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hablan de Gonzalo Arroyo:
Angélica Ponce
Amiga del padre Gonzalo
Las personas son regalos de Dios que aparecen en la vida por los caminos mas increíbles, así fue como apareció el Padre Gonzalo en nuestras vidas. Lo conocí cuando llegó a hacerse cargo de la Comunidad Cristiana Cristo Liberador en Villa Francia, con mi familia participamos en esta comunidad hace 24 años, aunque no vivimos en el sector nuestro compromiso de Iglesia lo tenemos en esta comunidad tan especial que nos permite aterrizar el Evangelio y reconocer el rostro de Cristo sufriente hoy.
El Padre Gonzalo llegó a una comunidad donde los laicos han asumido muchas responsabilidades, porque no siempre han contado con la presencia de un sacerdote, lo primero que me llamó la atención fue su tremendo conocimiento, yo había leído sobre el, por lo que tenerlo cerca fue un gran privilegio.
Ser sus amigos nos ha permitido vivir hermosos momentos en su casa y en nuestra casa, recibir su sabiduría y sobre todo hacer juntos el camino en una comunidad de gente sencilla, que no ha tenido grandes oportunidades, pero que tienen una mística solidaria única. Ser sus amigos es sin duda un regalo de Dios, participar y acompañarlo en la comunidad un desafío que asumimos con mucha alegría. A veces nos entristece ver como su salud ya no le acompaña, como este hombre grande como un “roble” se muestra cansado, queremos tenerlo por mucho tiempo mas, queremos seguir disfrutando de la pasión con que habla del Padre Hurtado, esperamos que el regalo de su amistad se extienda por mucho tiempo y que la gente sencilla de la comunidad y de la Villa Francia sigan contando con él.
Fernando Verdugo SJ
Vicerrector de Integración y Relaciones Universitarias UAH
fverdugo@uahurtado.cl
Mis primeros recuerdos de este jesuita de “frente amplia, nariz aguileña, mirada penetrante, rectitud y bondad en el espíritu” se remontan hacia 1977 o 1978, cuando nos visitó en el Noviciado. Gonzalo Arroyo fue autorizado para ingresar por unos días a Chile, para visitar a su padre enfermo. Después pude conocerlo y entablar una profunda amistad con él, cuando fui a estudiar a París, donde él seguía en exilio, alternando su tiempo con estadías en México. Me apoyó mucho en esos años de estudio y de lejanía del propio país; me puso en contacto con la comunidad de chilenos exiliados que se reunía en la Iglesia de St. Merry, salíamos a pasear y conversar, fue mi padrino de ordenación diaconal, etc. Entablamos una amistad que perdura hasta hoy.
Cuando regresamos a Chile, él de su exilio y yo de mis estudios de postgrado, comenzamos un Seminario interdisciplinar sobre Fe y Culturas (1990 y 1992), en el que participaron muchos jesuitas y laicos, y que culminó con la publicación de un libro: “Por los caminos de América” (San Pablo, 1992). Las ponencias, discusiones y artículos allí compilados fueron una contribución a la preparación de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Santo Domingo. Creo que el regreso a Chile de Gonzalo fue un verdadero estímulo al apostolado intelectual de los jesuitas chilenos y al trabajo en equipo en ese ámbito.
Me impresiona de Gonzalo el entusiasmo con que sigue emprendiendo iniciativas y las tareas que se le encomiendan, como también su capacidad de evolucionar intelectualmente. Siempre está leyendo, tratando de comprender los desafíos y problemas sociales y económicos, como también las mejores respuestas que se sugieren en esos ámbitos para los cuales él tiene más competencias y formación. Ha sido un buen compañero de comunidad: tanto en Jesús Obrero (La Palma), como en el Bellarmino, comunidades donde hemos vivido juntos, lo he visto preocupado de servir a sus hermanos. Agradezco también su optimismo, su fe y capacidad de levantarse cuando la vida le ha dado golpes duros.
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