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Otros hablan de Cristóbal Fones SJ :

Gabriel Roblero SJ

Sacerdote jesuita, Asesor Eclesiástico CVX Jóvenes
groblerosj@gmail.com

Mis primeros recuerdos sobre Cristóbal son en el colegio San Ignacio El Bosque. Aunque yo era de una generación mayor que él, algunas actividades de pastoral y de CVX me hicieron conocerlo, o por lo menos, verlo siempre de lejos. Siempre me llamó la atención su transparencia religiosa, su amistad con Dios, su ánimo para participar de distintas actividades, conocer gente, su preocupación por los pobres, su compromiso apostólico, y obviamente su pasión por el canto como medio para hablar de las cosas de Dios.

Cristóbal entró a la Compañía de Jesús muchos años antes que yo. Por eso no compartimos en nada las etapas de formación como jesuitas. Los últimos años Cristóbal hizo sus estudios de especialización en Estados Unidos mientras yo hice mis estudios de Teología en Chile. Pero al final coincidimos en el tiempo de preparación para la ordenación sacerdotal. Fuimos ordenados juntos sacerdotes el 10 de agosto del año pasado (2007). Esto para mí ha sido un gran regalo de Dios. Pudimos preparar juntos la ceremonia. Nos dimos el tiempo para conversar y también pudimos tener unos días de retiro para hacer oración.

Para mí es una alegría muy grande compartir mi vida de jesuita junto a Cristóbal, sentirme cercano a él, poder compartir nuestras vidas como “compañeros de Jesús”, y sobre todo sentir su fuerte compromiso en la misión que Dios nos pide vivir como jesuitas. Hoy nos hemos encontrado haciendo clases de religión a alumnos de III° medio, soñando y llevando a cabo nuestra misión con jóvenes y colaborando en distintas instancias apostólicas, como son los Ejercicios Espirituales, distintas celebraciones, oraciones cantadas (Pan de Vida), clases, etc.

Destaco mucho las cualidades humanas de Cristóbal: su cercanía y calidez, su sencillez, su humildad, su alegría y la manera cómo vive agradecido de Dios. A mí personalmente como jesuita me ayuda mucho su vocación y su testimonio. Su vida religiosa, su hondura espiritual y su preocupación por los pobres y la justicia, a mi me enriquecen mucho. Esto es una de las cosas más maravillosas de la Compañía de Jesús: que como jesuitas somos amigos en el Señor, somos compañeros viviendo juntos una misma misión que Jesús nos encomienda. Que somos distintos unos de otros, pero nos enriquecemos juntos en nuestras vocaciones, para servir de mejor manera a nuestro Señor, a su Iglesia y al mundo.

Marco Lara

Obrero

La verdad estoy un poco complicado porque a mi amigo “Fones” no le gusta cuando le tiran muchas flores, así que trataré de ser lo más breve posible.

Bueno, lo conocí a través del MEJ a fines de los años 90 y desde entonces nuestra amistad se ha intensificado. Él llegó a nuestra capilla justo cuando estaba sufriendo un cambio que a la larga me marcó mucho, ya que los jesuitas dejaron una gran huella en nuestra comunidad llamada “Jesús Misionero” de Cerro Navia. Siempre he sentido una gran admiración por este hombre por su entrega, su vocación y servicio, él es un pescador de hombres que a través de su canto nos seduce a todos.

He compartido muchas instancias con él, fuimos a Rengo para una Semana Santa la cual me hizo sentir a Dios muy cerca. En su caminar cuando fue a trabajar con los mapuches me moría de ganas de trabajar con él ya que me contaba con tanto gozo y entusiasmo sobre su trabajo en esas tierras que tanto lo apasionan.

Cuando tenía que seguir con su apostolado en Estados Unidos, me dio mucha tristeza pero alegría a la vez, ya que este jesuita se iba a insertar en un mundo donde creo que necesita de gente como él, fueron largos años. Ahora a su regreso lo siento muy feliz ya como sacerdote y con muchas ganas de seguir aprendiendo y enseñando lo mucho que sabe y seguir llenándonos de su pasión hacia Cristo y a nuestra madre María, creo que es un apóstol como dice mi familia.

Agradezco a Dios por presentarme a mi gran amigo, el padre Cristóbal Fones, y gracias a la revista por darme estas líneas para hablar de él. Un abrazo grande.

Dani Villanueva SJ

Responsable del Departamento de África en la ONG Entreculturas – Fe y Alegría
danivillanueva@gmail.com

Con poca gente tengo la sensación de haber caminado tan cerca y de haber soñado tanto como con Cristóbal Fones. Sin él no me puedo imaginar mis dos años de licencia en teología en los Estados Unidos, una de las etapas más bonitas de mi formación. Allí me encontré con este compañero de camino, confidente y cómplice incondicional de tanta vida e intensidad que uno se encuentra cuando ha de cambiar de cultura, contexto, e incluso de idioma.

Nuestra amistad ha sido lugar en el que Dios actúa, y nuestro primer año de sacerdotes fue una verdadera aventura que me costaría imaginar sin Cristóbal. Siempre he dicho que él me conoce como pocos. Tiene esa sabiduría de quien sabe escuchar, y esa intuición de quien conoce las dinámicas del corazón. Pero sobre todo, tiene una cotidianidad con Dios que contagia esperanza y deja caliente el corazón. No me puedo quitar de la cabeza las interminables charlas y paseos llenos de entusiasmo en los que hemos compartido sueños y misión. No olvido sus ojos brillando y esa risa de quien goza construyendo Reino en compañía.

¿Su mayor virtud? La habilidad de acompañar y acercar a Dios. Cristóbal tiene el don de dar densidad a lo ordinario, una exquisita sensibilidad para detectar y poner nombre a las presencias de Dios que nos rodean… Cris es un Jesuita de cuerpo entero, las 24 horas, siempre buscando cómo llevar a la gente un poco más a Dios. A veces cantando, otras charlando, y muchas veces simplemente estando. Es uno de esos compañeros que te cambian la vida, que aportan sentido, salpican compromiso y te empujan a dar lo mejor. Pocas veces me he sentido tan acogido y tan retado, tan querido y tan animado a crecer.

Vivir con él y saberle compañero ha sido uno de los mayores regalos de Dios que he recibido. Hoy, me entusiasma saber que desde mi oficina o desde su colegio, desde mis proyectos en África o su música y sus clases, cada uno en su lado del mundo, seguimos caminando juntos en pos de la misma misión. Nos vemos muy poco y los e-mails son esporádicos, pero he de confesar que con él como compañero me siento más y mejor jesuita.

Carlos Silva

Abogado Fiscalía Nacional Económica

Con Cristóbal nos hemos encontrado mucho en la vida. Me acuerdo de él en la CVX de jóvenes. Fui compañero de comunidad y amigo de 2 de sus hermanos, y tengo un especial cariño por su mamá.

Cuando yo vivía en Curanilahue, a fines de los 90, me tocó acompañar a Cristóbal en un encuentro entre un grupo de universitarios de Santiago que estaban misionando y un grupo de jóvenes de la parroquia de esa localidad (mi pueblo). Poco meses después, cuando yo volvía a Santiago, el empezaba su inculturación en Tirúa. Ahí, como si nada, fue la primera vez que compartimos lo que nos inquietaba de nuestras vocaciones: mis temores y mis ganas de ser un laico para formar una familia ordenada al Señor; sus sueños y desvelos de estudiante y religioso que quería encontrarse con el Señor encarnado el Pueblo Mapuche.

El 2004, coincidimos en nuestra llegada a Washington DC, cuando los 2 empezábamos a estudiar nuestras maestrías. En ese primer mes nos acompañamos mucho. Salimos caminar, a andar en bicicleta –creo que recorrimos toda la ciudad-, nos comimos un par de hamburguesas muy “cerdas“ y nos reímos mucho. Y en ese estar juntos, él en su comunidad jesuita y yo en mi Summer Program, fuimos también haciéndonos compañeros en la soledad que a veces implica asumir el desafío de formarse mejor para servir. Al poco tiempo llegaron mi señora y mis niños, y durante ese año y tanto nos juntamos muchas veces con Cristóbal, en su casa, en nuestro departamento o paseando por la ciudad. Fue un privilegio compartir la vida cotidiana: comer juntos, cantar sus canciones, contarnos nuestros descubrimientos en los estudios, consolar nuestras penas y nuestras rabias, reírnos muchos, recordar amigos. Mirábamos nuestro Chile y el mundo y nos parecía un privilegio poder tener el tiempo para detenernos y reflexionar sobre lo que veíamos.

Poco a poco, y sin necesidad de explicitarlo, nos fuimos dando cuenta que el Señor nos había reunido para que nos acompañáramos y en ese acompañarnos, cuidar la vocación del otro, nuestro prójimo, nuestro amigo. ¡Qué mejor resguardo podría poner a su obra que el de un amigo querido!

Nuestra amistad con Cristóbal ha ido forjando con los años, no sólo por compartir lugares o grupos, sino por esas cosas que tiene Dios de acercarnos y hacernos confirmar en el prójimo, nuestras vocaciones. Cristóbal enriqueció nuestra vocación matrimonial, y creo que Jesús, a través nuestro ahondó su vocación sacerdotal.

Cristián Del Campo

Sacerdote jesuita, estudiante de Teología en Estados Unidos
delcamposj@gmail.com

A Cristóbal lo conozco desde los días en que ambos comenzábamos a postular para entrar en la Compañía. Desde esos primeros días, siempre me llamó la atención por la madurez que expresaba, a pesar de ser aún bastante joven. Una madurez intelectual, espiritual y también en las relaciones humanas.

También me sorprendió, sin embargo, su total ignorancia sobre cosas que para mí eran absolutamente básicas en la vida, como por ejemplo, sobre nociones básicas de fútbol. Nunca se me olvidarán esos primeros partidos "obligados" que jugábamos cada sábado en el Noviciado.

Luego la vida nos fue llevando por distintos caminos. Después del año de Juniorado que compartimos, yo pasé a otra comunidad y luego me fui a Estados Unidos. A mi vuelta, Cristóbal estaba en magisterio en Tirúa. Sólo compartimos un año de Teología, pues después Cristóbal partió también a Estados Unidos. Y ahora que yo me vine a este país, él se volvió a Chile.

Con todo, hemos mantenido una comunicación continua. Eso me ha permitido seguirle la pista y saber que Cristóbal está contento, que ha llegado de vuelta a Chile después de varios años fuera y que está con muchas ganas de poner al servicio de la Iglesia, lo que ha ido aprendiendo en la Teología y en la música.

No me cabe duda que Cristóbal dará mucho fruto con su sacerdocio. Hay una capacidad innata para acoger y transmitir cariño, que combina con un muy buen sentido común y con agudeza para juzgar correctamente situaciones complejas. Pero por sobre todo, porque es una persona que habla de Dios con naturalidad. Al hacerlo transparenta su propia relación con Jesús. Y eso es quizás lo más importante que un sacerdote puede hacer.

Francisca Donoso

Periodista

Compartir la amistad con Cristóbal desde que estábamos en la CVX secundaria ha sido un gran regalo del Señor. Nos unían la pasión por la música, la búsqueda de Dios, las ganas de servir y de pasarlo muy bien. Su testimonio me marcó desde esos años de adolescente. Hablaba sin pudor de su amor por Jesús, tocando el alma de muchos.

Jamás me voy a olvidar de esos fines de semana que se nos hacían cortos. Tardes eternas de ensayos con Engranaje, buscando la armonía perfecta a 4 voces, los matices y hasta las coreografías. Participar en los festivales y cantar en distintos lugares donde nos iban llamando. Cantar en la misa y desde ahí partir con los amigos de la CVX a los clásicos helados del sábado en la tarde. Luego venían los cumpleaños o las fiestas. Y nuestro primer trabajo en un coro para matrimonios.

Su entrada a la Compañía significó de algún modo un quiebre para nuestro grupo. Se nos iba un pedacito de nuestra alma. Pero nos quedamos para siempre con la alegría que vivimos en esos años.

Agradezco que esta amistad se haya mantenido. Cristóbal parte a la misión y se aleja: como no es muy dado a las llamadas, la distancia no sólo es física, a veces el contacto cuesta un poco. Pero cuando nos reencontramos es como si no hubiese pasado el tiempo. La confianza, la amistad y el cariño no se borran.

¿Qué tiene Cristóbal, que enciende el amor por Dios en tantos y tantas? ¿Es que es jesuita? ¿Es su voz? ¿Es que tiene un carisma impresionante y una sensibilidad de artista que lo ayudan a hablar con tanta hondura? ¿Es que con el apoyo de la Compañía, Cristóbal se ha preocupado de hacer crecer esos talentos para dar ciento por uno?

No. Es que Cristóbal es un hombre de Dios. Enamorado de Jesús “hasta las patas”, como decíamos a los 16 años. Capaz de dialogar con el Señor de una manera que he visto en pocos. Un diálogo que lo abre a esa intimidad única que tiene con Cristo.

Finalmente, Dios se vale de los talentos increíbles que le ha dado para expresar la hondura de ese amor que casi lo quema. Es ese amor el que enciende otros corazones. Y el mío también.