Quiero recibir el boletín>>

Home

Entrevista Interactiva Versión Imprimible Ficha Punto de Vista
  Cristóbal Fones SJ:
Ofrecer mi Vida, para que Otros Tengan Vida”
 
  versión para imprimir

Risas, Cantos y Oración

Nací en 1975. Mi familia vivía en Calera de Tango, y allá nos criamos. Pertenezco a una familia bien grande, somos seis hermanos, éramos ocho en nuestra casa del campo. Viajábamos todos los días a Santiago para ir al colegio. Los cuatro hombres estábamos en el San Ignacio El Bosque.

Mi niñez la pasé jugando en los cerros con los vecinos del campo, entre perros y en medio de la naturaleza. Fue una niñez muy sana, con mucho contacto entre los hermanos. Si bien somos bastante diversos entre nosotros somos muy unidos.

En mi familia la fe es muy importante. Mis papás participaron desde siempre muy activamente en la Iglesia, y eso lo fueron transmitiendo a sus hijos a través de la misa dominical y rezando juntos en la casa. El mes de María era importante, igual que otras celebraciones como la Navidad, que eran espacios fundamentales para compartir la fe. Recuerdo que por muchos años en Navidad no abríamos los regalos hasta pasada la medianoche, y a esa hora hacíamos juntos una oración en la que cada uno leía una carta que tenía que escribirle a Jesús, contándole qué regalo queríamos hacerle para el próximo año. Aparecían cosas muy profundas, y era también la ocasión para contarnos cómo estábamos, qué estábamos viviendo y qué era para nosotros lo importante.

Igual peleábamos como en cualquier familia, pero creo que esa presencia de Dios entre nosotros nos dio una riqueza especial; agradezco mucho al modo en que nuestros papás nos criaron.

Ellos no estaban ligados al mundo ignaciano. Fue a través de nuestra inmersión en el colegio que la familia completa se fue haciendo más ignaciana.

Nos fuimos a vivir a Santiago cuando yo estaba en quinto básico. Fue un cambio grande pasar de vivir en el campo con mucho espacio y una intensa vida familiar, a un departamento donde no había mucha entretención más que la tele. Gracias a Dios estábamos al lado de una plaza que reemplazó un poco nuestro jardín de Calera de Tango, y muy cerca del colegio.

La música fue algo fundamental en mi historia familiar. Mi papá era un muy buen cantante. Mi mamá le hace empeño hasta el día de hoy. Ellos se conocieron cantando en una comedia musical que se llamaba “Ugh”, en la que hacían de pololos en el escenario, y eso pasó a la vida. La hermana de mi papá fue por muchos años cantante de ópera y profesora de canto lírico. Mi abuela materna, que era la escritora Marcela Paz, aunque no era muy dotada en el canto nos hacía cantar mucho, inventaba cuentos y les ponía melodías. Además, como viajábamos todos los días entre Calera de Tango y Santiago, los viajes eran cantando cánones a cuatro voces, muy elaborados. Era la diversión para pasar el rato.

Yo nunca estudié música de niño, apenas tuve unas cuatro clases de guitarra. Pero de todos modos aprendí solo, mirando a mi hermana y practicando. Desde muy niño me atreví a cantar solo. Mi primera incursión en un festival fue cuando estaba en cuarto básico, y canté con mi hermana Paula. Era una ternura, yo estaba tan nervioso que antes de subir al escenario me hice pipí. Entonces fui al baño y no había cómo arreglarlo. Gracias a Dios tenía un pantalón bien oscuro. Había que subir al escenario a cantar, entonces estaba la persona que tocaba la guitarra, mi hermana y yo detrás de él, de pie, con una vergüenza espantosa de que nadie se diera cuenta. Nadie se dio cuenta gracias a Dios, pero lo sufrí tremendamente y quedó como un gran trauma de mi vida. Ahora me preparo antes de ir a cantar al escenario.

Ya más grande cantaba en misa, pero también música popular. La música era parte de mi día a día. Nunca pensé que pudiera llegar a ser algo profesional, pero siempre fue parte de mi modo de ser y de divertirme.

Siempre tuve muchos amigos, no recuerdo nunca haberme sentido solo. Me gustaba ir al colegio y eso era un signo de que lo pasaba bien. Gracias a Dios siempre me fue muy bien, pero no era el protototipo del mateo que estaba siempre medio apartado, con los cuadernos en la mano.

En lo que sí era tremendamente nerd, y esto es algo que me jugó muy en contra en la infancia y adolescencia, es que era y sigo siendo muy malo para jugar a la pelota. Y claro, sobre todo entre cuarto y quinto básico, no jugar fútbol era un estigma social fuerte. Pese a eso, no sabría decir por qué, nunca fui al que apuntaran con bromas ni me sentí rechazado.

En la adolescencia me fui un poco para adentro. Me puse más introspectivo, y desarrollé un mundo interior que yo diría era un poco desproporcionado para mi edad. No porque me sintiera desadaptado, sino que simplemente mi carácter estaba cambiando y yo me estaba haciendo muchas preguntas.

Apareció lo religioso más concientemente cuando estaba en octavo básico, a los 14 años. Ese año me invitó un compañero de curso a unirme a unas comunidades de los Sagrados Corazones, Centro de Pastoral Juvenil (CPJ), en la Parroquia La Anunciación. Los grupos eran de primero a cuarto medio y nosotros estábamos en octavo. Fuimos un poco buscando conocer más gente, especialmente mujeres. Y yo quedé fascinado con este mundo, me encantó, me metí muchísimo, iba todas las semanas a la reunión.

Era súper niño, pero empecé a tomar un cierto liderazgo que desarrolló en mí una capacidad de hablar de ciertos temas, coordinar grupos, hacerme preguntas. También la guitarra me ayudaba mucho. A esas alturas ya tocaba bastante guitarra, entonces con un par de canciones de Alberto Plaza caían todos rendidos, especialmente rendidas.

En torno a la música armábamos grupos y guitarréabamos. Eso fue creciendo cuando estaba en la enseñanza media. Mi otra pasión era el baile, sobre todo la salsa. La descubrí cuando estaba en primero medio, así que en cuarto medio ya bailaba bastante bien. Ahora no bailo hace más de 15 años, así que estoy tieso total.

Mi relación con las mujeres comenzó en séptimo, cuando nos juntábamos a unos “tecitos”. Era todo muy formal, en las casas de nosotros, temprano, con mucha luz y las mamás estaban ahí. Pero era el modo en que conocíamos amigas y amigos. Ahí cantar fue muy útil porque relajaba el ambiente y me hacía sentir más seguro.

Luego vinieron las fiestas y la vida social más típica de la adolescencia. Me ayudó mucho participar en movimientos católicos. Del CPJ pasé a la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) en segundo medio.

Nos juntábamos todos los sábados con buenos amigos y amigas. Eran personas con las que uno compartía los valores, entonces la amistad se daba muy naturalmente. La CVX fue para mi una plataforma tremenda en lo humano, psicológico, social y espiritual. Me abrió a muchos aspectos de mi vida y estoy muy agradecido de lo que fue la CVX secundaria para mí.

Como siempre me tomo las cosas muy en serio, me metí a fondo en el movimiento. No me perdía ningún encuentro, iba a los apostolados, era coordinador de mi comunidad, luego fui encargado de mi generación y luego Presidente de la CVX dentro del colegio.

Al mismo tiempo, empecé a explorar otro tipo de servicios. Estuve un año completo trabajando en la Vicaría de la Educación, como coordinador de las pastorales de colegios de Santiago, en 1991. Era bien patudo de mi parte porque yo era casi un niño. Pero la formación que nos da el colegio San Ignacio es extraordinaria y cuando uno va a otros lados se da cuenta de que tiene mucho que aportar. Organizaba las pastorales de algunos liceos, fue bien interesante y me enseñó a trabajar con gente de otros mundos ajenos a lo ignaciano.

En esos años fue que empecé a tener un grupo de música que se llamaba Engranaje, que formamos con dos amigas y un amigo desde tercero medio. Armamos el grupo para cantar y pasarlo bien. Pero además lo hacíamos bien, entonces nos empezaron a llamar de varios lugares. Eso nos ayudó a ser profundamente amigos y a gozar la vida a concho, sanamente, que es algo que a veces los jóvenes no saben hacer.

Fue un modo con el cual pude desplegar muchas cosas que tenía adentro, disfrutar, pasarlo bien, gozar y además compartirlo. Para nosotros era una sensación muy rica ver que a otra gente le encantaba que fuéramos a cantar, lo pasaban bien y disfrutaban. Después se fue profesionalizando la cosa, compusimos algunas canciones, empezamos a cantar en matrimonios y en algunos festivales.

Desde que entré a la CVX la vida espiritual se fue intensificando. A finales del segundo medio mi profesora jefe me dijo “oye, acaba de llegar un sacerdote de Estados Unidos, ¿por qué no vas a conversar con él?” Yo le dije “pa’ qué, si no tengo nada que conversar con él”. Me insistió y me dio permiso en su hora de clase. Así que fui, y era el padre Eugenio Valenzuela. Conversamos, me preguntó de mi vida, y me dijo “te doy mi número para que me llames si quieres conversar de nuevo”. Le dije “no, no te preocupes, no creo, no tengo nada que conversar, ningún problema”. Me olvidé.

En tercero medio empecé con algunas preguntas más serias. No sobre mi vocación, no tenía en mente ser cura. Pero sí sobre mi vida espiritual, quién era Dios para mí. Lo llamé por teléfono y le pedí conversar. Con él me acompañé finalmente por cuatro años.

Me acompañó en mis primeros Ejercicios Espirituales en tercero medio, como preparación a la Confirmación, que me marcaron muchísimo porque fueron muy profundos. Me encontré cara a cara con Dios.

El Señor siempre me ha dicho con mucha claridad y en todas las etapas de mi vida, que quiere que sea feliz, un hombre pleno. Cuando hablo de que tenía una inquietud religiosa desde niño, no hablo de la vocación. Me refiero a una relación con Jesús, muy de amigo a amigo, que se me regaló y que es asombrosa.

Por ejemplo, ya desde primero medio yo tenía un cuaderno espiritual, una costumbre que mantengo hasta hoy. Yo dormía con mis hermanos chicos en la misma pieza, y me daba una vergüenza horrorosa que me vieran rezando, entonces esperaba que se quedaran dormidos, me levantaba de la cama, prendía mi velita y empezaba a escribir: esto es lo que hice hoy día, gracias por esta persona que conocí, tengo este sentimiento, tengo estos medios, voy a ir a tal actividad… y empezó a generarse una relación muy natural, muy familiar. Yo no me sentía llamado a nada en particular, sino que simplemente empecé a tener un gran amigo.

Algunas experiencias del colegio me marcaron mucho y ayudaron a que esto se profundizara aún más, como los Trabajos de Fábrica. Viví con don Manuel Hurtado y la señora Carmen, por quienes hasta hoy siento un cariño tremendo. No me impresionó tanto la pobreza, porque yo tuve contacto con ella desde niño en el campo y porque mis papás siempre fueron muy comprometidos. Me admiró más bien el cariño que ellos nos mostraron a los alumnos del colegio al recibirnos en sus casas. En la fábrica lo mismo, me marcó el cariño de los compañeros de trabajo. Estuve en Abastible, era una pega feroz físicamente hablando, y yo que era flacuchento y bien endeble la sufrí. Me hacían tallas, pero nunca me sentí rechazado. Ese tipo de experiencias me empujaron a contarle estas cosas a Jesús y gozarme con Él. Empecé a encontrar su rostro en estos rostros sumamente concretos.

Cuarto medio fue un año en que me permití soñar de todo: me soñé músico, me soñé cura cuando empezó a salir algo de eso en los ejercicios espirituales, me soñé arquitecto, abogado, ¡de todo!

Y es súper rico soñar tanto, pero no ayuda porque al final estaba muy confundido. Terminé cuarto medio con una conciencia muy clara de que Dios me estaba escogiendo, pero no tan clara de para qué. Sentía un poco el llamado a ser sacerdote, había salido en uno de los retiros el deseo de ser jesuita, pero el que me acompañaba muy prudentemente me dijo “ah ya, muy bien, y qué más rezaste?”, o sea no le dio ninguna importancia y lo dejó pasar. Agradezco no haber tomado ninguna decisión apresurada.

Me fue bien en la Prueba de Aptitud Académica, y postulé a las 10 carreras que cabían en la tarjeta de postulación, desde medicina hasta leyes. Y finalmente opté por sociología, contra la voluntad de mi padre que me decía “estudie leyes y finalmente se dedica a la sociología”.

Todo esto pasaba en medio de mi vida cotidiana, donde se mezclaban la música, los amigos, las actividades del colegio y la CVX. Engranaje era un espacio de entretención importante. A veces pasábamos un día entero cantando, y del canto nos íbamos a la misa, de la misa nos pasábamos a una fiesta o un cumpleaños. Estábamos muchas horas juntos.

Además participé en varias otras actividades que tienen que ver con la búsqueda en que andaba. No recuerdo cómo llegué a las colonias de verano del colegio Saint George, donde conocí a un montón de gente y tuve algunos líos amorosos.

Yo no pololié nunca antes de entrar a la Compañía. Tuve muy buenas amigas, y algunas más exclusivas que otras. Con una salíamos bastante seguido, especialmente a bailar, y había como un enamoramiento, pero nunca llegó a ser tan fuerte como para querer tener algo exclusivo con ella. En parte también, porque yo estaba lleno de actividades y había muchas otras cosas que ocupaban mi día a día y que me hacían súper feliz y pleno. No sentía la necesidad de tener una polola, aunque me gustaban las chiquillas.

Ahora podría decir que me perdí de muchas cosas. Pero por otro lado, esa experiencia me ayudó a relacionarme con las mujeres de un modo muy generoso. Me siguen atrayendo las mujeres, pero aprendí desde joven que es posible la amistad con una mujer. Que no solamente la atracción determina el tipo de relación que uno tiene con ellas, sino que también se puede gastar el tiempo conversando, cantando, conociéndose, jugando, bailando, compartiendo sueños y teniendo responsabilidades juntos.

A pesar de haber sido tan nerd, me sentí un gallo bien “cotizado”. En general yo sabía que podía tener una relación con alguien y que no era difícil engancharse con una mujer. Usaba todos mis encantos y coqueteaba bastante, en eso no era tan ingenuo.

Aunque no estaba pensando ser cura en ese tiempo, mi relación con Dios en esa época era bien fuerte y gran parte de mi carga afectiva estaba puesta en eso. Esperaba con ansias que llegara la noche para hacer mi examen del día y tener ese momento de encuentro con Jesús. Sentía que había un espacio bien privilegiado para hacerme cargo de mi libertad, de mis sueños y de las cosas que me gustaban.

Ese año un muy buen amigo y que ya había salido del colegio y estudiaba psicología, decidió entrar a la Compañía de Jesús. Es Juan Eduardo Fuenzalida. Eso no me remeció mucho a mí, pero me dio una alegría tremenda por él. En febrero del ’93 él me invitó como despedida a hacer un mochileo al sur. Fueron dos semanas en que conversamos muchísimo de la vida, de nosotros, de los sueños, de Dios, un gran regalo.

Al final de esas semanas, desde Puerto Montt llamé a mi casa y supe que habían operado a mi papá de apendicitis y que estaban muy preocupados porque habían encontrado mal su páncreas. Viajé muy rápido a Santiago y a los pocos días supimos que tenía un cáncer muy agresivo.

En ese contexto di mi prueba especial de admisión a Sociología, en la que a pesar de todo me fue bien. Entré a la carrera.

Qué Ganas de ser Como Jesús”

Ese año, 1993, estuvo marcado por tres vivencias fundamentales, que fueron claves en mi discernimiento vocacional: la enfermedad y muerte de mi papá, mis estudios de Sociología en la Universidad Católica y mi apostolado en Peñalolén, que comenzó después de un aluvión muy fuerte que hubo en mayo.

Con algunos compañeros de universidad nos ofrecimos a ir a ayudar los días después del aluvión, para sacar con palas el barro y ayudar a rescatar a la gente que estaba atrapada. Fue una experiencia muy fuerte, en donde me tocó incluso encontrar una persona muerta en el barro, lo que me marcó mucho. Recuerdo también unos abuelitos que se negaban a salir de su casa. Me encariñé con ellos y me preocupaba de llevarles la comida todos los días.

Me dejaron a cargo de la distribución de la comida, porque estudiaba sociología. Intenté explicar que sólo llevaba dos meses en la carrera, pero la necesidad era urgente y no había nadie más. Ese trabajo me hizo sentirme tremendamente importante y responsable, y me vinculó a esas personas de un modo muy profundo. Mis compañeros de universidad siguieron yendo por una semana más, pero yo seguí ahí hasta diciembre. Una vez que pasó la emergencia seguí trabajando en la capilla como monitor de confirmación. Estaba recién salido del colegio, varios de los que se preparaban para la confirmación eran mayores que yo, en realidad era una irresponsabilidad tremenda. Pero había mucha necesidad.

En Peñalolén me encontré cara a cara con la necesidad de los más pobres. Las tragedias destruyen sus casas, pero además le muestran al país la situación en la que viven cotidianamente, y fue la ocasión en que yo me di cuenta que no podía ser así, que el mundo tenía que cambiar. Eso es una pregunta interpelante para uno como joven. Invertí tiempo y corazón.

Pero también la enfermedad de mi papá me obligó a preguntarme mucho sobre el sentido de la vida. Verlo morir, agonizar, un hombre maravilloso, comprometido, bueno, buen papá, buen esposo. Eso cuestiona mucho. Y más allá de la pena de la partida, para mí fue un llamado tremendo a preguntarme qué quiero ser en la vida.

La universidad también me ayudó a discernir, porque me fue muy bien pero yo nunca enganché con la carrera, nunca sentí que ahí se cumplían mis sueños. Pasaba las pruebas, iba a las clases, pero mi corazón estaba mucho más en la población, en el apostolado que estaba haciendo.

Con Engranaje seguimos cantando ese año, entonces también el tema de la música era una posibilidad de proyección. Pero se me fue haciendo cada vez más claro en el corazón que el Señor me llamaba a entregar la vida entera. Si eso era ser cura, era ser jesuita, casi como que estaba en segundo lugar. Lo primero para mí era entregarle la vida a Jesús.

Para mí los “chispazos” de la vocación nunca fueron “qué ganas de ser cura”, sino que más bien, “qué ganas de ser como Jesús”. Y eso se dio en distintos momentos de mi vida. El contexto en el que ese deseo profundo se fue planteando como la posibilidad de ser sacerdote jesuita, fue en el año de sociología.

Me acuerdo por ejemplo de la primera peregrinación al Santuario de Teresita de los Andes. Me tomé esa peregrinación súper en serio. En el camino comencé a conocer gente y me fui encontrando con algunos jesuitas y miembros de la CVX, algunas chiquillas que yo conocía por el coro del movimiento. Llegué al Santuario agotado, pero feliz. Recuerdo que me fui solo, a rezar abajo a la cripta de Santa Teresa, frente al Cristo que hay ahí. La verdad en ese tiempo mi devoción a Santa Teresita era nula, pero me hinqué ahí y debo haber estado unas dos horas rezando metidísimo, agradecidísimo, con una consolación tremenda. Uno dice ¿era que sentía la vocación? No sé. Era que sentía una gran conexión con el proyecto de Jesús y con su persona. Eso era.

Otro chispazo interesante en mi discernimiento vocacional fue durante las misiones a las que fui en el verano, al salir del colegio. Un día el encargado, Andrés Lira SJ, me pidió que fuéramos con dos amigos a un pueblito lejano y que hiciéramos una liturgia, lo mismo que hacíamos en la capilla grande. Me dio el Santísimo y me dejó encargado de dirigir la liturgia y después dar la comunión. Me acuerdo que viví eso con una devoción tremenda. En el camino íbamos echando la talla, pero yo sabía que llevaba a Jesús en el bolsillo. Y eso me remeció por dentro. En la capilla hicimos los juegos con los niños, la reunión con los jóvenes, y en la tarde me puse un alba y guié la liturgia, sin pensarlo mucho en realidad. Lo que más me impactó no fue guiar la liturgia, sino que ver la cara de mis compañeros al verme tan cómodo haciendo rezar a la comunidad. En el camino de vuelta los amigos me decían que era impresionante porque parecía un cura en la liturgia. Y a mí eso me alegró.

Creo que estas experiencias que viví en diferentes momentos de mi vida quedaban un poco guardadas en mi corazón. Pero los ejercicios espirituales eran el momento en que las recogía, recordando los momentos en que había sentido mayor consolación. Uniendo estos puntos pude darme cuenta de que había una línea y un llamado bastante constante en mi vida, aunque yo no lo había formulado así. Pero era un llamado que venía de Dios y me llevaba a Él.

En septiembre yo ya tenía más claro el tema y le comenté a mi acompañante espiritual. Le dije “veo cada vez más claro esto, quiero entrar a la Compañía, con quién tengo que hablar”. Y me dice “yo”. Me sentí tremendamente defraudado, porque llevaba cuatro años conversando con él, sin tener idea que era la persona a cargo del discernimiento vocacional. Pero habla muy bien del respeto que él tuvo por mi propio proceso, que nunca presionó nada y que yo me sentí muy libre también de hacer mi propio camino.

En diciembre postulé a la Compañía de Jesús. Hay que hacer unas entrevistas con unos examinadores, sacerdotes jesuitas, que te hacen todo tipo de preguntas sobre tu vida. También hay entrevistas con psicólogos, psiquiatras, hay que hacer algunos tests y una entrevista con el Provincial.

Me acuerdo que un examinador me pregunta “¿estás dispuesto a renunciar a la música para entrar a la Compañía de Jesús y abrazar tu vocación religiosa?” Y yo le dije “¡por supuesto!”. Y otro examinador, al día siguiente, me pregunta: “¿tú Cristóbal estás dispuesto a defender tu talento musical y traerlo a la Compañía. y a desarrollarlo en ella para el servicio de Dios?” Y yo le dije “¡por supuesto!”. Osea, con toda naturalidad, me sentía totalmente libre, a lo que fuera. Lo que quería era entregar mi vida y consagrarla, dispuesto a todo. Con una ignorancia tremenda sobre lo que significaba ser jesuita y ser cura, la verdad sabía muy poco a pesar de haber estado bien conectado toda mi vida al colegio. Ni me imaginaba en esa época haciendo misa, no tenía idea lo que eran los votos, me enteré de eso cuando ya estaba en el Noviciado, cuando el Maestro de Novicios nos enseñó. Sólo tenía una idea general de que quería consagrarme entero. Y que eso me hacía palpitar el corazón y lo veía clarísimo.

Ese verano fui a la Jornada Vocacional, donde conocí a todos los otros que estaban postulando a la Compañía. Me encontré con varios conocidos y fue una alegría encontrarnos.

Al final de la Jornada me iba a dar la respuesta sobre mi admisión, así es que volví muy nervioso. Mi familia estaba en el campo, yo estaba solo en el departamento. Fui a hablar con el Provincial. Fue un poco freak nuestro diálogo. “Bueno Cristóbal, ¿cómo estás?”, preguntó. “Bien”, respondí. “¿Cómo te fue en la jornada?” “Bien”. “Veo que no tienes muchas ganas de hablar, ¿tienes ganas de ser jesuita?” “Sí”, dije yo. “Bueno, si estás tan claro, no me queda otra que aceptarte”, me dijo. Me sentí muy tranquilo y en paz.

Éramos varios esperando la respuesta. Salí de la oficina del Provincial y me fui a rezar a la Capilla Doméstica, en la residencia San Ignacio que está al lado de la Curia. Ahí nos fuimos juntando los demás. Después fui al cementerio, a ver a mi papá para contarle la noticia, y luego partí al campo a contarle al resto de la familia. Fue bien bonito.

Todos estaban muy contentos, excepto mi hermano más chico que no reaccionó muy bien. Me dijo “si tú te vas de la casa, yo también me voy a ir”. Uno no se lo toma en serio, pero resulta que unos pocos días antes de mi entrada a la Compañía, Tomás desapareció de la casa, y ahí yo me acordé de lo que había dicho. Lo encontramos muy tarde en la noche, en una plaza. Lloramos los dos juntos, fue un momento muy profundo.

En febrero del año 1994, justo antes de ingresar al Noviciado,empezaron todas las tentaciones: que esto no es lo tuyo, que no vas a poder pololear y nunca pololeaste, éste es el momento apropiado, ¿por qué no hacer una especie de despedida de soltero? Y todo ese tipo de cosas.

Pasé gran parte de ese verano en el campo con mi familia. También fui con unos amigos a la playa, siendo bien cuidadoso de no engancharme con nadie en ese verano. Pero tampoco andaba gritando a los cuatro vientos que iba a ser jesuita, sentía cierto pudor de eso.

Fue un tiempo bonito para empezar a despedirse de gente que yo quería mucho, especialmente mis amigos de Engranaje. Preparamos un concierto de despedida que fue muy bonito, hasta compuse una canción para el grupo que se llamaba Cuatro Luces. Preparamos el concierto con Osvaldo Serey, que también iba a entrar a la Compañía ese año y tenía un grupo que se llamaba La Manga. Trabajamos mucho, hasta hicimos diapositivas (en ese tiempo no existía el power point), escenografía, fue todo muy elaborado y varios amigos se fueron entusiasmaron y nos ayudaron a prepararlo. En el momento del concierto mismo, con el nerviosismo y la emoción, todo lo que podía funcionar mal falló. Pero había mucho cariño, el teatro estaba lleno, y lleno de amigos. Fue muy lindo despedirse con la frente en alto, con gozo y con emoción. Uno mira para atrás y da un poco de vergüenza lo que hicimos, era muy cursi. Pero fue sincero.

Mi cumpleaños número 19 fue justo dos días antes de entrar al Noviciado, un día viernes, y por supuesto que sirvió también como despedida, quemando el último cartucho. Una vez adentro del Noviciado, todas las despedidas y los rostros quedaron en mi memoria.

Formándose para la Misión

El día de la entrada al Noviciado no estaba muy nervioso, pero mi familia estaba muy emocionada. Uno llega; toda la familia contigo; y hay un novicio de segundo año que te recibe y se hace cargo de ti, le llaman Ángel. Él le mostró la casa a la familia, típico que la mamá toca el colchón para ver si era bueno, encontraban que era súper helada la casa. Pero yo estaba feliz, lo único que quería era que se fueran luego para poder empezar mi vida como jesuita.

Yo quería marcar un corte con mi vida anterior, y cuando digo cortar, me refiero a que me desconecté radicalmente cuando entré al Noviciado. No llamé nunca más a nadie, pero eso no significa que mis afectos hubieran cambiado.

A algunos les cuesta mucho el noviciado. La verdad es que yo lo gocé, me sentí cómodo y desafiado a cosas bien radicales. Mi Maestro de Novicios fue el padre Jorge Elkins, que nos transmitía mucho el tema de la unión entre fe y justicia.

Yo entré a la Compañía con un deseo de ser santo, que es un deseo que me acompaña hasta el día de hoy. Pero el contenido de esa santidad, en ese momento para mi estaba súper centrado en ser bueno. Y durante todo este tiempo en la Compañía, el Señor me ha ido sacando de mí y me ha hecho mirar el mundo. Y descubrí que la santidad no se juega tanto en ser una persona virtuosa o en cómo soy yo, sino en cómo participo de una misión que va mucho más allá que yo. Y que eso es lo que tiene que ocupar mi mente y mi corazón. Son las penas y las vidas de otros las que le van dando sentido a mi vida.

Ha sido un proceso bien bonito de descentramiento. No siento que antes estaba mal, para el momento en que estaba viviendo ése era el modo en el que Dios me estaba llamando y se comunicaba conmigo. Pero era todavía súper egocéntrico y centrado en mi propia salvación, y de a poquito fui descubriendo que mi salvación se jugaba en la salvación de los demás, que es tan propio de san Ignacio de Loyola.

Lo que más me marcó del Noviciado fue el mes de Peregrinación. Fui con dos compañeros, Rodrigo Aguayo y Juan Cristóbal Beytía a trabajar en las minas de carbón, en Curanilahue. El Maestro de Novicios nos dio la orden de no trabajar al interior de los piques porque era muy peligroso. La idea era buscar pegas como cargador de camiones afuera de la mina y cosas así.

Al llegar a Curanilahue, en cuanto nos bajamos del bus entregamos a una persona los 2 mil pesos que nos quedaban en el bolsillo y nos quedamos sin nada. Nuestro objetivo era vivir la confianza total en Dios.

Esa noche dormimos en una capilla. A partir de ese día empezamos a buscar trabajo. Nos costó mucho porque Curanilahue es uno de los sectores con mayor cesantía de Chile, era un poco paradójico que fuéramos allá a buscar trabajo. Además nuestra pinta era bastante “santiaguina”, entonces estuvimos cuatro o cinco días con bastante angustia y problemas entre nosotros. El primer día nos sentíamos héroes, pero ya al segundo nos queríamos fusilar entre los tres. Vivimos con mucha fuerza la angustia de no encontrar trabajo, de no saber si íbamos a comer, mendigando. Decidimos ir a las forestales, que era donde había trabajo. Estuvimos una semana en un campamento. Luego de eso bajamos nuevamente a la ciudad, y finalmente encontramos trabajo en las minas.

Yo encontré pega en un pique ilegal, de 12 de la noche a 8 de la mañana. Rodrigo y Juan Cristóbal encontraron en una mina más grande, donde hasta les hicieron contrato y les daban un casco.

Para mí fue muy fuerte la experiencia. Todo el proceso era como a la mala, de palabra solamente. La persona que me contrató me prometió que yo iba a trabajar arriba. Nos pasaron a buscar a las once de la noche y me llevaron en auto a una mina que quedaba como a una hora de camino. En esa camioneta iba muerto de miedo, no conocía a nadie ni tenía idea lo que me iba a tocar hacer. Nadie hablaba y yo no quería meter la pata. Nos bajamos y sólo se veía una luz, me acerqué y me presenté. Pregunté por el jefe y dije que me habían dicho que había trabajo como boteador de los carros que llegaban para cargar los camiones. Sale uno y me dice “aquí no hay trabajo cabrito, te engañaron, yo soy el capataz, vas a tener que volverte caminando no más”. Yo me sentía pésimo, pero mientras él hablaba llegó otro por detrás y me di cuenta que era el verdadero capataz. Desde el comienzo ya me estaban engrupiendo. El capataz me dice “Cristóbal, lo que es verdad es que no hay trabajo afuera, así que si quieres trabajar vas a tener que entrar a la mina”. En 30 segundos tuve que decidir y dije OK, entramos a la mina.

Bajar por ese pirquén me hizo sentir como que estaba bajando al centro del mundo. Sentía que era la oportunidad de conocer la humanidad en su parte más oculta. Cada vez costaba más respirar y se achicaba el pirquén, había que caminar encorvado.

Llegué hasta el fondo de la mina, donde está el dinamitero. Me tocaba cargar el carbón en los carros luego de cada explosión. Me dejó el capataz y a los cinco minutos llegaron 30 mineros a puro lesearme. Me echaban tallas, todas de doble sentido por supuesto. Para empezar el lugar se llama mina, con eso bastaba. Todas las herramientas de trabajo, lo que hace el minero, todo tiene doble sentido. Menos mal que a pesar de mi ingenuidad las caché todas y les empecé a responder. Quedé como el gringo, pero siento que pude entrar en ese mundo y de alguna manera pude ser parte de ellos por tres semanas.

Fue una experiencia de descentramiento, de conocer un mundo que me era absolutamtente ajeno, en extrema pobreza y con un trabajo muy duro. Me sentí como si estuviera en el inicio de la revolución industrial en el siglo XIX, con cero seguridad.

Y esto lo viví más fuerte al final de la experiencia. Un día en la hora del “manche”, que es un recreo a las 5 de la mañana, yo ya me sentía un poco mareado porque cuesta respirar adentro de la mina, y decidí salir a comer mi pan afuera. En la parte final de la mina, donde se engancha el carro, yo me subí arriba, pero se descarriló y mi mano izquierda quedó atrapada entre el carro y un poste. Entre cuatro mineros pudieron correr un poco el carro para sacar mi mano. Tenía el dedo completamente abierto, hasta el hueso. Yo me pasé todos los rollos: que no iba a poder tocar nunca más guitarra, que no iba a poder celebrar misa, todo fatalista. Arriba por supuesto que no había ni botiquín. Me quedé con un pañuelo apretándome el dedo hasta las seis y media, cuando apareció un camión en el que bajé al pueblo con uno de mis compañeros de trabajo, que tenía 13 años y por supuesto trabajaba mucho mejor que yo.

Me pusieron 13 puntos. Partí a la casa del dueño de la mina a explicarle y a pedirle ayuda. Me dijo “no tengo ningún compromiso contigo, no te conozco. Aquí tienes mil pesos para que te compres unas dipironas y espero que te vaya muy bien, conmigo nunca has tenido nada, no hay ningún papel”. Y me cerró la puerta. En ese momento pensé que yo podía denunciar a esa persona y meterla en la cárcel, pero tuve un problema de conciencia grande porque sabía que si lo denunciaba iba a dejar sin trabajo a todos los compañeros que había conocido durante ese mes. Por otro lado, parte de la experiencia era vivir lo que vivían ellos. Pero lo viví con mucha rabia y conflicto. Me compré las dipironas y esos últimos cinco días me dediqué a hacer una investigación en la Municipalidad sobre el trabajo minero.

Al terminar el Noviciado hice la promesa de los votos con mucha consolación. Pasamos al Juniorado, que para mí fue una etapa más difícil. Uno está más en la ciudad, sales más a la calle, ves más mujeres, ves los kioskos, la tele, empiezas a estudiar en la universidad. El fervor inicial se ha acabado un poco también, entonces es un período en el que hay que dar más luchas. Estuve más desolado.

Al terminar tres años de estudios de filosofía y humanidades comencé a estudiar la Teología, que me fascinó. Hice Cristología y Teología Fundamental. Eso me encendió de nuevo. Me encantó pensar a Jesucristo y la fe.

Hacia el final de año ya todos estaban pensando a qué colegio nos iban a mandar, que es el destino normal en la etapa que venía, el Magisterio. Se me acerca el Provincial, que era Juan Díaz en ese tiempo, y me dice “oye gallo, te tengo una propuesta, quiero que la pienses y me digas con toda libertad si te parece. La Provincia ha estado discerniendo la posibilidad de iniciar una misión nueva con el pueblo mapuche, y quería enviarte a ti y a tu primo Pablo Castro a comenzar esta misión, a ver dónde partir, qué hacer. Sé que sería un magisterio un poco complejo porque tendrías menos apoyo, pero también desafiante”. Y yo, mientras me hablaba, me llené de consolación, lo encontré un regalo increíble. Yo nunca había tenido una sensibilidad por el tema indígena ni sabía nada respecto del pueblo mapuche, pero que pensaran en mí, que confiaran en mí y me entregaran una misión nueva fue algo que me apasionó. Terminó de hablar y le dije “¡sí, de todas maneras, no tengo nada que pensar!”.

El primer tiempo estuvimos con Pablo en Concepción, escribiendo nuestra propuesta de acción. Pablo era un experto en el tema indígena, había hecho un magíster en antropología, conocía la lengua y había vivido ya con comunidades mapuche. Yo no tenía idea de nada, pero iba dispuesto a todo.

Mientras, buscábamos un lugar rural donde establecernos. En mayo nos fuimos a vivir al pueblo de Tirúa. Comenzamos a visitar a los mapuches de la zona. La tierra indígena está protegida en Chile, no se puede vender a un no indígena. No podíamos comprar un terreno, pero deseábamos vivir en una comunidad. La única manera era que alguien nos invitara a vivir.

Comenzamos a visitar a los mapuches de la zona, hasta que don Teodoro Huenuman Llancapan, el longko de la comunidad Anillen, nos invitó a vivir a su casa. Nos dijo “ustedes son enviados de Dios, y si son enviados de Dios y vienen a vivir con nosotros, sé que serán una bendición para mi comunidad, así que los quiero traer aquí”. Él literalmente nos estaba invitando a vivir en su casa, lo que expresa su generosidad tremenda y el riesgo que estaba corriendo, porque traer a vivir a un wingka a una comunidad trae consigo un montón de críticas. Le explicamos que le agradecíamos mucho pero que más bien nosotros pensábamos en construir nuestra propia ruka, porque teníamos un estilo de vida que podía interferir con el suyo. Finalmente, don Teodoro nos pasó un pedazo de su terreno donde construimos nuestra casa.

La experiencia para mí fue tremenda, podría pasar días contando anécdotas y perspectivas que se me abrieron como ser humano, jesuita y religioso, como futuro cura.

Trabajé un tiempo en una radio comunitaria que tenía el 200% de sintonía, porque era la única radio que se podía escuchar allá. Se acercaban las elecciones municipales, y me invitaron a participar en un programa que se llamaba “Destapando la Olla”, en el que invitábamos a los candidatos y les hacíamos preguntas. También tenía un programa cristiano, los domingos en la mañana, que lo empecé a hacer lo más bilingüe que podía. Con Pablo estudiábamos muchísimo la lengua todas las mañanas, de a poco mi pronunciación empezó a mejorar y podía leer algunas oraciones, aunque en general no entendía lo que estaba diciendo. Trataba de meter algunos textos del evangelio, ponía música mapuche. Esto produjo mucha rabia en los chilenos que escuchaban el programa. Me decían que estaba haciendo oraciones que no entendían. Yo les respondí “bueno, es lo que hemos estado haciendo nosotros por siglos con los mapuches. Es súper bueno acostumbrarnos a escuchar otra lengua aunque no la entendamos bien y explicitar que estamos compartiendo dos culturas diferentes”. De todos modos no les pareció nada de bien nuestra perspectiva. Pero yo sé que para las comunidades fue un signo hermosísimo que les decía que estábamos ahí por ellos. En la radio terminó mal la cosa, porque la quemaron justo antes de las elecciones.

Tirúa ha sido una zona de mucho conflicto porque ha habido reivindicaciones, algunas más violentas y otras más legales, por tierras en disputa, que fueron ilegítimamente usurpadas. El tiempo de la paciencia se fue acabando y los conflictos entre algunas comunidades y las empresas forestales estaban muy álgidos cuando nosotros llegamos. Nosotros representábamos una figura bien ambigua porque por una parte éramos el mundo occidental, de la Iglesia, con todo lo que significa la época de la Colonia, y por otro lado también representábamos lo religioso, y el pueblo indígena es muy religioso. Veían en nosotros el deseo de comprometernos con su causa.

Además nos convertimos en los capellanes naturales de todos los católicos del pueblo que no eran mapuches. Celebrábamos la misa los domingos y la capilla de Tirúa empezó a revivir con nuestra llegada.

Gran parte de mi trabajo durante mis años de magisterio fue visitar casas, un trabajo misionero. Darme a conocer, conocerlos yo, compartir mate, comer mucha sopaipilla y huevo frito. Aprender el trabajo de la tierra. El segundo año empecé a enseñar en una escuela intercultural en Kiñe-ko, Primer Agua. Les hacía clase a los niños de primero básico, de sexto y de séptimo. Con los que mejor me fue fueron los más chicos. Mis herramientas pedagógicas eran nulas en ese momento y además para el mundo campesino que tienen toda una psicología y un ritmo que no eran precisamente en los que yo me crié, fue desafiante. Pero fue una muy buena experiencia porque a través de los niños pude llegar también a los apoderados y a las comunidades. Conocí mucho también el día a día del mapuche. A veces uno conoce por libros, por la tele, pero conocer familias concretas, rostros e historias reales cambia mucho la perspectiva.

Parte importante también de mi magisterio fue explorar el tema cultural. Empecé a conocer en qué consistía la música mapuche, que en muchos casos estaba asociada a ciertos ritos, por ejemplo de bienvenida por ejemplo, para acompañar la cosecha, la crianza de los niños y los ritos religiosos como el nguillatún o los machitunes. Como es música que se hace para la ocasión, el género “canción” no está muy desarrollado. Existen ciertos tonos que se repiten, maneras de cantar y de usar los instrumentos. Empecé a explorar un poco eso y a conocer las pocas grabaciones que había, con el objeto de crear un material de música litúrgica en mapudungun.

Traduje algunos textos para la liturgia y busqué lo que ya existía, como el Padre Nuestro y el Ave María. Tuve el privilegio de compartir con muchos ancianos del lugar y con algunos sacerdotes mapuches, diocesanos, y algunas religiosas mapuches, que son muy pocos. Para ellos mi interés era bastante atípico, porque la formación que recibe un sacerdote o una religiosa es bastante occidental. Hubo que crear algunos conceptos y palabras, por ejemplo, cómo decir “santo” en mapudungun. Fue realmente una experiencia preciosa.

Luego de tener los textos que con mucha humildad fui confrontando, me metí en el tema musical que me salió un poco más fácil. Y finalmente vino todo el tiempo de preparar las canciones con un coro, fue bien desafiante. Elegimos a algunas personas que habíamos ido conociendo y les enseñamos los cantos. También tuvimos la oportunidad de ir a cantarle toda la misa a la Machi, para que ella lo considerara y para recibir su aprobación. Ella nos dijo algo muy bonito: “yo aquí no veo nada que atente contra nuestra fe”. Ella no es católica, entonces significaba de alguna manera que lo que decimos de Cristo y de Dios no va en contra de su fe tradicional. Fue bien fuerte para mí a nivel de diálogo interreligioso y para ver cómo Jesús puede ser buena noticia en todas las culturas.

Pero también hubo muchas tensiones. Imaginarse el traer un kultrún a una capilla y con las pocas comunidades que tenían un culto católico, esto fue bien innovador y revolucionario, a algunos les pareció fantástico y se sintieron felices, para otros fue una aberración. Recuerdo a un caballero en una capilla que me decía “padre, encuentro muy hermoso que usted nos invite a traer el kultrún pero yo no puedo cantar en mapudungun el Padre Nuestro, porque como bien nos enseñaron las misioneras religiosas, nosotros tenemos que seguir la enseñanza de Jesús”. Le pregunté por qué eso se contradecía con el hecho de cantar en su idioma. Me dijo “bueno, para empezar porque Jesús rezaba el Padre Nuestro en español y nosotros tenemos que hacerlo en su idioma”. Me di cuenta de que hay mucha catequesis que hacer, y que nosotros al transmitir la fe generalmente traspasamos toda una cultura occidental, española en este caso, que es la mediación a través de la cual nosotros expresamos esa fe, pero no es el contenido de esa fe. Esa cultura es el medio de contexto en el cual esa fe se encarna. Pero esa fe tenía que encarnarse ahora en otra cultura, que es la mapuche. Y en muchos aspectos ese sigue siendo un desafío pendiente. La inculturación la tienen que hacer ellos, no la podemos hacer nosotros. Por eso esta composición musical era como abrir una ventana y empezar a decir de alguna manera, esto es posible, es un camino a seguir, tómenlo si lo quieren seguir.

Terminé el magisterio muy consolado, con un amor muy real y concreto, no por el pueblo mapuche en general en abstracto, sino que por mapuches muy concretos, por sus vidas y problemas que tuve el privilegio de conocer. Relaciones y vínculos que mantengo hasta hoy. También, con haber pasado por la experiencia de cuestionar mi propia cultura y mi propia fe a la luz del encuentro con una cultura diferente. Eso ayuda a profundizar y a plantearse cosas de fondo, ¿qué es lo esencial del cristianismo y de mi fe? ¿qué significa ser misionero, ser apóstol?, ¿qué significa promover al ser humano sin aplastarlo, sino que levantándolo?

Evidentemente, el pueblo mapuche enfrenta un problema de pobreza serio. Y de alguna manera se podría decir que los indígenas son los pobres entre los pobres de Chile, también. Porque además de ser marginados del sistema educacional y productivo, de haber sido reducidos en su propiedad y manejo de la tierra por siglos, enfrentan además una discriminación por su condición de indígenas.

Sin embargo creo que la aproximación correcta al pueblo indígena es de pueblo a pueblo, de cultura a cultura. Lo que ha hecho el Gobierno y en muchos casos la Iglesia, es entender al mapuche primeramente como pobre. Creo que es equívoco, porque es verdad que es pobre, pero eso no lo define como persona y como pueblo. Entonces la ayuda social, que es necesaria sin duda, tiene que considerar y hacerse cargo del tema cultural.

Para mí fue una alianza y un encuentro con Cristo pobre y humillado tremendo, que me transformó la visión. Si alguna vez yo tuve este deseo de santidad concentrado en mi propia salvación, aquí ya era tan fuerte el encuentro con un mundo diferente que me hablaba, que me cuestionaba y que me sacaba de mí, que nunca más pude entender mi fe sino conectada con ellos y con la salvación, la alegría, la felicidad y la promoción humana de los que tienen la vida más amenazada. En este caso, el rostro concreto de los mapuches.

Volví a Santiago a terminar mi formación teológica en la Universidad Católica, con mucho gusto y con todas estas preguntas de fondo que enriquecieron mucho mis estudios. Estudiar la Biblia, los dogmas, el derecho canónico con esta perspectiva intercultural fue fascinante y enriquecedor para mí, me abrió muchos horizontes.

Llegué desde mi Magisterio, que fue hablar mapuche, mover la carreta de bueyes, cantar en chedungun, correr a hacer las liturgias, tomar mate y sopaipillas. Y de pronto me ví leyendo a Rahner, historia de la Iglesia, asuntos bien complejos y mucho más abstractos. Pero el desafío era ver cómo se conecta esto con lo anterior. Dónde está el vínculo profundo entre una cosa y otra. Y yo siento que se me dio la gracia de poder hacer esa unión desde una fe realmente experimentada.

Sacerdote y Músico al Servicio de la Fe y la Justicia

Algo que ha sido fundamental en mi formación como jesuita y en la forma en que me he ido definiendo al interior de la Compañía de Jesús es la posibilidad que me ha dado la Provincia Chilena de desarrollar mis talentos, en lo intelectual, en lo afectivo y en particular un talento que no sabía si iba a entrar o no en mi modo de ser jesuita, que era la música. Nunca estudié música formalmente, pero siempre hice música, y espontáneamente desde el Noviciado compuse algunas canciones.

Siempre tuve la inquietud de cómo utilizar la música religiosa para generar espacios de encuentro con Dios.

Partí grabando algunos discos desde la etapa del Juniorado, por petición de amigos que los necesitaban cuando no tenían coro en sus capillas, parroquias o comunidades. Poco a poco esto se ha ido profesionalizando, porque nos hemos dado cuenta de la gran ayuda que significa para muchas personas.

Ya son siete los discos que he grabado. He contado con todo el apoyo de mis compañeros y la Compañía los ha confirmado como parte de nuestra misión. De a poco la música se ha ido haciendo conocida más allá del círculo ignaciano. Los discos empezaron a usarse en parroquias y movimientos. Personas que incluso no conocía me han enviado sus letras para que yo las musicalice. También me empezaron a invitar a cantar a diferentes lugares.

De a poco la música se ha ido haciendo conocida más allá del círculo ignaciano. Los discos empezaron usarse en parroquias y movimientos. Personas que incluso no conocía me han enviado sus letras para que yo las musicalice. También me empezaron a invitar a cantar a diferentes lugares.

Y yo tuve que inventar qué hacer, porque era algo en que no tenía muchos modelos que seguir. Empecé a conocer a otros autores cristianos. Me hice bien amigo de Fernando Leiva, Tere Larraín, María José Bravo y otros que estaban explorando en la misma línea.

Me han invitado a cantar en todo Chile, en parroquias y diócesis de Arica, la Tirana, La Serena, Ovalle, Valparaíso, Puerto Montt, Osorno, en pueblos pequeños como Curanilahue, Cañete, Río Negro, Melipilla y muchos otros lugares. Y en Santiago en sectores muy diversos. Desde la Parroquia de Lo Barnechea hasta capillas en Cerro Navia, Puente Alto o Recoleta. La música me ha permitido conocer la Iglesia en toda su diversidad y riqueza. Desde comunidades que están muy apartadas con una vida parroquial muy tradicional, hasta movimientos con mucha formación catequética, grandes planificaciones y muchos recursos.

Siento que la música ha sido y espero que siempre sea una herramienta en mi misión apostólica como jesuita en la Provincia de Chile, cualquiera sea el trabajo que yo tenga. No hay que inventarle un apostolado especial a Cristóbal para que él pueda desarrollar esto, sino que donde sea que me han enviado, ahí he usado este talento.

La música para mí ha sido un espacio apostólico tremendamente fecundo. Sin embargo estaba, la pregunta en la Compañía y en mí mismo también: ¿Qué hacer con esto? Yo jamás había tenido una formación académica seria y prolongada en el ámbito de la música, aparte de un curso en Juniorado, y la Compañía me animaba a desplegar al máximo este potencial. Por eso cuando durante los últimos meses de Teología estuve discerniendo con mi superior y mi acompañante espiritual qué podía hacer después de terminar la carrera, apareció la posibilidad de ahondar más en los temas teológicos pero también explorar algo con la música.

Por eso cuando durante los últimos meses de Teología estuve discerniendo con mi superior y mi acompañante espiritual qué podía hacer después de terminar la carrera, apareció la posibilidad de ahondar más en los temas teológicos pero también explorar algo con la música.

El Segundo Sí

Entonces me fui a hacer un postgrado en teología a Estados Unidos, en la Universidad Católica de Washington DC. Fui a esa universidad porque además habíamos conversado con el Provincial la idea de profundizar en la teología de los sacramentos y de la liturgia, lo que permitía un diálogo con las artes y con la música, que es algo que he desarrollado harto en mi vocación jesuita. También estaba la idea de postular, luego de terminar el postgrado en teología y en esa misma universidad, a un programa de música litúrgica que tenía muy buena reputación.

Mientras más avanzaba en la formación, el deseo de ser ministro de los sacramentos de la Iglesia, de servir como rostro concreto de la misericordia de Dios liderando la liturgia, acompañando en el sacramento de la reconciliación, etc., se fue haciendo cada vez más contundente en mí. Esto se fue dando especialmente por mi experiencia con los más pobres. Llegué al momento de partir y me sentía con el deseo firme de estudiar bien, de ser ordenado y de volver a Chile como cura.

Me fui a Estados Unidos sin muchas preguntas, pero aquí se dará un quiebre en mi vida jesuítica muy importante. Por primera vez en la vida, yo enfrenté la dificultad y la desolación profundas. Hasta el momento de irme, yo diría, estuve siempre en “la cresta de la ola”. Me iba bien en los estudios, siempre tuve un apostolado consolado, las cosas me salían relativamente fáciles. Llegué a Estados Unidos y muchas de estas cosas que yo daba por descontadas se quebraron. Y en eso yo también me fui quebrando.

Llegué a una comunidad en un colegio de los jesuitas a las afueras de Washington DC, Georgetown Prep, que es un internado muy exclusivo, muy pequeño también, para hijos de diplomáticos. Llegué a una comunidad en que el más joven antes que yo, tenía 63 años. Vivía como a una hora y media de la universidad donde estudiaba. Llegué a una universidad donde no estudiaban otros jesuitas, era una universidad que no era de la Compañía, y tuve que hacer todo el proceso de postulación solo, con muy poco inglés. Con bastante dificultad para comunicarme, mucho miedo y con la pregunta de si era el programa apropiado o no. Todo esto me provocó una inseguridad muy grande y me hizo sentir una soledad muy profunda.

Los jesuitas allá fueron muy acogedores, pero al modo norteamericano, que es dejándote solo para respetar tu espacio. Yo estaba acostumbrado a que cuando uno anda medio mal, la gente entra a tu pieza, te invitan a tomarte algo, a conversar, a echar la talla. Pero allá estos compañeros abuelitos comían a las seis de la tarde, y a las seis y media ya estaban todos en sus piezas. Entonces me enfrenté a las preguntas que vienen cuando sientes soledad. Qué hacer con mi tiempo libre, qué hacer con mi frustración, con mi pena, con mi inseguridad. Aparecen muchas tentaciones: estaba a un clic de compensar viendo pornografía, a un clic de evadirme, tenía todos los medios y el dinero para haber hecho cualquier cosa, estaba en un lugar lejano donde nadie me conocía. Eso da un poco de vértigo y uno dice “cualquier cosa que haga ahora pasa piola”. Y sin embargo, yo sentí muy fuerte un llamado grande a tener una relación mucho más íntima con Él de lo que había sido hasta ese momento. Lo paradójico era que yo iba a rezar y no sentía ni grandes consolaciones, ni fervor, ni grandes fuerzas, sino que me sentía desolado, vacío, un gran silencio. Fue un tiempo bien exigente para mí. Elegí un muy buen acompañante espiritual, un jesuita que había trabajado años atrás en Chile, Gasper Lo Biondo, con el cual volqué todo lo que llevaba adentro. Traté de vivir con la transparencia total, con lo máximo que pudiera. Poniendo todo mi ser, todas mis preguntas, todas mis tentaciones, todas mis dudas delante de la mesa. Y con mucha humildad, pedir ayuda. Yo creo que por primera vez en mi historia como jesuita tuve que decir “no sé qué hacer”.

En la universidad me fue muy bien, lo académico no fue ningún problema. Pero no sentí grandes mociones que me mantuvieran entusiasmado. Los profesores eran muy buenos. La mayoría de mis compañeros eran sacerdotes diocesanos o dominicos jóvenes, bastante tradicionales, muy preocupados más bien de la rúbrica y de qué hacer, en vez del por qué lo hacemos. Y eso a mí me generó mucha frustración, porque no encontré pares con las mismas inquietudes. Yo venía con gran interés por trabajar el tema de la inculturación, del sentido de la celebración comunitaria, la invitación del banquete anticipado del Reino donde manifestamos litúrgicamente la justicia, el amor, la dignidad de todo bautizado. Y las preguntas de ellos eran más bien cómo hay que poner las manos, o cómo se dice bien la fórmula.

Hacia el final del primer año, el Provincial con una sabiduría tremenda me dio toda la libertad para discernir si continuaba mis estudios de teología en otra parte e incluso me dio la posibilidad de dejar la teología y comenzar con la formación musical.

Hice un discernimiento serio y me pareció, después de rezarlo y conversarlo, que ésta era la oportunidad que me estaba dando el mismo Jesús para vivir la frustración, para conectarme con Él en la cruz. Para ahondar en mi experiencia de fe y de jesuita ya no desde el éxito, ya no desde la fecundidad apostólica, del ser conocido, de los discos, de las proyecciones. Ni siquiera desde mis grandes deseos para el futuro. Sino que en la soledad de mi pieza, de mi capilla, el Señor y yo. Ni siquiera teniendo claro para dónde iba. Y no como una pregunta vocacional, nunca he tenido dudas de que Dios quiere que sea jesuita ni tampoco he tenido dudas de mi deseo de ser jesuita. Pero sí con una pregunta humanamente muy profunda, de plantearme qué pasa si el resto de mi vida jesuita es como esto, y no es tan entretenida ni exitosa como me la imaginé. ¿Estoy dispuesto a seguir este camino así?

Entonces decidí quedarme en el programa y terminarlo, porque además era de un nivel académico muy superior a las alternativas que tenía. Este programa en general se hace en tres años. Yo apreté el acelerador, trabajé muy duro y pude sacarlo en dos. Siento que me ayudó mucho haber hecho esta elección profunda, que fue de alguna manera un segundo sí en mi vocación. El primero fue cuando tenía 18 años. Y dije sí, quiero consagrarme entero, venga lo que venga y que mi corazón estaba burbujeante de alegría y lleno de mociones. Esta vez el Señor me pidió otro si, ya no con el corazón burbujeante de emociones y de alegría, después de haber recorrido un tiempo largo de formación en la Compañía de Jesús en Chile, con una clara confirmación, pero en un contexto muy diferente, de mayor austeridad, de mayor soledad, haciéndome cargo de lo que significan los votos y que mi vida va a ser consagrada a Dios, y no necesariamente eso significa siempre andar burbujeante de alegría y exuberante de gozo, sino que en muchos momentos eso va a significar pasar por momentos de mucha soledad y la fidelidad casi se puede tocar, se hace tremendamente palpable como un llamado exigente. Sin embargo, este sí a mí me llenó de paz y fue nuevamente la ocasión en la que yo dije para esto he nacido, para esto existo, para ser de Cristo, enteramente de Él y de su misión, en la Compañía de Jesús.

Cuando ya estaba terminando la licenciatura, el Provincial me visitó, pudimos conversar con mucha calma sobre lo que habían sido estos dos años. Yo estaba dispuesto a volverme a Chile y ponerme a trabajar y una vez aquí pedir las órdenes sacerdotales. Pero él me propuso ser fiel al discernimiento de antes de partir que consideraba la posibilidad de hacer un magíster en música litúrgica. Como ya tenía la formación litúrgica, vimos que lo que faltaba más bien era estudiar sólo música. Me fasciné con la idea porque nunca había podido dedicar tiempo explícito a estudiar música. Yo sabía que si volvía a Chile ya no lo iba a hacer, porque el trabajo me iba a absorber, así que estaba en una posición privilegiada para aprovechar esa oportunidad.

Averigüé dónde podía estudiar. Descubrí la Berklee College of Music, que queda en Boston y que es una escuela de música especializada en música contemporánea. Es una escuela bien exigente y tiene un contexto fascinante de diversidad y riqueza. Tenía bastante poca esperanza de ser aceptado porque en general el perfil de los que postulan a esa universidad son chicos y chicas que ya llevan estudiando 8 años en el conservatorio, que han tocado piano toda su vida, que sus padres son músicos, etc.

Ahí llegué yo, con mi guitarrita y mis canciones. Pasé de un mundo muy eclesial, donde todos los sacerdotes se vestían de cuello romano, yo era el único que no, con un Santuario enorme a la Virgen de la Inmaculada Concepción, todo muy clerical, lleno de obispos por todas partes, incienso que se te metía por las narices y las orejas, a un mundo muy de la calle, donde yo era de los pocos que usaba el pelo corto y que no tenía tatuajes y piercing en la nariz, las orejas y la lengua, y de una diversidad tremenda. Donde el tema de la religión estaba totalmente ausente. Llegaban jóvenes de todas las partes del mundo. Gente con oído perfecto, de gran experiencia, con un talento impresionante. Y ahí estaba este joven jesuita, el primer jesuita que hacía estudios más largos en esa universidad. Más encima, ya en el proceso para la ordenación sacerdotal, entonces era bastante bicho raro. Pero lo viví siempre con un entusiasmo y alegría tremenda. Creía que era una oportunidad fascinante, y de hecho lo fue.

Me metí en un programa de cuatro años, sabiendo que iba a hacer sólo dos, y eso me dio la libertad de elegir los ramos que creía que más me iban a servir. Me concentré en el Core Music, que son todos los ramos teóricos de solfeo, armonía, cómo arreglar las canciones. Y me hicieron hacer desde bossa nova y hip hop hasta sonatas y arreglos más clásicos. Tuve clases de contrapunto, en fin, fue el descueve. Qué voy a decir, lo pasé muy bien, conocí gente muy diversa, muy talentosa. No éramos tan pares porque yo era 13 o 15 años mayor que mis compañeros entonces estábamos en etapas de la vida bien distintas, pero sí muy enganchado y con mucha fraternidad y bastante trabajo en conjunto.

En esa escuela todos los días hay conciertos y varios al día. Uno escucha muchas cosas diversas, en muchos idiomas, desde la música de Israel y África, a la India, Europa del Este, música latinoamericana, es fascinante. A mí siempre me ha gustado el folklore latinoamericano y la trova, exploré mucho de eso y conocí a fondo el mundo de la música de Brasil y algunos de sus autores.

Fueron años en que gocé y estudié muy gratuitamente, disfrutándolo mucho. En ese tiempo aproveché de grabar mi séptimo disco, con arreglos musicales bastante más cuidados esta vez y explorando estilos diferentes. Se llama Tejido a Tierra.

En Boston llegué a vivir en una comunidad jesuita internacional en Cambridge, donde había muchos de mi edad y de varias partes del mundo. La mayoría de ellos estudiaba teología o se especializaba en moral social. Vivíamos en casas pequeñas, de ocho o diez jesuitas, entonces se daba la ocasión de hacernos muy amigos y de abrirnos al mundo de manera privilegiada. Fue un tiempo de hacer grandes y buenas amistades con compañeros jesuitas de España, Polonia, Tanzania, Portugal, Ecuador y de Italia. Con la amistad vienen otros temas y preocupaciones, uno empieza a observar lo que hace la Compañía de Jesús en otros países y empieza a tener una mirada más universal. Tuve el privilegio de vivir toda la preparación a la Congregación General Jesuita desde Estados Unidos y eso me permitió leer todo nuestro discernimiento de un nuevo Padre General y los decretos que se tenía que hacer, desde las prioridades mundiales, no mirándolo solamente desde la realidad chilena. Porque yo estaba expuesto a lo que pasaba en la India, en Vietman, etc. En mi comunidad yo vivía con un chino, un vietnamita, un polaco, un portugués, un filipino y con tres norteamericanos. Entonces imagínense la diversidad que eso implica de perspectivas, de modos de mirar el mundo, etc.

Amar a Cuerpo Entero

Durante el primer año que pasé en Estados Unidos solicité las órdenes sacerdotales. Me fueron concedidas y viajé a Chile para ordenarme, aprovechando las vacaciones de verano de Estados Unidos. Fueron dos meses de una consolación extraordinaria. Me reencontré con gente querida y también fue un tiempo de preparación intensa a la ordenación sacerdotal junto a Gabriel Roblero, a quien también pueden conocer a través de HistoriActiva. Para mí fue una gracia especial prepararme con él, porque es un hombre muy profundo, con el que hemos compartido el tema sacerdotal con gran hondura. Hicimos un retiro preparatorio en el sur con compañeros y amigos que ya habían sido ordenados. Queríamos saber cómo habían sido para ellos los primeros años de sacerdocio. También ensayamos para nuestras primeras misas, preparando la prédica y todos los detalles de esas celebraciones.

La ordenación fue una fiesta donde estaba la Iglesia entera, que celebraba la alegría de tener dos nuevos ministros. No la viví como mi fiesta, sino que la fiesta de todos. Con mucha emoción, paz y gozo.

En la primera misa fue bien impactante llegar al altar y mirar a esa asamblea. Era mirar mi historia completa, delante de mí. La gente que me conocía desde niño, familiares, amigos de distintas etapas, rostros concretos de gente que quiero entrañablemente, que estaban ahí celebrando, dando gracias y encomendándome a Dios para que sea un sacerdote generoso, feliz, compasivo, cercano. Al estilo de Jesús.

En esos dos meses en Chile me dediqué a hacer misas y conciertos por todas partes. Lo que viví fue de una intensidad espectacular y de gran consolación. Pero tenía que volver un año más a Estados Unidos para terminar mis estudios de música.

Volví a Estados Unidos, como neo sacerdote, recién ordenado y con el corazón latiendo a mil. Pero volvía a estudiar, a mi casa y a la cotidianidad bastante bruscamente. Ejercí mi primer año sacerdotal en la parroquia Saint Monica - Saint Augustine, en South Boston. Trabajé fundamentalmente con inmigrantes de República Dominicana. Compartía la misión con dos jesuitas que eran diáconos, un mexicano y un español. En ese contexto apostólico aprendí a ser sacerdote. He aprendido a presidir la Eucaristía con un coro extraordinariamente desafinado, y fascinantemente entusiasta, con unas mujeres buenas para bailar. Celebrando la misa al son del merengue y de la bachata, daba lo mismo si era el perdón o el gloria. Todo tenía el mismo ritmo. Las pocas canciones que me atreví a enseñarles las encontraron terriblemente serias y me las convertían rápidamente en una cumbia. Pero además me encontré con un problema muy específico, que es el de los migrantes. Me ayudó mucho meterme en ese tema, conocer los desafíos que enfrentan al llegar a un país extranjero, el 90% de ellos sin papeles, arriesgando la vida, adquiriendo más dinero y bienestar económico, pero sin ninguna seguridad social. El inmigrante ilegal que se enferma, por ejemplo, no puede ir al hospital porque no puede exponerse a los registros federales.

Sus niños han crecido en Estados Unidos y hablan más inglés que español, lo que provoca en los padres una inseguridad grande y un conflicto fuerte de identidad. En el barrio donde yo trabajé había una realidad social bastante golpeada, la mitad de las mujeres tenía a sus hijos en la cárcel o metidos en las drogas. Me tocó celebrar la pascua de algunos miembros de la comunidad que fueron asesinados en peleas callejeras.

Fue muy hermoso aprender a presidir la Eucaristía tratando de decir algo significativo para sus vidas a partir del Evangelio, buscar cómo la palabra de Dios es buena noticia para estos rostros concretos que están acá. Y también en un aspecto más disciplinario, por decirlo así, tratando de evitar que se mandaran mensajes de texto durante la misa, que los niños no atravesaran por la mitad del altar para ir al baño y ese tipo de cosas. Escuchar sus confesiones, su profundo deseo de vivir con una vida más ordenada, con unos afectos más enraizados, con una pareja más estable. Fue un regalo muy grande y hondo para mí. Siento que vuelvo a Chile muy enriquecido de haber conocido a esta gente que me ha ido moldeando como sacerdote.

Con el Provincial habíamos conversado de algunas misiones a las que me podían enviar al volver a Chile. Pero pocos días antes de regresar, me llamó y me invitó a trabajar al colegio San Ignacio El Bosque, algo muy inesperado pero que recibí con mucha alegría, siendo mi primer destino apostólico como sacerdote.

Desde que regresé a Chile, hace sólo unos meses, estoy trabajando en el colegio San Ignacio El Bosque, como capellán de los terceros y cuartos medios y apoyando actividades pastorales y formativas. Soy también profesor de religión del colegio. Ha sido un tiempo muy consolado, de reencuentro con grandes amigos, jesuitas, laicos y laicas, y explorando este trabajo que me va a ocupar los próximos años.

Al principio estaba un poco desconcertado porque no sé nada de educación y nunca trabajé en colegios, pero ya estoy aprendiendo. A veces pasa que uno es enviado donde ni se imaginó que lo iban a enviar, es algo inesperado. Yo me especialicé en Estados Unidos para hacer otra cosa. Y cuando me llamó el Provincial y me invitó a ser parte de la pastoral del colegio, me significó dar un vuelco bastante importante. Y aunque uno siente el gozo y la libertad de saber que uno está aquí para participar de una misión y que la obediencia significa hacerse disponible para eso, no siempre es fácil. Le agradezco harto a Dios que ha tenido la delicadeza conmigo de irme llenando de deseos y sueños para esta nueva misión que no estaba en mis planes hace algunos meses.

Y Dios dirá qué es lo que pase en el futuro, si volveré a dedicarme a grabar, a cantar, si terminaré transmitiendo en la universidad lo que aprendí en Estados. Sólo Dios lo sabe. Vivir el día a día con el corazón entero es una invitación para todo jesuita.

Llegar al San Ignacio El Bosque, obviamente es como volver a mi casa. Este colegio es una de las obras de la Compañía en Chile que tiene mucho que decir. Aquí se forma gente que esperamos el día de mañana pueda tener una voz y una influencia en el modo en que construimos nuestro país. Hoy día estos alumnos están descubriéndose a sí mismos, al mundo y a Dios. Nuestro trabajo como jesuitas es facilitar ese encuentro y lograr que se apasionen con este mundo nuevo que el Señor nos invita a construir. Que sean capaces de ver la realidad con mirada crítica, que aprendan a pensar, que se hagan preguntas profundas y cuestionen sus propios modos.

Una de las gracias tremendas que me ha ayudado a incorporarme al cuerpo de la Compañía ha sido tener muy buenos amigos, compañeros jesuitas. Que han estado ahí en los momentos de éxito y de fracaso, que me conocen mucho y con los cuales siento que podemos compartir a un nivel muy hondo, el día a día.

La vida comunitaria no es una compensación de la vida familiar, nunca lo va a ser. Uno nunca va experimentar la intimidad que se experimenta con una pareja. No está ni cerca, ni siquiera entra en el mismo ámbito. Sin embargo es una fuente de mucha alegría y de mucha ayuda para nuestro ministerio apostólico.

La comunidad en muchas ocasiones pasa a ser para uno el referente, el hogar, la casa donde uno puede relajarse, descansar, reír, disfrutar, confrontar y dejarse confrontar por otros.

Cuando entré a la Compañía de Jesús, no se me pasó por la mente las renuncias que eso implicaba. Ni siquiera lo pensé. Lo único que tenía en la cabeza era lo que abrazaba, lo que venía. Pues bien: en estos catorce años y medio de Compañía sí que he experimentado lo que significa la renuncia. Y con una delicadeza muy grande, a veces en un susurro y a veces en medio de la tormenta, he ido descubriendo lo que significa el sacrificio de dejar otras opciones tan santas, válidas, religiosas y cristianas como ésta, y que también tienen mucho que ver con los impulsos más propios de uno.

Durante estos años me he ido haciendo hombre en la Compañía de Jesús. Y eso tiene muchas dimensiones, intelectual, afectiva, sexual, antropológica... Aquí he ido descubriendo mis impulsos y como jesuita he tenido que aprender a descubrir cómo vivir todo esto lo más integrado y profundo que pueda, con un deseo de no dejarle escapar a las preguntas fundamentales, sino que sublimando lo que hay que sublimar, ofreciendo lo que hay que ofrecer, renunciar a lo que hay que renunciar, ponerle nombre a mis impulsos y sentimientos, a mis sueños, a mis necesidades, a mis ganas de ser papá, mi deseo de proyectarme en la formación de un hijo, de transmitirle todo lo que he recibido, de entrar en intimidad con una pareja.

Sé que no voy a poder llegar en la noche a mi casa y abrazar a una mujer, y contarle lo que hice durante el día. Sé que no me voy a poder levantar en la mañana y darle un beso a mi hijo, ayudarlo a ponerse los zapatos, lavarle los dientes y llevarlo al colegio. Sé que no voy a poder participar de sus primeros amores ni que voy a poder enseñarle a ser un hombre para los demás como lo hace un papá. Y sé que en mi mente y en mi corazón no va a estar el deseo de que lleguen las vacaciones para poder irme con mi familia, gozar de la creación, de la intimidad que significa formar una Iglesia doméstica.

Pero esa no es una renuncia en el vacío. Yo sí me siento invitado a amar con todo lo que soy, a cuerpo entero. A abrazar esta vocación con fecundidad y tratar de ofrecer mi vida para que otros tengan vida. Como jesuita no me siento castrado ni apocado por ninguno de mis votos, sino que me siento invitado a ofrecerme para que Dios multiplique lo poco que soy. Y verdaderamente sueño que esta renuncia no sea sólo renuncia, sino que sea una fecundidad honda para la misión de Cristo.

Me siento una persona muy privilegiada, porque el Señor me agarró el corazón. Me mostró que mi felicidad completa pasaba por entregarle la vida a Él. Y en estos años Él me ha ido mostrando el mundo, la misión, en qué consiste ser hombre para los demás. Siento que como jesuita soy tremendamente privilegiado porque puedo encontrar a Dios en todas las cosas, y puedo ser plenamente jesuita trabajando con los indígenas, enseñando en una sala de clases, grabando en un estudio de grabación, dando un concierto a miles de personas, conversando tú a tú con alguien que tiene una inquietud, en el silencio del confesionario, en la exposición de la celebración litúrgica, en cualquier parte. Soy jesuita cuando estoy solo y cuando estoy con mi familia, con muchos o con un grupo pequeño.

Eso pone la pregunta sobre el ser antes que sobre el hacer. Para mí eso es fascinante, liberador. No me justifico en la medida en que hago esto o esto otro. Soy un hijo amado de Dios, un pecador. Profundamente pecador, y sin embargo verdaderamente llamado a ser parte de esta misión que es fascinante, de la cual me siento parte y la que quiero abrazar por el resto de mi vida.

versión para imprimir