Quiero recibir el boletín>>

Diego Benítez SJ:
“QUIERO VIVIR ENTREGÁNDOME A LOS DEMÁS”

versión para imprimir / Versión PDF

DE PICHINGAL A SANTIAGO

Soy del campo, de un pueblito que se llama Pichingal, cerca de Curicó. Vine a nacer en Santiago, hace 32 años, a cambio de unos pavos. Con eso mis papás pagaron en la clínica a los doctores.

Crecí en el campo: tenía mis chacras, jugaba a sembrar y a cultivar la tierra. Mis primeros recuerdos son haber tenido una pala antigua al hombro y salir con los trabajadores de la parcela. Ellos me daban pan con ají, se sentían culpables de darle algo que era como para grandes a un niño tan chico.

Hasta 1987 viví ahí, y lógicamente eso marcó mucho la forma en que veo y enfrento la vida. Yo diría que desde allá me sacó el Señor.

Mi familia es parte fundamental de mi historia. Mis papás se fueron a vivir a Pichingal porque mi mamá heredó una parcela de 8 hectáreas. Cuando se casó con mi papá decidieron irse a vivir allá. Mi papá es sordo y no tenía sus estudios universitarios terminados. Eso ha tenido muchos beneficios para él y la familia, pero económicamente todo dependió sobre todo de mi mamá. Entonces los pesos siempre costaban y eran escasos.

Ellos mismos construyeron nuestra casa, transformando una bodega que había en la parcela con sus propias manos. Mientras iban naciendo los hijos, la casa se iba arreglando y agrandando. En la historia de mis papás hay mucho esfuerzo y generosidad, y eso es algo que claramente ha marcado mi vida.

Mi papá trabajaba ayudando en la administración y en algunos trabajos de mantención de fundos cercanos. Mi mamá es profesora, trabajaba en el colegio Alianza Francesa de Curicó como parvularia y profesora de francés. En ese colegio estudiamos nosotros. Somos seis hermanos, yo soy el segundo.

Yo fui un niño más bien solitario. No había vecinos cerca, y por lo tanto no había mucha más gente con quien jugar. Eso me marcó bastante. Vivía inventando cosas, haciendo casas en los árboles, más grande imaginando cómo construir un helicóptero, cómo ponerle un motor a mi bicicleta. Me imaginaba muchas cosas.

Siempre miraba las montañas, pensando qué habría más allá, tratando de descubrir de dónde venía el río que estaba al lado de mi casa, contemplándolas cuando amanecían completamente nevadas. Más grande me iba a encontrar con esos y otros cerros que se convirtieron en algo fundamental en mi vida.

El contacto con la naturaleza me marcó de muchas maneras. No sólo en mis juegos y fantasías de niño, sino que también en sus dinámicas y su lado peligroso. El terremoto de 1985 me impactó fuertemente. Era bien impresionante ver el temblor en perspectiva, en el campo. Los potreros parecían alfombras, cuando uno las sacude.

En la parcela hay unos árboles muy grandes, que están sobre la casa. A veces caían los ganchos de esos árboles, era bastante peligroso, si caía sobre alguien lo podía matar. Todas esas cosas me condicionaron: había harto de miedo en mi vida de niño. En las noches a veces me sentía asustado. No teníamos vecinos muy cercanos, y entonces no había mucho a quién acudir si alguna vez mis papás salían.

Quizás por eso mi primera experiencia de fe estaba ligada a encomendarme en las noches para que la rama del árbol no caiga con el viento, y que mañana yo amanezca vivo. Era una fe inicial en un Dios que garantizaba que yo al día siguiente tuviera vida.

Al ir llegando los hermanos, ellos se convirtieron en mis compañeros de juego. Yo siempre cumplí un rol de hermano mayor, quizás porque mi hermana mayor se desentendió del cargo rápidamente. Ella ha sido una persona muy importante en mi vida, y fue un referente. Yo la seguía en todo lo que hacía cuando éramos más chicos. Hoy es una gran artista, vive en Nueva York y viaja por el mundo con sus instalaciones.

Entonces yo era el hermano que dejaba los juguetes ordenados, que se levantaba a la hora, que se preocupaba siempre de agradar a la mamá. Y mi hermano que me seguía era, y lo digo con cariño, la oveja negra de la familia. Yo siempre intentaba enrielar a esta oveja, pero con mucho combo y patada. Eso sí nunca en la cara, la cara era sagrada. Corríamos por los potreros tirándonos corontas de choclo y aplicando “torturas”.

Hacíamos partidos de fútbol uno contra uno, era el campeonato por el mejor de la casa. Imagínate lo que uno puede llegar a hacer cuando sólo hay unos pocos hermanos para entretenerse. Los hermanos eran todo el mundo, porque además los papás llegaban tarde en la noche, después de un día de trabajo. Por lo mismo, la nana, la María Inés, fue una persona muy importante en nuestra infancia. Jugábamos y nos peleábamos ante la mirada de ella, y después en la noche mi mamá llegaba a impartir justicia.

Desde 1987 nos cambiamos a vivir a una casita en Curicó, donde nos quedábamos de lunes a viernes para no tener que viajar tanto al colegio. Los fines de semana volvíamos bastante ansiosos a Pichingal, porque estábamos bien apretados.

En ese tiempo yo pasaba gran parte del día en el colegio con mis compañeros y compañeras. Tuve buenos amigos y buena relación con las mujeres.

Tuve una adolescencia como cualquier otro en esa época, y hacía las mismas cosas que los demás. Me encerraba en la pieza con un amigo a fumar escondido y a escuchar música, Sinead O’Connor…

Cuando empezó la etapa de la discoteque hubo una especie de crisis, porque implicaba tener que elegir entre volver a Pichingal el fin de semana o quedarme en la casa de Curicó para ir a la discoteque los sábados. Yo casi siempre optaba por Pichingal. Sentía que no podía comparar la belleza, la tranquilidad, el sol, el río, ese lugar tan lindo, con la música estridente, el humo, y las situaciones incómodas, como sacar a bailar a una chiquilla y que te diga que no. Además había que pagar la entrada, y a mí me cargaba pedirles plata a mis papás. Siempre quise ser lo más autónomo posible. Eso implicó que me fuera saltando un poco, o más bien postergando la vida de adolescente.

El ambiente en el colegio era muy tradicional. Estábamos en plena época de la dictadura, y en ese colegio estudiaban las familias de los fundos de la zona. Era un ambiente muy pinochetista, no existía disidencia, quizás porque vivíamos en un mundo donde no conocíamos otra realidad. Recién en 1992, cuando llegaron de visita algunos parientes que vivieron en Europa, vimos otra cara de la historia.

Varios tíos que vivían en Francia y en Italia nos visitaron en Pichingal. Ellos me abrieron a una mirada nueva del mundo. Andrew, un inglés, ejerció mucha influencia en mí. Es un hombre muy aventurero, con una experiencia de vida impresionante. Con él subí por primera vez a uno de los cerros que estaban cerca de mi casa. Me encontré con robles, coigües, arañas… yo me preguntaba cómo viviendo ahí no había visto toda esa maravilla hasta ese momento. Despertó en mí una pasión por la montaña que me iba a acompañar para siempre. Tenía unos doce años.

A los catorce tuve una experiencia que me conectó muy fuertemente con Dios. Hasta ese momento de mi historia no había una presencia explícita de Dios en mi vida, excepto los rezos en la noche con mi mamá, ir a misa a contrapelo y esa oración nocturna para ahuyentar los miedos.

Me fui 5 días a Vilches, a la cordillera, con un primo. Estábamos en un lugar que se llama la Laguna del Alto, una laguna pequeña rodeada de cerros donde uno se siente muy apartado del mundo. Desde ahí hicimos varios cerritos, que estaban alrededor. En medio de eso, una tarde tuve una experiencia que fue como una epifanía. Mi amigo se aleja, se empieza a oscurecer, yo no andaba con ningún equipamiento, andaba con unos zapatos que estaban rotos y los había cosido con un alambre que encontré en el camino, se me salían los dedos. Estaba en una parte media difícil y me empecé a resbalar en las piedras. Abajo había un desfiladero grande. La sensación fue de tener mucho miedo y por primera vez me planteo la pregunta “¿aquí qué pasa si yo me caigo y quedo en el fondo del barranco?” Tiritando de miedo, pero haciendo igual ese razonamiento.

Por primera vez considero esto de la vida eterna. Y entonces empecé a mirar el barranco y digo “bueno, si me caigo, sigo viviendo, vida eterna, Dios me resucita”. Ese pensamiento fue tan fuerte que inmediatamente me empecé a tranquilizar. Pero era una tranquilidad como cuando te acurrucan, cuando alguien está contigo, no es una tranquilidad que te de una reflexión simplemente. Sino que yo empecé a sentir que aquí había alguien más, en ese momento.

Pude bajar tranquilamente, me demoré cuidando los pasos. Logré llegar abajo y después llegó mi primo. Los tres días que siguieron esto me dejó marcando ocupado. Las conversas que tuve con mi primo fueron relacionadas con Dios, con la Iglesia, con el estilo de vida cristiano. Mi primo era un interlocutor que me discutía, venía llegando de Francia y no estaba ni ahí con la religión.

Esta experiencia pude recogerla más adelante, como un hecho importante que implicó de alguna manera mi bautismo, mi primer encuentro con el Señor. Con un Dios vivo, que actúa en la vida, que no es un raciocinio, sino que está presente y te sale a socorrer. Me conectaba con ese Dios de la niñez, que me tranquilizaba en las noches haciéndome sentir seguro. Era para mí la imagen del Padre.

A partir de ese momento hubo un primer cambio de rumbo, una primera conexión más cercana con Dios en mi vida. Pero por ahora todo seguía cotidianamente, la rutina del colegio, la vida en la familia. Ese año estaba en segundo medio, mi vida se empezó a volver un poco más activa y empecé a optar más por la discoteque que por Pichingal.

La relación con las mujeres era para mí muy normal, quizás por el hecho de estar en un colegio mixto. Hubo un par de chiquillas que me gustaron, pero no era costumbre pololear en el colegio, era algo que estaba como en la cultura.

Tenía un grupo de amigos bien cercanos aunque sin mucha profundidad. Eso me empezó a hacer agua en algún momento, sentía que esta vida de provincia era muy estrecha. No había nada más que hacer, un concierto, un partido de fútbol, alguna actividad cultural.

Me empecé a preguntar para dónde iba la vida en medio de esta rutina de semana en el colegio y fin de semana de asado y discoteque. Yo podría haber seguido mi vida en esa dirección: un poquito más adelante haber pololeado, luego quizás me habría casado.

Pero justo en esa etapa sucedió algo que iba a cambiar el rumbo de mi vida más definitivamente. A mediados de marzo de 1994, unos días después de entrar a clases a tercero medio, mi mamá llegó cabizbaja a la casa y me dijo “me quitaron tu beca, voy a tener que pagarte el colegio”. No era un tema menor, la plata no alcanzaba. Teníamos referencia del colegio San Ignacio en Santiago, por un tío, y justo ese verano estuvieron en Pichingal unos compañeros de la universidad de mi hermana, que habían salido hace 3 años de ese colegio. Nos llamó la atención que lo que conversaban era del colegio. Nada de nombres, era “el colegio”. Decidimos averiguar, para ver si ahí podíamos encontrar una solución a través de la matrícula diferenciada que tiene el colegio.

Todo pasó muy rápido. Supimos lo de la beca un lunes, el martes nos conseguimos una entrevista con el Rector del colegio, Juan Díaz SJ, y el miércoles yo estaba en su oficina en Santiago. Tuve una muy bonita conversación con él, me pidió que hiciera unos exámenes, y ya el jueves entré al San Ignacio El Bosque.

Me instalé en el departamento de mis abuelos donde ya vivía mi hermana, que estaba estudiando arquitectura. Para mi, pese a la renuncia que me implicaba dejar a mis amigos, mi familia y mi colegio de toda la vida, había algo fascinante en la perspectiva vivir en Santiago. La ciudad, las luces, todo lo que pasaba me era muy atractivo.

En el colegio San Ignacio empezó un camino que me marcó mucho, especialmente en cuarto medio, cuando hice por primera vez los Ejercicios Espirituales y pude recoger la historia de mi vida.

Mi llegada al colegio fue impresionante por efecto de contraste. Mi colegio anterior era una experiencia completamente diferente. Esos dos años fueron bien inolvidables. Me marcaron varias cosas. Primero, la relación cotidiana con profesores, auxiliares y jesuitas. Me marcó mucho la preocupación personal, el cariño que se vivía.

Siempre me impresionó la arquitectura del colegio, los pasillos, su perspectiva. Creo que una buena imagen de lo que generó el San Ignacio en mí, como ir viendo siempre a la distancia, uno desde cualquier punto desde cualquier pasillo ve perspectiva. Y eso me fue encantando. Pasaba mucho rato en el colegio, me quedaba hasta tarde, me hice muy amigo sobre todo de unos auxiliares que están en la bodega. Tengo montones de nombres en la memoria. Quizás ellos me conectaban también con Pichingal, con el campo.

Lo social por supuesto que también me marcó fuertemente, pero yo diría que menos, porque en el campo yo convivía con la miseria rural. Algunos de mis amigos vivían en casas donde el piso era de tierra. Por lo tanto yo venía con una valoración especial de la pobreza. Antes que escándalo, a mí siempre me impresionaba la calidez de los pobres. En el colegio San Ignacio pude mirar hacia atrás y darme cuenta de que Dios también me estaba hablando en esas situaciones cercanas a la pobreza que viví en la niñez, en ese contacto con la riqueza de la pobreza.

Justo ese año fue la beatificación de Alberto Hurtado. Me marcó mucho la figura del padre Hurtado, leía como un tesoro sus pensamientos, aunque no me acuerdo mucho de ellos ya, pero en ese momento era una lectura preciada, que me encendía mucho de sueños.

Algo importante fue conocer la pausa ignaciana. Reconocer los dones, cómo ha sido la respuesta de uno frente a eso, pedir la gracia para seguir adelante. Se fue dando de a poco, como una preparación para cuando hice los ejercicios espirituales.

Me ayudó mucho el contactarme con la vida espiritual. Pero no una vida espiritual en el aire, sino que una espiritualidad que se hace cargo de la vida.

Los cerros fueron también algo que me marcó fuertemente en esta etapa. Supe que Alex Pizarro SJ se dedicaba al montañismo. Él después sería mi padrino de confirmación y una persona que siempre ha estado conmigo de una manera muy especial. Un día él me invitó, y ahí empezamos a subir cerros, y los cerros fueron como un rito. Íbamos como celebrando la vida en los cerros. Subimos unos cuatro en tercero medio y unos cinco en cuarto, terminando en expediciones a grandes cerros, como el Ojos del Salado. Esta ha sido una dimensión muy importante y lugar de Dios.

¿Qué pasaba en los cerros? Ir a lugar que está al lado pero es otro mundo, con animales, con otros olores, y desde donde se veía la ciudad. También reflexionar sobre tu propia vida en la ciudad, preguntarse para qué tanto afán, tanto correr, tanto estudiar. La pregunta por el sentido fue muy importante en los cerros.

En vinculación con esas experiencias en los cerros, en el verano del 93, saliendo de tercero medio, partí con tres amigos del colegio a una expedición que se llama Operación Raleigh. Era un programa que incluía trabajo de coaching y misiones por equipos. A mi me tocó llegar a un lago donde nunca nadie había ido, caminando por un sendero durante tres semanas para tomar unas muestras en el lago que debíamos entregar a unos científicos que estaban haciendo una tesis doctoral. Era en verdad una cuestión descomunal y que me abrió el mundo entero. Estuve tres meses con chinos, indios, ingleses, escoceses, gente de todo el mundo. Los menos éramos chilenos.

Me marcó y consolidó una amistad de las más duraderas que he tenido, con esos amigos. Me empecé a dar cuenta de que la naturaleza me vuelve loco, que me despierta espiritualidad, me despierta encontrarme con el Señor, quedarme callado, admirar, y también esa afición por el mundo ancho.

En la expedición aprendí inglés. Estuvimos un mes perdidos en la Isla Magdalena, yo era el único chileno y el menor en un grupo de 15 o 20. Ahí el tema de la sexualidad fue bien fuerte, me chocó bastante cómo ellos vivían la sexualidad con tanto destape. Ahí había algo que no me gustaba, que me hacía sentir incómodo. Sentía que el grupo estaba muy bien, pero al momento de divertirse, estos gallos se iban a la cama al tiro, y al día siguiente se cambiaban. Ahí se rompía esa comunidad, la alegría que había. Yo me retraía, y me volvía al Señor, con el cual me relacionaba a través de la naturaleza. Me remitía a mi refugio y tuve momentos muy consolados espiritualmente, mirando las estrellas, apartado.

Fue de alguna manera la primera experiencia que tuve de querer el celibato. Aunque por supuesto no estaba formulado de esa manera en ese momento, pero sí fue la base para sentir más adelante que hay algo del celibato que me permite una relación total y exclusiva con Dios, que yo lo quiero, es lo que más me conviene, congenio con eso.

LA PRIMERA CERTEZA

En cuarto medio me invitaron a hacer los Ejercicios Espirituales. Esto es lo que más le agradezco al colegio San Ignacio, los ejercicios espirituales. Porque fue la oportunidad que me dio de recoger la vida. Nunca había hecho una reflexión sobre mí. Estando en Guayacán, la primera noche, me invitaron a recoger los regalos de Dios en mi vida. Mi historia entra a raudales en la oración. Me sentí muy agradecido, desbordado de regalos de Dios, sobre todo desde ese lugar, esa pieza chica en Guayacán.

Valoré mucho mi familia, la historia de mis papás, este éxodo que hicieron a Curicó. En Santiago ellos tenían una vida bastante asegurada, porque mis abuelos tenían buena situación económica. Y sin embargo ellos eligieron hacer su propio camino.

Pude sentir que en esta mamá, en este papá, Dios me estaba amando. Y era tanto el amor que sentí, que la válvula de escape, el resultado, la respuesta que nació de mí fue decir “bueno, toda la vida para el Señor”.

La figura de mi mamá fue tremendamente fuerte. Para criar a sus seis chiquillos, aparte de construir la casa con mi papá con sus propias manos, ella se preocupó de alimentarnos y de darnos una educación de lujo. Llegaba del colegio con sus libros de clases, nosotros le íbamos a buscar la leña y ella tiraba las moras, la fórmula mágica del azúcar en la paila de cobre, y vamos haciendo mermeladas y dulce de membrillo en cantidades industriales, hasta las ocho de la noche, todos los días. En eso todos participábamos.

En los ejercicios espirituales me encontré fuertemente con esa vida, esa historia. Recordé mi experiencia en la montaña, cuando sentí que Dios estaba conmigo. Y recoger todo lo que había significado en apertura de mundo mi entrada al San Ignacio. Todo eso lo hice leyendo al padre Hurtado.

El resultado fue una emoción que yo no había sentido y que era parecida a lo que me pasaba cuando subía los cerros. Después supe que le llamamos consolación. Era un sentimiento de plenitud, de que nada me faltaba. Con lágrimas, escribiendo una página en que se me iba sola la mano, y que después salí a quemarla. Junto con esta sensación de plenitud, de que Dios me ha regalado mucho, que ha estado ahí en mi vida conduciéndome, al tiro era inseparable: y yo qué, para dónde sigue el vector. Ni siquiera me lo preguntaba, lo que surgía era decir yo quiero seguir en esta dinámica, en este barco, en este flujo, en este río de entrega, de aventura, de belleza. Me preguntaba qué me tiene preparado el Señor para delante.

La imagen que me venía a la mente era hacer algo como el padre Hurtado, era lo único que me calzaba. Además estaba en cuarto medio, la pregunta por el futuro era cotidiana. Y yo no tenía ninguna respuesta, me veía en todos lados y en ninguno.

No sólo la figura del padre Hurtado me hizo mucho sentido. Eran tantos jesuitas, Juanito Díaz, Poncho Vergara, Alex Pizarro, Gregorio Donoso. La vida de ellos era lo que más calzaba con el sentimiento que yo tenía.

Esa misma noche fui a conversar con mi acompañante espiritual, Eugenio Valenzuela SJ, y le conté con lágrimas lo que me estaba pasando, que sentía que el Señor me estaba llamando a entregar la vida como Él, como mi mamá me la había regalado.

Volví de los ejercicios, y el segundo semestre empiezo a sopesar las consecuencias, sobre todo el tema de la mujer. Porque de alguna manera yo empecé a decir bueno si esto me pasó y para allá voy, entonces tengo que ser consecuente. ¡Y estaba en cuarto medio! Entonces también en ese año hubo algo de ir optando por los cerros y por ir a Pichingal, porque la disyuntiva discoteque - Pichingal ya no era correcta. Yo ya había tenido una revelación y tenía que responder a ella. Entonces también se volvía un poquito pesado eso.

Esto fue creciendo un poco, y ya empecé a vivir con culpa ciertas cosas. Venía la elección inminente de carrera y yo por ningún motivo quería meterme a una carrera para pasar el rato sabiendo los costos que les implicaba a mis papás. Y yo tenía este tesoro, este secreto que a veces me molestaba, pero que tenía que esperar que madurara. Entonces decidí viajar. Un viaje que nace de un libro que había en mi casa, de unos franceses que habían recorrido Chile en bicicleta. Le dije a mi mamá, “sabe que, quiero el próximo año tomarme el año sabático”.

Mi mamá, en su sabiduría me dijo “te apoyo en un 100%, anda, viaja, pero no en Chile, ándate afuera”.

VIAJE AL MUNDO Y AL INTERIOR

El viaje partió en Estados Unidos, donde trabajé en diferentes lugares y encontré una amistad muy linda en un empresario de allá para el cual yo trabajaba como mozo, cortando el pasto, pintando las casas de veraneo que tenía.

Terminé esos cuatro meses con 4500 dólares en el bolsillo. Yo nunca en mi vida había tenido plata. Me compré una bicicleta, usando la plata que supuestamente estaba destinada la segunda etapa del viaje, que iba a ser por Europa. Sin la plata para comprar el Euralpass, el viaje pasó a ser en bicicleta. Lo que me quedaba me alcanzaba sólo para comer, pero partí igual.

A esas alturas, después de cuatro meses en Estados Unidos se me empezó a olvidar un poco lo que había vivido en el colegio y la moción que tuve en los ejercicios espirituales. Llegué a Inglaterra y empieza a aflorar más el tema del heroísimo. Yo soñaba con hacer algo que hiciera historia, darme la vuelta al mundo en bicicleta a los 18 años. El ego empieza a crecer harto.


Recorrí Inglaterra, Holanda y bajé hasta terminar en España. Fueron cuatro meses pedaleando solo pero encontrándome con muchas personas en todos los lugares.

Lo más radical fue que rápidamente me di cuenta de que en este viaje yo no dependía de mí. Llegaba la noche y tenía que buscar donde alojar. Entonces tuve que empezar a pedir en las casas, que me alojaran o que me prestaran un techo, no tenía carpa. Empiezo a rezar de nuevo, a pedirle al Señor que me ayude. Y tate que empiezan a aparecer lugares. Yo digo que no me faltó ayuda, todos los días era un milagro providencial. Eso fue muy importante en ese viaje, empiezo a depender de Dios, absolutamente de Él, en países extranjeros. Y Dios se pone todos los días.

Empieza una consolación que me hacía pedalear a mil, de pura felicidad. Cantaba en los campos de Francia. Fue un viaje muy espiritual, muy de confirmación.

Fue un tesoro de experiencias, de anécdotas muy sabrosas. Desde la mitad de Francia yo ya entendí esa dinámica, me reencontré con ese impulso divino que venía desde mi experiencia en Vilches, luego en el San Ignacio en los ejercicios. Y me dije “esto es lo mismo”.

En Estados Unidos yo había conocido a una niña preciosa, que era francesa. Y habíamos acordado que yo la iba a visitar cuando estuviera allá. Ella había pasado a ser el único punto por el que debía pasar en Francia, porque pese a que yo seguía con el tema vocacional pendiente, me enamoré bastante de ella.

Finalmente llegué a su casa y me encontré con que era una dulcinea que yo tenía totalmente idealizada en mi cabeza. Era mucho más normal de lo que yo esperaba. A los dos días me di cuenta de que ésa no era en absoluto mi estación terminal.

Me vino un bajón grande de sentido. La familia de ella me dejó en un castillo, Chambord. Salí de ahí sin saber dónde ir. Llegó la noche y no alcancé a buscar casa. Me quedé en el campo, entre unas viñas que hay ahí. Saco mi cocinilla, empiezo a cocinar la comida. Y me vino una pena tan grande, de decir qué estoy haciendo acá, solo, hecho de menos a mi familia, no sé para dónde ir, me vino una desolación absoluta.

Me acosté sin ganas de comer, miro las estrellas y me acuerdo de un dicho que escuché una vez, que san Ignacio en Roma le gustaba mirar las estrellas, que eso lo conectaba con Dios. Y ahí me dije, San Ignacio, Dios… como que empecé a conectar nuevamente los puntos y se me arma el dibujo. Que esto también era de Dios. Estar aquí, y que hubiera habido esta crisis de sentido, que no era lo que ya estaba buscando. El único librito que llevaba en la alforja era la Autobiografía de San Ignacio, que nunca la había leído. La había llevado porque estaba pendiente. La empiezo a leer ahí, entremedio de las parras, cerca del castillo de Chambord. Me la leo esa noche y digo, “yo estoy viviendo esto mismo”. El mapa que aparece en la autobiografía calzaba justo con el recorrido que estaba haciendo yo. Me sorprendió la historia de san Ignacio de Loyola, recién ahí. Y al día siguiente parto de nuevo a mil, sin parar en ningún lado prácticamente, hasta llegar a Loyola.

Cuando por fin llegué a mi meta fue raro, porque el portero me pescó poco y no me dieron alojamiento. Me sentí como San Ignacio en Jerusalén, que el sueño no se hacía realidad.

Partí a Arántxazu, donde pedí alojamiento a los hermanos Franciscanos. El hermano que me recibió me dijo “Diego, te estamos esperando”. Fueron tres días maravillosos que pasé con ellos. Fui un monje más, pasé mi cumpleaños ahí y ese día me regalaron una llamada por teléfono a Chile. Subí un cerro. Muchos me preguntaron por qué no me hice franciscano después de esa experiencia, pero es que yo nunca dudé de ser jesuita, nunca hubo otra alternativa luego de la claridad que tuve en cuarto medio durante los ejercicios espirituales.

El viaje siguió por España. Pedaleaba unas 8 a 10 horas diarias, siempre por caminos chicos, en medio del campo. En esas horas aprovechaba de recoger mi historia del colegio y en ese pedaleo solitario fueron decantando las cosas que más me hacían vibrar. Era una especie de diálogo silencioso y constante, que me ayudaba mucho a reconocer dónde estaban mis deseos más profundos. También pude mirar todo lo que me estaba sucediendo durante el viaje, cómo me había tratado Dios en los últimos meses.

Pero la consolación se fue acabando poco a poco, porque España fue un tiempo como de prueba, de probación. Me fue mal, la Providencia empezó a fallar. En las casas no me abrían, dormí casi todo el tiempo en un potrero. Cuando llegué al fin de España, al mar, dije “ya, dejo la bicicleta”. La alternativa era seguir viaje por el mundo, o también estaba el imaginario la posibilidad de ir a subir el Everest, que no era una posibilidad tan lejana. Pero no, esta cuestión no era de viaje, de dónde voy, sino que de asumir, enfrentar esto que me persigue por todos lados y que es lo más profundo. No es dónde ir, sino que qué ser. Asumir esta condición de ser jesuita, sin saber todavía mucho qué significa ni nada, sino que decir eso que me pasó en los ejercicios en Guayacán, ahí se juega el viaje, ése es el verdadero viaje. Como que ese viaje vertical es mucho más importante que el viaje horizontal.

Dormí casi todas las noches en los potreros. Justo habían pasado las cosechas, entonces yo metía la bicicleta entre los fardos y dormía encima. Fue un tiempo como de retiro, donde ya se había acabado la gracia del viaje y la novedad. Había que aguantar el sol.

Sentí que el viaje iba terminando y que era el momento de asumir la vocación, que ya estaba más clara. Después de cuatro meses de viaje y diálogo intenso con Dios, sentía que era necesario asumir esto que Él me había mostrado.

Tomé un avión y me fui a Roma. Allá hubo una nueva especie de prueba porque el Vaticano me chocó mucho. Me violentaban los modos de la guardia papal, los ritos tan distantes de la gente, tan lejanos de lo que yo considero más cristiano. Sentí en todo caso mucha devoción en la Capilla Sixtina, mirando el panorama de la fe plasmado ahí.

Aunque ya tenía ganas de que el viaje terminara, hasta el final siguió la tentación de continuar y dar la vuelta al mundo. Era una especie de lucha entre mi ego, mis ganas de hacer algo heroico, y el asumir el verdadero llamado. Me pasaba igual como a San Ignacio: me sentía pleno y con mucha paz cuando pensaba en las cosas de Dios y reconocía sus regalos en mi vida. Y cuando después pensaba en otras posibilidades muy reales, como seguir este viaje, dar la vuelta al mundo, salir en las noticias, como hacer historia, también era algo que me encendía, pero al ratito se me pasaba.

Y esos sentimientos ya se iban haciendo reconocidos: esta paz que me daba el pensar en las cosas de Dios yo ya la había sentido antes en los ejercicios espirituales y en otros momentos.

Empecé a sentir de que esto estaba más claro. Volví a Chile y ya estaba decidido delante de Dios a asumir este llamado.

DECISIÓN POSTERGADA

Pero curiosamente me pasó que cuando llegué mi familia irrumpió en mi vida nuevamente. Me encontré con ellos, me acogieron de una manera muy bonita. Porque después de tanta incertidumbre, me di cuenta de que la seguridad era lo más preciado para mí, bueno y para cualquier ser humano. Luego de cuatro meses viviendo de la Providencia, sin saber si tendría alojamiento, si a uno le podía pasar algo, no hay como una familia donde te sientes hijo querido incondicionalmente y asegurado. Eso como que me encandiló, entonces llegué y toda esa claridad que había alcanzado se me olvidó. Y también se me aconcharon los miados, para qué estamos con cosas.

Yo tenía conciencia de que en realidad tenía que ir a presentarme donde el Keno, mi acompañante espiritual de los ejercicios, así como uno va a presentarse al cantón de reclutamiento. Pero simplemente me escapé. Yo creo que porque siempre me ha costado enfrentar las cosas importantes y a mí me daba terror anunciarle un notición a mi familia. Creo que me faltó madurez y valentía para contarles la situación, y me dejé llevar en el statu quo de esta comodidad de estar en el núcleo de la familia, y también de lo que hacen todos los jóvenes que salen de cuarto medio.

Así como en un túnel, di la Prueba de Aptitud Académica, y en marzo estaba estudiando Sociología en la Universidad de Chile. Elegí esa carrera porque como sabía que esto era una especie de sala de espera, ésa era la carrera que más me podría servir en el futuro si me hacía jesuita.

Ese año fue también un tiempo de muchas confirmaciones, pero ahora por efecto de contraste. Fue todo lo contrario a lo que yo había vivido anteriormente.

Yo seguía siendo el mismo, con la misma trayectoria, el tema vocacional seguía latente, pero ahora el contexto era muy diferente: nadie era creyente, yo era un bicho raro. Estuve expuesto al cambio cultural que hoy día estamos viviendo en plenitud y que creo que lo encabezaba Sociología en la Chile. Entonces me sentí muy ajeno y muy confirmado de lo que antes había vivido.

A principio de año fui a hablar con mi acompañante espiritual y viví todo ese año acompañándome y recogiendo la vida. Ese año además hice un apostolado en La Pintana, en la población el Castillo. Era un apostolado austero, quitado de bulla. Hacía reforzamiento escolar. Tenía una oración más permanente y constante.

Me di cuenta de que si bien me atrae mucho la mística, me cuesta mucho hacer oración en la vida cotidiana. La naturaleza era lo que me facilitaba mucho la vida espiritual. Así que ese año retomé el tema de los cerros.

Tomaba la bicicleta, subía a Farellones, la dejaba amarrada, colgando en el puente Ñilhue, y me iba a pasar la noche en el cerro Provincia. Tenía la tradición de ir las noches que había luna llena. Y a la mañana siguiente partía directo a la universidad.

El 97 fue un año muy consolador para mí. Ya estaba seguro de esto de la vocación, estaba como desplegado el sueño, ya me soñaba como jesuita, y eso se traducía en euforia. Andaba mucho en bicicleta, unos 50 kilómetros diarios. En esta euforia pedaleaba y pedaleaba. Me fui a vivir un mes a la Storta, una casa de inserción que tiene la CVX en Estación Central. Recorría Santiago entero, pero estaba feliz, y además con esas locuras en la montaña. A veces mis compañeros se ríen de esta forma media eufórica de ser que tengo.

Tenía un acompañamiento espiritual formal, cada dos semanas, con Eugenio Valenzuela SJ. Que me ayudó a mirar lo mismo que vi en el viaje y que descubrí en Guayacán, en los ejercicios. Pero ahora pude verlo en la la dureza de la vida cotidiana.

Fue ir reconociendo con más adultez y realismo cómo se verificaba este llamado. Ahí había una tensión muy grande para mí, porque todo lo que había vivido hasta ese momento había sido como muy extraordinario. La pregunta era cómo me iba a vivir la austeridad de la cotidianidad dentro de la Compañía.

Fui recogiendo todo lo que vivía en la vida diaria, peleando con los estudios, y buscando con honestidad ver quién soy yo, cuáles son mis dificultades, mirando mi vida afectiva y sexual con mayor hondura, mi dificultad para vivir una vida más rutinaria.

En ese tiempo fui descubriendo una serie de cosas que después me iba a tocar trabajar con harto dolor, ya dentro de la Compañía. Yo creo que la Compañía vio todo eso, pero me aceptó con esas limitaciones, optó por mí. Y cuando la Compañía me aceptó sentí que se cerraba una etapa muy intensa.

Tomé la decisión final en Navidad. Ahí enfrenté a mis papás, que era mi gran temor. Fue justo antes de Navidad. Le digo “mamá, tengo que decirle algo importante”. Mi mamá me dice “ya sé”. Y eso me facilitó mucho. Ella se emocionó y lo recibió muy bien. Y después mi papá, al que siempre le he hablado modulándole mucho, no sé hablar en señas. Él me lee los labios y me levanta el pulgar, así como OK, bien. Pero después me dice algo más, en el fondo era sé un cura bueno, consecuente.

Ahí siento que cambié de vida. En enero fui a la jornada vocacional y luego en febrero postulé a la Compañía y fui admitido.

COMPAÑERO DE JESÚS

En marzo entré al Noviciado. Fue fantástico, fue como en la misma tónica del viaje, porque el Noviciado en la Compañía de Jesús es muy extraordinario, muy romántico, uno se enfrenta a situaciones radicales como el mes de Ejercicios que es otro viaje: uno a la tierra de Jesús, a dejar que Jesús se aparezca en tu vida. Tantas horas en Calera de Tango, en silencio, imaginándote donde Él estaba, cómo era, que al final como que se hace carne, y empieza a ser un sujeto con el cual dialogas de tú a tú. Yo diría que ese fue el momento en que entra Cristo en mi vida. El Jesús con el que yo me relaciono es el que conocí en los Ejercicios.

Fueron tan consolados estos ejercicios que hubo sólo un día en todo el mes en que yo me cuestioné si esto no sería una realidad creada por mí mismo, por mi imaginación. Pero ese día estuve desolado todo el tiempo, sentía que se había ido Dios. Me di cuenta de que había sido muy soberbio y que Dios me demostraba que estaba equivocado, que era verdad que había estado conmigo.

Y creo que la tónica de los ejercicios fue la de todo el Noviciado. El mes de Hospital, el mes de inserción en Osorno y trabajando con jóvenes y niños en el colegio, y el mes de peregrinación en Tirúa, la zona mapuche.

El trabajo en Osorno fue muy lindo porque delineó una actitud que me motivó mucho: el trabajo con los niños y los jóvenes. Ahí también hice trabajos de albañilería y carpintería. Y vi que en eso me encuentro también muy a gusto, quizás porque me conecta con mi trabajo con los campesinos en Pichingal y con algo más profundo, el modo de ser del trabajador y su sencillez. Con ellos puedo establecer diálogos totalmente verdaderos, donde no hay que estar preocupado de agradar o impresionar sino que son totalmente espontáneos y abiertos.

En el Noviciado no hubo un cambio muy grande en mi vida, porque yo ya estaba viviendo los votos desde hace tiempo ya. Incluso el voto de obediencia, porque en todo ese tiempo previo para mí lo más importante era ser fiel a lo que Dios me estaba pidiendo.

Por eso entré con mucha suavidad al Noviciado. La vida comunitaria me encantó, la oración y esto de tener una hora en la mañana y otra en la tarde para rezar. Toda esa estructura que tiene algo de monacal me fue muy natural. En realidad el Noviciado fue maravilloso para mí, mientras que para otros compañeros fue lo más duro que les ha tocado en la vida.

Para mí lo duro empezó después. Terminado el Noviciado hice los primeros votos y al volver a Santiago, me pasó algo similar a lo que viví después de estar en Loyola en el viaje. Llegué a la universidad y aquí se empezaron a jugar muchas batallas.

El tiempo de los estudios fue como enfrentarme a algo que me cuesta, donde han aparecido mucho mis limitaciones y mucho de la renuncia que yo hice. En el Juniorado y después estudiando la Filosofía se hizo mucho más evidente. Empecé a darme cuenta que antes hacía lo que quería, y tenía una familia más encima que me apoyaba en todo, y el mundo no tenía fronteras, y los proyectos no tenían tope. Y acá me encuentro con que la Compañía tiene su modo, su plan. Y que a mi se me invita a unirme a un proyecto bien definido, servir a Dios y a los demás, y a formarme para eso en pobreza, castidad y obediencia. Y todo esto en medio de una rutina, que era algo que a mi me costaba vivir.

Tengo que confesar que he pasado muchos momentos duros acá, en la Compañía. Yo he tenido que madurar acá cosas que antes me salté, y eso ha sido súper combativo. Y el combate era para perderlo, claramente. Un par de veces estuve a punto de partir. No aguanto más estas peleas, quiero volver a tomar mi bicicleta, a traspasar fronteras, a hacer lo que espontáneamente se me de la gana. Pero no solamente como rebelde, sino que también con Dios, tener mayor amplitud de campo. Sin embargo eso no se ha impuesto, aunque ha estado a punto, y casi que me mando cambiar. Y me sorprende cómo Dios me ha retenido, cómo no me ha dejado partir. Y eso ha sido porque cuando en los momentos más duros he vuelto a ponerme en oración y a decir “ya, a ver, está aquí toda mi vida, con sus cosas buenísimas y con sus dificultades, con las tensiones que estoy cargando”. Igual, al final, cuando miro mi vida desde Dios, me sigo viendo acá.

En este tiempo desolado hubo hitos que fueron como salvavidas de Dios y que me fueron haciendo madurar y descubrir lo extraordinario en lo ordinario. Uno de ellos ha sido redescubrir a los amigos, mirar a las personas concretas. Mi vida ha ganado en encarnación. Me he hecho de amigos entrañables en la Compañía, que han surgido de mostrarme frágil, de saber que la Providencia no está asegurada. Hay momentos en que Dios parece ausente, que son de cruz, donde no tiene solución y que la vida es más triste también. Compartir esa verdad con otros me ha hecho más humano.

Una vez, durante los años en que estaba haciendo apostolado en el Mej (Movimiento Eucarístico Juvenil), me tocó viajar a un pueblo muy chico y apartado donde nos alojaron unos laicos que nos recibieron como si nos conocieran de toda la vida. Al día siguiente yo desperté, abrí los ojos y me pregunté dónde estaba. Realmente me costó varios minutos saber dónde estaba. Eso me hizo captar también lo insospechado del ser jesuita. La Compañía te puede llevar a lugares donde nunca pensaste ir, a relacionarte con gente que no estaba en tu registro, a descubrir capacidades que pensabas que no tenías. Esto que para mí ha sido un valor siempre, el abrir mundos, lo he vivido mucho en la Compañía.

El Magisterio entre los años 2004 y 2006 fue un período para volver lo que más me gusta: reencontrarme con lugares de aventura, en el colegio San Ignacio El Bosque.

La aventura de ser profesor jefe de un séptimo básico. La aventura de tener que guiar a ese público multitudinario que llega cada año al retiro de Semana Santa del colegio y tratando de ayudar a rezar a toda esa gente. Fueron miedos que tuve que enfrentar que tienen que ver con mi gran timidez.

El colegio San Ignacio fue un tiempo de despliegue, en el que yo confirmé que la vida jesuítica es apasionante, sobre todo en ese ir acompañando a las personas, en lo sacerdotal, en ir escuchando y animando. En esa tarea fascinante que es ir formando para la vida.

Me equivoqué como profesor jefe varias veces, pero aún así me encariñé mucho con los chiquillos. Me di cuenta de que de alguna manera hay experiencia de paternidad en la Compañía. Yo me sentí bastante padre de los chiquillos.

Pude profundizar en las amistades con compañeros y con laicos, y surge ese tesoro que fue fundamental para levantarme, para a través de esos amigos sentir al Señor que me va dando ánimo y que me devuelve a lo fundamental, al amor primero, al proyecto primero.

He valorado mucho a la Compañía, cómo ha sido conmigo. Cómo apostó por mí, siendo yo niño cuando entré, cómo me ha tenido paciencia, me ha sabido formar, me ha dado ánimo y me ha permitido también recobrar la historia y volver a integrar cosas que yo siento necesario integrarlas, porque no puedo dejar de ser un poco el campesino que soy.

Yo necesito montaña, necesito naturaleza. He descubierto que ahí hay un modo espiritual que para mí es importante. Y en la Compañía me han permitido seguir con eso, y no sólo me lo han permitido sino que me han enviado a eso, a crecer y a aportar desde ámbito.

En el Magisterio me jugué mucho por llevar a otros a la montaña como lo hicieron conmigo. Porque me gusta y he sido testigo que la montaña es un lugar privilegiado para encontrarse con Dios. Así, he participado activamente el Club Andino Alberto Hurtado que surgió de esas ascensiones con Alex Pizarro SJ hace una década. Celebrando liturgias en carpas, rocas y nieve junto con alumnos, jóvenes y amigos he descubierto que junto al sacerdocio el montañismo es parte de mi ADN. He visto que no solamente esto que era algo que me alejaba de los cánones de la Compañía, sino que es una oportunidad para la Compañía y así me lo han hecho ver. Y está dando fruto.

Actualmente tenemos un programa con los colegios de Fe y Alegría que se llama Sube a Nacer Conmigo Hermano. Creo que subiendo a los cerros suceden transformaciones, especialmente cuando los que están subiendo son chiquillos que viven en la población, donde no hay nada verde. Que están acostumbrados a las frustraciones, que les va mal en el colegio, que viven frustración tras frustración. Conocer los cerros, el silencio, la belleza del verde y darse cuenta de que han llegado a una cima, que es un éxito absoluto: cuando uno llega a una cima no hay nada más que pedirle a la vida. Decir “lo logré, pensé que no lo iba a lograr, y con ayuda de otros”. Todo eso se ha materializado en este programa que se llama Sube, donde participan 80 niños de los colegios de Fe y Alegría, con excelentes voluntarios. Me ha hecho ver qué impresionante yo que estuve a punto de irme, por pensar que no tenía lugar aquí con esta forma de ser. Y mira tú el reverso, lo que puede hacer Dios también. Y eso, más que mirarme a mí, es decir qué increíbles como son los planes de Dios.

Actualmente estoy terminando los estudios de Teología. Es un tiempo de síntesis en que voy recogiendo mi historia para ver junto con la Compañía por dónde sigue este camino. Al mirar los 12 años de jesuita me sorprende reconocer de nuevo cómo Dios me ha ido conduciendo, cómo me ha salido al encuentro, cómo me ha esperado, cómo me ha animado, cómo me ha formado. Mucho discurso… me pregunto por el fondo.

Al final de cuentas, mi claridad fundamental en medio de tantas dudas ha sido el ver con qué me quedo, cuál es el llamado: y es que antes que vivir para mí, yo quiero vivir para los demás. Quiero vivir construyendo incluso una vida espiritual, para mí es más fundamental vivir entregándome a los demás. Y creo que eso no son méritos míos, tiene que ver mucho con la impronta de mi madre, que tiene mucha sintonía con la vida jesuítica y con el sacerdocio.

Es vivir tratando de conectar a las personas con el Creador. Ésa es la gran pega. Cómo se materializa eso, es algo que tengo que estar preguntándome todo el tiempo. Pero querer vivir entregándome a los demás, poniendo a la creatura con el Creador es mi principio y fundamento, y yo diría que eso es ser jesuita para mí.

La vida comunitaria, mi relación con los compañeros, ha sido algo muy fundamental. Tener con quienes reírte, con quienes soñar, con quienes hacer un proyecto, con quienes rezar, con personas que te entienden, que comparten tu lenguaje.

Es algo invaluable y este año ha sido particularmente fuerte, porque estoy viviendo en una comunidad de inserción en la población Los Nogales, en Estación Central. Es una casa muy chica y nos topamos harto. Eso ha significado no sólo adaptarse físicamente sino que también compartir mucho más la vida y la conciencia del otro. Hemos querido extender entre nosotros esa transparencia característica que el jesuita vive con sus superiores, de poner en común toda la vida, con los dolores más duros, los pecados y los sueños más grandes. Poner todo eso entre pares es bien importante para ser comunidad, para que crezca más el amor entre nosotros.

Cuando uno comparte la procesión que está viviendo un compañero, o el discernimiento que está haciendo otro para pedir su ordenación sacerdotal, o juntos pensar cómo nos ajustamos en el presupuesto, cosas así han sido un regalo que ayuda a proyectarse. A decir esta vida yo también la quiero, y creo que esta vida es un signo para otras personas, para los que visitan la casa, para otras comunidades laicales o religiosas.

Me sueño con esto que ha visto la Compañía con claridad en la última Congregación General: ir desplazándome, traspasando fronteras y estando disponible para llegar donde haya mayor necesidad. Me atrae mucho el trabajo en los colegios, el acompañamiento de jóvenes, la celebración de sacramentos, y quiero estar disponible para trabajar en cualquier lugar del mundo.

Hoy día somos una Compañía de minoría. Hace 10 años quizás tenía mucho más atractivo. Pero hoy, en un contexto mucho más adverso, yo quiero ser jesuita porque quiero vivir en relación con Dios. Él me está diciendo de tantas formas que me quiere aquí y me quiere como soy, con estos compañeros, con esta situación dura que estamos viviendo los cristianos actualmente.

Quiero ser jesuita porque creo que Jesús va cargando la cruz. Cuando las cosas se ponen más negras, no es que se nos cayó el proyecto o estábamos equivocados, o que esto ya no tiene rating. Es que en esto que yo estoy viviendo, está también el Señor crucificado. La cruz es una dimensión vida cristiana que cada vez ha entrado más en mi vida. Es una cruz que da confianza porque implica que Dios está contigo.

Y el Reino de Dios va apareciendo precisamente donde Él no está: donde no me la puedo, donde me siento incapaz, donde no me resulta.

Es que Jesús está trabajando donde parece que no está.

versión para imprimir