Pablo Romero SJ:
“Mirar y amar el mundo con los ojos de Jesús”
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DE LA ECONOMÍA AL ENCUENTRO CON LOS POBRES
Soy el tercero de cinco hermanos, santiaguino, de una familia que, a su modo, se quiere harto. Somos todos apasionados y radicales para nuestras cosas. Pasamos en pocos minutos de la carcajada a la discusión, de la discusión al silencio y del silencio a la carcajada. Aunque a veces no se dan cuenta, mis papás han marcado mucho nuestras opciones.
Estudié en el colegio Verbo Divino. Mientras en mi familia a veces era yo el que ponía la moderación (por asuntos prácticos) en el colegio pasaba lo contrario. Allí era discutidor, desordenado, aunque siempre de buenas notas. Era bien de patotas, como se da casi siempre en colegio de hombres. Molestoso. De todas formas me sentí muy querido en el colegio por profesores y amigos. Tanto mi familia como mi colegio me dieron un “colchón” afectivo importante.
También era apasionado por el fútbol y muy inquieto en los aspectos político y social. En cambio yo diría que en el tema religioso tuve más bien dificultades en los años de colegio y también en el primer tiempo de la universidad. Yo enganchaba mucho más en los Scout (por lo de clan y también por lo heroico) y en el apostolado que en lo espiritual. Más bien, la fe la vivía con distancia y por momentos con tensión o dificultad.
Probablemente eso fue así porque yo era bastante inquieto intelectualmente. Entonces la catequesis formal religiosa no me satisfacía. También había un tema con las formas que no me ayudaron en ese momento. Me aburría también mucho la misa. Me sentía algo distante de Dios y no entendía el sentido real de lo religioso.
La formación escolar me potenció mucho la inteligencia. Por un lado yo era bien amistoso, divertido, de hartos amigos. Pero también yo mismo fui poniendo mi valía en cuánto podía responder a lo académico. Para mí era muy importante ser “exitoso” en el colegio, sacándome buenas notas. Fueron necesarios hartos años para que me diera cuenta de que mi vida era bastante más amplia que eso.
Creo que en el colegio lo que le fue dando un sentido más profundo a mi vida eran los Scout y la ayuda social que hacíamos. Aunque era algo esporádico, para mí fue muy importante. Íbamos una vez al mes a Rancagua, donde el colegio tenía una parroquia, a visitar a la gente de las poblaciones cercanas. Pasábamos el día con ellos y yo me sentía muy bien ahí.
En el colegio también se fue desarrollando mi capacidad de liderazgo. Aunque sin tener nortes demasiado claros, pude desarrollar habilidades en ese ámbito, y con un sentido de entrega al país, a la sociedad. De algún modo me sentía llamado a algo grande, que tenía que ver con un sueño, pero a nivel muy macro, de estructuras o de políticas públicas.
Siento que ese fue mi primer llamado en la vida. Por eso al salir del colegio, en 1995, entré a estudiar Ingeniería Comercial en la Universidad Católica, con el interés de dedicarme a las políticas públicas.
En la universidad me junté con otra gente que andaba más o menos en la misma, entonces se me potenció eso en los primeros años. Tenía sueños grandes respecto al país, a lo que se podía cambiar. Ese fue el primer atisbo de un llamado más consistente, que tomaba lo más propio mío.
Había otro deseo que me atrapaba por esos años, que era conquistar una gran mujer. Suena raro pero después cuando leí la vida de San Ignacio me sentí identificado con él. Ignacio quería conquistar a una dama de la corte, Catalina de Austria. Yo quería, igual, conquistar a una “gran dama”, aunque no tenía claro quién era ella. Entonces idealizaba mucho a las mujeres. Conocía a alguien, la idealizaba montones y comenzaba mi conquista… pero con el tiempo me iba dando cuenta de que ella no respondía necesariamente a todos esos ideales que me había planteado. O lo que era más común era que la idealizaba tanto que después por miedo a estropearlo todo, no daba ningún paso o me quedaba esperando… De todos modos, seguía mi búsqueda, como con una necesidad interna de conocer a una gran mujer con quien construir mi vida.
Diría que hubo como tres o cuatro años de mi vida en que yo me focalizaba en estas dos grandes áreas: la búsqueda del servicio público y la de una gran mujer, que me acompañara toda mi vida.
Respecto a esta primera búsqueda, la del servicio público, pese a que eran sueños grandes, hasta ese momento no había llegado al encuentro real con los pobres, con personas concretas. Eso vino un poco después. Hasta ese momento sólo había tenido ciertos atisbos, por ejemplo en mis visitas a Rancagua.
Pero un encuentro verdadero con la pobreza y especialmente, con las personas que viven en esa condición, se dio cuando estaba en tercer año de universidad. Empecé a ir a trabajos de verano e invierno con la universidad y el Techo para Chile, y después me puse a trabajar en el voluntariado universitario del Hogar de Cristo, En Todo Amar y Servir.
Con un grupo de amigos armamos un programa de mejoramiento de viviendas a adultos mayores. Conseguíamos plata, comprábamos material para forrar, para hacer las instalaciones eléctricas, y partíamos a La Pintana y a Renca todos los fines de semana. Fui invitado por mi hermano, que era bien amigo de Felipe Berríos SJ y cuando salió de la universidad le pidieron que se hiciera cargo de En Todo Amar y Servir. Pero yo ahí agarré vuelo.
Creo que ahí me empezó a desarmar este asunto. Mi primera vocación como de servicio público: medio abstracto, amplio, general, grandes ideas y a gran volumen. Lo que me faltaba era el encuentro con la persona concreta. Por ejemplo, me acuerdo del viejo Ramón, en La Pintana. Estar semanas con el viejo, arreglando una casa. Más encima nosotros no le pégábamos demasiado a la construcción, entonces nos demorábamos caleta en terminar los arreglos. Había entonces mucho de compartir con el viejo. Eran personas que estaban durante el día en centros abiertos, y en la noche se iban a sus casas. Al final, almorzábamos, comíamos con el viejo en su casa, y había mucho de eso, de compartir.
De a poco, afectivamente, mi corazón se fue poniendo en personas concretas, y eso sí fue transformando mi vida más cotidiana. Yo creo que antes de esta experiencia de mayor cercanía, vivía un poquito desintegrado. Por un lado había grandes ideales, pero por otro montones de espacios de mi vida bien desordenados, con muchas inconsistencias.
Esta experiencia de contacto cotidiano con los más pobres fue bien fuerte y me ordenó el corazón. Me ayudó a definir qué era lo importante, a acoger el dolor del otro. Al principio llegábamos con calculadora, con nuestras tablitas para hacer todas las mediciones, y al final cachábamos que el viejo estaba interesado en la construcción, pero ni tanto, no era su primera prioridad. Relacionarse con nosotros era mucho más importante.
En algún momento, hice mi primera elección. Había ido a construir unas casas a un campamento. Y estaba de vuelta, venía caminando, con dos compañeros, hablando de la familia con la cual habíamos estado conversando. Él nos había contado cómo trabajaba de cartonero y nos contó su historia. Nos fuimos de la casa con estos dos amigos y yo les dije “¿saben que? a esto me quiero dedicar toda la vida”. Ahora, no sé qué era “a esto”. Ellos me apoyaron, pero no creo que ninguno supiera qué era ese “a esto”.
ESTO ES LO MÍO
Era algo que yo estaba descubriendo en ese encuentro personal, y que enganchaba con dimensiones de mi vida que hasta ese momento habían estado más bien postergadas. Que tenían que ver de algún modo, con hacerse cargo de lo complejo de la vida. Era un descubrir que la vida no se puede meter en una tabla de Excel para solucionarla, sino que es mucho más rica: los dolores de cada persona son diferentes, lo que afecta a cada uno, las esperanzas, los deseos son distintos en cada uno.
Me iba dando cuenta de que lo que yo soñaba como una política pública estándar no tenía nada que ver a fin de cuentas; lo humano es mucho más complejo de lo que se puede analizar a través de una ciencia.
Algo de ese contacto humano tocó lo más propio mío. Fue ese el momento en que empecé a descubrir que yo era más que inteligencia y humor.
Entonces, la primera elección fue dedicarme “a esto”, como les dije a mis amigos ese día. “Esto” era poner mis afectos en los pobres, en personas concretas. Entonces, no era solamente que mi inteligencia iba a estar puesta “al servicio de”. No solamente era un cuento profesional. O sea, pasó de ser algo donde yo iba a desarrollarme profesionalmente y de cara también al resto, donde iba a poder aportar, pasó de ser eso, a ser algo donde estaba mi querer.
Esto debe haber sido en cuarto año de universidad. Esta primera decisión me hizo tener cambios concretos en la vida. Por ejemplo, modifiqué o más bien se modificó solo mi ritmo y mi estilo de hacer vida social. Los fines de semana, como partía temprano los sábados al apostolado, ya se fue haciendo natural que el viernes no iba a estar carreteando hasta tarde. Mi estilo de vida completo se empezó a modificar.
Dentro de este cambio gradual fueron pasando cosas en las que ahora veo que Dios me hablaba.
Un día, en septiembre del ’99, yo había ido a construir casas al campamento El Hoyo de Pudahuel. Y estaba Felipe Berríos SJ, que nos estaba acompañando, y se le ocurrió hacer una misa. Era prácticamente encima del basural del campamento. No saqué demasiadas conclusiones en el momento, pero esa imagen me impactó. Yo venía de una vivencia religiosa tradicional, pero por otro lado con mucha inquietud social. Y las dos cosas como que no pegaban. Entonces mi vivencia religiosa siempre quedó un poco como en lo formal, sin enganchar yo demasiado. Básicamente cumplía los mandamientos, no tenía seguimiento jugado de Jesús. Entonces, cuando tuve esa misa, sentí como que se me habían juntado las dos cuestiones.
Fue un tiempo donde mi hermano además se había puesto a trabajar en el Hogar de Cristo. Yo dormía con él y tenía la típica relación del hermano menor, que de algún modo le sigue los pasos al mayor. Si él tenía crisis de fe, yo también. Cuando el volvía a la fe, yo también. Y cuando empezó a trabajar en el Hogar de Cristo, comenzó a dejarme libros del padre Hurtado en el velador.
Entonces, entre que yo empecé a leer al Padre Hurtado y esta especie de foto que saqué, en esa misa en el basural, con gente sencilla. Estaba yendo en bicicleta a un asado, en San Carlos de Apoquindo, y pensando ya en el próximo año. Y de nuevo fue: “esto es lo mío”.
Y reglón siguiente, la gran pregunta: “bueno y qué es esto?”. Entonces me dije “¡quiero ser jesuita!”. Me lo dije a mi mismo, y hasta que me sorprendí de haberlo dicho. Creía que me estaba volviendo loco. Porque nunca se me había pasado por la cabeza. Nunca, ni en el colegio ni en la universidad. Bueno, lo dejé ahí.
QUIERO SER JESUITA
Sólo le conté a un amigo, que estaba más vinculado a los jesuitas. Le pregunté si conocía a alguno para hablar. Me dijo que sí, pero yo dudé en escribirle. Primero llamé a Felipe Berríos, pero me dieron hora como para un mes después, entonces dije “ya, chao”.
Estaba como en una espera con ese tema. Estaba presente, pero sin tomar medidas concretas para aclararlo. Sin embargo en lo religioso ya había entrado francamente en una búsqueda. Me empecé a meter más en lo del padre Hurtado, dejé de ir a la misa a la que tradicionalmente iba, y busqué una que me ayudara más a encontrarme con Dios, que fue la del colegio San Ignacio, los domingos en la tarde.
Y estando muy concentrado en esta especie de proceso de conversión o de ahondar en el ámbito espiritual, en la universidad me pidieron que me presentara como candidato a presidente del Centro de Alumnos. Era octubre del ’99. Se habían juntado dos listas de ingeniería comercial para el Centro de Alumnos, y estaban buscando una persona de consenso como presidente.
Hasta ese momento, yo estaba trabajando más bien en lo social dentro de la facultad. Pero por otro lado, este proceso de preguntas tan hondas que estaba viviendo me hacía sentir muy abierto a todo, incluso a ser jesuita. Entonces dije “ya, estará de Dios, démosle”. En realidad no hubo ni siquiera un discernimiento. Me lo ofrecieron y al día siguiente dije que sí.
Y estando en eso, me enamoré de una niña. Y de nuevo tuve la misma sensación: como yo estaba tan abierto a todo lo que viniera, seguí adelante. Ya estaba a finales de mi cuarto año de universidad.
Entonces partimos con el Centro de Alumnos, me puse a pololear y estábamos en eso. Yo estaba enamorado y motivado con el Centro de Alumnos. Entremedio, quedó la pelota dando bote. Nunca dejé de decirme “quiero ser jesuita”. Quedó siempre presente esa pregunta, aunque paralelamente iba desarrollando esta otra vida que se me había presentado.
Nadie más sabía de mis dudas, además de Juanito, mi amigo que a esas alturas ya era como una especie de acompañante espiritual.
Hasta que yo sentía en algún momento que esta cuestión tenía que tomarla más o menos en serio. Entonces a mediados de enero me conseguí el teléfono de Pablo Walker SJ, que me había acompañado en un campamento alguna vez, pero no habíamos tenido mayor relación, aunque me había dado súper buena impresión. Parto donde estaba él, en Melipilla, y fui muy patudo, aunque la verdad era lo que sentía. Le dije “padre, quiero ser jesuita, qué hago. Estoy pololeando, estoy en el Centro de Alumnos, en el último año de carrera, pero quiero ser jesuita”. Yo me imaginaba que habría algún proceso de postulación y quería averiguar cómo era.
Yo jamás había ido ni siquiera a un retiro, más que el del Confirmación, en el colegio, de donde me había escapado por la ventana. Nunca había rezado, creo yo, aparte del padre nuestro o el ave maría antes de la prueba. Pablo me dijo “ya, ya”, pero me dio un libro y me dijo “nos vemos en marzo”.
A la semana siguiente fui a unos Ejercicios Espirituales donde llegué invitado por otro amigo, el segundo al que le había contado lo que me estaba pasando. Allá me encontré con Pablo, y él me acompañó. Fue mi primera experiencia de oración y de encuentro personal con Dios, largo y tendido. Y ahí pasé de alguna forma a comprender que esto además de ser un deseo mío, propio, tenía que haber también un llamado de Dios, un querer de Él.
Fue realmente precioso ese fin de semana. Yo creo que desde ahí en adelante, hasta que entré a la Compañía, tuve pura consolación y mucha claridad. En esos ejercicios entré a temas más hondos. Por ejemplo, me reencontré con una idea que siempre había estado presente y que tiene que ver con mi historia: el regalo que es la vida. Mi mamá siempre me contaba que cuando me estaba esperando, tuvo que pasar 7 meses postrada porque de otro modo me iba a perder. Ni siquiera podía ir al baño. Los médicos le decían el primer mes que hiciera su vida normal porque de todos modos lo más probable era que perdiera la guagua. Después de unos meses le decían que si sobrevivía, iba a nacer con muchos daños físicos o deficiencia mental. Y ella con mi papá decidieron aperrar, como fuera. Cuando mi mamá me contaba esto yo sentía admiración, pero por otro lado sentía una especie de culpa, como una deuda que no tenía cómo pagar. Era un tema que no me gustaba mucho. Entonces en ese retiro en Las Cruces pude sopesar que la vida me había sido regalada y posibilitada por actos de amor de personas, con el símbolo máximo de mi papá y especialmente mi mamá en esos meses. Algo tan sencillo y que yo no tenía registrado de manera conciente. Y esto que para todos es igual, que la vida es regalada por amor, yo lo experimenté fuertemente.
Cambió un poquito mi parada frente a la vocación, porque reconocí que tiene que ver también con la misma historia de amor de Dios conmigo, más que de mi entrega. Tiene que ver más mi vocación con la historia de salvación mía que con mi historia de heroísmo.
Se acabó el retiro y dos semanas después terminamos el pololeo. Yo sentía que estaba casi como poniéndole el gorro, porque tenía la cabeza en otro lado.
Me fui de vacaciones a las Torres del Paine, pero claramente ya estaba en otra: iba con un libro religioso debajo del brazo. Cartas de Nicodemo, estuve todo el verano leyéndolo.
Llegó marzo. Se venía el quinto año de universidad, y además estaba trabajando en el Centro de Alumnos. Había tomado menos ramos para poder cumplir bien en ese servicio, y por eso me iba a atrasar un semestre en la carrera, egresando en el primer semestre del 2001 en vez de a fines del 2000.
Yo estaba contento con lo del Centro de Alumnos. Tanto, que ya tenía medio botados los estudios. Además había comenzado un acompañamiento espiritual más formal con Pablo Walker SJ. Fui a mi segundo retiro, en Semana Santa.
Nuevamente tuve una consolación muy grande, me sentí muy querido por Dios y sentía ganas de entregar mi vida. Le dije a Pablo, que no me había preguntado más del tema, que no sabía qué hacer para postular.
Me dijo “ya, pero cuándo, a qué te refieres”. Y yo, que pensaba que sólo se podía postular en el verano para entrar en marzo, le dije “será este otro año”. Pero me bajó la duda, y le pregunté si podía postular ahora.
Pablo, cauteloso, insistía en que le parecía bien que fuera el año siguiente, pero igual me decía que todavía había tiempo, porque algunos podían postular para entrar a mitad de año. Entonces empezó un diálogo muy divertido en que él insistía diciéndome “no, pero tú tranquilo”. Y yo le decía “¿pero en verdad podría postular ahora?”
Ya estábamos en Sábado Santo. Pablo me sugirió entonces que el domingo, último día del retiro, rezara la Contemplación para Alcanzar Amor, que es uno de los ejercicios de San Ignacio, poniéndome en la situación de que iba a entrar en un mes más a la Compañía. Y que ahí viera cuáles eran las mociones o sentimientos, para intentar aclarar qué debía hacer.
El domingo me puse ante la posición de entrar en un mes más, y sentí una felicidad absoluta. Mi sensación era que todo quedaba relativizado: pensaba en el Centro de Alumnos y me decía que el vicepresidente lo iba a hacer estupendo. En mi familia, y sentía que el Señor se iba a arreglar con ellos igual que con todo lo demás. Sobre la carrera, me decía que si iba a entrar para toda la vida y si a la Compañía le servía, la podría terminar después. Pero con muchísima claridad.
Sentía entusiasmo, esto lo estaba viviendo como un gran regalo. Hoy día me doy cuenta de que yo estaba hace tiempo buscando un tesoro. Algo de eso había en esta especie de ilusión por encontrar a la “gran dama” de tenía años antes. Yo efectivamente buscaba un gran tesoro, donde poner toda mi vida. La experiencia de ese retiro fue como de haberlo encontrado. Y cuando encuentras el tesoro, sale natural dejar todas las otras cosas. Es una gracia que Dios da.
San Ignacio dice que hay tres tiempos de elección: el tercero es cuando no hay mucho movimiento espiritual y decides evaluando las razones de cada opción. En el segundo tiempo te mueves entre la consolación y la desolación, con momentos de alegría y otros de duda, y esos sentimientos o mociones te ayudan a ir aclarando cuál es el camino. Y el primer tiempo de elección es la claridad, es cuando te dices rápidamente “esto es”. Mi vocación ha sido de primer tiempo. O sea, sin dudar ni poder dudar, esto es lo mío. Encontré el tesoro.
Ahora, un tema es tener la claridad, y otro que no me pusiera nervioso, cosa que por supuesto me pasó. La semana siguiente Pablo me dijo que confirmáramos la decisión, pero ya en la vida diaria, fuera del ambiente de retiro. Me dio como 10 días para confirmar, rezando cada día en medio de mi vida cotidiana.
Estábamos organizando unas construcciones de mediaguas, y en ese momento apareció con fuerza el tema de la renuncia a la mujer. Apareció, por supuesto, en mujeres concretas que andaban dando vueltas por ahí.
Asumí que la decisión tenía costos. Pablo me fue a ver al campamento y le conté el drama que estaba padeciendo en esos días. Y él me dijo: “bueno, entonces sí o no”. Y me salió muy de adentro un sí, con mucha claridad. Pese a que cachaba que mi vida como jesuita no iba a ser pura jauja, era un sí. Rotundo.
Postulé, después les conté a mis papás y un mes después ya estaba entrando. La verdad fue todo muy rápido, postulé sin haberle contado a nadie. Ese mismo día les conté a mis papás que estaba en esto, advirtiéndoles que si me aceptaban iba a entrar muy pronto.
Claramente mis papás estaban muy felices con mi decisión aunque al principio sus reacciones fueron divertidas. Mi mamá quedó muda como por dos días. Mi papá estaba feliz, porque él había sido ex alumno del San Ignacio El Bosque. No me había metido al colegio de El Bosque porque encontraban que el tiempo en que me tocaba entrar al colegio los jesuitas estaban muy rojos. Entonces se tomó esto, obviamente en broma, como la gran revancha de San Ignacio por haberme metido al Verbo Divino, eterno rival del San Ignacio El Bosque.
Mi mayor pregunta era qué hacer con el Centro de Alumnos. Si renunciaba diciéndoles que había postulado a la Compañía y después no me aceptaban o me decían que esperara un tiempo antes de entrar, iba a ser muy incómodo seguir todo el año trabajando en el Centro de Alumnos, estigmatizado como el gallo que postuló a la Compañía y que no quedó.
Pero pasó algo providencial, aunque doloroso. Un día salí en la noche y se me quedaron las llaves de la casa. Quise saltar la reja, pero se me quedó enganchado el pantalón y me caí de cabeza al suelo: me quebré la mano derecha, la mano izquierda y la nariz.
Todo enyesado, la verdad como momia, fui a hablar con el Centro de Alumnos. Pude delegarle todo el trabajo al vicepresidente, pero pasando piolita. Fue de lujo la verdad. Lo mismo con la carrera, fui a hablar para decir que no podía ir a clases en ese estado.
Y fue el descueve, porque justo mi hermano en ese tiempo estaba trabajando en el Hogar de Cristo en Chiloé. Entonces aproveché las siguientes dos semanas para ir a verlo con mi mamá. Me olvidé de todo y pude estar tranquilo con la familia, esperando la respuesta de la Compañía.
Al volver de Chiloé, el Provincial me llamó para decirme que estaba aceptado y en ese minuto, dos semanas antes de entrar, le pude contar a todo el mundo.
Me acuerdo que el día que me dieron la respuesta estaba tan nervioso, que me fui caminando desde mi casa en Los Dominicos, en Las Condes, hasta el centro. Es que me desperté a las nueve de la mañana y ese día no tenía ningún otro sentido que esperar esa respuesta. Fue una verdadera peregrinación, debo haber caminado unas cuatro horas. Fue precioso ese momento. El Provincial, Juan Díaz SJ, me dijo primero todos los peros de mi vocación. Yo me dije “cagué”. Y después me dijo “bueno, pero estás aceptado”. Fue una alegría tremenda.
Empecé a contarles a todos y a desarmar ya oficialmente todo lo de la carrera. Mi decisión movió harto a los del Centro de Alumnos. Yo pensaba que se podían enojar por dejarlos tan rápido, pero lo que primaba era una mezcla de desconcierto y emoción.
La pregunta que todos me hacían era por qué entraba a la Compañía. Yo nunca me había caracterizado por tomar decisiones tan radicales, y menos tan rápido. Nadie entendía de dónde venía esto. Y me costaba mucho explicarlo, la verdad. Pero en algún momento caché que este tipo de decisiones es como de otro nivel. No están en el mismo ámbito que las decisiones relacionadas con el trabajo, el estudio o el apostolado. Esto es de otro orden.
Y finalmente mi respuesta era mucho más parecida a la que le podría dar una persona a la que preguntas por qué se va a casar. Tenía que ver con que estoy enamorado de alguien y quiero comprometerme. Ni siquiera con algo, sino que con Alguien. Es algo que tiene que ver con lo más profundo mío. Y no es que la vida me cambiara tan radicalmente, no somos monjes los jesuitas, pero de todos modos hay un nacer de nuevo en esta decisión.
La vocación fue eso para mi: un nacer de nuevo. Estaba feliz de morir a muchas cosas, y otras que me costaban, pero que igual quería dejar para que apareciera algo nuevo, Dios en mí.
Al final mis respuestas ante las preguntas eran muy sencillas: “porque estoy enamorado”, “porque encontré lo mío”. Y con eso la gente se quedaba tranquila. Entendían entonces por qué dejaba mis estudios: porque ya no era mi carrera, sino que conocimientos y habilidades puestos al servicio de la misión. Y así en las distintas dimensiones de mi vida.
Esas semanas fueron un tiempo muy bonito, de muchas despedidas. De la entrada al Noviciado recuerdo bien poco. Me acuerdo de harta gente, que me fueron a dejar. Pero nada de las palabras del Maestro de Novicios, Keno Valenzuela SJ, ni del Provincial. Parece que estaba como en shock.
UN CORAZÓN DE PASTOR
Debo haber estado como dos semanas mudo en el Noviciado. Me acuerdo que a mis compañeros les habían contado más o menos una leyenda, este gallo que era presidente del Centro de Alumnos y ya casi terminaba la carrera, se deben haber imaginado un tipo grande, completamente abacanado… y llegué yo, chiquitito. Más encima, no hablaba nada. Creo que había quedado como golpeado al entrar, pero contento, muy feliz por dentro.
Me parece que necesitaba estar en silencio absoluto, y por eso me acomodó muy bien la dinámica del Noviciado.
El primer tiempo del Noviciado fue todo nuevo. No sabía rezar, partiendo por ahí. Aprender a rezar, aprender de la vida en la Compañía. Yo no sabía cosas tan básicas, por ejemplo, como que los jesuitas viven en comunidad. La verdad mi conocimiento de la Compañía era lo que había leído del padre Hurtado y lo que había visto en Felipe Berríos SJ y Pablo Walker SJ, y con eso bastó para sentir que eso era lo mío. Las otras preguntas todavía no me las había hecho, por ejemplo, cómo se las arreglan con la castidad. Me daba lo mismo. Yo los veía felices, y sentía que “esto es lo mío”. Ellos me ponían con Jesús, y yo sentía que Él era la persona que yo quería seguir. Lo demás era, en ese momento, secundario. Por eso el Noviciado fue súper importante.
Fue un tiempo para profundizar en mi vocación, que seguía siendo súper clara, pero pude ir ahondando en la invitación de Dios, en la experiencia de Él. Me conocí más a mí, y también a Dios y al mundo, viéndolo con los ojos de Dios. Cuando uno lo ve desde ahí es ciertamente otro mundo.
Como entré después que los demás tuve algo menos de estudios. Los primeros meses fueron principalmente para aprender a rezar, conocerme a mí mismo, aprender a leerme y a conocer los espíritus que habitan en mí, de cara al Mes de Ejercicios.
En el Noviciado la gran experiencia fue el Mes de Ejercicios, por lo menos para mí. Tuve hasta mis últimos pataleos de fe. El Señor me ayudó a comprenderlo, a comprenderme, a mirar las cosas desde otro lado. A fundar mi vida de otro modo. Esto de nacer de nuevo y mi vocación adquirieron mayor espesor en el Mes de Ejercicios. Y también fue un tiempo de ganar madurez en lo espiritual. Mi vocación siempre había ido de la mano con una fuerte consolación espiritual, y el Mes de Ejercicios fue el momento donde pude experimentar la desolación. Ese remezón era necesario para no fundarme sólo en la experiencia emotiva o afectiva de Dios, sino que también ir haciendo convicción la experiencia que había tenido en el último tiempo.
Y fue también una gran promesa. Cuando se acaba el Mes de Ejercicios, Dios me promete que va a estar conmigo para adelante, y me hizo mirar con esperanza lo que venía.
Hay una experiencia que tenemos en el Noviciado, que se llama Mes de Hospital. Fui con dos compañeros al Pequeño Cottolengo, un hogar para discapacitados mentales, en su mayoría niños. Esa debe haber sido la experiencia donde entendí más la castidad. Me apareció algo similar a lo me pasó en la Pintana y Renca: tuve la experiencia del amor a personas concretas. En el Pequeño Cottolengo experimenté que yo estaba invitado a amar personas concretas. No a un Dios etéreo, no a un proyecto simplemente. Sino que a personas concretas. Y el cuento es cómo tú amas a personas concretas siendo religioso, estando disponible a moverte donde haya más necesidad.
Ahí me apareció un llamado, una moción importante. Me sentí llamado a la paternidad, a ser padre. No como el padrecito, sino que a ser padre de otros, como mi papá fue conmigo, de cierta forma. A ser padre, pero pobre. Amar, entregarse, acompañar, consolar, cuidar, todas las dimensiones de la paternidad, pero sin retener. Sin exigir retribución. Sin tener derecho sobre los otros. Ejercer la paternidad a partir de dimensiones de mi vida que siempre habían estado presentes, pero yo no les había dado tanta pelota. En el Cottolengo daba lo mismo mi inteligencia, daba lo mismo que yo hablara incluso. El tipo de contacto era físico. Aprender a relacionarse desde ahí, desplegar eso, fue algo precioso para mí. Entendí más de qué se trataba esto. La castidad ahora tiene que ver para mí con esto de ejercer paternidad sin retener. Pero también una disponibilidad hacia quienes nadie quiere. Una disponibilidad para ir donde las personas están más solas, donde las personas sienten que su vida está más denigrada.
Y después, ya con los años, entendí que la castidad también tiene que ver con una dependencia radical con Dios, una cierta intimidad con Dios que he tenido que ir aprendiendo a cultivar durante este tiempo.
El Noviciado se acaba con la experiencia de la Peregrinación. Te vas un mes de “vago” a alguna parte del país. buscando alimentos y alojamiento a cambio de trabajo. Si no encuentras, alojas en cualquier lado, por ahí. Se me regaló una gracia bien grande en esa experiencia, porque con el pasar del Noviciado yo había ido sintiendo un deseo grande de ponerme cada vez más en los zapatos de los pobres. Y en la peregrinación me acerqué harto a eso. Mirándolo desde afuera uno podría decir que es sólo una experiencia de un mes y que uno sabe que va a volver a su vida normal. Pero yo lo viví con mucha intensidad, viviendo una especie de comunión real con los pobres. Otra gracia que se me dio en ese mes fue experimentar la dependencia absoluta de Dios, el abandono. Esos dos regalos fueron una promesa para mi vocación futura. Fue una muy buena forma de terminar el Noviciado, un poquito en pelotas. Sacándome mucho ropaje antiguo que yo traía. Y quedando más desnudo, de cara a Dios y a los demás, con nuevas dimensiones de mi vida que antes ni yo las pescaba, ni otros tampoco las valoraban.
Pedí mis votos al final del Noviciado, con harta claridad. Escribí una larga carta al Provincial, diciéndole por qué creía que Dios me invitaba para siempre. En cuatro páginas yo escribí todas las razones por las que yo creía que era obvio que Dios me invitaba a la Compañía. Pero para mi sorpresa recibí de vuelta la carta, dos semanas después, con una nota del Provincial que decía “conversemos”.
Yo quedé desconcertado, pensaba que si me devolvía la carta significaba que no me concedió los votos. Le pregunté a Juan Díaz SJ qué me faltaba. Y él me dijo “aquí aparece que Dios te invita a la Compañía y que hay claridad de eso. Pero falta lo más importante: ¿tú quieres?”. Yo le dije “¡pero si es obvio, es lo que más quiero!”. Entonces me dijo “ponlo, ¡si eso es lo más importante de todo!”.
Como que se había dado vuelta la situación. Cuando quise entrar a la Compañía sólo tenía un “yo quiero ser jesuita, qué tengo que hacer”. En el Noviciado ahondé en la palabra de Dios, en lo que Él tenía que decirme. Pero al final, igual tuve que volver a ese “yo quiero”. No soy un monigote de Dios, Él no nos quiere así. Él nos invita, pero la vocación y la elección suponen un querer de uno, eso es súper importante. La espiritualidad ignaciana es de deseo.
Escribí de nuevo la carta, incluyendo eso que faltaba. Me concedieron los votos que hice junto a mis compañeros, en la capilla doméstica de la residencia San Ignacio. Es un momento importante, porque los votos son perpetuos.
En ese momento comienza una nueva etapa de estudios, el Juniorado. Volvemos a Santiago y estudiamos Humanidades y Filosofía en la Universidad Alberto Hurtado. Me destinaron a trabajar apostólicamente en el colegio San Ignacio El Bosque, en la CVX secundaria.
El Juniorado ha sido la etapa más difícil en mi formación. Los estudios me gustaron mucho, también el trabajo en el colegio, pero no es fácil saltar del Noviciado, donde terminé los últimos días alojando debajo de puentes (en la peregrinación) y con una gran familiaridad con Dios, a una vida más dispersa, en una ciudad agresiva, con más exigencias externas. Mientras en el Noviciado toda mi persona parecía satisfecha por la oración y el servicio, en el Juniorado sentí mucho más el peso de la renuncia a la mujer y la familia. Al principio me asusté, pero después lo incorporé y reconocí que en mi vida como jesuita van a pasar momentos más gozosos y otros más dolorosos, y la verdad es que así es la vida de toda persona.
Al finalizar el Bachillerato de Filosofía surgió la pregunta sobre si sería bueno que yo terminara mis estudios de economía. Me faltaba sólo un año de carrera. Lo conversamos, y finalmente fui enviado a terminar Ingeniería Comercial en la Universidad Católica.
Uno de los criterios para decidirlo era si esos estudios servirían para la misión de la Compañía, considerando que era sólo un año lo que me implicaba. Y la verdad es que tiene mucho que ver porque la misión nuestra es servir a la fe y promover la justicia. Para eso, cualquier ciencia que tenga que ver con el pensamiento humano es un instrumento más. De ninguna manera estuvo en el discernimiento el tema del desarrollo profesional personal. La única pregunta era si tenía que ver con la misión. Y esa respuesta llegaba al tiro. El Evangelio tiene algo que decirle algo a la economía. Y la economía también tiene algo que decirle al Evangelio, que se tiene que encarnar en estructuras económicas. Era evidente que podía servir.
La pregunta más profunda era si yo, Pablo Romero, debía servir a través de esa herramienta. Ese fue el tema central del discernimiento. Honestamente, hasta el día de hoy yo no tengo completamente claro si es que para mí en el futuro esta dimensión de mi formación será algo importante, en términos de la misión que desarrolle. Pero en ese momento discernimos que era mejor tomar esta posibilidad y no cerrarse a ella. El criterio fue la disponibilidad: yo estudio para el día de mañana ser más disponible a la misión de la Compañía. Aunque después sirva de muy poco.
Entonces volví a la Universidad Católica, para terminar el pregrado durante todo ese año. Casi de inmediato vino la siguiente pregunta: podía sacar el Magister en Economía con sólo un año más de estudios. Se respondió de la misma forma, podía ser una ayuda para la misión y yo nuevamente no lo veía tan claro. Por lo tanto me hice disponible y la Compañía me envió a continuar estudiando para tener el Magister.
Y aunque sigo sin tener demasiado claro si usaré esas herramientas en la misión que desarrolle en el futuro, la claridad es que mi vocación principal es ser cristiano, ser jesuita.
Sin embargo en ese tiempo de estudios, que fue bastante austero, sí pude ir ganando algunas claridades. De partida me costaba retomar los estudios de economía, luego de seis años sin acercarme a esos temas. También hubo cierta dificultad a nivel de ambiente, volví a una Facultad donde antes conocía a todo el mundo, pero ahora con compañeros nuevos, mucho menores, y con bastante carga de estudios. Ya no estaba en el entorno ignaciano de la Universidad Alberto Hurtado. Me tocó estudiar la mayor parte del tiempo solo, en la casa.
Entonces fue una gran ayuda en esos años el trabajar apostólicamente en la Parroquia de la Santa Cruz, en Estación Central. Vivía en una comunidad por ahí cerca. Entonces, hasta las seis de la tarde yo era un estudiante. Terminaba de estudiar, agarraba la bicicleta y me iba todos los días a la parroquia. Supuestamente, en ese momento de la formación de los jesuitas el apostolado es más acotado. Pero la verdad es que yo necesitaba ese espacio. Fue bonito, porque a mi me ayudaron mucho más de lo que yo ayudé. Necesitaba de amistad, de relaciones humanas sencillas, la alegría, de la vida que ni los estudios ni la vida en torno a lo académico te regalaba. Y descubrí que mi vida futura, si es que me llegaba a dedicar a lo intelectual, tendría que tener una pata ahí. Tiene que ver con mi vocación y también tiene que ver con mi necesidad más básica humana.
Una vez que terminé el Magister en Economía, me correspondía el tiempo de Magisterio, que son dos años de trabajo pastoral en que uno deja de estudiar y se va a vivir a una comunidad en cualquier lugar de chile, para servir en una obra de la Compañía.
Llegué a esa nueva decisión luego de esos últimos años donde combiné los estudios de economía con el trabajo en la parroquia. Una posibilidad era seguir proyectando lo que había ganado en los estudios, y ser destinado por ejemplo a hacer clases en la Universidad Alberto Hurtado. Desde la lógica de aprovechar los recursos, eso era lo obvio. Era el tiempo de producir, luego del tremendo esfuerzo hecho.
La otra lógica era tomar distancia de los estudios y preguntarme qué era primero, qué soy yo primero. Soy economista, o soy jesuita. ¡Y soy jesuita! Eso es lo primero. Y ni siquiera soy jesuita y después soy economista. Soy jesuita que estudió esto, y que lo pone a disposición de la Compañía igual como pongo a disposición mi sentido del humor, muchas cosas. Estamos en una cultura tan metida en lo profesional, que hace pensar que nuestra identidad tiene que ver con lo que estudiamos, como si eso fuera nuestra esencia. Y a uno se le pega esa lógica, que no es Evangélica ni humana. Desde lo más hondo yo soy religioso, estoy consagrado a Dios en la Compañía.
Si mi identidad más honda es ser jesuita, y me siento invitado a ser pastor, que es lo que quiero más hondamente, a ser sacerdote, yo creía que el Magisterio debía ser un tiempo de despliegue de eso, de aprender a ser cura. Que no tiene que ver solamente con saber las partes de la liturgia ni aprender ciertos tips. Aprender a ser cura es aprender a transformar el corazón de uno en un corazón de pastor, que sea capaz de acoger a los demás, de ayudar a sanar heridas, de poner a la gente con Dios. De poner a los cabros con los más pobres, de animar a la comunidad. Es algo mucho más hondo que aprender una serie de habilidades. Y el Magisterio fue eso para mí.
Me destinaron al colegio San Francisco Javier. Llegué a mitad de año, luego de terminar el Magister en Economía. Ya todas las clases estaban destinadas y me pidieron que el primer tiempo simplemente me dedicara a conocer a los cabros, a conversar con ellos, para aprender de lo que estaba haciendo Carlos Álvarez, el jesuita que estaba haciendo el Magisterio un año más arriba que yo. Al año siguiente yo asumiría su trabajo en la CVX secundaria.
Todo ese tiempo estuvo centrado en el trabajo pastoral: acompañar comunidades, retiros, di hartos ejercicios espirituales. Fui muy beneficiado por la gente de Puerto Montt. Ese es un lugar muy especial para mí, porque desde chico iba de vacaciones con mi familia. Me sentí muy en casa y fui muy feliz el año y medio que estuve allá.
Nunca me había pasado dedicarme un año y medio sólo a pensar en personas. Como jesuita en sus años de formación intelectual, uno reflexiona no tanto en personas concretas, con nombre y apellido, sino que son años de reflexionar la palabra de Dios, o contemplar la persona de Jesús.
Pero es distinto a estar un año y medio donde tu mundo tiene que ver con personas concretas: Fernanda, Juan, Francisco, Andrea. Para mí eso fue muy bonito, sobre todo porque venía de todo lo contrario. Mi tesis del magister era sobre economía laboral, temas de salario mínimo y cosas así.
Contactarme con las personas, con sus problemas y sus desafíos, me fue transformando. Me daba cuenta de esto en la oración. En algún momento me fue a visitar mi Superior de la etapa de formación, Rodrigo Poblete SJ, y me preguntó por mi oración. Le expliqué que me estaba costando, porque mi oración era sólo pedir por personas, nada que ver a mi oración de años anteriores donde yo hacía largas contemplaciones del Evangelio. Ahora mi oración eran puras personas: este gallo que tiene problemas con sus papás. Esa niña que tiene dificultades con su pololo. Ese que se le murió tal persona, este otro que tiene dudas de fe, y ese que está embalado con lo religioso. Cómo ayudar a esas personas a ponerse con Dios. Hasta la misa se había llenado de eso. Lo único que hacía era pensar en personas.
Yo no sé si eso es como para toda la vida, pero a mi me ayudó mucho a humanizarme. Pensé poco en mí y mucho en los demás.
Fue un tiempo de despliegue apostólico y pastoral. Pude profundizar en todo lo que se había estado gestando en mi trabajo en la parroquia Santa Cruz. Me ayudó mucho, en el fondo confirmó mi vocación sacerdotal.
Ser jesuita no es lo mismo que ser sacerdote; la vida religiosa no es sinónimo de sacerdocio. De hecho, en la Compañía hay hermanos, que son jesuitas y no son sacerdotes. Y yo creo que en el Magisterio se me desplegó la dimensión sacerdotal. Fui bien regalado.
Y de cara al futuro, me hace plantearme como con todas las cartas arriba de la mesa. Cuando me preguntan dónde me veo trabajando en el futuro, me veo en muchas cosas. Estos nueve años de Compañía han sido años donde Dios ha ido desplegando dimensiones de mi vida cada vez mayores.
Tengo la sensación de que mi valía está cada vez menos puesta en una cierta dimensión de mi vida, sino que Dios me quiere entero. No quiere sólo una parte de mí, por ejemplo, este gallo que tiene buenas notas y la parte intelectual. No. También le interesa mi mundo afectivo. Mi querer, mi deseo. Mis relaciones humanas. Y por último, también le interesa mi fragilidad, mi debilidad. Las áreas donde no soy aparentemente bueno. Las cosas que me cuestan, que me dan pena, donde encuentro mis límites. Dios no me quiere a pesar de eso. Eso que no me gusta de mí, también lo quiere Dios. Me quiere entero. Y yo quiero consagrarme entero. Y eso implica que mirando el futuro, yo estoy disponible. A Dios y a la Compañía.
Ahora que estoy al medio de mis últimos años de formación antes del sacerdocio, agradezco esa apertura o disponibilidad que se me ha regalado.
Si bien cuando quise entrar a la Compañía sentí “esto es lo mío”, ahora, una vez dentro de la Compañía, creo que no he podido decirlo cuando pienso en alguna misión particular. Porque cada vez van apareciendo nuevas dimensiones, se me va ensanchando la mirada y mi capacidad de ver y sentir en distintos lados. Por eso me siento tan disponible.
Estos tres años de Teología en los que estoy ahora, los veo como la formación más directa para el sacerdocio. Es bien importante. Junto con estudiar Teología, me destinaron a trabajar en la CVX jóvenes de Santiago, apoyando al asesor, Gabriel Roblero SJ. Acompañando comunidades, personas, similar a lo que hacía en Puerto Montt pero a nivel universitario.
Me ha permitido seguirle la pista a las mociones que el Señor me va regalando por el lado sacerdotal. Por ejemplo, aprender a respetar los tiempos de las otras personas, a tener paciencia. Siento que me falta mucho y para eso son estos años.
En esta etapa me siento invitado a mirar el mundo con los ojos de Jesús. Para eso es fundamental la oración. Es que hay muchas formas de mirar el mundo, y yo quiero descubrir las huellas de Dios. Me ilumina mucho un documento de la Congregación General 35, que dice “descubrir la huella de Dios en todas las realidades”. Esas realidades ya no son para mí sólo superestructuras, como cuando estudiaba economía. Ahora también son personas concretas.
Mirar qué es lo que le importa a Jesús, para que a mi me importe lo mismo. Qué es lo que le duele, qué lo hace sufrir. Para mí el Evangelio, más que una serie de normativas, es una forma de instalarse en el mundo. Para eso la Teología es una gran ayuda.
Para mi ser sacerdote es mirar y amar el mundo con los ojos de Jesús. Esa es la manera en que yo entiendo ahora, en el 2009, el ser jesuita. Aunque en otros momentos lo he formulado de otras formas. Por ejemplo en Puerto Montt sentía muy fuerte el llamado de poner a la creatura con el Creador. En el Noviciado fue ser padre pobre. En otros momentos ha sido ir donde hay más necesidad. Han sido diferentes facetas de mi vocación, que tienen que ver con mi llamado más profundo.
De fondo está esto de que Dios me quiere más allá de lo que yo pueda entregarle. Hay una cuestión muy potente que he ido experimentando: yo no le puedo devolver a Dios lo que me ha entregado. Y eso me da una libertad muy grande. Mi vocación no parte del responder a Dios porque me ha dado tanto. Ni siquiera sólo a Dios; tampoco a la Compañía le podré devolver lo que me ha entregado. Eso que yo descubrí en algún momento desde el amor de mi familia, también lo experimento con Dios y con la Compañía. Y me hace sentir muy feliz, porque no me siento rindiéndole examen a nadie. Es bien potente porque crecí en una cultura de la evaluación y la competencia, donde mi valía se jugaba en las notas que podía sacarme. La libertad que siento ahora me hace tremendamente feliz.
Sentirse amado y libre te hace hacer cosas que normalmente uno no haría, tomar decisiones que no tomaría. En el verano, por ejemplo, tuve la sensación de que si la Compañía me pidiera que me dedicara a un oficio pequeño, humilde, durante toda la vida, yo lo haría feliz. Es una sensación de gratitud inmensa, que me hace sentir que aquí estoy dispuesto a todo.
Siento que Dios me invitó: estoy en esto porque Dios quiere, y porque yo quiero. Definitivamente, éste es el tesoro que yo buscaba.
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