Otros
hablan de Javier Celedón:
Carlos Álvarez SJ
Estudiante jesuita en etapa de formación, Teología
calvarezsj@gmail.com
Conocía a Javier el año 2006, en una experiencia llamada inserción en la que los Novicios deben irse a vivir a una comunidad apostólica. Fue enviado al Colegio San Javier de Puerto Montt, donde estaba haciendo el magisterio. Desde ese momento aprecio tremendamente a Javier por el camino de libertad, madurez humana y espiritual que ha ido haciendo en la Compañía, dejándose interpelar con mucha pasión por Jesucristo y poniéndose de lleno en lo que le toca vivir.
Hay ciertos rasgos de Javier que son un tremendo aporte para la Iglesia y la Compañía. Es un hombre sencillo, con una mirada transparente, lúcida y aguda frente a la realidad. Rescato su preocupación por la cultura en que nos toca vivir y su entusiasmo por la misión de la Compañía. Me consta que la lucha por la justicia ha atravesado y sigue atravesando lo más hondo de su vocación. Tiene el sentido común y el criterio de un viejo, lo que lo hace un jesuita muy confiable para acompañar personas.
Por último me gustaría mencionar que la sensibilidad de Javier lo mantiene vivo, permeable y atento a las necesidades de los demás. Tal vez su estadía en Venezuela y ser Georgiano lo habilitan para tener los ojos abiertos a la diferencia y a la novedad...valores agregados notables a un jesuita que se instala en un mundo plural.
María José Marquez
Trabajó con Javier en el Departamento de Pastoral del colegio San Ignacio El Bosque - 2007
Javier Celedón SJ es una persona maravillosa. Para mí fue muy importante como apoyo y compañía dentro de nuestra labor en la Pastoral del Segundo Ciclo. Un hombre con mucha sensibilidad y finura para ver más allá del vistazo. Muy preocupado por su trabajo con los niños y con una gran capacidad de aportar en la búsqueda de una formación integral. La presencia de Javier en el Colegio es un bálsamo del Buen Espíritu.
Hermano Hernán Rojas SJ
Estudiante jesuita en etapa de formación, Juniorado
hernan.rojas@jesuitas.cl
A Javier lo conocí en una jornada vocacional, 6 meses antes de que entráramos al Noviciado juntos. La pregunta de rigor en ese encuentro, entre los nervios de los que estábamos ahí, era ¿cómo empezó “lo tuyo”? La respuesta de Javier siempre era el retiro de Semana Santa, invitado por una amiga, y la fulminante llamada durante la charla de Fernando Montes. Esos meses previos a entrar a la Compañía nos acompañamos harto: nos juntábamos a tomar algo o conversábamos por messenger. El hecho de estar discerniendo la vocación (con el secreto que eso implicaba) nos hizo bien cómplices a los cinco o seis que estábamos en lo mismo.
En enero del 2005 los dos postulamos a la Compañía y el 13 de marzo entramos al Noviciado jesuita. De ahí en adelante hemos vivido juntos y he sido testigo de lo que Dios ha hecho con Él.
Dios ha sido un Padre bueno con Javier. Lo ha cuidado, le ha mostrado su amor incondicional y lo ha ayudado a crecer. No le ha ahorrado los esfuerzos y los dolores que conlleva madurar su identidad religiosa (como cualquier identidad verdadera), pero nunca lo ha dejado solo. Dios no le dio a Javier una vocación “mágica”, como salida de debajo de un pañuelo. La suya es una vocación trabajada, madurada a fuego lento. Está hecha de metales nobles, no de plástico “made in China”. Tengo en la cabeza el recuerdo de Javier, después de una conversa con el Keno (Maestro de Novicios) durante los seis meses de su discernimiento de los votos en el Juniorado, que me decía radiante de felicidad “¡esto está cuajando!”. Los votos de Javier fueron una alegría grande para él y también para nosotros.
En estos años también he visto a Javier seducido por Jesús de Nazareth. El hecho de que Dios se haga hombre, pobre, niño, exiliado, carpintero, siempre lo ha maravillado. Jesucristo ha sido para Javier Amigo, Compañero y Maestro. De él está aprendiendo a ser jesuita. Es Jesús quien lo ha puesto entre los pobres, para hacerse uno de tantos, en la capilla Madre de los pobres y en Huilco (Melipilla), en la peregrinación del Noviciado y en el mes de trabajo en el Hogar de Cristo.
Javier es alegre, simpático, humilde, fiel, esforzado y perseverante, aplicado en los estudios, apasionado por la Misión, preocupado de sus compañeros y buen amigo. Él me enseñó las conversas largas y profundas. Es bueno para acompañar el dolor o las dificultades de otros, y también se deja acompañar; ha sido un buen amigo en estos años.
Jesús decepcionó a los que esperaban un líder político o un Mesías guerrero o un rey todopoderoso. Eso nos muestra que a veces esperamos de Dios algo distinto de lo que él nos quiere ofrecer. Ciertamente después de tres años viviendo juntos, a Javier no sólo le conocemos las cosas buenas. Javier también tiene su carácter, a veces sufre de más, cada cierto tiempo se frustra con su debilidad… está bien lejos, en realidad, de ser un superhombre (lo bueno es que él lo sabe). Y es que así es la encarnación de Dios: no quiere hacer de Javier un santo de estampita, sino que lo ha ido tomando entero, con sus virtudes y defectos. Javier no es perfecto… pero es un hombre fiel, esforzándose a cada momento por hacer la Voluntad de Dios, seducido por Jesús y transformado por el amor del Padre. Y dichoso el que no se sienta defraudado por él (Mt 11, 6).
Manuel Alcaíno
Estudiante de psicología, amigo de Javier
Con Javier fuimos compañeros y amigos desde el colegio, y lo que más me sorprendió apenas lo conocí y, lo que me sorprende hasta hoy, es su gigantesca capacidad de entrega, a toda costa. En el colegio, Javier destacaba por ese nivel de compromiso en todos los ámbitos, brillantez intelectual, carisma, liderazgo pero por sobre todo un gran amigo. Él es una persona muy lúcida en su forma de vivir y ver la vida que produce una gran admiración. Inmerso siempre en el cuestionamiento, buscó orientar su vida hacia aquello que lo encaminara hacia un mundo más justo y más amable.
Javier es de esas personas que no les gusta quedarse en la pasividad, en la inmovilidad o indiferencia frente a la vida. Continuamente en búsqueda por un sentido más grande, más abarcador que nos guíe en la vida. Así encontró a Dios y a los Jesuitas, como un proyecto de vida, un camino, un horizonte de vocación y amor.
Es un camino donde por medio de la fe, espero que encuentre los sentidos necesarios para realizarse como persona, encontrar un rumbo que lo llene y que a su vez le presente nuevos desafíos. Un proceso donde yo lo veo que está muy feliz, muy realizado y expectante. No tengo ninguna duda respecto a que sabrá responder a esta nueva misión que haz optado, manteniéndote genuino y verdadero. Y, de llegar finalmente a sacerdote, tengo total certeza que será un gran líder, un fiel seguidor de Cristo y comunicador de su palabra.
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