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Pablo Kramm SJ: |
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DIOS LLAMA Nací en Puerto Montt, en 1977. Mi mamá es profesora y mi papá empleado en un banco. Soy el menor de dos hermanos, tenemos cinco años de diferencia. Una de las grandes herencias que me ha dejado mi familia es un gran espíritu de servicio y responsabilidad. La perseverancia marca un sello familiar: lo demuestran los 36 años que llevan mis papás en sus trabajos, y los 36 años que también llevan casados. Mi mamá trabaja en un colegio de monjas. Por eso desde muy chico conocí la vida religiosa como una forma más de vivir la vida y con mucha naturalidad. Estudié en el colegio San Francisco Javier de Puerto Montt, un colegio de los padres y hermanos jesuitas. Yo diría que siempre tuve presente como posibilidad de la vida religiosa, pero no ñoñamente ni pernamente. No era de los que jugaba a hacer misa. Sino que la veía con naturalidad, sabía que así como existían hombres y mujeres que estudiaban medicina, eran papás, mamás, se dedicaban a distintas cosas, también había gente que le entregaba la vida a Dios. En el colegio era súper metido, especialmente en las actividades pastorales. Buen alumno, pero no me consumían los estudios, me interesaban más otras cosas. Fui activo participante del Mej (Movimiento Eucarístico Juvenil) desde quinto básico, luego pasé a ser asesor del movimiento. Ahí conocí a Jesús. Un Jesús que se me hacía cercano, amigo, compañero de ruta. Teníamos una asesora de grupo, que era religiosa, y combinaba las reuniones de cada semana entre tiempos de oración y reflexión, juegos, y servicio. Una vez al mes salíamos del colegio para hacer un servicio a la comunidad. Visitábamos hogares de ancianos o niños, barríamos las calles o íbamos a reforestar. Así descubrimos que la oración tiene mayor sentido cuando va impregnando la vida. En segundo medio entré a la CVX (Comunidad de Vida Cristiana), que también fue muy importante en mi formación. Mi comunidad, muy piadosamente, se llamaba Corpus Christi. Le pusimos ese nombre porque teníamos ganas de ser parte de ese cuerpo amplio de la Iglesia y del mismo Cristo, que se pone al servicio de otros. Íbamos reconociendo que algunos son orejas, otros son pie, otros son nariz y que cada uno cumple un ministerio determinado en una gran misión que va proponiendo Jesús. Años después esta idea fue muy importante en mi discernimiento vocacional. Teníamos una linda e intensa vida familiar. Mi familia paterna es de Osorno y viajábamos fin de semana por medio a visitarlos. Gozaba mucho la familia amplia, que se reunía con y sin pretexto. Era una vida bastante activa, como la de cualquier joven de esa edad, con hartos amigos, polola en tercero medio, participación en el centro de alumnos y actividades pastorales. Yo era de esos típicos alumnos agotadores que están en todo. Era absolutamente negado para los deportes, muy malo para la pelota, cosa que en colegio de hombres era bastante fome porque cada vez que se organizaba una pichanga yo empezaba a alegar que por qué no hacíamos otra cosa. A pesar de ser muy activo, yo soy muy tímido. Me gustaba harto el arte y pintar, afición que fui dejando de hacer, lamentablemente. Era poco aventurero, quizás marcado por el clima, muy de la casa cuando no estaba metido en mil actividades pastorales y de servicio en el colegio.
Para mí fue un tiempo bien difícil al comienzo y enriquecedor después, porque me obligó a parar por primera vez en la vida. Tener un mes de obligación de estar en cama, al principio con mucho dolor. No podía ni enderezarme, y por lo tanto tampoco ver televisión ni leer. Eso me obligó a tomarme un tiempo de parar y de empezar a considerar las cosas de un modo distinto. Quizás empezar a integrar cosas que para mí habían venido siendo significativas durante la infancia y adolescencia. Por ahí pasó un jesuita que me dijo “bueno Pablo, deja de lamentarte por estar en cama, y hazle caso al Padre Hurtado que dice que la alegría o el dolor es siempre una visita de Dios. Entonces pregúntate qué compañía te quiere hacer Dios en este tiempo, qué beneficio puede tener el estar en cama. Y ahí me fregó. Me fregó porque yo estaba ya cercano a terminar el colegio, y me obligó a pensar qué quería hacer con mi vida, de qué modo quería vivir la vida. Yo tenía absolutamente claro que para poder estudiar algo tenía que salir de Puerto Montt. En ese tiempo no había ninguna alternativa de estudios post colegio en nuestra ciudad, era una realidad de todo puertomonttino el tener que dejar a la familia si quería continuar estudiando. Sabía por lo tanto que el paso siguiente era salir de mi casa y probablemente dejar de tener contacto con los amigos del colegio por un tiempo largo. Nunca pensé que iba a ser tan definitivo ese dejar de tener contacto. Me gustaba el arte, servir y trabajar con otros. Se me pasaron mil cosas por la cabeza. En mi familia me decían que de arte no se vivía y tampoco de pedagogía. Yo era humanista y busqué una alternativa que combinara de algún modo mi gusto por el arte y por el servicio. Pensé en psicología y en arquitectura. Pero a lo largo del tiempo me fui dando cuenta de que había otra opción, que yo siempre había visto en la vida aunque no para mí, que iba tomando cada vez más fuerza. Y ahí comenzó una pregunta bien fuerte, una pregunta intrusa que se me empezó a meter en todos los ámbitos de la vida. Por qué yo no pensaba también o dejaba que el Señor entrara en esas decisiones que iban más allá de salir de mi casa y más allá de estudiar, en relación a lo que yo quería hacer con mi vida. Es decir, así como había gente, hombres y mujeres le entregaban la vida a Dios, ¿por qué yo no? Y todo cuarto medio yo estuve con esa pregunta. Estudié, bailé, hice mi vida como cualquier alumno de cuarto medio, pero siempre con la pregunta detrás de querer que mi vida fuera coherente con lo que había estado haciendo, viviendo y sintiendo desde chico.
Investigué por ahí que existía una guía eclesiástica donde están los teléfonos de todas las congregaciones religiosas, y comencé a escribirme con un monje trapense, el hermano Pedro Alejandro. Por distancia nunca pude visitar el monasterio pero sí tuve mucho contacto por carta, intentando enterarme cómo era la vida de los monjes, porque yo sentía que Dios me llamaba a eso. A entrar en un lugar privilegiado del mundo donde hay un contacto más estrecho, más inmediato con Él. Pero tampoco tenía clara esta idea. Como es lógico, también estaba fuertemente presente la posibilidad de ser jesuita. Por mi formación en el colegio me sentía muy cercano a la Compañía de Jesús y conocía bien el testimonio de hermanos y sacerdotes jesuitas. Le pedí a Miguel Sepúlveda SJ, que era Maestrillo del colegio en ese tiempo, que fuera mi padrino de confirmación. Al principio él no quería aceptar porque me decía que los jesuitas están de paso en los lugares donde trabajan y él pensaba que el padrino debía acompañar la vida. Le dije “creo que nos vamos a seguir viendo, porque yo quiero ser jesuita”. Como suele pasar, al otro no se le movió una pestaña ni salieron fuegos artificiales. Más bien tendió a desanimarme, me dijo que lo pensara bien, me ofreció su acompañamiento y aceptó ser mi padrino de confirmación. Me dijo que lo más importante en este tiempo era preguntarle a Dios si éste era un llamado de Él o si era una pelada de cables mía solamente. Hubo varios elementos que me ayudaron a ir distinguiendo lo que iba sintiendo en este proceso. Muchos de ellos venían desde antes, y luego me pude dar cuenta de cómo me habían ayudado para ir preparando el camino en mi discernimiento vocacional. En primer lugar, comencé a tener cada vez más ganas de rezar. Como éramos una familia chica yo tenía la ventaja de tener una pieza solo. Desde niño tenía mi altarcito con los típicos regalos de la Primera Comunión, una imagen de Jesús, una vela y una Biblia. En las noches yo me tomaba un ratito que a veces era muy breve, de encender una velita y estar delante de Dios. A esas alturas yo ni siquiera sabía lo que era la pausa ignaciana. Era simplemente un momento de estar en los brazos de Dios y tratar de irme a descansar con Él y de leer el día con sus ojos. Desde el año anterior yo había comenzado a ir a misa diariamente. Empecé a ir por un cuento práctico: llegaba muy temprano al colegio, a las siete y media. Lo único que estaba abierto a esa hora era la Iglesia, donde el padre Raúl Bermacker SJ celebraba la misa a esa hora. Entre quedarme afuera mojándome, prefería entrar a la Iglesia donde había dos o tres pelagatos que escuchaban este curita, que celebraba como para la Iglesia llena. No es normal que un adolescente vaya todos los días a misa, aunque fuera para esperar que amaine la lluvia. Pero después me empezaron a dar ganas de estar ahí para escuchar el Evangelio todos los días y hacerme conciente de que había algo que Dios nos quería transmitir a todos. Eso me fue alimentando y se me fue transformando en una necesidad: tanto como en la noche rezar 5 minutos, en la mañana comenzar el día con misa. Me daba cuenta que estudiaba de una manera distinta, servía de una manera distinta, me enojaba de una manera distinta, lloraba por cosas distintas. Eso fue muy importante. Los Ejercicios Espirituales fueron otra ayuda importante. A partir de segundo medio nos comenzaron a invitar como alumnos del colegio. Si bien eran ejercicios de iniciación, nos metió en el método y en su vocabulario, y sobre todo, lo importante era lo que iba pasando ahí. Hice los ejercicios en segundo y tercero medio. En cuarto medio los hice dos veces: antes de confirmarme y un día después de mi graduación, porque a esas alturas del año ya veía con mucha claridad que lo mío no iba por estudiar psicología, arquitectura ni pedagogía, sino que Dios me estaba llamando a algo más. Me tocó hacer esos ejercicios con un cura polaco que hablaba poco, entonces fue muy buen instrumento en el sentido de sugerir ciertas cosas y dejarme solo delante de Dios. Fue una experiencia tremendamente significativa, donde pude ponerle tema a la oración. Ya no era mi vida solamente, sino que mi vida leída a la luz de un misterio de la fe, que en este caso fue la Encarnación y el Nacimiento de Jesús. Y pude cuenta de que lo más propio de la Compañía, se me dio a entender como facilitar que Dios se encarne día a día en la realidad de la mujer y del hombre. Y por lo mismo había apostolados que no escapaban a los jesuitas, y que podían estar como otros en un colegio, en un hospital, en una huerta, en una cocina, en una universidad. No había nada que estaba vetado a los jesuitas. Eso fue significativo para mí. La Compañía se me abría como un espacio donde el campo de acción no tenía límites. En Ejercicios Espirituales me di cuenta, viviendo la contemplación de la Encarnación y del Nacimiento de Jesús, que eso era lo más propio de ser jesuita, y que de alguna u otra manera mis años en el colegio San Javier habían sido un lento y largo llamado desde la espiritualidad ignaciana a consagrarle la vida a Dios como religioso. En ese momento dejé de lado mi intención de discernir una vida más contemplativa y comencé a darme cuenta de que San Ignacio soñaba con jesuitas que fuesen contemplativos en la acción, una acción que no reemplaza la oración: rezar, ir a misa, mantener una intimidad con Dios es importante. Su ideal era que, comenzando el día con oración y volviendo al final del día la oración, vivir el día haciendo una serie de cosas que fueran siendo testimonio de esa relación de amor con Dios. En ese momento ya no estaba pololeando. Mi pololeo más en serio había sido el año pasado, y cuando pasé a cuarto medio esta pregunta que me rondaba se hizo más importante. Igual, no me cerré a ninguna dimensión de mi vida. Honestamente no me quería poner a pololear con alguien para utilizarla como criterio de discernimiento, pero obviamente estaba abierto si es que alguien me atraía, no por probar. Así que se dio que no pololié. Si tuve mucho carrete, aunque bastante sano. Salíamos mucho a bailar. De hecho fue muy divertido porque cuando ya fui aceptado en la Compañía, mi último fin de semana de laico fui a la discoteque típica de Puerto Montt y me encontré ahí con el otro que estaba aceptado e iba a entrar conmigo. Nos matamos de la risa, porque a los dos nos gustaba mucho bailar. Íbamos siempre con un grupo grande de amigos. Creo que tener un cuaderno espiritual también fue un paso importante para ayudarme a definir mi vocación. Comencé a tenerlo luego de mis primeros Ejercicios Espirituales, en segundo medio. No tenía la práctica de examinar el día en clave de reconocer mociones ni mucho menos, pero sí fui anotando ciertas cosas y luego al momento de leer hacia atrás, pude recoger sentimientos que se repetían e ideas que al mirarlas con más distancia calzaban con un llamado de Dios a la Compañía de Jesús. Quizás influido por el modelo religioso que conocí en el colegio donde trabajaba mi mamá, siempre vi a los jesuitas como jesuitas, nunca hice la distinción entre sacerdotes y hermanos. En mi colegio había una comunidad grande de jesuitas, que en general se mantenía en unos 10. De ellos 3 eran hermanos, dos o tres eran Maestrillos (es decir jesuitas en etapa de formación) y el resto eran sacerdotes. Con los que más me relacionaba, como todos los alumnos, era con los Maestrillos. La vida de ellos me fue entusiasmando. Yo veía que estos hombres vivían felices, algo pasaba con sus vidas que vivían la vida con felicidad. Terminaba cuarto medio y mis mociones eran cada vez más claras. Mi acompañante espiritual me invitó a la Jornada Vocacional de la Compañía. Para mí era atroz tener que contarle a mi familia. Ya todos estábamos preparados para que yo me fuera a estudiar a otra ciudad, pero decir “me voy, y probablemente para siempre”, fue muy doloroso. Además yo fui bien vaca, les conté a mis papás el día de Navidad porque había intentado hacerlo antes pero no lo lograba. Fue una noche muy dolorosa, pero también para mí fue un gran alivio. Me quedé dormido escuchando llorar a mis papás. Me sentía muy culpable de provocarle a mi familia un dolor tan grande, pero al mismo tiempo sabía que eso era lo que tenía que hacer. Por supuesto vinieron las preguntas: si había tenido una desilusión amorosa, o si quería escaparme de algo, si los curas me intentaban lavar el cerebro, en fin, las preguntas que creo que nos hacen a todos cuando anunciamos una decisión como ésta. Fue un espacio para compartir con ellos con un poco más de hondura este llamado de Dios. La jornada vocacional fue importante porque me ayudó a conocer más a la Compañía. Yo sólo conocía a los jesuitas trabajando siempre en mi colegio, y pude darme cuenta de que servían de distintas maneras, en distintos lugares, sin reprimir ni intentar hacer desaparecer sus rasgos. Pude ver que cabía el artista, el ingeniero, el contemplativo, el itinerante, el educador. Luego vinieron ocho días de Ejercicios Espirituales donde pude leer, ahora con más elementos, lo que Dios quería. Salí muy confirmado y me quedé unos días en Santiago para poder postular a la Compañía. Mirando ahora ese tiempo, me encuentro bastante patudo. Hoy día no entraría a la Compañía a los 18 años, pero en ese minuto y después de todas estas ayudas que fui recibiendo en el discernimiento, lo ví súper claro. Venía saliendo del colegio, dí la Prueba de Aptitud Académica en ese tiempo (la PSU de ahora) y postulé a la universidad en paralelo con la Compañía, y yo juraba me iban a decir que no, precisamente por ser tan chico. Varios me habían advertido también de tener que esperar un año. Por eso el tiempo de espera de la respuesta, que duró todo un mes, fue bastante difícil. Para mi sorpresa me dijeron que sí. Entré a la Compañía sin muchas cosas resueltas, más que el deseo grande puesto por Dios en mi corazón de ser jesuita. Y luego viene un segundo mes de espera para entrar a la Compañía, cuando uno no es ni laico ni jesuita. Es el duelo de desarmar el dormitorio, quedarse con lo esencial, empezar a regalar cosas y a despedirse de cada persona importante. Es un tiempo intenso, de conversaciones profundas. DIOS LLAMA DE NUEVO: RENACER EN LA VOCACIÓN Cuando llegué al Noviciado casi me morí, porque creí estar en el desierto. Melipilla es de cerros pelados y estaban todos de color café porque había sido un verano muy seco. Además era el primer año de esta nueva casa del Noviciado, por lo tanto no había nada verde en la casa. Tuvimos la misión de sacar lo poco verde que había, porque era maleza. Esa noche dormí bastante bien, pero el primer día fue algo abrupto: mi primera actividad como Novicio fue hacer deportes. Nos llevaron a trotar un trecho largo, cosa que yo no estaba acostumbrado a hacer y menos en ayunas. Llegué vomitando al lugar de destino, ¡el profesor me tuvo que devolver en taxi! Más encima en la tarde, haciendo unos trabajos manuales me enterré un clavo en la mano. Yo pensaba “soy el novicio – cacho, me van a mandar de vuelta a la casa”. Pero más allá de lo anecdótico, fui profundamente feliz en el Noviciado, por mi sensibilidad de vivir una vida más al interior de una comunidad. La estructura del Noviciado tiene mucho de monástica, salíamos sólo una vez a la semana para ir a hacer apostolado al campo y por lo tanto era una vida que me resultaba muy agradable. Hay otros que lo pasan pésimo con los horarios, las campanas y los trabajos. A mí me encantaba, sentía que eso era lo mío. Fue un regalo de confirmación y de gozar la vida en comunidad. Cada experiencia formativa fue tremendamente significativa. El Mes de Peregrinación me hizo creer en un Dios siempre va a estar conmigo, asegurándome lo necesario para vivir, que algunas veces será poco y otras mucho. Pude caer en la cuenta de que mi felicidad no está puesta en el tener o no tener. En el Mes de Hospital me encontré con un Dios que se hace parte de la humanidad en el dolor. Trabajé en el Cottolengo, con niños con discapacidad física e intelectual. Pasé todo ese mes preguntándole a Dios qué sentido tiene el sufrimiento y sintiendo que Él sufre con nosotros. Después de esa experiencia escribí un “libro” de preparación a la catequesis especial, llamado La Belleza de lo Diferente. El Mes de Inserción me ayudó a descubrir dos dimensiones de la vida religiosa, porque lo pasé en dos comunidades diferentes. En la primera la señora que hacía el aseo y cocinaba para la comunidad tuvo que viajar, entonces pude experimentar la opción humilde de algunos hermanos jesuitas que trabajan sirviendo a sus compañeros que viven en la casa. Y después tuve un tiempo de trabajo en el colegio San Ignacio Alonso Ovalle, donde no paraba en todo el día. Fue un regalo poder comprobar en terreno modos distintos de ser jesuita.
Tuve que empezar a familiarizarme con una serie de cosas: moverme en una gran ciudad, empezar a estudiar en una universidad, adquirir un método de estudiante universitario, comenzar a usar Internet, cosa que para mí era nueva. Todo esto en una estructura mucho más libre, en donde la comunidad te pone los horarios básicos, pero el resto del día lo organiza uno. Tienes que decidir, por ejemplo, qué momento del día le dejas a la oración. Cómo vas a estudiar, con quién, de qué manera, qué tiempo le dejas al apostolado. Uno se siente algo tironeado porque la Compañía te asigna una cantidad de horas semanales para el apostolado, pero uno quisiera estar mucho más. Es un tiempo de aprender a ordenarse y de comenzar a hacerse adulto en la vida de la Compañía. Hay que lograr entender que los estudios no son solamente un medio para ser sacerdote o hermano, sino que son también la misión que te da la Compañía en ese tiempo. Hay que vivirse la austeridad de estar sentado en una silla varias horas del día y sentirse llamado a esto, porque el bien hay que hacerlo bien. Fue bien abrupto el cambio. Llegar a vivir a Santiago, una ciudad que no me gusta, pese a que llevo viviendo aquí más de 12 años, comenzar a estudiar en la universidad, a trabajar en un apostolado propiamente de la Compañía en una parroquia jesuita. Uno de los grandes regalos de esa etapa fue aprender a trabajar en equipo: aprender a colaborar y dejar que otros colaboren: laicos, religiosas, religiosos, jesuitas, curas diocesanos. La llegada a Santiago también significó empezar a entrar en un mundo que para mí era desconocido, que es el mundo parroquial amplio, fundamentalmente ligado a la zona oeste. Quizás por casualidad, recibí una invitación a acompañar retiros ignacianos para miembros de parroquias y capillas de esa zona. Me gustó tanto que llevo 10 años haciéndolo. Se me ha permitido conocer ahí un equipo de laicos y laicas maravillosos, muy protagonistas de su historia como parte de una Iglesia viva. Muchos sacerdotes, religiosas, distintos de nosotros, que me ha ido despertando un llamado de colaboración amplia en la Iglesia. A veces los jesuitas, con justa e injusta razón, somos percibidos como una porción de la Iglesia bastante cerrada. Se nos mira muchas veces como hombres soberbios, que estudian varios años y que colaboramos poco. Y para mí ha sido un regalo el darme cuenta que está en lo profundo de nuestra consagración un deseo a colaborar entre nosotros (que no siempre es fácil), con otros consagrados, y con los laicos. Eso implica dejar que ellos nos dirijan, que tengan que corregirnos, y eso para mí ha sido un regalo. Se lo debo a gente muy concreta de parroquias y comunidades del sector de Pudahuel sur. Ha sido una oportunidad de meterme, de creer y de querer una Iglesia que es bastante más amplia que la Compañía de Jesús. Yo diría que para mí el primer año de Juniorado fue el año más difícil en la Compañía. Sobre todo porque era un llamado profundo de Dios a hacerme adulto y a dejar que Él me vaya haciendo adulto.
Después de los dos años de Noviciado, que es común para todos, llega un momento en que hay que decidir con Dios si uno va a seguir la preparación y vida apostólica como hermano o como escolar, que se forma para el sacerdocio. Cuando hice el mes de Ejercicios Espirituales en el Noviciado tuve una sola cosa clara: que Dios me quería como jesuita. Y de hecho mi discernimiento terminó abierto y lo escribí así: “si sacerdote o hermano, no lo tengo claro”. Un año y medio después vino el momento de hacer los votos y hay que firmar una declaración donde uno dice si será hermano o escolar, y eso determina la formación y vida futura. En ese momento todavía no tenía mucha claridad y creía que lo obvio era lo evidente, entonces hice mis votos como escolar. Y viví dos años como hombre que se preparaba para el sacerdocio. Empecé a estudiar filosofía, como todos, y un día lunes de octubre, de eso me acuerdo patentemente, me levanto como todos los días, me dispongo a hacer oración, y hay algo dentro mío (en este caso digo Algo con mayúscula, un Alguien) que me dice “Pablo, hay algo en tu vida que no está resuelto”. Esto cero micrófono ni ángeles que volaban alrededor, sino que fue de esas profundas convicciones de la vida, de decir hay algo que no está resuelto. Y tuve la certeza de que esto era el modo de ser jesuita. Por primera vez, porque esta idea ya había pasado antes por mi cabeza, no tuve miedo a discernir realmente lo que Dios quería conmigo. Me entró si cierta inquietud, porque yo había hecho los votos perpetuos ya hace dos años y llevaba cuatro años en la Compañía. Entonces pensaba que me iban a dar una patada y me iban a decir “fuera de la Compañía, cómo se le ocurre venir a hacerse esas preguntas a estas alturas de la vida”. Pero luego pensé que no importaba: si es ése el costo que había que pagar, igual tenía que hacerlo, porque si no me sentiría tremendamente infiel. Podría efectivamente seguir siendo jesuita a lo largo de toda mi vida. Pero un jesuita amargado, un jesuita triste, un jesuita poco pleno, amando poco porque no estaría siendo fiel al llamado real que Dios me estaba haciendo. Comencé con una serie de patudeces. Primero le conté a mi guía espiritual, que era Marcelo Gidi SJ. La primera gran sorpresa fue que Marcelo me dice “mira Pablo, no sé si me ibas a salir con algo así, pero de algún modo yo intuía que en tu vida tenía que pasar esto, un quiebre, un renacer en la vocación”. Después de esa conversa partí feliz a hablar con mi Superior, que venía llegando de Roma. Me acogió con mucho cariño y me dijo “qué bueno que el Juniorado también esté dando vocaciones”. Con eso me llené de valentía. Le escribí una carta al Provincial, Juan Díaz SJ, que justo estaba de viaje. Cuando volvió Juan, aproveché su visita a nuestra casa para la cuenta de conciencia, (en la que cada uno conversa personalmente lo importante del año y de la vida con el Provincial) para leerle una carta donde le contaba lo que yo había sentido como llamado en este tiempo, y los pasos que había dando. Le dije que ya había comenzado un discernimiento y él me respondió “mira, para comenzar un discernimiento de este calibre, tú necesitas autorización del Provincial, pero te autorizo”. Y grandes carcajadas, las clásicas carcajadas de Juan. Ahí comenzó un tiempo muy lindo de mirar mi historia de llamado con mayor lucidez y transparencia, de intentar dejar de lado algunas motivaciones que no son tan rectas cuando uno ingresa a la Compañía. Por supuesto que había un llamado serio, pero también otras motivaciones que van “ensuciando” el llamado. Temas de poder, de estatus, de vida resuelta en muchos aspectos, que también se nos pasan por la cabeza y que debemos ir depurando a lo largo de la vida, porque si no uno termina consagrándose a si mismo, y no a Dios. Pude hacer una lectura más honesta de mi vida y de mi llamado, y ver que desde siempre Dios me había llamado a la Compañía de Jesús. Había ciertos modos de hacer las cosas que para mí eran importantes, que eran profundamente ignacianos y que calzaban mucho con mi modo de ser y también con un llamado a ser hermano jesuita. Lo reconocí mirando mi historia familiar. Nosotros no somos tan de besos y abrazos en mi familia, pero si tenemos un modo de ser familia en que a ninguno le cabe duda de que el otro lo ama profundamente y que tiene que ver con estar, acompañar, hacer sentir bien al otro, confrontarlo. Eso es profundamente ignaciano. San Ignacio dice “poner el amor más en obras que en palabras”. Sentí que estaba llamado a consagrar mi vida de esa manera.
Fueron seis meses de mucha introspección y aprender a reconocerme. Terminé finalmente escribiéndole una carta al Provincial, pidiéndole ser reaceptado en la Compañía como hermano. Y luego de un tiempo de consulta, se me pidió esperar, y ese tiempo para mí fue muy difícil. Eso duró seis meses. Yo estaba convencido de que Dios me llamaba a ser hermano y yo lo quería, pero la Compañía me pedía esperar para tener un tiempo de confirmación. Yo estaba muy convencido a la luz de mi historia, con mi personalidad, virtudes y defectos, de que la mejor manera en la que yo podía ser disponible es siendo hermano. No me visualizaba en ningún apostolado en particular, sino que lo que me hacía ver que mi vocación real era a hermano jesuita eran cosas generales. El tener la posibilidad de combinar servicios tanto adentro de la Compañía como afuera de ella. La convicción de que debía dejar un momento importante del día para cultivar la intimidad con Dios, tener tiempo para rezar y celebrar la Eucaristía como miembro del pueblo fiel. Hay ciertos servicios al interior de la Compañía que un hermano no puede realizar, por ejemplo ser Superior o Provincial, que a mí nunca me han llamado la atención. Ser hermano me da la libertad de correr prontamente de un lugar a otro. La palabra clave de mi querer ser hermano es la disponibilidad. Me da más libertad de estudios, de apostolado y de vivir la vida en un amplio sentido de la palabra. Yo, que soy estructurado, rígido y perfeccionista, me sentía llamado por Dios a vivir en esa libertad. Los hermanos realizan toda clase de trabajos, desde revolver la olla hasta trabajar en un observatorio astronómico. El 12 de septiembre me llamó el Provincial y me dice “tenemos que conversar, ya sabes de qué”, y suelta una de sus tremendas carcajadas. Saca una hoja de su escritorio y me dice “lee”. Era una hoja de fax. Nunca me imaginé que por fax el padre General podía mandar una respuesta a una cosa como ésta. El General autoriza mi cambio para hermano, me anima a hacerlo y dice que en mi caso se tome como fecha de ingreso a la Compañía el día que había entrado al Noviciado y que no es necesario repetirlo. Me dio risa porque nunca supe que había la posibilidad de que me dijeran que tenía que salir de la Compañía y volver a entrar, repitiendo el Noviciado. HERMANO Y PROFESOR Como ya estábamos en septiembre terminé ese año normalmente, pero en ese momento mi formación tenía que cambiar. Como hay pocos hermanos no existe un plan de formación muy definido. Y eso me ha dado una libertad muy rica. Los Superiores han sido muy generosos conmigo, dejándome ser protagonista de mi historia y discernir. A la larga mis estudios han sido un año más largos que los de un jesuita escolar porque he tenido que hacer toda la formación universitaria en la Compañía, mientras que hay otros hermanos que ingresan con estudios ya hechos. Entonces comencé con estudios de Filosofía y Humanidades, luego estudié Pedagogía en Religión, luego Educación Básica con mención en Lenguaje, que es la carrera que estoy terminando ahora. Y lo más probable es que lo que venga de aquí en adelante sea siempre relacionado con la educación. Yo nunca pensé que al entrar a la Compañía me iba a pasar tantos años estudiando. Pero me he ido dando cuenta de que la formación es un regalo y una misión también.
He aprendido de cosas que se hacen mal en educación, me he sentido desafiado, no pocas veces desesperanzado, sobre todo en sectores más vulnerables donde la droga entra con fuerza, donde hay mucho maltrato familiar o mucho niño solo. Y ahí para mí cobra mucho sentido esto de ser profesor jesuita, porque uno juega a ser un poco de todo: papá, mamá, profesor, orientador, acompañante espiritual, psicólogo, enfermero, asistente social. Sufro cuando los alumnos salen de vacaciones. Uno sabe que en el tiempo de invierno o de verano tienen menos comida que llevarse a la boca, porque durante el año almuerzan y toman desayuno en el colegio. He visto que hay gente maravillosa, profesores que realmente tienen una vocación de donación que me ha ido reencantando con el querer entregar una educación que para mí tiene un tinte de evangelización. Entre todos estos estudios, cuando ya llevaba un año estudiando Pedagogía, me tocó ir a Magisterio que es una etapa de la formación que también hacemos los hermanos jesuitas. Yo quería irme a Tirúa, sin embargo me enviaron al colegio San Ignacio El Bosque, que yo entendía como el lugar más distinto de lo que había pedido. Me fui llorando para allá. Pero fue una experiencia preciosa, ese colegio me formó en muchos aspectos. Uno de ellos fue darme cuenta de que a este hermano jesuita que tenía deseos de irse a un lugar como Tirúa, a trabajar la tierra y estar en estrecho contacto con la gente, Dios le volvía a poner en el corazón deseos de consagrarse en la educación. Una educación que tiene que ser de calidad, y para todos. Luego me enviaron a Antofagasta, al colegio San Luis, en un segundo período de Magisterio. Allá creo que he recibido el regalo más grande que he tenido: por primera vez me sentí jesuita. Me di cuenta de que hasta ese minuto mi consagración se había ido jugando en un ideal de perfeccionismo, de ser un hombre bueno y santo que le entrega la vida a Dios. Y me di cuenta de que Dios me quiere a mí, y que le entregue lo que pueda. Que con eso es suficiente. Esto pasó porque hubo varias dificultades como compañeros enfermos y necesidades en el colegio que me hicieron tomar bastantes más responsabilidades de las que originalmente me habían asignado. Me tuve que quedar a cargo de la casa, me pidieron formar la pastoral social que en el colegio no existía. Terminé además siendo profesor jefe de un curso. Comencé a darme cuenta de que aquí había algo, que era jugárselo todo. En Santiago uno tiene la posibilidad de recurrir a muchas personas, en provincia somos unos pocos y “hay que arar con los bueyes que hay”. Nuevamente hubo un llamado a aprender a trabajar en equipo con laicos y trabajar como uno más. En Antofagasta tuve un reencuentro con el mundo de la pobreza. Con alumnos del colegio San Luis íbamos los fines de semana a hacer reforzamiento escolar a niños de campamentos. En Antofagasta la pobreza es fea, dura, sucia. Nunca había visto hasta ese momento casas de papel. En el sur la casa más miserable tiene que tener una fonola en el techo, para protegerse de la lluvia. El más miserable tiene un pedacito de tierra para cultivar papas. En Antofagasta no había nada y yo veía como, literalmente, la gente pasaba hambre. Muchos migrantes se tenían que quedar en campamentos y no eran atendidos en los hospitales. Había mucho que hacer, y lo hicimos. Conseguíamos remedios, apoyábamos la formación escolar, nos metimos en las organizaciones sociales, en las juntas de vecinos y trabajamos como uno más de ellos para que con su esfuerzo pudieran salir adelante. Experimenté que como jesuita puedo ser puente y facilitar el encuentro entre mundos diferentes. Mi llegada a Antofagasta fue bien intensa y el tiempo allá tuvo algo de crisis. Llegué a fin de año, directo a organizar las actividades del verano. Me sentí muy vulnerable, demasiado lejos de mi familia, y también de los amigos y redes que ya había formado en Santiago. Esa etapa de soledad me hizo más conciente de algunas de las renuncias que implica mi vida como jesuita, pero que con el tiempo se han convertido en desafíos y ganancias. Allá por ejemplo, se me hizo muy evidente el deseo de formar mi propia familia, tener mis hijos, educarlos, vivir la vida cotidiana como todos los hombres que se van cada día al trabajo, que sufren a veces porque hay momentos de necesidad, en fin. También sentí fuertemente las ganas de tener un espacio propio, porque yo vivía en el mismo colegio donde trabajaba. Pero a la vez sentía que como a Abraham, Dios me llevaba al desierto y me hablaba al corazón. Me decía que uno se consagra con todas esas renuncias que debes hacer para ser jesuita. Y me llamaba a transformar esos deseos en nueva fecundidad. Sin embargo vivirlo en ese momento no fue fácil. Significó una crisis que llamé “de humanidad”. Simplemente no podía hacerme el loco con esos sentimientos y deseos que son importantes para todo ser humano, no podía dejar de hacerme preguntas. Si no lo hubiese hecho quizás seguiría viviendo mi consagración religiosa como en el plano de lo ideal, como una búsqueda de ser perfecto ante Dios. En Antofagasta pude ver con claridad que no hay nada más equivocado que eso: Dios me quiere con lo que soy, con lo que tengo y puedo. Cuenta con eso y no con grandes cosas. A partir de esos cuestionamientos fundamentales me hice conciente de que Dios me quiere con todo: mis afectos, mi sexualidad, mi psicología, mi profesionalidad al hacer las cosas, mis deseos de vivir en comunidad y de consagrarme en votos. Yo no me había dado cuenta, realmente, de que Dios me quería a mí. Y tocar esa verdad me desarmó. Me hizo pararme en otra orilla de la vida y darme cuenta de que lo importante no es lo que yo pueda o quiera hacer, sino que existe un Dios que me ama profundamente, que me perdona, me levanta y confía en mí más de lo que yo puedo confiar en mí mismo. Pararme en ese plano a los treinta años me hizo tener la certeza de que yo había vivido con un Pablo muy distinto al que Dios ve. Por eso todo flaqueó. Me vi como en la imagen de Pedro, que va caminando sobre las aguas y que en un minuto desconfía, se empieza a hundir y Jesús le agarra la mano. Y también como a Moisés en un pasaje del Antiguo testamento, cuando tiene que mantener sus brazos en alto para que el pueblo gane la batalla. Se le comienzan a caer los brazos y llegan dos miembros del pueblo a sostenérselos. Para mí eso fue la comunidad en ese minuto. Apoyarme en ellos fue fundamental para salir adelante. Esos años de Magisterio fueron también muy clarificadores para confirmar que Dios me quiere trabajando en educación para evangelizar, humanizar, promover al hombre y la mujer. Y no sólo trabajar en educación, sino que ser realmente un aporte en este ámbito, “ponerle seso”.
Por eso al volver de Antofagasta entré a estudiar Educación Básica con mención en Lenguaje, pero siempre manteniendo la posibilidad de trabajar en el área de la educación de una manera religiosamente profesional. No solo llegar ahí como “el hijo del dueño”, que llega más encima a mandar, sino como un tipo que se pone a la par con otros, a pensar, a hacer, a soñar, a mejorar la calidad de la educación. Y eso me entusiasma mucho. Este año 2008, además de estudiar, estoy trabajando en el colegio San Alberto, en Estación Central, como profesor de lenguaje. También apoyo la catequesis. Ha sido un regalo volver a vivir y trabajar en un lugar pobre. Sé que como todo jesuita pronto me tocará ir a hacer estudios al extranjero, y estoy disponible para continuar ahondando en el área de la educación para aportar en este apostolado tan fundamental de la Compañía. También siento que es necesario tener algunos estudios básicos de Teología para complementar mi formación. Aunque mis estudios han sido largos y seguramente deberán continuar, me siento muy agradecido de este tiempo “extra” que me significó entrar a la Compañía sin tener clara mi vocación de hermano. Porque me ha permitido hacer de todo, incluso cuestionarme y hacerme conciente de mi propia fragilidad. ¿POR QUÉ HERMANO? A mí siempre me ha enamorado el Jesús de Nazareth, el Jesús que está ahí, perdido en un pueblo miserable durante 30 años, donde probablemente nadie se enteró que estaba. Y ese estilo de vida, que muchas veces es bien despreciado, a mí me enamora profundamente. Me enamora profundamente el poder recogerme en un momento del día y poder estar a solas con Dios, muchas veces sin texto y sin nada que decir, estar frente a Él. Y me enamora también ese estilo de vida que me invita muchas veces a salir de la casa y perderme en el mundo, como religioso. Perderme en el mundo como un laico, que sale de su casa temprano en la mañana y llega en la tarde, probablemente con preocupaciones, cansancio y gozos similares, y que cumple de alguna manera con una rutina de trabajo, con una jornada laboral, pero con un sello distintivo que es consagrarle la vida entera a Dios. Para mí no da lo mismo ser profesor que ser jesuita profesor, o profesor jesuita.
No es otra cosa que intentar transparentar en el día a día, con lo que hago, con lo poco o mucho que digo, con lo que dejo de hacer, que existe un Dios, un Dios que para mí es conocido, que me ama profundamente, que me enamora y que eso es lo que quiero compartir. No es fácil para el hermano. Porque la vida del hermano tiene bastantes menos gratificaciones. La vida abiertamente apostólica, y en ese sentido, por ejemplo, una de las dimensiones en que se consagra el sacerdote que es el transparentar a Dios a través de los sacramentos, tiene una retribución de algún modo más inmediata. Y eso me lo han dicho Provinciales, compañeros, muchos jesuitas, que admiran la vida de los hermanos porque es mucho más austera, y que necesita una espiritualidad real y más profunda. Porque si tú no te refugias en Dios, no te refugias en nadie. Tiene mucho de incomprensión además, no se entiende. A nosotros mismos nos cuesta explicar lo que es un hermano y preferimos darlo a conocer en lo que hacemos. Haciendo un tremendo esfuerzo para intentar definir lo que es, diría que el hermano jesuita es un hombre que se siente profundamente enamorado de Jesús y que quiere ser coherente con ese amor que ha recibido. Por lo tanto le consagra la vida a Dios. Es un hombre que hace votos religiosos, que vive en comunidad, que recibe misión y que recibe un llamado en positivo, no en negativo. Muchos piensan, incluso los mismos hermanos, que somos hermanos porque Dios no nos llamó para sacerdotes. No: es un llamado distinto, como a otros llama al matrimonio, a la vida contemplativa. Es una invitación a vivir plenamente la vida como hombre consagrado y desde ese punto de vista, nuestra vida como apostolado es más amplia. Hay jesuitas que consagran su vida en una profesión o en un oficio. Tenemos hermanos jesuitas que trabajan en colegios, médicos, abogados y que sirven a Dios de esa manera. La vida completa se vuelve apostólica. Y para mí también, recibir a mis compañeros con comida caliente, cuando llegan cansados en la noche, es apostólico, tanto como irme a trabajar en el colegio, acompañar una liturgia, preparar una catequesis o acompañar espiritualmente a personas o matrimonios. Todo eso para mí es apostólico. Me siento profundamente apostólico en todo lo que estoy haciendo, desde que me levanto hasta que me acuesto. Podríamos decir que un hermano es como un laico con votos religiosos, que viven en comunidad. Al igual que quienes se casan, yo hago una promesa: de vivir obedientemente, castamente, pobremente, en comunidad. Una cosa que nunca olvidaré fue el momento en que les conté a mis papás que mi vocación era de hermano y no de sacerdote. Mi papá se sintió desilusionado por no tener quien celebrara los sacramentos en la familia. Pero mi mamá me dijo “es que a ti siempre te ha gustado estar entre los pobres, a mí no me sorprende”. Eso me desarmó. Y sí, me sentí identificado, éste es mi deseo más profundo. Aunque a veces para mayor gloria de Dios me toque estar en distintos lugares, con gente con la que quisiera y no quisiera estar, el deseo original y profundo, el llamado a la Compañía de Jesús, siempre ha tenido que ver con los pobres y con la educación. Esas son las teclas que me hacen vibrar y soñar con la vida en la Compañía. Somos muy pocos hermanos en la Compañía de Jesús. San Ignacio la fundó para sacerdotes, pero cuatro años después de su aprobación, laicos y diocesanos comenzaron a ofrecerse para colaborar con su misión. San Ignacio se vio en la necesidad de incluirlos en la Compañía como religiosos. Y así surgió la vocación de hermano entre los jesuitas.
Esta colaboración mutua posibilita, por ejemplo, que los sacerdotes puedan serlo en tiempo completo y que no se les consuma la vida en labores administrativas o financieras. El sacerdote puede estar haciendo clases, pero si alguien necesita la unción de los enfermos por ejemplo, su prioridad será dejar las clases y partir. En cambio para mí la prioridad siempre será el trabajo. Siento que la Compañía me puede enviar donde quiera. En este camino he conocido mis virtudes y mis límites. La Compañía me ha visto crecer, yo entré siendo casi un niño. Me ha dado tiempo, me ha puesto medios, me ha dado cariño para hacer de este intento de consagración a Dios algo real, concreto y esperanzado. En mi historia ha sido fundamental hacerme conciente del amor de Dios en mi vida, y eso es lo que yo quiero hacer como hermano jesuita: intentar mostrar en lo poco que pueda ser o hacer en el día, que ese Dios existe. |
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