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  Punto de Vista  
 

Otros hablan de Pablo Peña SJ :


Jorge Daveggio

Director Hogar Esperanza

Hablar sobre Pablo es recorrer un camino inspirado por Dios que paso a paso fue construyendo en él una vocación que vive en profundidad, en continua reflexión y con inmenso amor.

Mirar hacia atrás en el tiempo es recordar algunos de esos pasos, el trabajo en la pastoral de nuestro Colegio De La Salle, el día que me pidió que fuera su padrino de Confirmación, el trabajo en la Población Santa Julia y nuestro cuestionamiento constante frente a esa realidad y lo que debíamos hacer como cristianos lasallistas. Después tomamos la decisión de ir a vivir con los niños y fundar el Hogar Esperanza, teniendo la certeza de que Dios nos acompañaría y que la Divina Providencia estaría a nuestro lado.

Pasaron unos años y el llamado que Dios hace a Pablo al sacerdocio es sólo un paso más en su camino de compromiso con Jesús, fue un momento de gran alegría porque El se sentía feliz y seguro de lo que estaba haciendo. Pablo es sacerdote y veo en él un ejemplo de vida que invita a comprometerse cada día más con Dios.

Sigue viniendo al hogar y conversando con los niños, celebrando nuestras misas y celebraciones, mostrando a los niños y jóvenes un camino a seguir.

Pedro Labrín SJ

Sacerdote jesuita

En la “Jornada Vocacional” (año 1986) teníamos razones fundadas para pensar que el compañero que se nos unió el primer día era el “jesuita” que nos iba a acompañar durante la experiencia que comenzábamos. Se veía más grande que nosotros – lo era- y proyectaba una serenidad de hombre de Dios que no era la tónica en el grupo de casi adolescentes que iniciábamos esa aventura.

Recién a la hora de las presentaciones personales tuvimos que hacernos a la idea que era uno más del grupo y que al igual que nosotros estaba en búsqueda de la voluntad de Dios para su vida. Se explicó bien, pero de inmediato comprendimos que estábamos delante de un hombre grande, de aquellos que se imponen por la sencillez de su testimonio y la afabilidad de sus gestos.

Hasta ahora uso el “plural” para relatar esta experiencia por que lo que cuento es un hito colectivo, rememorado permanentemente entre quienes lo vivimos. Nos impresionó su radicalidad silenciosa: sin hacer ruido dejó su casa para fundar –junto a su gran amigo Jorge- otra más grande, donde tuviesen cabida los niños que a esas horas y en esos años vagaban por la calle Huérfanos en el centro de Santiago. Nos impresionó también el modo en que nos habló del P. Hurtado cuando todavía no lo canonizaban y no era tan conocido. Su vida de joven universitario de la Chile y exalumno del La Salle , alumno de Nicanor Parra y apóstol al estilo de Hurtado nos “sacudía” vitalmente… y todo esto sin que él fuese estruendoso.

Tuve la suerte de pasar los primeros seis meses de noviciado compartiendo dormitorio con él. Nos “padecimos” mutuamente por distintas razones, hasta aprender a querernos como hasta ahora. Allí compartimos las historias de nuestras familias, también las personales y dimos rienda suelta a nuestros sueños apostólicos. Después compartimos gran parte de nuestros años de formación siendo testigos bidireccionales del paso de Dios por nuestras vidas hasta el día de hoy.

Cuando tú leas estas líneas (si lo haces en febrero 2009) estaré con mi amigo Pablo haciendo unos cuantos días de camping por la ruta de la “Araucanía Andina”. Allí una vez más refundaremos en el relato nuestras historias vocacionales y una vez más soñaremos mucho más de lo que podemos al servicio de Jesucristo en la Compañía de Jesús. Eso me ilusiona mucho.

Jacqueline Alarcón

Miembro de la comunidad parroquial San Ignacio de Loyola, Padre Hurtado

Al padre Pablo le conocí durante el periodo en el cual se hizo cargo de nuestra parroquia San Ignacio de Loyola.

Entre lo mucho que se puede decir de él es su determinación en su trabajo pastoral, sobresaliendo de manera especial su apoyo como consejero espiritual y confesor; también en el trato con los jóvenes llegando a ellos íntegramente brindándoles apoyo y atrayéndolos a participar activamente en la parroquia.

Además de todo lo anteriormente mencionado, resalta la vocación de servicio que demuestra con creces en las diversas actividades comunitarias. No dejaba nada al azar ya que posee un carácter firme centrado y organizado lo que permitió un desarrollo de actividades parroquiales en forma ordenada y participativa, las que en conjunción con su alegre disposición hacía de estos trabajos una amena relación.

En conclusión, un hombre de Dios.

Juan Díaz Aliaga

Miembro de la comunidad parroquial La Santa Cruz, Estación Central

Al Padre Pablo le conozco desde el año 88-89 cuando llego como estudiante jesuita a la Parroquia La Santa Cruz, Los Nogales. Desde esa época nació una gran amistad y cariño. Fue por varios años asesor religioso de la CCB Juan XXIII donde era integrante con mi esposa Cecilia junto a otros matrimonios jóvenes. Juntos fuimos creciendo en amar profundamente a Jesús y seguir sus pasos. Pablo en la formación al sacerdocio y yo en ser un laico más comprometido en la comunidad al servicio de los demás.

Es un gran amigo, fiel compañero, generoso, siempre nos visita aunque se encuentre distante por su vocación sacerdotal. Es un sacerdote jesuita muy capaz, inteligente, disponible y muy responsable con el prójimo en atenderles y ayudarles. Nos une una gran amistad de muchos años, ha visto crecer y desarrollarse a cada uno de mis hijos.

El padre Pablo me ayudó a encontrarme con Dios, mirando siempre mi interior y desde ahí ver al Padre por medio de su Hijo Amado en el día a día, en medio de las personas con quienes me relaciono familia, trabajo, comunidad, vecinos. Mirando sus rostros, aportándoles con una buena acogida, sonrisa, transparente, ser creíble, servicial, amable, saber escuchar a otro, dar testimonio de las Sagradas Escrituras.