Quiero recibir el boletín>>

Home

Entrevista Interactiva Versión Imprimible Ficha Punto de Vista
  Javier Celedón SJ:
"Con mi Humanidad, Ser Testimonio de Jesús "
 
  versión para imprimir

Abriéndome al Mundo

Nací en Caracas, Venezuela. Mi papá se fue a vivir allá en la dictadura, porque tenía un hermano en el exilio y porque en la Universidad de Chile había cerrado la Escuela de Periodismo. Allá terminó su carrera y conoció a mi mamá, que estaba en un viaje de un mes, acompañando a mi abuelo. Finalmente ella se quedó cinco años: conoció a mi papá y se quedó con él. Se casaron y casi un año después de mi nacimiento volvieron a Chile, en 1985.

Estudié en el colegio Saint George, de la Congregación de la Santa Cruz. 1989 fue un año importante en que coincidieron dos hechos que influyeron en mi historia y mi vocación: entré al colegio y mis papás se separaron. El colegio me marcó muy potentemente en el tema social, y la fragmentación de la familia tuvo consecuencias muy marcadoras en mi historia y manera de ser.

Tengo una hermana menor, que en el momento en que mis papás se separaron tenía dos años. Yo tenía 5 años recién cumplidos. Nos quedamos viviendo con mi mamá, pero con mi papá siempre tuvimos una excelente relación y nos veíamos bastante. Él se casó nuevamente y tuvo dos hijos, mis hermanos más chicos, que ahora tienen 13 y 7 años.

Le tengo mucho cariño al colegio Saint George, especialmente por la apertura que significó. Yo vengo de una familia de clase alta, no la más top de lo top, pero con una muy buena situación económica, con un muy buen pasar. Y el colegio Saint George tenía en esa época una apertura al mundo que a mi me marcó mucho. En tercero básico teníamos una experiencia que se llamaba “encuentro con un hermano”, en donde chiquillos de un colegio de la misma congregación pero en un sector más popular, iban a nuestro colegio y nosotros íbamos otro día a su colegio. Era sólo jugar una pichanga, compartir una once, y listo. Pero cosas así yo creo que fueron bien marcadoras porque abren el mundo y te hacen mirar más afuera.

En general yo fui bien mateo. Hubo un par de años en que me desbandé un poquito, pero terminé el colegio súper bien en las notas. Siempre estuve muy metido en el tema pastoral. Y la pastoral en el Saint George estaba muy movida por el tema social. Yo diría que en esos años no logré tener una experiencia muy profunda de Dios, pero sí de encontrarme con los hermanos que sufren y de conocer la injusticia social. Enganché mucho con eso.

Además mi familia era muy política. Mi papá trabajó activamente en la campaña del NO para el plebiscito de 1988. Y a mi el tema político me encantaba, y me sigue gustando. Así que desde chico era el presidente del curso, delegado de pastoral, y me gustaban todas esas cosas más de “grande”. Tenía muchos amigos y creo que era bien querido por los compañeros.

Recuerdo claramente el día de mi primera confesión. Estaba muerto de susto, me tocó con un cura español. Después de haberme confesado, me quedó la sensación de “quiero ser cura”. Yo estaba en cuarto básico, era un cabro chico. Después recé, qué se yo, deben haber sido cinco minutos, y sentí mucha paz. Por primera vez se me pasó por la cabeza la sensación de que quería ser cura. Después por supuesto que se me olvidó. Esto es algo que recordé recién cuando estaba haciendo el discernimiento, cuando sentí un llamado más potente. Fue bonito recoger la historia y darse cuenta de que las cosas no son de un día para otro, sino que Dios trabaja en la historia.

En la enseñanza media tuve momentos difíciles. Siempre seguí bien metido en la pastoral y en política. Mis compañeros escribieron en mi biografía al salir del colegio, que mientras todos jugaban a las bolitas, yo leía a Karl Marx. Un poco en broma, pero da cuenta de cuáles eran mis intereses.

En la adolescencia a mi se me gatillaron cosas de la vida, como la separación de mis papás y algunas búsquedas profundas de sentido, unas preguntas hondas. Así que primero y segundo medio fueron años bien duros. Pero aunque lo pasé un poco mal, también había cosas muy bonitas que me sostenían, especialmente el tema apostólico. Creo que mi participación en la pastoral social se debía en parte a estas búsquedas de sentido, a la formación que venía de mi casa y a una inquietud grande por los temas de la justicia y la igualdad. El colegio fomentó y le sacó brillo a eso.

En segundo medio tuve la segunda experiencia de Dios que yo podría identificar como una intuición vocacional. En el colegio invitaron a algunos alumnos de primero a tercero medio a participar en el Jubileo del año 2000, en Roma, donde se hizo un encuentro mundial de jóvenes con el Papa Juan Pablo II. Fue un viaje fue muy potente. Lo pasamos muy bien, pero además Dios aprovechó de meterse por ahí. Yo nunca había vivido experiencias de oración intensas, misas con miles de personas, de todos los países, que son impresionantes. Me tocó ver de cerca de Juan Pablo II, y ver la imagen del Papa es muy fuerte. Uno se dice “aquí hay algo muy antiguo” (la Iglesia). Él tenía mucha fuerza y carisma, pese a que ya estaba viejito.

Por primera vez me sentí parte de la Iglesia. Eso era una gran novedad, porque mi familia no era muy practicante en lo religioso. Yo no iba a misa muy seguido, y mi participación eclesial era súper pobre. Pero en ese viaje me dije “aquí hay algo mío”. Después, en épocas en que estuve más alejado de la Iglesia, siempre sentí que había quedado algo de esa experiencia.

Visitamos Asís, donde vivió San Francisco, y ahí recuerdo haber tenido la sensación de una paz profunda, y un deseo de más. Esto lo digo hoy día con las palabras de Ignacio, pero era como una necesidad de entrega. Por segunda vez se me pasó la idea de que esto quizás era ser cura. El momento más impactante fue cuando bajamos a la tumba de San Francisco. Fue un momento de paz, recogimiento, oración. De consolación, como dice San Ignacio. Yo en ese tiempo no tenía idea que era, sólo sentía que había Dios, pero hoy puedo decir que estaba muy consolado.

Después de ese viaje llegué muy prendido, con mucho fuego, feliz, contento. Sentía que Dios me había rescatado del momento difícil que estaba viviendo, que me estaba dando fuerza. Un tiempo después tuve una crisis de fe más profunda, y me volví a alejar de la Iglesia.

Tenía la vida más o menos común de todos. No era ni muy reventado, ni tampoco me quedaba en la casa, sin salir. Iba a discoteques, tenía un grupo grande. En segundo medio había empezado el tema de las fiestas, y a mi me encantaba bailar, lo pasaba chancho. Carreteábamos y lo pasábamos bien.

El tema político seguía siendo importante. A mí me marcó mucho la dictadura, pese a que no la viví. Mi tío había estado detenido y después en el exilio y mi papá siempre me habló de ese tiempo. Recuerdo que desde primero medio ese fue un tema muy importante para mí, las violaciones a los derechos humanos. A veces me ponía un poco denso, y mis amigos en ese sentido también han sido lugar de salvación, porque me sacaban de ese mundo y me hicieron reírme, jugar, pelear, carretear, salir a bailar.

No tuve pololas en la etapa del colegio. Estuve bien enganchado con una niña, por hartos años. Hasta que al final resultó, pero duró poquito. Es que yo era muy apasionado, muy fiel y muy exigente. Creía que para darle un beso a una niña tenía que estar enamorado, y que eso tenía que ser recíproco. En la universidad me solté un poquito las trenzas.

Me gustaba mucho el cine y el arte, aunque no tengo habilidades artísticas. En el colegio nos potenciaban eso y era además una etapa muy idealista, en la que uno anda buscando referentes. En cambio, el tema deportivo nunca ha sido un tema. Más bien, ha sido tema porque me ha costado. Soy malo para el fútbol. He tenido que aprender a jugar en la Compañía.

Algo muy bonito que he podido hacer en la vida es viajar. A mi me encantaba viajar y esto se lo debo a mi mamá. Es un lujo, pero uno que me abría al mundo. Con mi mamá y mi hermana viajamos a África, a Europa, a Estados Unidos, América Latina. En las vacaciones de verano de tercero medio me fui con dos amigos a mochilear a Chiloé, y en las vacaciones de invierno de cuarto medio fui al Cuzco. Fue un viaje espectacular.

Tercero medio fue un año bastante difícil, no estuve muy bien. Me refugié mucho en el grupo de amigos. Pero en cuarto medio repunté, salí de ese período bajoneado, y tuve un excelente año y con mucha alegría. Fue muy bonito recoger la historia, el paso por el colegio. Nos invitaron a confirmarnos y yo recordé la experiencia en Roma. Empecé a ir a misa de nuevo. Hoy me doy cuenta de que mis experiencias de oración en ese tiempo eran súper rústicas, se limitaban a ir a misa los domingos cuando podía. Por eso en el Noviciado se reían de mí y me decían que yo soy en realidad un converso.

Pero de ese tiempo, me acuerdo de haber estado un día en misa y como que caché que Dios tenía que ver con amor. Una cuestión súper clave, nada nuevo, pero recuerdo haberlo entendido un día, en la misa. Que Dios tiene que ver con la entrega, con amar.

Y el momento de la confirmación fue muy bonito, importante. Me sentía de verdad dando un paso en compromiso de filiación a la Iglesia y a Jesús.

Estaba saliendo del colegio, preparando la Prueba de Aptitud Académica. Me fue bien, no me puedo quejar, aunque peor de lo que me había preparado durante todo el año. Desde primero medio quise estudiar derecho y mi sueño era entrar a la Universidad de Chile, debido a lo importante que era para mí el tema de la justicia. Por eso quería entrar a derecho, y cuando íbamos a las discoteques en Bellavista y Recoleta, me acuerdo que cuando nos iban a dejar o llegábamos en taxi yo les decía a mis amigos “aquí voy a estudiar”. Entonces, después en cuarto medio tenía que llegar allá. Pero eso significó que lo pasé bien mal. Me acuerdo que di la Prueba de Aptitud y entre que daban los resultados, que hace 5 años se demoraba 3 semanas y no 10 días, tuve pesadillas todas las noches, lo pasé mal, mal. Al final me alcanzó, y entré a la Chile.

La facultad tiene estos pilares enormes, es una estructura muy imponente. Me acuerdo del primer día, muerto de susto, pero profundamente feliz, contento, entrando al hall de entrada de la facultad. Y era como un cabro chico, con los ojos abiertos, mirando las escaleras, lleno de gente. Además la facultad tenía esto que me encanta mucho, que es el tema de la participación y lo político. Estaba tapizado de carteles, los alumnos de quinto año con terno, con los códigos en la mano. La facultad tiene todo ese cuento, es muy divertido

Todo el primer semestre estuve como en el éxtasis de ser universitario, y también tener una libertad mayor. No tenía las estructuras del colegio, daba lo mismo si iba a clases o no. En el fondo es experimentar que tú eres dueño de ti, y que haces lo que quieres. Todos esos meses tuve los ojos perpetuamente abiertos.

Si a mi el colegio Saint George me había abierto al mundo y me hizo conocer la realidad de los pobres, ahora yo podía estar en la sala de clases de igual a igual con gente súper distinta. Me hice muy amigo de un gallo del colegio Verbo Divino, pero también tenía compañeros de lugares más sencillos. Y eso era nuevo para mí. Conocí gallos igualmente inteligentes y capaces, sacrificados. Eso me ha edificado mucho. Eran personas que a punta de esfuerzo, a veces trabajando y estudiando, lograban sacar la carrera.

Ese primer año carreteamos harto y disfrutamos de la libertad. Después de clases nos íbamos a tomar cerveza a Pío Nono. Me metí en política y estuve participando en la Juventud Socialista, iba a reuniones en el partido y todo. Las clases no me mataban, aunque me gustaba el derecho. Es muy interesante conocer cómo funciona la sociedad por dentro. Yo andaba con el código en la mochila, o sea me creí el cuento a concho.
Se fue formando un grupo de amigos, varios de ellos habían sido compañeros míos en el colegio. Empezamos a juntarnos, a carretear. Lo pasamos muy bien. El primer año tuve algunos romances, que fueron importantes a pesar de que no hubo nada más serio, porque no había tenido muchas experiencias en el colegio.

Desde los últimos meses del primer año en la universidad lo empecé a pasar mal. Hubo una situación familiar muy dolorosa, y creo que en ese momento me empezaron a pasar la cuenta algunos temas no solucionados de mi historia. Además, luego de estos primeros meses en una especie de “éxtasis” por entrar a la universidad, se me empezaron a caer un poco los ideales. En el partido me encontré con la realidad más “politiquera” de la política y tuve un desencanto mayor. En la universidad comenzó la vida más cotidiana. Y yo sentía que las preguntas más de fondo no se estaban resolviendo. El tema de Dios y la Iglesia, sin las estructuras del colegio, se me fue a pique. Lo social tampoco estuvo muy presente en el primer año. Empecé a ir a un campamento con unos amigos, pero finalmente no resultó.

Y en ese tiempo empecé a meterme duro en el carrete. Yo creo que con el carrete buscaba llenar vacíos. El carrete es bueno, yo creo que hace muy bien carretear y cuando veo un gallo que pasa encerrado en su casa me preocupa. Pero también hay un límite. Y yo creo que la forma en que yo carreteaba en ese entonces buscaba llenar vacíos, y evadir la realidad. Era súper legítimo para el momento que yo estaba viviendo, no creo que haya que ser juez de eso. Incluso fue lo que me dio la pasada para hacerme la pregunta vocacional, así que lo agradezco.

Lo paradójico es que en los ramos me fue muy bien, porque me gustaba mucho estudiar y reconozco que en eso tengo facilidad. Terminé el año pasándolo mal, aunque sin darme mucha cuenta. Estaba súper evadido en el carrete.

¿A Qué me Llamas?

En diciembre de ese año sentía que estaba chato, quería salir, y justo se me dio la oportunidad de hacer un viaje a Brasil con tres amigos. Y ese viaje fue un reventón. Fue como un carrete prolongado. Fue un mes entero, de puro carrete, día y noche, pasando por Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina. De ese viaje llegué muy enfermo de la guata, mal.

Me fui a Cachagua, donde mi mamá tiene una casa. Esa noche como que se me desarmó el cuerpo. Estuve pésimo, y mi mamá preocupadísima, a punto de llevarme a la clínica. Al día siguiente, 21 de febrero, estuve en cama. Era el día antes de mi cumpleaños número 20.

El cuerpo como que me hizo tilt, y yo dije “aquí hay algo raro”. Como que me cayó la teja y me dije “qué onda el último tiempo… qué ha pasado conmigo, que llegué a estar así de enfermo”. Cuando uno no cacha, el cuerpo habla. Y a mi el cuerpo me pataleó. Yo estaba súper gordo además, después de tanto carrete. Entonces me propuse ordenarme un poquito en el segundo año de la carrera. Ordenar mi vida, cachar qué onda, para dónde voy. Entonces, paradójicamente, ese viaje de distorsión fue para mí súper salvador, porque me hizo caer en la cuenta y preguntarme para dónde va mi vida, qué quiero ser, aparte de ser abogado, más que eso.

Me puse a revisar, y me di cuenta de que me había ido muy bien en la universidad en el primer año, pero no estaba satisfecho, por muchos motivos. Había dejado mi relación con Dios, aunque era una experiencia espiritual súper chica. Había dejado de tener apostolado. Terminé enfermo de tanto carrete. Me propuse estudiar en forma más seria, porque una cosa es que me vaya bien y otra muy diferente es estudiar responsablemente. Y también uno de los puntos de este “cambio de vida” que me estaba proponiendo tenía que ver con retomar un poco la relación con Dios.

Volví de las vacaciones y comenzó el segundo año de universidad. Como yo estaba en este proyecto de ordenar la vida, le dije a mi mamá que no quería irme a la playa ese fin de semana de Semana Santa, y le dije que tenía que estudiar, pero la verdad es que quería quedarme solo en Santiago para vivir la Semana Santa. Yo sabía que si me iba a la playa no la iba a vivir, porque ahí estaba el carrete, mis amigos. Una amiga que se iba a quedar también en Santiago, me invitó al retiro de Semana Santa del colegio San Ignacio El Bosque. Yo al San Ignacio lo conocía sólo como el colegio con el que competíamos. Pero le dije “ya po, vamos”.

Llegué como un pollito al San Ignacio El Bosque, al gimnasio. Y veo esta cuestión enorme, un montón de gente, tienen que haber sido 2000 personas. La gente con Biblia en la mano. Yo sabía que iba a un retiro, pero en verdad no cachaba nada. Después se sube Fernando Montes, al que yo lo había visto un par de veces en la tele, y empieza a hablar. No tengo idea de qué habló, pero me acuerdo que me llamó la atención. Yo veía que la gente tomaba apuntes de lo que él decía. Y después aparece el guía adelante, y dice “ahora, como siempre, tenemos el colegio abierto, y nos juntamos en una hora para que hable el padre Tony Mifsud. Y veo que toda la gente se empieza a parar, y mi amiga, muy normalmente, se para con su Biblia, y todos empiezan a caminar hacia el colegio, a las canchas. Y veo cómo la gente se empieza a sentar debajo de un árbol, sola, a rezar. Y yo no sabía qué hacer. Obviamente no le iba a preguntar a mi amiga, me daba vergüenza. Y yo dije “bueno, me tendré que ir a la capilla”. Me fui y ahí estuve sentado 45 minutos, tratando de rezar, aunque no tenía idea cómo.

Después me compré una Biblia y volví a la segunda charla, de Tony Mifsud, que me acuerdo que habló del perdón. Y habló muy ordenadamente del perdón. Y después me acuerdo que me subí al auto de mi amiga y empecé a sentir algo raro en el corazón, como un bichito. Fui a almorzar a su casa y volvimos a la segunda charla de Montes. Después de la charla ella se iba a la playa, entonces me pasó a dejar a mi casa. Y ahí me quedó literalmente la embarrada. Empecé a sentir primero un deseo, deseo de Dios. Sentía un fuego, sentía ganas de rezar, de ir a misa. Esa era mi asociación en ese momento, eran ganas de ir a misa, de ir a una capilla, de tranquilidad. Y sentía una cuestión como “galopante”. Estaba asustado, porque no cachaba nada de lo que me estaba pasando. Me metí a Internet, no me acuerdo cómo llegué a la página jesuitas.cl. Y en esa página decía “al servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Fue como un golpe, la justicia era un tema para mí, desde chico. Me dije “¿Qué cresta esta pasando?, me siento llamado!!”. Para mí, en el último tiempo que había estado súper escéptico, los que se metían a cura eran los frustrados, yo no creía en un llamado. Pero ahora yo me sentía llamado. Ese mismo día partí al colegio, al Saint George, a una liturgia de adoración a la cruz. Era primera vez que estaba en una. El Sábado Santo me acuerdo que yo ya estaba desbordado. Y el domingo fui a misa, con otra amiga, y después le dije “¿sabes qué? Estoy atoradísimo, me está pasando una cuestión muy rara”. Y le cuento que sentía fuego, ganas de Dios, de entrega. Y ella me queda mirando y me dice “mira, no tengo idea qué te está pasando, pero conozco un jesuita”. Y yo: “ya, qué es un jesuita?”. “Mira, los de la Compañía, los del San Ignacio El Bosque. Y ahí me acordé de lo que había estudiado en el colegio, y del padre Hurtado. Le dije “ya, dame su teléfono”. Ella me puso en contacto con Rodrigo Aguayo.

Ese mismo día, después de haber conversado con ella, llegué a mi casa y me acordé de que la abuela de un amigo alguna vez me había hablado de los ejercicios espirituales. Me metí a Internet, no salía mucho, pero me dije “esto me va a ayudar a descubrir lo que está pasando”. Llamé a mi papá, porque era amiga de ella, y le pedí el teléfono. Le digo “Pauline, hola, habla Javier, tú alguna vez me hablaste de los ejercicios espirituales, quiero hacerlos”. Y me dijo tengo un grupo de mujeres en la mañana, pero puedes hablar con tal persona, que el miércoles parte con un grupo”.

Le dije “ya, pero conversemos un poco antes”. Me fui a su casa, no la veía hace 5 años. Le conté lo que me estaba pasando. Fue tan bonito, ella me acogió profundamente. Rezamos juntos y me dijo “cuida este tesoro”. En el fondo me decía “ojo, no hables esto con cualquiera”. Después de la conversa me dijo “la dirección es ésta, parte en 1 hora más. Necesitas un cuaderno”.

Llegué muerto de susto, a una sala de reuniones de la Vicaría Cordillera. Eran 3 guías, puros caballeros de 50 y 60 años, y yo. Y bueno, cada uno tenía que contar por qué vino. Yo dije “siento que Dios me llama a algo, no sé a qué. Entonces estoy viendo para qué”.

De las Pistas a la Decisión

Empiezan a explicar la metodología de los ejercicios, cómo rezar, cómo ponerse en la presencia de Dios. En los ejercicios en la vida diaria uno tiene que rezar todos los días, pero en medio de sus actividades cotidianas. Y parece broma: al día siguiente, en la primera oración de los ejercicios espirituales en la vida diaria, me tocó la lectura del joven rico. Entonces, decía “anda, vende todas tus cosas, dáselas a los pobres, ven y sígueme”. Ahí yo cagué. O sea, ¡es que eso era! Fue fuerte.

En estos días mi vida había seguido normalmente, y casi no le había comentado esto con nadie. Sólo a un par de amigos les comenté que me estaba pasando algo raro y que tenía que ver con Dios.

Creo que Dios se vale de algunas coincidencias en la vida. Al lado de la facultad de derecho había una librería religiosa. Y a la semana siguiente de comenzar a hacer los ejercicios espirituales iba en la micro, me bajé en Pio Nono con Bellavista, y entré a la librería, como a “oler”. Yo en esos días andaba con una consolación permanente y muy fuerte. Y en la repisa encontré un libro que se llamaba “Quién eres tú, San Ignacio de Loyola”, del jesuita Jean-Claude Dhôtel, en promoción a dos lucas. Empecé a leer este libro.

Contaba la historia de este peregrino que había estado en una batalla, que después se había ido a Loyola, que después de leer los libros de los santos y de Jesús se quería ir a Jerusalén, que hacía unas penitencias loquísimas… y yo sentía que esto algo tenía que ver con lo que me estaba pasando a mí. Me acuerdo de haber estado en mi cama, y seguir leyendo la segunda parte, que hablaba de la Compañía. Y cuando empieza a hablar de la Compañía sentí una consolación muy fuerte. Y yo dije “es aquí, aquí hay algo”. Fue muy fuerte.

A las dos semanas empecé a conversar con Rodrigo Aguayo, y partimos absolutamente desde cero. Buen espíritu, mal espíritu, qué es el discernimiento. Empecé a leer la autobiografía de San Ignacio. Y me metí en un proceso de discernimiento súper rápido.

A mí tocó experimentar muy fuertemente esto que dice Dios “mira que estoy a la puerta y llamo”, que es algo que viven todos los que hemos sido llamados a algo, sea el laicado o la vida religiosa. Dios toma la iniciativa, y yo lo puedo confirmar con mi experiencia. Él la llevó; yo estaba buscando y Él apareció.

A los pocos días me llamaron del colegio Saint George para pedirme que acompañara a un grupo en el proceso de confirmación. A mi me tincó la idea, a propósito de esto que estaba intentando de ordenar la vida y de hacer más servicio.

En alguna parte de la autobiografía San Ignacio dice “hablar de Dios”, “salvar las ánimas”. Cuando yo hablaba de Dios con el grupo de confirmación me sentía muy pleno y alegre. Me sentía con mucha paz. Me gustaba mucho hablar de Dios, poder conversar de la experiencia de Jesús. Eso fue un indicador también.

Un tiempo después armamos un grupo de la universidad para trabajar en la toma de Peñalolén. Íbamos todos los sábados. Recuerdo haber estado algún día en la casita de Infocap de la toma, y haber dicho “aquí está Jesús”. Pude experimentar esto que el padre Hurtado dice tanto, que el pobre es Cristo. Se me regaló esa gracia. Era un lugar donde la pobreza es sensible, donde hueles, tocas, escuchas la pobreza, donde tienes miedo, donde ves gente que sufre, yo dije aquí está Jesús.

A los dos meses le dije a Rodrigo Aguayo “quiero entrar a la Compañía”. Súper rápido, recién habíamos conversado unas cuatro veces. Yo quería entrar ahora, ya. Entonces me dice “muy bien, tienes que hablar con Pablo Walker, encargado de las vocaciones para la Compañía de Jesús”. “Ya, dame el teléfono”, dije yo.

Llamé a Pablo y nos juntamos en su casa. Le conté lo que me estaba pasando: que Dios me estaba llamando y que quería entrar a la Compañía. Y Pablo me dice, “mira, muy bonita tu historia, hay que agradecerlo, pero ‘chanta la moto’. Ni tú ni yo sabemos si tienes vocación a la Compañía”. Así, de plano me bajó a la tierra. Yo quedé como impactado, porque estaba tan seguro. Me dijo “hay que verificar este llamado, hay que hacer un discernimiento, vamos de a poco. Tú tienes que conocer a la Compañía, y la Compañía te tiene que conocer a ti”. No era chipe libre la cuestión. Después de esa conversa quedé desoladísimo, sentía que Dios se me había ido a las pailas.

Pero finalmente entendí que había que hacer la voluntad de Dios, no lo que yo quisiera. Y le creí a Pablo: había que hacer un discernimiento. Comencé a acompañarme con él, nos juntamos cada dos semanas a conversar.

Además yo seguía con el apostolado en la toma y en el grupo de confirmación, con las clases en la facultad, me estaba yendo bien. Y también seguía carreteando con mis amigos, aunque más moderado. El cambio se fue notando exteriormente. Adelgacé mucho, empecé a ir a misa los domingos, progresivamente fui a aprendiendo a rezar con los ejercicios en la vida diaria.

En la toma de Peñalolén cachaba que ahí había algo muy potente para mi vida, que era el mundo de los pobres. No era algo demasiado nuevo para mí, ya había sentido eso haciendo apostolado en los años de colegio.

Y me empecé a dar cuenta de las cosas que me producían consolación y paz, lo que me llenaba el corazón: la toma de Peñalolén, hablar de Dios en la confirmación, y me resonaba mucho entregar la vida entera.

En septiembre me volví a encontrar con una chiquilla que me había gustado en cuarto medio y en primero de universidad. Ahí me tembló el piso. Justo el 18 de septiembre había una jornada vocacional, y yo le dije a Pablo que no podía ir en esas condiciones, porque estaba bien enganchado con ella. Yo me sentía indigno. Pablo me propuso ir igual y ver qué pasaba. Me di cuenta de que no se trataba de ser perfecto para ver si tenía vocación. La jornada fue bien bonita, hablamos mucho de la castidad, del cuerpo, de la familia. Me empecé a sentir como en casa, hablando con otros amigos de si entrábamos o no a la Compañía.

A la vuelta me dije “estoy puro leseando”. Ya tenía bastante claro que lo mío era eso, pero seguí la vida normal. En noviembre tuve un romance de una noche y al día siguiente me sentía terriblemente mal. Llamé a Pablo y le dije “no sirvo para esto”. Me sentía arrepentido, como infiel. Conversé con él y volví a sentirme muy acogido, con mi humanidad. El tema era qué hacer con esa humanidad, sin suprimirla.

Llegó diciembre y yo seguía sintiéndome llamado y con ganas de ingresar a la Compañía. Le pedí a Pablo ir a conocer el Noviciado. Me encantó: yo me imaginaba una casa de piedra, oscura y tenebrosa, pero me encontré con una casa sencilla, de madera, con gente común y corriente. Conversé con el Maestro de Novicios, Keno Valenzuela, y le conté mi cuento. En ningún minuto él ni ningún otro jesuita me dijeron “tú tienes vocación”. Siempre me invitaron a encontrar qué es lo que yo veía, qué me estaba diciendo Dios. Y luego a preguntarme si quería aceptar la invitación, porque también hay libertad para decir que no. Volví muy contento del Noviciado, Keno me ayudó bastante a ponerle nombre a los miedos que tenía.

A estas alturas, yo ya le había contado esto a mis papás. Mi papá se emocionó mucho. Para mi mamá fue un poco más difícil, yo era el único hombre de la casa y ella tenía susto de que me lavaran el cerebro.

Ese año mi mamá nos invitó a pasar la Navidad en Cuba. Pedro Labrín, otro jesuita, me mandó un encargo para un cura de allá. En La Habana estuve en la comunidad jesuita. El encargado vocacional de allá me mostró la comunidad, la iglesia y me presentó a todos los curas.

A la semana siguiente estuvimos una semana en Varadero, con todo lo que eso significa: estar en un resort con bar abierto, mujeres bonitas, playas espectaculares, etc. Para esa semana Pablo Walker, muy asertivo, me había prestado un libro que se llamaba “Esclavo de Esclavos”. Era la historia de Pedro Claver, que vivió en Cartagena de Indias, en Colombia, y era apóstol de los esclavos negros que llegaban de África. Yo estaba en un lugar donde había mucha descendencia afroamericana y la gente que atendía el hotel era era afroamericana. Eso me habló de Dios y del llamado. Sentía un poco lo de san Ignacio en su conversión: “yo también quiero ser como San Pedro Claver”.

Volví de Cuba, y el 3 de enero nos fui a una jornada vocacional. La primera semana vivimos en Cerro Navia. En la mañana nos juntábamos con un jesuita y en la tarde hacíamos misiones, colonias con los niños, misas de campamento en la calle. Y qué me han dicho, ahí ya fue clarísimo. Vivir en Cerro Navia, con otros compañeros que estaban también discerniendo la vocación, hacer las colonias y sentir nuevamente la consolación que me producía todo esto, la plenitud, la alegría. Sentí que ésta era la mía, esto es lo que yo quiero ser: quiero estar con los más pobres, quiero compartir la fe, hablarles de Jesús, del Dios que yo había estado conociendo. Después vinieron 8 días de ejercicios espirituales, que estuvieron bien movidos, como buenos ejercicios. Pero con momentos importantes: la contemplación de la Trinidad viniendo al mundo, el llamado del Rey, la Resurrección. También con desolaciones y los ruidos que los ejercicios significan. Pero después de todo eso me pregunté “¿quiero postular?”, y la respuesta fue sí.

Empezó la postulación. La primera conversa con el Provincial, las entrevistas con tres jesuitas. Una de mis preguntas tenía que ver con la pureza de la intención. Me daba miedo que esta decisión fuera en el fondo una forma de escaparme, de ser otro. En esas entrevistas conversé con Antonio Delfau, que me dijo que esa duda era súper legítima, pero que la verdad, la pureza no existe. Siempre hay cosas ambiguas. Y dentro de eso hay que buscar la voluntad de Dios. Lo más importante es discernir, pero también hay que cachar que ese discernimiento está hecho sobre la base de una historia concreta, de un hombre con temores, alegrías, inseguridades. Ahí está la Encarnación, ahí Dios nos quiere hablar.

Después de la postulación el verano fue bonito, pero bien duro porque me costaba esperar. El 31 de enero me llamó el Provincial a reunión. Conversamos, me preguntó cómo había sido este tiempo. Le conté que estaba con paz, pero muy nervioso. Y como que se empezaba a alargar, me preguntaba de mi familia, pero no me daba nunca la respuesta. Yo estaba vuelto loco. Al rato me dice que me han aceptado en la Compañía. Me dijo que entraba el 13 de marzo, me dio algunas pistas para el tiempo que venía, y me dijo que el Noviciado que era un tiempo para discernir y confirmar el llamado a la Compañía.

Me sentí profundamente feliz. Al salir de la oficina del Provincial me fui directo a la casa de Pablo. Fuimos a rezar a la capilla, a dar las gracias. Me recomendó aprovechar este tiempo que quedaba para estar con la familia y los amigos.

Febrero fue un mes bonito. La primera semana me fui al lago Riñihue, donde estaba mi papá de vacaciones, y fue un poco volver a la historia porque la familia de mi papá siempre veraneó ahí. Después estuve una semana en Chiloé, con mis mejores amigos. Salimos a bailar, alojamos en una cabaña abandonada, fue una bonita despedida. Y las últimas semanas las pasé con mi mamá. Para ella era bien difícil, y para mí también; a uno no le gusta ver sufrir a las personas que quiere. Fue mi cumpleaños y me hicieron una gran fiesta de despedida.

Ya en marzo lo único que quería era entrar a la Compañía. Fui a hacer los últimos trámites en la universidad, y el 13 partimos a Melipilla. Me fue a dejar mi familia y varios amigos.

Vivir al Modo de la Compañía

Uno llega nervioso al Noviciado. Te recibe alguien a quien llamamos “ángel”. Es un novicio de segundo año, que va a ser tu compañero de pieza y te va a introducir a la vida del Noviciado en el primer tiempo. Es un nombre un poco raro, pero de una larga tradición en la Compañía. Él me mostró el Noviciado, los lugares de oración, de estudio y de trabajo. Tuvimos una liturgia con nuestras familias donde el Maestro de Novicios nos dio la bienvenida, fue muy bonito. Después tocan la campana y empieza la despedida. Yo, que decía que tenía todos los duelos hechos porque había llorado harto, estaba con mucha pena en ese momento. Pero trataba de hacerme el fuerte.

Se va la familia, se van los amigos, y uno tiene la primera misa con los jesuitas, en la capilla del Noviciado. Eso es muy heavy, muy fuerte. La Compañía te recibe con el Provincial y casi todos los jesuitas que viven en Santiago.

El primer tiempo fue como lo que me había pasado en la universidad: abrir los ojos. El primer día mi ángel me dice “mañana nos levantamos a las 7 para rezar y hace deporte”. Obviamente dormí poco o nada esa noche, muerto de ansiedad, en una cama nueva, con un gallo al lado -yo siempre había dormido solo- y que me decía qué hacer, además. Y al día siguiente, deportes. Primero la oración. Rezamos laudes y después de laudes, a correr. Yo soy cero deportista, pero así partí mi vida en el Noviciado.

Los años de Noviciado fueron preciosos, un regalo. Y fueron muy distintos a lo que yo me imaginaba. Cuando uno se proyecta, a veces peca de idealista. Y yo pensaba que la vida de jesuita era una vida entregada, pero que las penas y las inseguridades iban a desaparecer como por arte de magia. Y la vida en el Noviciado, y en la Compañía, ha sido de una profunda humanidad.

Fue empezar una vida nueva. Al poquito tiempo me di cuenta de que era una vida muy distinta a la que esperaba. En mi inconciente yo esperaba que el Noviciado fuera una etapa sin preguntas ni temores. Y en realidad es un tiempo de refundación. Para eso hay un trabajo muy profundo que tiene que ver con traer la historia, con poner frente a Dios y al Maestro de Novicios todos los temores, las alegrías, todo lo que a uno le pasa.

El Noviciado fue un tiempo para recoger con gran hondura mi propia historia de salvación, y en ese sentido Dios sigue siendo muy creador, sigue haciendo una historia individual conmigo. Eso me ha permitido hacerme lúcido de cómo Dios actúa en mí, y para dónde me va conduciendo.

Lo primero fue ver que Dios me llama a consagrar la vida entera, de pies a cabeza, con toda la historia, no sólo con la parte bonita. Ser jesuita no se trata sólo de entrega y generosidad, sino que implica integrar la vida. Porque cuando uno consagra la vida, la consagra entera.

Ha sido una conversión larga darme cuenta de que Dios no me llama porque me haya ido bien en los estudios o haya sido un gallo con inquietudes sociales. Dios no te llama por lo “perfectito” que sea o puedas ser. Y uno a veces cree que debe ser perfecto ante Dios.

La primera experiencia potente fueron las misiones. Había pasado el primer semestre en el que estuvimos aprendiendo a rezar, a discernir, conociendo la espiritualidad y la historia de la Compañía. Y luego vinieron las misiones, en Tirúa. Me tocó vivir en la casa de una familia mapuche. Fue nuevamente experimentar que ahí estaban los preferidos de Dios. En la sencillez del desayuno, al salir de caminar, al estar en el campo con esa gente de corazón sencillo, pude encontrarme con el modo de Dios, que nace en medio de los pobres. Además me sentí compartiendo la misión de la Compañía. Mi vida de jesuita no sólo tiene que ver con mi relación con Jesús; también tiene que ver con que soy parte de un cuerpo.

Justo después de las misiones vino el mes de ejercicios espirituales, que es la experiencia clave del Noviciado. Fueron 35 días de oración. Es la experiencia más profunda de Dios que he tenido en mi vida.

Se me reveló un Dios profundamente Padre, creador y que ha conducido silenciosamente cada momento de mi vida. En primera semana, cuando uno empieza a reconocer su pecado, tuve un quiebre, porque yo seguía pensando que para estar ante Dios había que ser perfecto. Ahí estuvo la primera gran conversión: reconocer que soy pecador y que así me debo poner ante Dios. Ese es un camino de pobreza potente, que no he terminado. Jesús me invitó a identificarme con Él y a compartir su misión. En definitiva la invitación fue a ser hijo de este Dios-Padre, al modo de Jesús.

El segundo semestre del Noviciado fue muy bonito. Uno se sigue alimentando con la gracia del mes de ejercicios, y además en octubre fue la canonización del padre Hurtado. Ese año hubo un encuentro de novicios del Cono Sur. Compartimos con novicios de Perú, Paraguay, Argentina, Uruguay y Bolivia. Éramos 40 en la casa. Fue un gran regalo, porque uno se da cuenta de que Dios está actuando en todas partes. El Maestro de Novicios nos dijo que no entramos a una Provincia, sino que a la Compañía universal.

En el Noviciado la vida está muy estructurada. Se reza mucho, se estudia y también se hacen trabajos en la casa. A mí me tocaron varias pegas: compras de la casa, el jardín, los huéspedes, etc. Con los estudios no tuve problemas, porque tengo facilidad. Pero además estudiábamos espiritualidad, entonces es un estudio que te va alimentado, Dios te va hablando en lo que estudias, así que yo lo gocé. Durante ese año tuve como apostolado acompañar a una comunidad cristiana, y siento que fui yo el formado ahí. Los pobres me evangelizaron.

Al terminar el primer año tuvimos vacaciones, desde el 15 al 30 de diciembre. La primera Navidad lejos fue un momento duro. Y después tuvimos nuestra primera experiencia apostólica de verano en la Compañía. Me tocó ser capellán de un campamento de trabajos de verano de la CVX y el colegio San Ignacio el Bosque.

Fue una experiencia difícil, porque a esas alturas uno no tiene muy fraguada su identidad como jesuita. Además yo era apenas 3 años mayor que los que estaban participando en el campamento. Al principio estaba tenso, no sabía cómo comportarme. Estaba recién aprendiendo a ser religioso. Pero fue una experiencia muy sacerdotal y la gocé. Preparaba las liturgias, tenía conversas con los chiquillos. Le fui encontrando un nuevo sentido a la castidad, que me permitía estar disponible.

Y al terminar ese campamento vino el Mes de Hospital, otra gran experiencia del Noviciado. Me tocó en el Hogar de Cristo: 10 días en la sala Padre Hurtado, donde están los enfermos terminales y 20 días en las salas de enfermos transitorios. Los 3 novicios que estábamos ahí vivimos ese mes en la comunidad jesuita en la población Nogales, que está muy cerca.

En el Mes de Hospital, los Novicios hacemos tareas auxiliares. El primer día me tocó recibir a un señor muy gordo, que estaba muy sucio, hediondo, lleno de piojos, muy mal. Tuve que bañarlo, fue una experiencia fuerte. Uno tiene que salir de sí mismo y de su propia sensibilidad, obviar las cosas que dan asco y ser capaz de hacer cosas difíciles, como cambiar los pañales de los enfermos. Acompañar a los enfermos terminales y tratar de ayudar a darles una muerte digna es bien doloroso, pero muy formador. En esos días Dios me estuvo enseñando a amar al modo de Jesús. Ante la experiencia del dolor, Dios da una sola respuesta: estar, acompañar. Eso es misterioso y cuestiona. En los primeros 10 días se me murieron tres pacientes, fue bien duro.

Al terminar el Mes de Hospital tuve los ejercicios espirituales de 8 días que los jesuitas hacemos cada año. Pasé mi primer cumpleaños dentro de la Compañía en retiro, fue un contraste muy loco con el cumpleaños anterior, en el que había tenido esa tremenda fiesta.

Luego del Encuentro de Provincia, a fines de febrero, llegamos al segundo año de Noviciado. Continuamos con el ritmo de estudio y oración, y en el invierno nos tocó el Mes de Inserción, en el que envían a los novicios a vivir en una comunidad jesuita para tener vida apostólica. Es una forma de conocer cómo es la “vida real” en la Compañía, porque uno tiene que organizarse y buscar espacio para hacer todo: la vida comunitaria, la oración y el trabajo o apostolado. Me enviaron al colegio San Francisco Javier, en Puerto Montt. Ahí se me concretó la misión de la Compañía en una obra específica y a través de los compañeros con los que me tocó trabajar. Pude ver mucha entrega y generosidad, y también las flaquezas y debilidades que todos tenemos. Fue una experiencia importante, en la que vi a hombres de carne y hueso dando la vida.

Al volver del Mes de Inserción tuve un quiebre. Ya llevaba un año y medio en el Noviciado, y se acercaba el momento de los votos, que los jesuitas hacemos al terminar el Noviciado y que son perpetuos. Me vino como una crisis vital, en la que me sentía sostenido por Dios, pero remecido y cuestionado. Tuve que hacer un trabajo de honestidad, porque quería serle fiel a Dios, y él me pedía tomarme un tiempo más para decantar todo lo que estaba viviendo.

Terminé el año en ese proceso, muy cuestionado y dudando de pedir los votos, cosa que mis compañeros ya habían hecho. Llegó otra experiencia importante: el Mes de Peregrinación, en que nos envían de a dos o tres, sólo con una mochila y algo de ropa, a trabajar como temporeros para ganarnos la vida. No podemos decir a nadie que somos jesuitas, y debemos conseguir trabajo y compartir la suerte de los más pobres, poniendo la confianza en que Dios proveerá.

La verdad es que al tercer día se acaba el romanticismo con el que uno llega a esta experiencia: tienes hambre y estás cansado. Estuvimos en un pueblo cercano a Cumpeo. En ese lugar nos acogió una mujer que nos encontró y nos recibió en su casa. Nos dio comida, nos prestó la ropa de sus hijos para ir a trabajar. Con ella experimentamos lo que dice el Evangelio: “tuve hambre y me diste de comer…”. Ella fue Dios para nosotros, y nosotros fuimos Dios para ella. Conocer el trabajo del temporero también fue muy transformador y una invitación a la conversión.

Al volver del Mes de Peregrinación tuvimos los ejercicios espirituales. Fueron preciosos y muy contundentes en gracia. Dios se me regaló con mucha fuerza y pude ver lo fuertes que habían sido esos dos años de noviciado. Confirmé la moción que había tenido durante el año: que necesitaba un tiempo más para decantar antes de pedir los votos. Para creer de verdad que Dios me llama con mi humanidad, completo, como soy. Y a mi me faltaba tiempo para “aconchar” esa gracia.

Decidimos que iba a pasar al Juniorado (la siguiente etapa en la formación jesuita) junto con mis compañeros, pero posponiendo los votos. Fue difícil no hacerlos con ellos, porque es un momento importante y me costó vivirlo desde fuera.

Tuvimos una bonita despedida del Noviciado, y llegó el primer cambio de casa en la Compañía. El 2 de marzo llegamos al Juniorado, la segunda etapa en la formación. Y es un cambio muy potente. Porque en el fondo el Noviciado es un tiempo muy privilegiado, y es un lugar resguardado. Es un lugar de introspección, de conocer a la Compañía, de largos momentos de oración, de silencio, con horarios súper establecidos. Y uno pasa del 28 de febrero, al terminar los ejercicios espirituales, al 2 de marzo, en el Juniorado, en Santiago, empezando la universidad, con un cambio de comunidad, para la mayoría es volver a la ciudad de origen. Es de alguna manera reinsertarse en el mundo.

Los objetivos son distintos a los del Noviciado. En esta etapa uno se hace más responsable de su propia vocación, hay pocos horarios establecidos y cada uno debe hacerse el tiempo para respetar su espacio de oración. Generalmente compartimos la misa en la comunidad e intentamos tener comidas juntos, pero la vida comunitaria es muy distinta porque en el Noviciado todos se levantan, rezan y hacen todo a la misma hora. El año pasado estuvimos 10 juniores en la casa, de tres generaciones. Uno está terminando su carrera de derecho en la Universidad de Chile, los demás estamos en tres años diferentes del Bachillerato en Filosofía, en la Universidad Alberto Hurtado. Todos estamos en etapas distintas de la vida religiosa, en diferentes lugares apostólicos y aprendiendo cosas distintas. Además convivimos con cinco curas, que tienen su vida apostólica en diversos lugares y que forman parte de nuestra comunidad.

El Juniorado es un tiempo para explorar con el arte y las humanidades. Estamos en un programa de la Universidad Alberto Hurtado que se llama Bachillerato en Filosofía y Humanidades. La universidad tiene una malla en la que se va revisando la filosofía, el arte, la historia y la literatura, a lo largo de la historia. Partimos revisando Antigüedad, y vamos avanzando por épocas. Es muy entretenido, pero además te da una dimensión muy profunda del hombre. Uno se va encontrando con la realidad del ser humano. También estudiamos latín.

Ha sido entretenido encontrarse en una sala de clase con otros religiosos y muchos laicos. La mayoría de mis compañeros de universidad acaban de salir del colegio. Los jesuitas que estamos ahí tenemos las mismas reglas del juego que los demás. Ha sido oportunidad para tender puentes y hacerse amigo de gente distinta, compartir con gente que, por ejemplo, no cree en Dios.

No siempre podemos participar de todo lo que implica la vida universitaria, porque nuestros tiempos están más acotados: además de los estudios tenemos una vida comunitaria, espiritual y un apostolado con los que cumplir. Cada uno se va haciendo cargo de sus tiempos y viendo qué posibilidades tiene.

La misión principal en el Juniorado y en toda la formación, hasta los últimos votos, es formarse. O sea, hacerse un hombre disponible para la misión de Jesús, y para la misión que Dios le ha dado en la Compañía.

Gran parte del tiempo lo ocupamos en estudiar. Y también nos formamos apostólica y afectivamente, para poder vivir los votos con libertad.

Mis días normalmente comienzan con una oración personal, tratando de encontrarme con el Señor al que le consagro la vida. A las 08:00 tomamos desayuno todos los de la casa, todos juntos. A las 08:30 comienza generalmente la jornada de estudios: o voy en clases o dedico tiempo a leer, estudiar, hacer informes y trabajos. Cada uno se organiza y ve si entremedio necesita unos minutos de recreo. En general intentamos almorzar en la comunidad, luego tengo un rato de descanso y como a las 3 de la tarde retomo el estudio, generalmente hasta las 19:30. A las 20:00 tenemos misa, de lunes a jueves. Después comemos y luego hay un rato para compartir con la comunidad. Termino el día con la pausa diaria. Entremedio de eso cada día pasan muchas cosas: tengo que dejarle tiempo al oficio que me corresponde, que en el Juniorado es cuidar el jardín; hay días en que no almuerzo en la comunidad porque me junto con un amigo. Los martes siempre vemos una película en la casa, porque en esta etapa de la formación el tema cultural es importante. A veces son películas de cine arte, pero en tiempos más estresados elegimos películas para reírnos y descansar. Una vez a la semana hacemos deportes juntos, y los lunes tenemos reunión de comunidad. El jueves y el viernes le dedico tiempo al apostolado.

Este año estuve haciendo mi apostolado en el colegio San Ignacio El Bosque. Para mí era desafiante: significaba volver a un lugar muy similar a mi origen, pero ahora como religioso. No era el apostolado que yo esperaba; yo pensaba que tenía que comenzar acercándome al mundo de los más sencillos. Pero después no fue difícil obedecer, porque encontré coherentes los argumentos para enviarme a trabajar al colegio. Tenía que ver con esto de volver a los orígenes, que es muy formador y muy salvador también. Y lo he recibido como un regalo. ¿Me ha puesto preguntas? Si, porque en mi voto de pobreza hay mucho que tiene que ver con el mundo de los pobres. Y en el San Ignacio me he encontrado con muchos tipos de pobreza, pero no es la misma pobreza que uno encuentra en un campamento, en una población. Y yo creo que los más queridos por Dios son los que cargan con todas las pobrezas. Por eso me ha puesto preguntas el trabajar apostólicamente en un lugar con personas de un sector más acomodado. Y estoy en búsqueda, viendo cómo trabajar con ellos, pero mirando siempre desde los más pobres. Eso no es fácil, es una tensión, y no siempre se puede responder a ese llamado. Pero también es bonito reconocer que Dios nace para todos.

Este apostolado me ha dado mucho gozo y he aprendido profundamente. Fui capellán de tercero básico: me juntaba cada 15 días con los niños y hacíamos una especie de catequesis para ir juntos conociendo a Jesús. Hablamos de cómo nació, dónde, de quiénes eran sus amigos. Todo en su lenguaje y de una manera lúdica. Me ha implicado adquirir ciertas destrezas que no tenía por naturaleza.

Ha sido importante para mí además, porque me contacta con una parte de mi misión como jesuita: ser formador. Y eso tiene que ver con disciplina, autoridad, ser categórico cuando es necesario. Pero también significa aprender a hacer esto con un corazón de pastor, con misericordia, conociendo la situación concreta del niño. Este apostolado me ha enseñado eso, a ser pastor.

En el primer semestre yo seguía en el proceso de decantar la gracia, para llegar al momento de pedir los votos perpetuos. Fue muy determinante vivir la vida de un estudiante jesuita y decir “echémosle para adelante no más”. Es la sensación de que Dios se ha puesto, y se seguirá poniendo.

El tiempo de invierno fue especialmente bueno para eso. Me fui con un grupo de Un Techo para Chile, como capellán. Fue importante compartir la vida con personas de mi misma edad, siendo uno más, pero siendo religioso. Sentí que había algo que es mío, que hay una vida religiosa que ya está, ya es y ya ha sido. Y que gozo mucho. Estar construyendo techos, haciendo bendiciones de casas y liturgias, conversando con la gente, fue un impulso para tomar la decisión y pedir los votos.

En las vacaciones de invierno, que fue un tiempo más tranquilo para rezar, sentí mucha paz con la decisión. Sentí lo que dice el Evangelio: que lo que ha sido dado gratis, démoslo gratis también. Decidí en el fondo, hacer compromiso lo que ya había vivido.

Agosto fue un tiempo tranquilo para volver a clases y escribirle al Provincial lo que me mueve como jesuita: que yo quiero vivir toda mi vida como jesuita, siendo pobre, casto y obediente, al modo de la Compañía.

Ese mes justo tocó la visita del Provincial a mi comunidad, que cada año visita a todos para que hagan su cuenta de conciencia, en la que uno le abre toda la conciencia al Provincial, con total transparencia, contándole lo que ha pasado en el año transcurrido desde la visita anterior. En esa cuenta de conciencia me tocó decirle al Provincial cómo me veía hoy, cómo había llegado a la Compañía, el camino que Dios había hecho conmigo, cuáles eran las mociones y qué podía ofrecer yo, que no está listo ni es perfecto. Y yo, Javier Celedón de hoy día, quería pedir los votos perpetuos, sabiendo que hay un camino largo por recorrer, que no hay nada asegurado, pero confiado en el Dios que ya ha caminado conmigo.

Ahora me toca seguir construyendo, pero ya están los cimientos para decir que todo el bien que he recibido, quiero convertirlo en una respuesta de compromiso y de amor, que son los votos.

A principios de septiembre el Provincial me respondió dándome los votos. Los hice el 1 de octubre del 2007. Fue una ceremonia muy esperada y muy bonita. Estuvieron mis familiares más cercanos y muchos jesuitas de Santiago. Es muy lindo entrar en la procesión de los curas a la Capilla Doméstica en la Residencia San Ignacio, llena de sacerdotes que me acompañaban en ese momento importante. Es un paso de incorporación al cuerpo.
En el momento antes de la Eucaristía y leí una fórmula muy antigua, donde igual que miles de jesuitas en la historia, prometí ser pobre, casto y obediente perpetuamente en la Compañía de Jesús.

Una gran tentación es querer tener certezas absolutas, que Dios poco menos que te de un papelito diciendo “sí, ésta es mi voluntad”. Y eso tiene que ver con un camino de pobreza súper heavy que empecé en el Noviciado y que tiene que ver con mi voto de pobreza hoy día. La certeza que yo tengo es que hay un camino muy profundo hecho con Dios, pero a mi nadie me asegura que yo voy a morir en la Compañía. ¿Quiero eso?, sí es mi deseo más profundo. Pero la verdad es que ninguno de nosotros tiene el futuro asegurado.

Sólo tengo la certeza del camino hecho con Dios. Sé que es un Dios que no abandona, que cumple su alianza. Él sí que es perpetuo, más perpetuo que mis votos. Él sí que es un Dios fiel, y yo tengo la certeza de que desde que nací y fui creciendo, Él ha estado todos los días. Con momentos difíciles, durísimos, pero ha estado. Yo creo que eso me ha sostenido y me animó a entrar a la Compañía.

Un jesuita me dijo una vez que el padre Arrupe, que fue General de la Compañía, dijo que entrar a la Compañía era firmar un cheque en blanco. Y yo, ya dentro de la Compañía, he podido experimentarlo:¿en quién voy a poner mi confianza? En Dios, en el que ha llamado. Que Él se haga cargo.

Hay algunos que te hacen notar que ésta es una vida de renuncia. A la vida de pareja, a la vida familiar, a las cosas. No hay que negar que en la vida religiosa hay renuncias. Pero eso es una manera de mirarlo. La otra cara es decir, yo estoy optando aquí por vida plena, y vida en abundancia, para mí y también para los demás. Hay un deseo muy hondo de entrega. De ser testimonio de Dios, y que eso empape la vida. Testimonio de misericordia, de acompañar la vida, de disponibilidad, de estar dispuesto a recibir cuando alguien lo necesite. Los votos son eso. A nosotros la Iglesia nos pide que seamos testimonio, y así me sueño yo en la Compañía: con mi humanidad, ser testimonio de Jesús.

versión para imprimir