, era de cholguán… yo a esta ciudad le digo cholguán city. Cuando cumplí 50 años de sacerdocio, conseguí donaciones entre mis amigos y familia en Estados Unidos, y así pudimos construir 10 piezas de material sólido, con baños. Esto fue muy importante. Muchas de las personas que van a nuestros retiros son pobres: ellos merecen tener un lugar agradable para pasar un fin de semana con Dios.

Este año también viajé a Estados Unidos y pude traer más dinero para construir otras 10 piezas. Predicando conseguí plata hasta en las parroquias de los mexicanos, donde el párroco me había dicho que no iba a conseguir nada. Pero contándoles sobre la realidad de las personas en Chile se convencieron. Les conté la historia, por ejemplo, de la pobre mujer en Arica, que está siempre sola con sus niños porque el marido sale a trabajar en la minería, y que merece un fin de semana para descansar, rezar, meditar, hacer silencio, tener una pieza buena y comer bien. Me encontré con gente generosa.

En la actualidad mi trabajo está centrado en dar un curso de formación de la Diócesis de Arica, escribir una columna en el diario La Estrella de Arica todos los sábados (trabajo que hago hace 15 años) y dar retiros.

Me gusta enseñar. Tienes que prepararlo, buscar documentos, pero me gusta. Ahora estoy dando un curso de formación para los Agentes Pastorales. Comenzamos el año pasado con un grupo de más de 100 personas. Les dimos un semestre de Cristología, uno de Biblia. Ahora estamos en un semestre de Iglesia.

Yo creo que fui llamado y sentí el deseo de ser sacerdote. Cuando ya era sacerdote, sentí el deseo de ser misionero. Eso habla de Dios. Creo que fue un regalo para mi mamá, una mujer tan de la Iglesia, tener un hijo sacerdote y una hija monja fue para ella algo muy especial.

Estoy contento, creo que Dios está contento conmigo también. Tengo 83 años, pero doy gracias a Dios que todavía puedo hacer muchas cosas.

Le doy gracias a Dios, y después a la Compañía, por aceptarme y formarme y darme la oportunidad de llegar a otro país, aprender otro idioma, conocer más gente. Es una experiencia muy rica.

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