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Cristián Gómez SJ:
“Éste es el lugar donde Dios me invita a entregarme”

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JUGARSE LA VIDA EN UNA MEDIAGUA

De Plaza Italia para arriba

Quien soy como persona y mi fe sin duda se han forjado en mi familia y formación escolar. Vengo de una familia muy unida, yo soy el mayor de los hijos y tengo tres hermanas: la Caro, la Dani y la Maca. Como todos, hemos tenido momentos buenos y malos. Cuando chicos peleábamos harto con mis hermanas y por supuesto para mí era difícil porque como era el único hombre me retaban más, diciéndome que no podía pelear con las mujeres. Pero ya de grandes ellas se convirtieron mis mejores amigas.
Mi mamá me enseñó a rezar, ella es quien me transmitió a Dios. Mis papás desde chicos nos llevaban a misa. Mi mamá me decía “es una hora de regalo a Dios”. Rezábamos juntos en las noches cantando “con flores a María”, nos hicieron crecer en una cultura de valores católicos, de escuchar lo que Dios nos quería decir, de confiar en Él. La familia me enseñó que Dios nos creó, que la Iglesia es importante, que nosotros pertenecemos a ella.

Con mi papá tuvimos siempre una relación de verdadera amistad. Él me hizo hincha de la Católica (nuestro lugar de conversa siempre fue el estadio). Todavía seguimos conversando mucho. Él es una persona con quien puedo compartir cosas de la vida, hablar de la familia, tomar decisiones, apoyarnos y escucharnos. Mi mamá es de entregarme mucho cariño y apoyarme en las decisiones, ella junto con mi abuela son las fundadoras y únicas socias de mi club de fans.

Diría que en mi casa siempre hubo un ambiente de confianza y de amistad, era una familia bien dialogante y apatotada. La Caro –mi hermana- me acompañó harto en el discernimiento de mi vocación, y todos me apoyaron mucho cuando decidí entrar a la Compañía. Se cuadraron conmigo, a pesar de que de alguna manera les costaba asumir mi decisión, porque me iba de la casa y era algo nuevo.

Mi colegio fue el Verbo Divino, desde pre kinder hasta cuarto medio. Yo amaba ese colegio profundamente. Y obviamente era “enemigo” del San Ignacio, por la rivalidad histórica que hay entre los dos colegios, que en realidad es más que nada un tema deportivo.

Aunque no era buen alumno lo pasé muy bien en el Verbo, tenía un curso muy unido y grandes amigos en él. De hecho mantenemos la amistad hasta el día de hoy. En el colegio yo me dedicaba a conversar, comer en clases, pasarlo bien. Te puedes imaginar que mi promedio no era muy brillante, de hecho me sacaba bastante rojos. Pese a todo, me llevaba súper bien con los profesores, con el padre rector, con los auxiliares, las secretarias, y las bibliotecarias que escuchaban mis historias amorosas y me daban consejos. También tuve la oportunidad de ser varios años presidente de mi curso y en cuarto medio formé parte del Centro de Alumnos. Me sentía a mis anchas en el Verbo, era mi parroquia (que se complementaba con mi participación en el movimiento Schoenstatt), el centro deportivo, el lugar de vida social y bueno… lugar de estudios también.

En el aspecto religioso, hubo un año en que tuve tres momentos que me marcaron profundamente. Fue el’87, cuando vino el Papa Juan Pablo II a Chile. En el colegio convirtieron esto en un gran evento: nos hicieron prepararnos, aprender su vida, escribirle cartas. El día que llegó (yo era un cabro de nueve años), estaba jugando fútbol con mis vecinos y mi mamá me obligó a ir a la casa, para ver por la tele cuando el Papa besó tierra chilena. Me decía “la pichanga otro día, ahora tienes que ver al Papa, esto es histórico y no se te va a olvidar nunca más”. Otro día fuimos los dos a verlo y escucharlo en el Templo de Maipú, fue algo que me impactó mucho.

Ese mismo año cumplí 10 años, y la noche anterior tuve uno de los momentos más místicos que he tenido en mi vida. Estaba rezando en la noche y me dije “mañana cumplo 10”. Era algo muy importante para mí, y me puse a darle gracias a Dios por eso. Siendo un niño tan chico, empecé a darle gracias a Dios por todo lo que había vivido hasta ese minuto. Por la familia, los amigos, el colegio. Agradeciendo a Dios, empecé a sentir su presencia, rodeándome. Fue un vivir que Dios estaba conmigo. Sentí su presencia en mi pieza, esa noche. Y hasta hoy ese ha sido un momento que marcó profundamente mi relación con Él. Poco tiempo después vino el tercer momento clave: hice la Primera Comunión. Claramente se año fue como un garrotazo para mí, un año fuerte en la fe.

Más adelante tuve mi primera aproximación a la pregunta vocacional. Estaba en séptimo básico y el padre Rector del colegio, Heriberto Becker, que era un ejemplo de sacerdote para mí, llegó a nuestra sala y nos empezó a contar su vocación. Me acuerdo que la única pregunta que me hice fue “¿cómo se dio cuenta de que lo habían llamado?” Por primera vez me pregunté cómo los curas se enteraban que Dios los llamaba, podía ser que los llamara y ellos no se dieran cuenta.

Como en mi familia teníamos una muy buena situación económica, tuve la oportunidad de tener excelentes vacaciones con mi familia. Viajábamos a lagos del sur y cuando ya estábamos más grandes salíamos de Chile. Con ellos fui a Estados Unidos, México, Argentina, África. Siento que en la familia tuve oportunidades muy grandes de conocer un mundo enorme.

Fueron posibilidades culturales y de diversión muy grandes, que en el futuro iban a generar preguntas importantes para mi vida.

Un momento clave para gatillar esas preguntas fue cuando estaba educación media, eran los años noventa y había una moda, que tenían Guns & Roses, Poison, Bon Jovi y otros grupos musicales, que era usar los pantalones rajados. Mis blue jeans tenían hoyos en las rodillas, yo usaba ropa rajada. Entonces un profesor en el colegio se mandó dos comentarios. Nos dijo, “ustedes niñitos, juegan a ser pobres. Con eso le están faltando el respeto a los pobres, porque ustedes rompen su ropa”. Acto seguido, nos dice “ustedes viven de Plaza Italia para arriba”.

De inmediato yo pensé en Plaza Italia y recordé que sí había estado allá, pero no tenía idea cómo llegar. Reflexionando un poco más, me di cuenta de que no solamente vivía de Plaza Italia, sino que de Américo Vespucio hacia arriba. Yo me movía sólo en el barrio alto de Santiago: mi estadio era San Carlos de Apoquindo, vivía en La Dehesa, podía viajar, iba a un colegio en Las Condes y recibía una formación de elite. Lo que nos dijo ese profesor me empezó a cuestionar muchas cosas.

Lo que empieza a pasar conmigo es que yo me dije “si yo recibo todo esto, y vivo en uno de los mejores barrios de Chile, por lo tanto estoy en un lugar privilegiado, yo tengo una responsabilidad con la sociedad. Eso lo tengo que devolver, lo que he recibido, no es para mí”.

Pero la pregunta importante era decir cómo yo, con todo lo que tengo, me hago cargo de una sociedad que no ha tenido todas esas oportunidades. Todo lo que yo recibí, es un regalo y la pregunta es ¿cómo lo voy a devolver? Entonces, empecé a vivir esa situación como una responsabilidad. Desde ese momento nace una inquietud social que poco a poco iría creciendo en mi vida.

En cuarto medio hice la Confirmación. En el momento en que Monseñor Cristian Precht llega a confirmarme, me preguntó mi nombre. Mi padrino le dijo “Cristián José”, entonces él me dice “tu nombre significa ser seguidor de Cristo.” Y yo me puse a llorar. Me confirma, nosotros nos sentamos, y nos dice “de ahora en adelante, ustedes son soldados de Cristo”. Y yo no paraba de llorar. Para mí fue que me dieran misión, que me dijeran “tu lugar en el mundo es ser un soldado de Cristo”. Fue realmente emotivo. Pero esto pensando como laico, ¡como cura jamás! de hecho mi polola estaba en la misa.

Esa fue una de las mejores semanas que tuve en la vida: el domingo en la noche me puse a pololear, el miércoles cumplí 18 años y con ellos llegaba la mayoría de edad, la libertad y el ansiado carnet de manejar. El jueves nos confirmamos, y el viernes salimos de vacaciones de invierno. Ese sábado yo amanecí con una sonrisa de oreja a oreja. Me sentía la persona más afortunada del mundo.

Fui bien bueno para pololear, nunca duré mucho tiempo pero pololeé varias veces. Si estuve enamorado y hasta las patas, era bien romántico, apasionado, de escribir cartas y hacer regalos. Conversábamos de esto con mis amigos, yo les daba les daba consejos amorosos y a veces también hacía de Cupido. Tengo muy buenos recuerdos de los pololeos. Obvio que también hubo momentos dolorosos, pero en general fueron experiencias muy bonitas.

Muchos de mis amigos se sorprendieron cuando yo entré a la Compañía, precisamente porque en el colegio era de los más pololos. Y quizás por lo mismo, la mujer fue uno de los temas más importantes a renunciar en el momento del discernimiento. La verdad es que antes de darme cuenta de que Dios me llamaba como sacerdote, siempre me proyecté casado y con hijos.

Nunca se me pasó por la mente la idea de ser cura en el colegio, tampoco en Schoenstatt donde tuve un grupo por varios años, ¡Menos jesuita! Ellos eran los curas del San Ignacio, nuestro principal rival.

Pensado en la universidad siempre quise estudiar Publicidad, me encantaba esa carrera, y mi papá quería que yo estudiara Ingeniería Comercial, supongo que porque les irá mejor y tendrían más oportunidades que los publicistas.

Cuando estaba en cuarto medio, un día le hice dedo a un tipo que era ingeniero comercial y gerente de marketing de una gran empresa. Me comentó lo que él hacía y lo que le tocaba hacer al publicista de la empresa. Y me di cuenta de que era el ingeniero comercial el que tomaba todas las decisiones publicitarias. Por eso opté finalmente por Ingeniería Comercial en la Universidad Diego Portales.

La universidad tenía un ambiente bien pluralista. Yo aproveché mucho eso. Estaba en el Centro de Alumnos de Comercial y trabajaba mucho con la Federación de Estudiantes. Iba a otras facultades, tenía amigos en Psicología, Derecho, Ingeniería Civil, Periodismo, aunque mis amigos más cercanos eran los de Comercial.

Ese encuentro con la diversidad me obligó a conversar muchos temas que hasta ese minuto para mí habían sido obvios, especialmente valores que en mi familia y en el colegio se me habían planteado como “la” verdad. En la universidad me di cuenta de que mis creencias eran minoría, y a veces en el diálogo con otros que tenían valores diferentes de los míos encontraba que ellos tenían la razón. Fue una época muy rica, estoy agradecido de haber estudiado en esa universidad.

En esa transición creo que mi fe y sentido de Iglesia se sostuvo gracias al grupo de Schoenstatt. Ahí seguíamos hablando desde la fe, planteando las nuevas preguntas y acompañándonos mucho. Estuve bien metido en ese grupo, incluso hice la Alianza con María.

Curiosamente mi mejor amigo de la universidad era el único tipo del San Ignacio El Bosque que yo ubicaba desde la época del colegio, Mauricio Pascual. A mi él me caía pésimo antes de conocerlo, y él ni sabía que yo existía, pero en la universidad, conversando, nos empezamos a hacer amigos. Cada uno le hablaba al otro de su colegio, como en una especie de competencia. Un día yo le estaba contando de nuestro viaje de estudios, cuando recorrimos el norte de Chile. Le conté que en ese viaje me puse a pololear con una niña del colegio Villa Maria. Y le pregunté dónde habían ido ellos de viaje de estudios. Me dijo “nosotros no hacemos viaje de estudios. Hacemos Trabajos de Fábrica”. Escuchaba que ellos se dedicaban a trabajar en las industrias, que se iban a vivir con familias más pobres, mientras yo me iba de viaje de estudios. Ahí yo dije “acá hay algo interesante”. Por primera vez me abrí a lo que podía ser el mundo ignaciano. Por eso siempre le digo al Guatón Pascual que él es el “puntapié inicial” de mi vocación.

Mi interés por el tema social que comenzó en el colegio siguió creciendo en los años de universidad, en esa época estuve metido en varios proyectos entretenidos, desde misiones hasta organización de ayudas sociales. Con la Federación de Estudiantes participé activamente en trabajos de invierno y de verano. Íbamos a lugares de harta pobreza, pero creo que no teníamos un contacto real con la gente, en realidad eran trabajos bien hippies, de mucho copete y a veces hasta droga. Como aporte a la sociedad se había bien poco, la verdad. Era como un reality, pero sin las cámaras: vivíamos dentro de nuestra cuadrilla, y entremedio pintábamos una escuelita, construíamos un par de juegos para los niños (balancines, mesa de ping pong). Pero no conocíamos mayormente a esos niños. Vivíamos en nuestro mundo, dejábamos la escuela pintada, y después nos íbamos todos nosotros amigos y pololeando, de vuelta a la universidad. Se pasaba bien, pero no nos dejaba conformes.

Eso cambió cuando llegó a la Federación una invitación para participar en unos trabajos, que se suponía organizaba el Hogar de Cristo. En realidad era el proyecto 2000 Mediaguas para el Año 2000, que hoy se llama Un Techo para Chile.

Me mandaron a conversar con Felipe Berríos SJ, que estaba organizando esto con alumnos de la Universidad Católica. Pedí una hora con Felipe Berríos y nos vamos a la reunión con él. En 15 minutos me habló del proyecto de las mediaguas. Me explicó de qué se trataba, que era un proyecto hasta el 2000, que querían juntar a varias universidades. Entonces me dice “bueno, tú pediste una hora, quedan 45 minutos. De qué quieres hablar”. Le digo “cuéntame tu vocación”. Yo lo había visto a él, en unos trabajos de la Portales, pero no había relacionado si era jesuita o no, solamente me había caído bien. Y Felipe se pone a hablar y a mí esa conversación me mató. Me quedaron tres cosas guardadas. Yo era amigo de muchos curas, pero encontré que este cura era como nosotros, una persona muy normal. Mientras conversábamos se le escaparon unos garabatos, me contó una historia muy parecida a la mía, entonces me quedé con una sensación de cercanía, de mucha normalidad. Yo era muy mariano. Y este gallo me habló mucho de Jesús. Lo nombró muchas veces en la conversación. Sentí que él estaba muy centrado en Cristo. Y lo tercero es que era muy social: me estaba invitando a construir mediaguas para los más pobres. Era un cura con las patas metidas en el barro. Y eso no lo guardé como Felipe Berríos, sino que me dije “son choros los jesuitas: estos gallos son muy normales, son sociales y centrados en Cristo”. Me fui pensando en eso.

Empecé a sentir una atracción hacia la espiritualidad ignaciana. Todavía no tenía en mi cabeza el ser jesuita, ni se me ocurría. Pero me tincaba conocer esta espiritualidad para vivirla como laico.

No me he salvado”

Nos fuimos a esos trabajos. Me metí en la organización y me tocó ir en la avanzada a conocer los lugares, Lebu y Curanilahue. Eso me siguió cuestionando dónde y por quiénes yo me quería jugar la vida. Porque fuimos a encontrarnos con los más pobres, ahora yo sí tenía relación profunda con la gente, nos metíamos en sus casas. En casas que eran de cartón, yo en el colegio había conocido eso alguna vez, pero acá era profundo. Nos contaban su vida, casas que no tenían suelo, gente que no tenía donde vivir, el barro mismo.

Me acuerdo que estaba en casas de familias y yo decía “esta casa es más chica que mi pieza”. O sea, en el equivalente a mi pieza vivía una familia entera, la familia dentro de una misma cama. Y yo empecé a ver que la vida se tenía que jugar ahí. Yo dije “nosotros tenemos que terminar con la pobreza”.

Vivimos cosas muy duras. Me acuerdo de Segundo Santos Padilla, un señor que vivía arriba de una poza, sólo tenía una cama unas cuantas tablas como paredes y un palo que sujetaba la pieza para que no se derrumbara. Le construimos una casa. Empecé a ver que le podíamos dar una solución concreta a él y a muchos más. La mediagua ciertamente no lo sacaba de la pobreza, pero empezaba a ser algo.

Yo comencé a jugarme la vida en la mediagua. Sentía que estábamos haciendo lo mejor que podíamos, que después haríamos más cosas. Me decía “hoy, como universitarios, estamos haciendo lo mejor que podemos para sacar a la gente de la pobreza, y en conjunto, trabajando con ellos”.

Recuerdo que un día en esos trabajos llovía fuertísimo. Me dio hipotermia, y el señor con el que estábamos construyendo la mediagua me dio su ropa. Me fui con su ropa, de vuelta. Yo daba y el daba. Es que en realidad era en equipo esta cuestión.

Estábamos en Lebu, en mi campamento éramos unos 100 universitarios, de un total de 800 que estábamos entre Lebu y Curanilahue. Fueron con nosotros cuatro estudiantes jesuitas, que vivieron estos días con nosotros, construyendo en medio del barro, tratando de dar esperanza y de sacar adelante a los más pobres.

Uno de ellos estaba en la cuadrilla donde yo era jefe. Me acuerdo que íbamos caminando y yo le digo “oye, ¿cómo te diste cuenta de que Dios te llamaba a ser jesuita?”. Yo tenía 20 años. Y este gallo me dice “mira, yo entré a los 24 años”. Íbamos un grupo grande, y me acuerdo que me tiré un garabato y digo “no me he salvado”. Y él me mira y me dice “la vieja nunca pasa”.

De repente me vi diciendo “no me he salvado” y pensaba “¿no me he salvado de qué?”. A los 20 años, después de haber estado con los jesuitas con las patas metidas en el barro construyendo casas, trabajando con los más pobres, me di cuenta de que nunca me había detenido a pensar si Dios quería que yo fuera cura. Yo les preguntaba a los otros curas si habían sentido del llamado y cómo se daban cuenta, pero nunca me había hecho la pregunta para mí.

Y ahora me dije “compadre, yo tengo 20 y pensaba que ya no me habían llamado, pero pareciera que todavía me pueden llamar”.

Fui a hablar con Rafa, un jesuita que estaba en esa escuela, en la noche. Le dije “cuéntame tu vocación ahora”. Él me dice “Dios me llamaba para entregar la vida en cosas grandes. Yo me quería jugar la vida por los demás. Yo veía a Dios sufriendo en el pobre, y también lo veía alegre en el pobre. Era capaz de ver a Dios en los campamentos. Sentía que tenía que entregar mi vida. Todas las cosas que he recibido son para devolverlas a la sociedad”. Y me empieza a decir esto, y fue como si me pusieran un espejo delante. Y además él era una persona muy de Iglesia. Empecé a sentir que esto podía ser para mí también.

¿COMO LAICO O JESUITA?

Estuve un año y medio conversando con este jesuita. Él me acompañó mucho y yo empecé a sentir que Dios me pedía entregar la vida acá. Ahí empezó el gran discernimiento de la vocación.

En las conversas con Rafa me fui dando cuenta de que la vida religiosa podía ser una posibilidad. Y él me dijo bueno, hay que discernirlo. Fue muy fiel en ese discernimiento, porque yo era súper apurete, entonces quería que esto estuviera solucionado al tiro. Yo llegaba a la conversa y le decía “tengo todo claro”. Y él me decía “no, dale vueltas”. Me iba planteando tema por tema, para no dejar nada sin analizar. El tema de la carrera, el tema de la mujer, el tema de la familia, el trabajo, las renuncias, los costos, si tengo dedos para el piano o no. Siempre me ponía freno y me hacía mirar todos los puntos, para finalmente ver si esto lo veía como un premio, como un servicio, o si realmente era un llamado.

De ese discernimiento yo creo que lo más importante era el tema de la pobreza. Yo veía que mi consagración era para seguir a Dios y entregar la vida, pero para mí era súper importante que los jesuitas estaban centrados en Jesús y que trabajaban con los pobres.

Todo ese tiempo, que fue bien largo, me fui metiendo cada vez con más fuerza en el tema de las mediaguas. Poco a poco lo demás fue perdiendo un poco el sentido y el proyecto de las mediaguas fue ocupando toda mi energía. Me encantaba ir a Infocap, gozaba con el contacto con los trabajadores, en los trabajos de verano y de invierno, en las construcciones los fines de semana.

Con la última polola que había tenido duré bien poco, pero yo había dicho “con ella me voy a casar”. Era una mujer inteligentísima, tenía proyectos, una visión honda de la vida, era bonita, simpática. Cuando terminamos me dije “chuta, quiere decir que la próxima mujer con la que empiece a salir probablemente será con la que me voy a casar”. Por lo tanto, la siguiente vez me lo tenía que tomar con calma y pensarlo mucho… a la larga esa mujer fue la Compañía de Jesús.

Yo quería respuestas rápidas, pero no las conseguía. Entonces buscaba señales por todos lados. Cosas tan tontas como que tiraba papeles al basurero y decía “si entra significa que Dios quiere que yo sea cura”. Me acostaba en la noche y decía “Señor, un sueño. Yo voy a entender. Dame una señal, que yo la voy a entender”. Me acuerdo que un día fui al Santuario de Schoenstatt y miraba a la Virgen, la Mater, y le decía “¡ciérrame un ojo!” Por supuesto estuve una hora y media rezando y no pasó nada. Y me subo al auto y digo “ya Señor. Es la última señal que pido. Voy a prender la radio. Si sale un si, es que si. Si sale un no, es que no”. Prendo la radio y aparece la Laura Pausini cantando una canción que dice que tú tienes que escuchar el silencio del corazón, que el corazón es el que sabe. Y ahí me di cuenta de que no iban a haber señales: Dios quería que yo escuchara la vida diaria.

Mirando todo ese proceso, que fue súper largo, me doy cuenta de que yo nunca dije “si”, ni siquiera para probar qué podía sentir, hasta que llegué al momento de la claridad en el discernimiento. Fue un tiempo muy revuelto, en el que no sentía solamente paz sino que había diferentes mociones, con movimiento espiritual permanentemente. La paz llegó sólo al final. Y así pude identificar que el llamado era a ser sacerdote en la Compañía de Jesús.

Recuerdo que en un momento era tanto el movimiento espiritual, que me agoté y dije “esto se acabó, hasta aquí no más llegamos con la pregunta. Si Dios quiere que siga con esto va a poner el tema nuevamente”. Estuve como dos meses en que no apareció más el tema, luego de un tiempo largo en que todos los días había estado presente.

Justo en esos meses conocí a una niña y me gustaba harto. Parece que yo también a ella. Hasta que un día estábamos coqueteando y ella de repente me dice “Cristián, dame un beso”. Yo le iba a dar el beso y fue como que Dios me agarrara del hombro y me dijera “nosotros tenemos una deuda pendiente, hay una pregunta que no has contestado”. Me vi en esa situación, a punto de empezar una relación con ella, con esa pregunta que no estaba resuelta. No le podía hacer eso a ella, le dije que no, y obviamente ella no entendió nada.

Sentía que así no se podía vivir. Así que retomé el discernimiento, hasta resolverlo en forma definitiva.

Ahí empecé a hacer el discernimiento mucho más serio. La relación que yo tenía con los pobres, lo que yo sentía que Dios me estaba pidiendo cuando iba para allá, lo que me pasaba cuando iba a misa, lo que me había pasado cuando me dijeron que yo estaba invitado a ser un soldado de Cristo, el entregar la vida a Dios y a los demás, ahí se estaba discerniendo la vocación.

Y al poco andar me di cuenta de que todo lo podía hacer como cura o como laico. Estaba el ejemplo de Benito Baranda con la Lorena. Ellos eran un modelo de matrimonio que como laicos hacían todo lo que yo me sentía llamado a hacer.

Entonces dije “bueno, ya sé lo que Dios quiere para mí. Ya no me puedo echar para atrás, sé que la vida se va a entregar y en qué se va a entregar. Ahora la pregunta es cómo: ¿como laico o como jesuita?

Esa fue la última etapa del discernimiento. Me empecé a proyectar. Empecé a ver que cuando me proyectaba como jesuita me sentía pleno y sentía que ahí estaban los grandes desafíos. Y cuando me proyectaba en el matrimonio decía “me encanta el matrimonio, me gustaría casarme”, pero algo me decía que no, sentía que ahí yo no terminaba de realizar lo que Dios me estaba pidiendo a mí. Entonces finalmente, mi opción para entrar a la Compañía fue el decir “este es el mejor lugar donde yo puedo seguir y servir a Dios y a los demás”. Ése es el lugar donde Dios me invita a entregarme, porque ahí es donde mejor lo puedo hacer.

Mi mayor miedo era tomar una decisión equivocada. Me preguntaba qué pasaría si yo entraba a la Compañía y después me daba cuenta de que ése no era el llamado. En realidad me daba miedo fracasar.

Me junté con el jesuita que me acompañaba y le dije “¿es legal entrar con miedo?”. Él me dice “nadie que toma una decisión de este tipo no tiene miedo. Todas las personas que se casan tienen miedo, todas las personas que entran a cura tienen algún miedo. Son distintos los miedos, ¿cuál es el tuyo?”.

Le dije mi miedo es a equivocarme. Me dijo “bueno, es legal entrar con ese miedo. Quiere decir que le estás tomando el peso a lo que estás haciendo”.

Ahí yo me dije “ya no me quedan preguntas”. Y sentí una paz enorme, una paz gigante. Estuve como tres semanas gozando de esa paz honda y profunda, y todavía no decía que sí, pero sabía que iba a decirlo.

Sentía que por fin se calmaban las aguas. Había certeza y disfrutaba de eso. Hace un tiempo yo había empezado a ir a misa todos los días, con la Caro, mi hermana. Era una misa cerca de mi casa, con un sacerdote diocesano, el padre Jaime Tocornal.

Él un día dice en una prédica: “no vaya a ser que un día miremos para atrás y digamos siempre quise hacer tal cosa, y nunca la hice”. Y yo dije “chuta, estoy disfrutando esta paz pero todavía no me decido a meterme a la Compañía. No vaya a ser que yo después no lo haga y me arrepienta para siempre”. Mi hermana me dijo “Cristián, si tú vez que tienes vocación de cura y no te metes, vas a ser un cura frustrado toda tu vida”.

Al día siguiente fui de nuevo a misa. En la prédica empecé a pensar que el padre Hurtado quería entrar a la Compañía pero no podía, porque su mamá no tenía dónde vivir. Pero lo único que quería era ser jesuita. Tuvo que esperar a terminar de arreglar la situación de su mamá para poder entrar. Y me di cuenta de que yo tenía todo en orden. Era lejos el semestre en que mejor me había ido en la universidad. Estaba muy bien con mis amigos, con la familia. También me iba bien con las mujeres. Estaba contento y muy en paz. Entonces me dije “éste es el minuto”. Pensaba qué pasaría si hubiese un problema en mi familia, que una de mis hermanas tuviese accidente o pasara algo malo, cómo yo podría ir donde mi mamá a decirle “yo me voy de cura”.

Agaché la cabeza, miré al crucifijo de la iglesia, y le dije “SI”. Decidí entrar a la Compañía. Llegué a mi casa, le conté a la Caro, llamé al Rafa, mi amigo jesuita, y le dije “quiero entrar a la Compañía”.

En general las postulaciones a la Compañía de Jesús son en el verano, pero yo postulé cuando sentí que Dios me llamaba, a fines de Noviembre. El 4 de diciembre fue a la entrevista con el Provincial de esa época, Juan Díaz SJ. Le conté toda mi vida, por qué yo sentía que quería ser jesuita, y él me dijo “te permito postular a la Compañía de Jesús”.

Ese día les conté a mis papás. Ellos no tenían idea de nada. Les dije que si me aceptaban yo iba a entrar en marzo. Estaban en la cama, me acuerdo de que se tomaron de la mano y me escuchaban. Yo ya estaba terminando el tercer año de la carrera, y pensaba que mi papá me iba a pedir que terminara Ingeniería Comercial antes de entrar al Noviciado.

Pero me adelanté a eso y le dije que iba a congelar, por si después de entrar la Compañía me pedía que terminara la carrera. Para mí la opción era definitiva, para toda la vida, y era ahora el momento de entrar.

Pero ellos me apoyaron de inmediato. Mi papá dijo: Si eso es lo que quieres y ves que eso es lo que quieres Dios, nosotros te apoyamos. Obviamente al principio les costó que yo me fuera de la casa, pero se cuadraron conmigo… y con Dios.

Siguió todo el proceso de postulación, y entré a la Compañía el 21 de marzo de 1999.

ÉSTE ES EL LUGAR

Yo entré a la Compañía conociendo a muy pocos jesuitas. La visión que yo tenía de ellos era la que conocí trabajando en las mediaguas, y lo que me había contado el Guatón Pascual. Entonces entré muy convencido, pero al mismo tiempo bien perdido en lo que es la espiritualidad ignaciana más concretamente.

Sólo había hecho ejercicios espirituales de 3 días. Por eso, aunque ya estaba aceptado en la Compañía, me invitaron a ir a la jornada vocacional en enero, para que pudiera tener ocho días de ejercicios. La verdad es que esos fueron ocho días de buen retiro solamente, considerando que yo ya estaba aceptado y gozando de la paz que sentía. Es decir, entré a la Compañía prácticamente sin base de ejercicios espirituales. Entré, simplemente, sabiendo que iba a entregar la vida.

Invité a muchas personas el día de mi ingreso al Noviciado. Fueron muchos familiares y amigos. Yo quería celebrar con ellos y dar la señal de que esto era para siempre.

Mi sensación es que pese a todo ese entusiasmo, cuando entré a la Compañía todavía no me terminaba de convertir. Por ejemplo, aunque es evidente que uno no puede llevar cosas de valor ni menos artículos electrónicos, teléfonos y ese tipo de cosas, yo me llevé escondida en la parka una tele chica, porque no me quería perder los partidos de la Católica y de Chile. Yo juraba que iba a poder ir a ver los partidos escondido.

El día de entrada llegó Felipe Berríos a vernos en la noche. Me llevó una mediagua de cartón en miniatura de regalo. Y me dice “Cristián, las dos patas dentro del bote. Todo por Cristo”. Dice eso, y yo me digo “¡yo no tengo las dos patas adentro del bote! ¡tengo una tele escondida!”. Al día siguiente fui donde el Maestro de Novicios y le dije “toma, había traído esto”. Siento que recién ahí yo entré a la Compañía. El 22 de marzo, al día siguiente de la entrada oficial.

Hubo cosas que me costó ir aprendiendo. Teníamos que rezar todas las mañanas. Mis compañeros rezaban cuarenta minutos, y yo el primer día llegué a la capilla, me hinqué, recé un padrenuestro, dije “gracias Señor por estar aquí, qué rico entrar a la Compañía, esto es un regalo…” un avemaría, me persigné y se acabó la oración. Y miraba para el lado, y los otros rezando, tenían cuadernos y anotaban, miraban a Dios con una piedad gigante… y yo me preguntaba “¿pero qué más se puede rezar”?.

Me acuerdo que me fui a la cocina y había un Novicio que estaba haciendo el desayuno. Me dice “tranquilo, esto toma su tiempo, ya vas a aprender a rezar más largo”. Y claro, en la Compañía yo he aprendido otra forma de rezar.

El primer tiempo se estudia mucho sobre la espiritualidad ignaciana y la Compañía de Jesús: las constituciones, el significado de los votos. Y a mí me gustó mucho ese primer tiempo, porque me permitía ponerle nombre a cosas que yo había vivido, a las razones por las cuales entré a la Compañía.

Me dije “ciertamente éste es mi lugar en el mundo”. Sentí que era una pieza de un puzle que cabía justo en ese lugar. Sentí que esto es para mí, que éste es mi lugar. Nunca he vuelto a tener dudas de mi vocación a la Compañía. He tenido crisis, momentos difíciles, pero para mí ciertamente éste es mi lugar en el mundo. Y eso lo sentí en esas primeras tres semanas que se viven en el Noviciado. Yo decía “le achunté, éste es el lugar”.

El momento clave del noviciado es el Mes de Ejercicios Espirituales. Para mí la vida se divide entre antes y después de ese mes. Ahí conocí a Dios Padre y una veta de Jesús nueva: un Rey pobre y humillado. Yo me enamoré de ese Cristo pobre y humillado. Me cuajó la espiritualidad ignaciana y cambió completamente mi vida de fe.

Los sábados visitábamos la cárcel de Melipilla. Y ese apostolado fue súper marcador para mí, porque ahí teníamos muy poco que ofrecer. Uno no puede solucionarle el problema a un preso. Además, uno no está de acuerdo con las cosas que ellos habían hecho. Sin embargo me hice amigo de varios presos. Me encontré varias veces con algunos de ellos en libertad, y luego me tocó verlos nuevamente en la cárcel. Es fuerte que un gallo te diga “maté a un cabro chico” y sentir que esa persona también necesita ser escuchada. El asesino, el ladrón también necesitan la palabra de Dios, que alguien lo escuche con cariño. Acompañar a los presos en Melipilla fue experimentar eso: que a todos uno les puede pasar oreja y entregar cariño.

El otro apostolado era lejos de Melipilla: los viernes y sábados en la tarde íbamos cuatro Novicios al puerto de San Antonio, a trabajar con los jóvenes de una parroquia. A mí me marcó esa experiencia porque San Antonio tiene muchos vagos, gente que vive en la calle. Me hice amigo de varios. El Vitoco por ejemplo, pasaba por etapas. A veces andaba curado todo el tiempo, después se recuperaba y vendía parches curita en la calle. La amistad con él y con otros vagos tenía el mismo sentido que la amistad que fui generando con algunos presos. Yo no tenía cómo solucionarles sus problemas. Sólo tenía que escucharlos, acompañarlos.

Esas personas me marcaron la vida en el Noviciado, junto con las experiencias propias de esta etapa de formación. Además del Mes de Ejercicios, me impactó profundamente el Mes de Peregrinación. Me tocó partir esta vez yo como vago, y hacerme amigo de los vagos reales, pero ahora compartiendo su vida. Durante un mes nos fuimos con lo puesto, sin plata y sin poder decir quiénes éramos, buscando un trabajo para sobrevivir. Dependíamos de que otro nos diera alimento y alojamiento.

Pasamos un tiempo duro en el que no nos daban nada. Por varios días nos pasó que el único alimento era un pan y algo de agua. Dormimos en la calle, bajo puentes, en casa abandonadas. Sentimos el frío y también que no nos pescaban. Yo decía “si Dios está con nosotros nos va a dar alojamiento pronto, nos va a solucionar este problema”.

Fue súper potente un día en que íbamos caminando hacia un pueblo donde nos habían dicho que íbamos a conseguir alojamiento y de repente sentí profundamente, en el alma, que Jesús iba caminando con nosotros. Desde ese minuto me dio lo mismo que no nos dieran alojamiento. Lo importante era que Dios iba con nosotros. Dios no me tenía que solucionar el problema, tenía que vivirlo conmigo. Él no va a hacer magia, sino que camina conmigo. Le decía a mi compañero: “Jano, Dios va con nosotros y no me importa nada más que eso”.

Por supuesto que no nos pescaron en varios pueblos, hasta que llegamos a una iglesia en Parral. Ahí tuve una experiencia que jamás había tenido en la vida: entré a esa iglesia como pobre. No tenía nada, la gente me rechazaba, me esquivaba en la calle porque ya andábamos hediondos, cochinos. Parecíamos peligrosos entonces la gente nos iba esquivando. En esa condición, sin tener nada que ofrecer, en una condición de pobre, entro a esa iglesia y veo a Jesús en la cruz. Y por primera vez yo entendí esto de que Jesús se identifica con nosotros. Dije “tú me entiendes, estamos en las misas. Tú en la cruz, y yo en esta otra cruz”. Y me puse a llorar. Estuve dos horas llorando debajo de esa cruz.

Hice los votos el 25 de marzo del 2001. Yo diría que en realidad todo ya se había jugado cuando entré al Noviciado. Entonces los votos eran ponerle un timbre a algo que ya estaba definido para toda la vida. Tiene mucho sentido el decir “esto es para siempre”. Y en los votos hay alguien que dice “yo también te firmo que esto es para siempre”.

Luego viene el Juniorado. Nos toca estudiar Filosofía y me mandaron como apostolado a trabajar al San Ignacio El Bosque. Fue muy bonito aprender a enseñarles y a compartir con los más chicos. Me tocó trabajar con los cuartos básicos (que hoy día están en cuarto medio). Tuve que prepararlos para la Primera Comunión y acompañarlos en el Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ). Además acompañé a una comunidad de CVX.

Con los niños yo sentía una responsabilidad súper grande, porque estábamos construyendo la fe de esos niños para el futuro, la imagen de Dios que iban a tener en su vida. Me parecía muy bonito ese trabajo y gocé enseñándoles a los niños quién es Dios.

Y al terminar el Juniorado, cuando nos cambiamos a la comunidad de Barroso para estudiar Filosofía, me destinaron a trabajar a la Parroquia Santa Cruz. Ese es de los destinos más bonitos que me han dado en la Compañía.

Estuve tres años. La Parroquia queda en la Población Los Nogales, en Estación Central. Ahí conocí gente maravillosa. Conocí familias que se sacan la mugre para luchar por sus hijos, sacarlos adelante. Gente que pelea contra la violencia en las calles, contra la droga. Me tocó ver chicos que hacen el bien, en medio de una situación que ha veces es muy difícil.

Acompañé a los grupos de Confirmación, trabajando con los jóvenes, y también conocí muchos adultos. Gente muy noble, buena y sencilla.

Ellos me ayudaron mucho en la vocación: no dejaban que me creyera el cuento y me trataban como uno más. Eso me hizo mucho bien en mi formación como cura. Me sacaban el jugo y me corregían. Compartíamos mucho la vida, las celebraciones, las misas. Fuimos a misiones hicimos talleres, jugamos fútbol. Realmente fui feliz en esos años e hice muy buenos amigos. Siempre estaré agradecido de mi paso por la Santa Cruz. El mundo parroquial te enseña a conocer a Dios desde la vida concreta.

Jesuita y comunicador

Mientras estaba trabajando ahí, al final del primer año, terminé los estudios de Filosofía. En esa etapa, algunos jesuitas continúan los estudios para sacar una licencia en Filosofía, y algunos pueden terminar la carrera que hubiesen dejado congelada antes de entrar a la Compañía. Yo podría haber terminado Ingeniería Comercial, pero pedí estudiar Comunicaciones, y la Compañía me destinó a eso.

Es que no me veía terminando Ingeniería Comercial. Siempre había querido estudiar publicidad y eso me gustaba mucho. A mi el mundo de las comunicaciones, publicitario, más cercano al periodismo siempre me atrajo mucho. Empecé a ver que la Iglesia y la Compañía de Jesús necesitan mucho trabajo de comunicaciones. Yo veía que esto era algo que me gustaba, y que además era necesario en la Iglesia y la Compañía. Entonces me podía ofrecer para estudiar eso, y todo calzaba. Y además, en el Proyecto Apostólico de la Compañía justo había aparecido un ítem donde hablaba de formar a los jesuitas en comunicaciones. Entonces era perfecto.

El Provincial me mandó a averiguar cómo era la carrera. Duraba cinco años, y me podían convalidar los dos primeros del Bachillerato por los dos que había hecho de Filosofía. Me quedaban 3 años de la Licencia de Comunicaciones, y yo los condensé en dos años. Así saqué una Licenciatura en Comunicación Estratégica en la Universidad Alberto Hurtado.

Por supuesto que en esos dos años estudié a full. Tenía muchos ramos por semestre, práctica, tesis, todo junto. Pero me sentía como pez en el agua, gocé profundamente. Y además sentía que estaba haciendo algo que era para servir a otros.

Ese tiempo fue maravilloso, porque además de estudiar algo que me apasiona, seguía trabajando en la Parroquia. Pero yo me embalé tanto, que también me desordené. Yo estaba yendo a la Parroquia prácticamente cinco días (cuando en realidad me correspondía ir dos), estaba estudiando una carrera que había apretado y por lo tanto tenía mucha exigencia académica. Como además me gustaba, yo llegaba de la Parroquia, me ponía a trabajar, y me pasaba muchas noches trabajando, noches enteras. La gente de mi comunidad se empezó a preocupar porque obviamente si uno estuvo trabajando toda una noche, al día siguiente en la mañana no rezas nada. En la misa estaba con cara de dormido, estaba bajando el ritmo de oración, entonces fue un momento bien complejo. Yo decía, estoy haciendo cosas propias de nuestra misión, sacándome la mugre en la parroquia y los estudios a los que me destinaron. Pero la vida religiosa no es solamente eso. Tú tienes que cuidar la vida comunitaria, la oración, tu relación con Dios. Y eso estaba decayendo. Y sin embargo yo me decía que estaba haciendo cosas buenas.

Gracias a Dios mis compañeros y superiores insistieron. En los Ejercicios Espirituales del verano sentí que debía escuchar lo que la comunidad me decía y lo que me pedía Dios. Vi con claridad que debía ordenar la vida.

Mis superiores, el director espiritual y mi comunidad me apoyaron mucho. Eso para mí fue súper importante: sentir que estaba haciendo cosas buenas, pero tenía que hacerlas ordenadas. Entonces seguí haciendo lo mismo, pero le empecé a dar espacios a la oración, a tener misas de calidad, espacios de cuidar la vida comunitaria.

Esta ha sido una experiencia bien potente, que confirma la importancia de la comunidad para los jesuitas. Ellos pusieron las alertas al principio y luego me ayudaron a cumplir el plan que me propuse, evitando quedarme trabajando hasta tarde, cumpliendo mis horarios en la parroquia y estudiando las horas que debía. No es que estuvieran encima de mí, pero me ayudaban a ser responsable con lo que yo había dicho. Me escucharon y me acompañaron. Fue un cambio gradual y ellos me animaban a ser fiel a lo que yo sentía que era el llamado de Dios.

En definitiva esos fueron dos años intensos, pero de gran crecimiento en lo profesional y espiritual. Agradezco esos estudios, porque en todos los trabajos que he tenido después de muy terminar la carrera he usado mucho la formación en comunicaciones.

Para mí ese ámbito engancha en un 100% con lo que es ser cristiano y jesuita. Nosotros tenemos que comunicar a Cristo y nuestra misión de fe y justicia, y me ha gustado mucho ayudar en esto y aportar a que nuestras obras y la Compañía puedan comunicarse mejor con la comunidad.

No sé si una vez que termine la Teología me van a enviar a profundizar en el área comunicacional, o si más bien seguiré en el ámbito de la Teología. Pero para mí son temas que van de la mano: mi trabajo como cura será comunicar lo que estoy estudiando ahora, en Teología.

El siguiente destino, en la etapa de Magisterio, también fue maravilloso: el colegio San Mateo de Osorno.

Llegué al colegio y de inmediato la sensación que me transmitieron todos, profesores, auxiliares y alumnos, fue “qué rico que te vienes a trabajar con nosotros”. Fue una bienvenida desde el primer día, estoy muy agradecido de esa acogida.

Me tocó trabajar principalmente en la básica, como capellán de kinder a octavo. Fui profesor jefe de un curso desde séptimo a octavo, Capellán de los Scout, el Mej y los Amiguitos de Jesús. También acompañaba a una comunidad de CVX y asesoraba al encargado de comunicaciones del colegio. Entonces todo el día tenía pega y estaba volcado en la misión. En cada uno de los ámbitos donde me tocó aportar pude crecer mucho.

En la comunidad jesuita éramos cinco en ese momento: los únicos cinco jesuitas de la ciudad. Ser una comunidad chica ayuda mucho, en ella me sentí muy acogido, formado, acompañado. Eso se agradece mucho. Otra alegría grande fue que me tocó ser compañero de Magisterio con uno de mis mejores amigos, Juan Pablo Moyano SJ.

El mayor desafío era la pega de ser profesor jefe, que implicaba ayudar a formarse como hombres para los demás a un grupo de más de treinta alumnos. Estoy súper agradecido de ese curso, con algunos de ellos sigo manteniendo contacto. Ellos me ayudaron a crecer como jesuita y yo los formaba, desafiándolos a ser buenos alumnos hoy día, y buenos hombres en el futuro.

Trabajar con los apoderados también era un gran desafío, darles consejos para los hijos y en su misión de ser papás. Ellos me cuidaban, algunos me invitaban al estadio o a comer. La relación con ese curso fue súper rica.

Ser capellán fue un aprendizaje importante de mi Magisterio. Los Scout, el Mej y ser capellán de la básica me fue exigiendo aprender a acompañar a otro, siendo testigo de su camino y apoyándolo, sin necesariamente decirle qué tiene que hacer.

Imagínate lo que es hacer liturgias con los pre kinder. Ahí sí que estábamos entregando la semillita de la fe desde el principio. Yo gozaba con esos enanos que participaban, cantaban, se entusiasmaban y tenían unas respuestas encantadoras.

Aparte de los alumnos y la comunidad de CVX, estoy muy agradecido de la amistad que pude formar con varias familias del colegio y profesores de Osorno. Pude hacer amigos de verdad, de esos con los que uno habla las cosas “pan pan, vino vino”.

Los profesores me enseñaron a hacer esa pega. Yo nunca había sido profesor jefe y les pedí ayuda. Conocí gente santa en el colegio, gente que realmente se juega la vida. Ellos me formaron muchísimo.

El trabajo como asesor del encargado de comunicaciones también fue importante. Estábamos a cargo de la campaña de admisión del colegio, por lo que hacíamos campaña en la radio, el diario, en las calles, etc. Aquí no me tocaba comunicar a Jesús directamente, pero estábamos invitando a formarse como cristianos y cristianas que quieren salir a servir a la sociedad. Si uno cree en la misión del colegio, es muy bueno poder invitar a otros a sumarse a ella, los estudios de comunicación valían la pena.

La verdad es que fue un tiempo bien maravilloso el Magisterio. Completo y pleno en todo sentido. Aunque lo disfruté mucho, igual obviamente tenía ganas de pasar a la etapa que sigue y acercarse ya en forma más clara al momento de la ordenación sacerdotal.

MÁS CERCA DEL SACERDOCIO

Se acaba el Magisterio y me mandan ahora a estudiar Teología. Llegué el año pasado a Teologado San José, en Santiago. Confieso que no me fue fácil volver a los libros. Una cosa es haber estudiado Filosofía, que implicaba aprender a pensar distinto. Pero ahora, después de haber estado trabajando mucho por dos años y de haber estudiado comunicaciones, que es otro tipo de estudios mucho más práctico, me tocaba a los treinta años a sentarme a leer textos difíciles y profundos. No fue nada fácil, la verdad, empezar de nuevo a pensar en la prueba y el informe. Pero me gusta mucho el tema que estamos estudiando. Piensa el lujo que significa estudiar a Jesús y a la Iglesia. Le estás poniendo nombre a nuestra fe. Además en la Facultad uno puede cuestionar las cosas. Si yo quiero dar razón de mi fe, si yo quiero que otros se sumen al proyecto de Jesús, que reciban esta noticia, tú tienes que darle vueltas a esa noticia. Poder conversarla, cuestionarla, darle vueltas, pensarla, es un lujo gigante. Es el lujo de poder prepararse para ayudar a otros a decir a Dios, a nombrar a Jesús.

Otra cosa que me encanta de esta Facultad es que tienes compañeros de otras congregaciones. Tengo amigas monjas, me he encontrado con gente de los Sagrados Corazones, con Deonianos, con Schoenstattianos, con laicos… es un compartir con la Iglesia grande en los estudios que me enriquece mucho.

Mi actual trabajo apostólico es en la Universidad Alberto Hurtado. Es un apostolado bien bonito y exigente. Estoy en el Centro Universitario Ignaciano, acompañando a gente que por la etapa de estudios en que está, tiene buenas preguntas, cuestionamientos muy profundos. Es gente que sueña, que está en la etapa de plantearse la vida y tener grandes proyectos. Es súper desafiante y me gusta mucho acompañar a ese grupo.

Como centro tenemos una misión importante: transmitir la espiritualidad ignaciana al resto de la Universidad, que es bien plural y donde caben los distintos pensamientos y creencias. Intentar hacer un aporte dialogante es interesante.

Me gusta mucho que en esta etapa de mis estudios me hayan enviado a esa misión que exige harto de mí. Me toca acompañar comunidades y personas, he podido por primera vez dar ejercicios espirituales de ocho días. La parte ministerial ha sido bien potente, y eso se acerca un poco a lo que será mi vida sacerdotal.

Yo ya había dado un primer paso durante el magisterio, cuando pedí al Provincial los ministerios laicales (lectorado y acolitado). Uno se hace Ministro permanente de Comunión, puedes dirigir y anunciar la palabra de Dios en las liturgias. En el Magisterio me dediqué mucho a hacer liturgias, a dar la comunión y preparar prédicas sobre la palabra de Dios. Eso además de gustarme mucho, me fue acercando a la vida sacerdotal. Dar la comunión y hacer acompañamiento espiritual es algo impagable, ser testigo y ayudar a otro a ser fiel a los llamados que Dios les va haciendo. Es parte fundamental de nuestra vocación.

Ahora me queda un año más para terminar la Teología, y luego tendremos que ver con los Superiores si parto afuera a estudiar algo más, o si ya viene la ordenación. Eso es algo que se está discerniendo. Por mí me ordenaría mañana, pero creo que hay que ver con la voluntad de Dios y de la Compañía cuándo es el momento.

Mirando hacia atrás, en mi vida en la Compañía nunca he tenido dudas de que ésta sea mi vocación. Incluso en momentos difíciles mi oración al Señor es pidiendo que no me quite mi vocación, porque me siento llamado por El a servirlo aquí.

Para mí la clave es entregar la vida. A eso me siento invitado por Dios. Una vez le preguntaron a un santo qué haría si supiera que va a morir en unas horas más. Él dijo “seguiría haciendo lo mismo”. Siento que para dar esa respuesta tienes que estar muy tranquilo con lo que estás haciendo en la vida. No significa no tener conflictos, sino que estar constantemente examinando si estás haciendo la voluntad de Dios y lo mejor que puedes como persona. Y yo eso lo tengo como una de mis formas examinar la vida.

Todas las noches me pregunto “¿hoy me puedo morir tranquilo?” es decir, ¿he amado todo lo que he podido en el día? Si descubro en la noche que a alguien no le hice el bien, yo voy a ir a pedirle disculpas a esa persona y a tratar de mejorar esa situación. Vivo tratando de decir cada día que puedo morir tranquilo, porque vivo buscando la voluntad de Dios, porque estoy haciendo lo que creo que es mejor para los demás.

Espero llegar algún día donde Dios, abrir mi corazón y entregar un montón de nombres solamente. Esa es la meta.

Para mí el mejor lugar para lograr eso es aquí, en la Compañía. Nuestra forma de seguir a Jesús permite que yo realice la invitación que Él me va haciendo. Ser jesuita me permite entregarme en un 100% a Dios. Yo estoy disponible para lo que Él quiera. Cuando he descubierto que me falta disponibilidad he trabajado con el apoyo de la Compañía para crecer en libertad: debo estar para lo que se necesite.

Nuestra espiritualidad está muy metida en la vida concreta de las personas. Yo descubrí el llamado en medio de los pobres, en medio de la vida cotidiana y de las exigencias del mundo. La Compañía me permite estar trabajando ahí. Puedo estar trabajando un día en un campamento con los más pobres, ahora estoy trabajando en la universidad, otro día puede ser en un colegio. Pero siempre la Compañía me va a tener donde las papas queman, donde la vida se está jugando en serio. Donde la gente se está jugando su vida.

Pero esto no es una ONG o jugarse solamente por la justicia social. Acá estamos trabajando desde Cristo, y eso es muy diferente. Pase por una crisis cuando, tratando de hacer las cosas bien, no he dejado el espacio para que Dios entre en la vida a través de la oración.

Tengo la certeza absoluta, desde el alma y desde la razón, de que soy creado por Dios para amar, servir, entregarme a Él y a los demás. Ese el principio y fundamento de Ignacio de Loyola, que yo hago propio también. Desde ahí no cabe hacer las cosas desde un lugar que no sea Dios. Siento que en la Compañía puedo entregarme a eso por completo.

Cuando digo “éste es mi lugar en el mundo”, o en los momentos de crisis, cuando le digo a Dios “no me quites esto”, cuando tengo que decir que éste es el mejor lugar donde puedo servir a Dios y a los demás, es para estar agradecido. No todo el mundo puede encontrar su lugar, el camino dónde seguir viviendo la vida.

Dios me invita, yo lo asumo y he sido profundamente feliz. ¡Cómo no estar agradecido de eso!

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