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Otros hablan de San Ignacio de Loyola :

Pedro de Rivadeneira SJ (1526 – 1611)

Jesuita de los tiempos de San Ignacio, con quien tuvo una relación muy especial. Escribió una biografía sobre él.

Conocí al Maestro Ignacio siendo yo muy joven. Era de estatura mediana, o por mejor decir, algo pequeño y bajo de cuerpo; el rostro autorizado, la frente ancha y desarrugada, los ojos hundidos, encogidos los párpados y arrugados por las muchas lágrimas que continuamente derramaba; las orejas medianas, la nariz alta y combada, el color vivo y templado, y con la calva de muy venerable aspecto, el semblante del rostro alegremente grave y gravemente alegre, de manera que con su serenidad alegraba a los que le miraban y con su gravedad los componía.

A la edad de catorce años ingresé a la Compañía que quiso distinguir con el Santísimo Nombre de Jesús, en el año de 1540, sólo ocho días antes de que el Sumo Pontífice aprobara nuestro Instituto. Era yo muy joven, y crecí junto a nuestro Padre Ignacio. Me tuvo paciencia infinita, una y otra vez perdonó mis faltas y me condescendió. Con su mano delicada me fue conduciendo por los caminos del Señor. Sin violencia, sino con cariño, fue domesticando mi personalidad atrevida y osada. De él recibí los Ejercicios Espirituales que fueron convirtiendo mi corazón, del mismo modo como había hecho con Maestro Fabro y Maestro Francisco Xavier.

¿Qué más podré decir de este gran hombre, que me quiso como un padre? Esta es un piadoso y debido agradecimiento y una sabrosa memoria y dulce recordación de aquel bienaventurado varón y padre mío que me engendró en Cristo, que me crió y sustentó, por cuyas piadosas lágrimas y abrasadas oraciones confieso yo ser eso poco que soy.

Ignacio de Afuera para Dentro (y viceversa)

Francisco Jiménez SJ

Sacerdote jesuita, actualmente estudia Teología en Cambridge, Estados Unidos
fjimenezbuendia@gmail.com

Ignacio es de aquellas personalidades magnéticas que por su riqueza y atractivo admiten siempre nuevas metáforas para delinearlas. Ignacio es como esos hombres corajudos del Antiguo Testamento. Aquellos del temperamento recio y la mirada dura, convencida, arrolladora. Por eso hay que tragar un poco de saliva, mirar al horizonte de soslayo como quien respeta cada palabra proferida porque de Dios algo guarda y espetar lo que sigue: Ignacio fue el hombre hacia fuera que no se entiende si no desde dentro (por eso tiene tanto que decirle a nuestra frenética época). En efecto, Ignacio se vuelca hacia el mundo llevado por el ardor con que el Señor lo ha seducido: camina, conversa, estudia, pide (plata y otras vituallas), atiende, predica, enseña, escucha, limpia, escribe, visita, funda, invita… Es un trabajador nato. Ya les decía con picardía a los estudiantes de Coimbra, preocúpense chiquillos de reanimar el fervor santo y discreto para trabajar... porque vale más un acto intenso que mil perezosos... [1]. Y vaya que sí era coherente nuestro santo rengo, ya instalado en Roma su celo por el bien de los otros lo llevó a trabajar con algunas prostitutas de la ciudad; cuenta Ribadeneira que alguna vez le escuchó decir: si con todos mis trabajos y cuidados pudiese persuadir a una de ellas que al menos una noche se abstuviera de pecar a causa de mi Señor Jesucristo, no omitiría absolutamente nada para que, al menos esa vez, no ofendiera a Dios[2].
Sin embargo, tanta tromba apostólica no alcanza largura ni distancia si no la anima un profundo mundo interior. Un alma embarcada en grandes proyectos sucumbe si no es conducida desde dentro por el Espíritu, si no es restaurada en cada quiebre por un amor superior. Ignacio raya el disco pidiendo la gracia de Nuestro Señor para el trabajo, una y otra vez repite en los Ejercicios, en las Constituciones, en su Diario y en cuanta carta y memorándum que le conocemos, que sólo Él puede convertir nuestros espíritus flacos y tristes en fuertes y gozosos, sólo su gracia nos basta. Gonçalves Câmara comentaba que Ignacio se llevaba los asuntos difíciles a la oración y decía: "Dormiremos sobre ello". Su frase habitual era: "Es menester dormir sobre ello", y a la mañana siguiente, daba la respuesta[3].
Si no volvemos hacia nosotros en el abismo de la oración, en el desencuentro de lo que somos, en la angustia (que es el precio de ser uno mismo, como dice Silvio Rodríguez[4]), en el gozo del agradecimiento, el regalo de un encuentro o simplemente la poca cosa de un día o una semana promedio, difícil que nos encontremos con el Dios que transforma el mundo. Dios se hace visible "en el hacia dentro" con una nitidez distinta, como una imagen que se imprime en una película fotográfica, pero que necesita el acto del revelado para mostrarse en su belleza. Necesitamos aquel acto de "revelar" la imagen de Dios en la pieza oscura de nuestra oración para ver la belleza del Dios que se ha impreso en nuestro trabajo, en nuestro "hacia afuera". "El hacia dentro" de la intimidad con el Señor hace que "el hacia fuera" cobre nuevo sentido, nueva realidad, nueva dirección. Esto lo vivió Ignacio de un modo fundante y prolífico; y por eso le escribe a Francisco de Borja que la vida espiritual es lo mejor para cualquier individuo, pues Dios se comunica mostrando sus dones y gracias espirituales, y porque sólo Él sabe lo que más le conviene y le muestra el camino para realizarlo[5].
Corajudo para trabajar, hondo para contemplar y dialogar, poseedor de un mundo externo orientado en bien de las ánimas y fundado en un mundo interno cultivado, regado y vulnerable a la gracia del Dios que todo lo puede. Ese es Ignacio de Loyola. Vale una reverencia.

[1] En Sabiduría de Ignacio de Loyola, Cuadernos de Espiritualidad, CEI, Nº100, pág. 63.
[2] En Sabiduría de Ignacio de Loyola, Cuadernos de Espiritualidad, CEI, Nº100. pág. 23.
[3] En Sabiduría de Ignacio de Loyola, Cuadernos de Espiritualidad, CEI, Nº100, pág. 33.
[4] Silvio Rodríguez en Canción de Invierno, Tríptico I
[5] En Sabiduría de Ignacio de Loyola, Cuadernos de Espiritualidad, CEI, Nº100, pag. 37.

Felipe Arteaga

Gerente Fundación Invica, miembro del Directorio de Laicos Ignacianos

La figura de San Ignacio ha estado presente en gran parte de mi vida. De niño, en el colegio San Ignacio, lo que nos deslumbraba era ese santo valiente, que había sido soldado, y que tenía compañeros que se iban al oriente a conquistar para Jesús nuevas tierras.

Como adolescente, y a través de los Ejercicios hechos muy joven, se me presenta Ignacio como el que nos invita y enseña a estar disponibles a lo que Jesús nos pida.

En la adultez empiezo a descubrir los detalles y la profundidad de lo que Ignacio vivió como proceso de conversión. De caer en la cuenta que ‘soy creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor’ y todas las implicancias que eso tiene en mi vida familiar, profesional, y en mi relación con Dios.

San Ignacio, peregrino

Ana María Aguirrre

Siempre me ha tocado el corazón la imagen de San Ignacio como peregrino. Su Autobiografía tiene como subtítulo "El relato del peregrino" y en ella Ignacio nos va mostrando cómo el Señor lo fue moldeando en su camino de vida.

Tarde en mi vida conocí a San Ignacio. Ya había estudiado en la universidad, me había casado, tenía dos hijas, y habíamos vivido trece años fuera de Chile por el trabajo de mi marido. Recién al volver a Chile, y a raíz de la muerte de mi mamá, conocí a un jesuita que, con su amistad y guía, me fue proponiendo un camino diferente, el de la Comunidad de Vida Cristiana, CVX. Allí, la vida en comunidad me hizo recordar mis tiempos de la Acción Católica Universitaria, AUC, donde también vivíamos la fe y el apostolado con otros. Además de la riqueza de compartir el paso del Señor en comunidad y después de algunos años sin atreverme a hacer los Ejercicios por miedo a lo desconocido, tuve mi primera experiencia de ellos, y cada cierto tiempo he podido vivirlos nuevamente en sus diferentes modalidades. En los Ejercicios aprendí a estar en silencio y a no tener miedo de escuchar a Jesús. Aprendí los modos de orar que San Ignacio nos propone, y a contemplar a Jesús, paso a paso. Descubrí que la vida no es una sucesión de acontecimientos buenos o malos, sino que Ignacio nos enseñó en los Ejercicios a discernir nuestros caminos, a buscar el sentido de nuestra vocación de apóstoles, a servir a los demás, a estar disponibles.

Han pasado ya muchos años desde mi encuentro con Jesús a través de los Ejercicios de San Ignacio. Durante algún tiempo me sentí llamada a servir en las estructuras de gobierno nacionales e internacionales de la CVX. Aprendí a ser guía otras comunidades y a discernir y compartir mi misión como miembro de la Iglesia, como mamá, esposa y profesional con el grupo de amigas en el Señor que componen mi comunidad de CVX. El Señor me ha ido llevando de la mano a lo largo de mi vida y me ha mostrado dónde me necesitaba.

El camino del peregrino Ignacio es exigente y su espiritualidad nos exige un compromiso permanente, del cual no hay vuelta atrás. Los Ejercicios nos van cambiando y alimentando, junto con los sacramentos. El llamado a la misión y al servicio ha ido variando a medida que variaban mis circunstancias de vida, pero nunca dejarán de resonar, hasta el momento mismo del encuentro definitivo con el Señor. Y, que, por la etapa de vida en que estoy, es un tiempo más cercano que lejano.

Hermano Hernán Rojas SJ

Estudiante jesuita en etapa Juniorado
hernan.rojas@jesuitas.cl

A Ignacio lo conocí desde muy pequeño. En las salas de mi colegio estaban pegados carteles con su figura calva y pequeña. La historia de la bala de cañón la oí desde niño y el Tomad, Señor, y recibid lo aprendí casi junto al Ángel de mi guarda. Loyola, Manresa, París, Jerusalén y Roma eran lugares que se me hicieron conocidos por él, como parte de una sola trayectoria. A Íñigo de Loyola, el hombre con corazón de alpinista según los Encuentros con Cristo, me lo presentaron las tías y profesores del colegio, así como mi tío jesuita.

Pero tuve que crecer para irlo conociendo mejor por medio de algunos de sus hijos, ahora compañeros jesuitas con nombre y apellido. Ellos me hablaron de su pasión por Dios y su Reino y –el mayor regalo- me condujeron por los Ejercicios Espirituales, la más auténtica experiencia de Dios que tuvo San Ignacio y que quiso compartir con toda la Iglesia. Con ellos me di cuenta de que Ignacio fue siempre un peregrino (como él se definía), que se hizo maestro de muchos sin nunca dejar de ser discípulo del único Maestro, de continuar pidiendo ser puesto con el Hijo que carga la Cruz.

Me admira de San Ignacio la enorme profundidad de su persona, a la vez sensible y pragmático, compasivo con los débiles y exigente con todos, peregrino solitario y compañero entrañable, audaz y prudente, generoso de corazón, magnánimo de deseos, persistente como buen vasco, recto de intención hasta el fin, hombre de Iglesia y hombre de Dios. Se hizo familiar a Jesús de Nazareth contemplándolo en lo hondo de su corazón para más amarlo y seguirlo. Buscó toda su vida la Voluntad de Dios para en todo amar y servir, para vivir siempre a la mayor gloria de Dios.

La totalidad de su entrega a Dios, que me ha llegado por tantos y tantas que han hecho de él su modelo de vida, es inspiración para mi vida religiosa. Pero al mirar a Ignacio es inevitable seguir su mirada, siempre dirigida a Cristo Jesús, su Señor. Porque su consejo para la mínima Compañía, como gustaba de llamarla, fue siempre tener ante los ojos primero a Dios.

Danae Fuentes

Juez de Familia Suplente, miembro de CVX

Para mí conocer a San Ignacio y la Espiritualidad Ignaciana ha sido como llegar a mi propia casa, y permanecer en ella. Esto principalmente de dos maneras: En primer lugar, en cuanto al modo que él nos enseña de aproximarnos a la experiencia del Señor y la fe. Siento que San Ignacio anduvo un camino que yo también estoy llamada a seguir y andar, en donde la mirada está siempre puesta en el seguimiento de Cristo y la colaboración con su Misión de hacer carne el Reino de Dios hoy entre nosotros. En eso su figura y su fidelidad, a pesar de todas las dificultades internas y externas que la vida le puso, son una permanente inspiración para no bajar los brazos.

Lo segundo, y que tiene que ver con lo mismo, es que en este llegar a mi casa, he encontrado a mi familia. Se ha abierto ante mí la posibilidad de conocer a verdaderos compañeros de camino, laicos y religiosos, con quienes ir buscando y permanentemente redescubriendo distintas maneras de ser discípulos de Jesús, inspirados por la figura de San Ignacio y reinventando la fe de acuerdo a los signos y las necesidades de nuestro tiempo.

Me siento profundamente agradecida por el regalo que ha significado para mí la posibilidad de experimentar a Dios desde la Espiritualidad Ignaciana y, desde ahí, intentar sacar lo mejor de mí para en todo amar y servir.

Carlos Montero SJ

Asistente Regional CVX Valparaíso, colabora en la Pastoral de Escuela San Ignacio, Universidad Católica de Valparaíso y Templo San Ignacio de Valparaíso
monterosj@jesuits.net

Desde que comencé a conocer -en mis años de estudiante secundario- quién fue Ignacio de Loyola, experimenté, y aún siento, una curiosa mezcla de admiración e inquietud.

Ignacio se me presenta como una persona de gran tenacidad, de ideales altísimos, de una profunda y sólida espiritualidad, un líder nato y entusiasmante. Por eso lo admiro.

Pero también su personalidad me inquieta y sacude un poco, pues su vida se me presenta como un permanente desafío, para superar mis "afectos desordenados" y mediocridades, invitándome a hacer de mi vida una constante aspiración a trabajar por la mayor gloria de Dios.

Alejandro Antúnez

Rector Colegio San Alberto, Fundación Educacional Loyola

Hablar de Ignacio de Loyola para mí es expresarme de un compañero desde mi niñez hasta el día de hoy.

Como niño en el colegio San Ignacio, eras un gran guerrero valiente, choro, enamoradizo, te gustaba divertirte en fiestas y tenías muchos amigos. Eran impresionantes tus grandes sueños y te convertiste después de una larga estadía en el Castillo de Loyola. Te fuiste enamorando de Jesús, me encantó tu voluntad de ir a estudiar de viejo. Luego descubrí que tenías muchos seguidores y muy distintos: Campito, Padre Montes, Alvarito, Padre Lillo, Guillermo, el Loro, todos jesuitas que vivían en comunidad.

Varios slogans tuyos se colaban en nuestro vocabulario juvenil, servicio, discernimiento, Magis, pausa ignaciana, C.V.X., sentir con la iglesia, comunidad, los más pobres.

Todo empezó a tener más sentido cuando viví los ejercicios que tú viviste y que nos dejaste con gran visión. Y aprendí a dejarme educar por Jesucristo para vivir en nuestro mundo de hoy.

Buscar la voluntad de Dios y tener una forma de vida que se note donde uno este, estar en las fronteras, luchar por la justicia, optar por los más pobres, integrarse en la cultura, sentir con la iglesia, seguir personalmente a Jesucristo para vivir con Él y estar con Él es un tremendo regalo tuyo.

Cuando veo a mi señora y a mis hijas que se declaran ignacianas,
a mis hijos educados en San Ignacio,
a mis compañeros de comunidad en misión buscando el reino,
cuando miro mi historia de salvación
digo San Ignacio,
cuando siento el dolor de los mas pobres,
cuando veo la drogadicción de los jóvenes en nuestras poblaciones,
cuando veo que muchos eclesiásticos y políticos hacen alarde del poder,
cuando veo intelectuales sin humildad
digo San Ignacio,
cuando me revelo contra la injusticia,
cuando tengo que amar a la iglesia santa y pecadora,
cuando veo a los jesuitas trabajando en red y viviendo en comunidad
cuando busco la voluntad de Dios
cuando contemplo para alcanzar amor
digo San Ignacio
Cuando miro y observo mi vida y la de mi familia
digo San Ignacio.