Otros hablan de José Aldunate SJ
Juan Diego Galaz SJ
Estudiante jesuita, etapa Magisterio
Don Pepe
De las veces que he conversado con él y luego de leer algunas de las innumerables páginas que ha escrito, no tengo claro si lo siente como algo natural o en algún momento lo decide, pero no me cabe duda que su vida es en gran parte, un incansable caminar al encuentro de las personas, convencido firmemente de que en cada uno de nosotros se manifiesta el misterio del Dios que se ha dado a conocer en Jesucristo. Creo que a la base de su arrolladora sencillez y valentía, se encuentra esta profunda convicción. No me cabe duda que él prefiere el evangelio del encuentro personal, el diálogo franco y la vida compartida por sobre cualquier institución, por necesaria que parezca.
Al igual que Jesús, don Pepe va al encuentro de los marginados para participar de su suerte y desde ahí, junto con ellos, reconocer las transformaciones necesarias de la sociedad y de la propia vida. Como fruto de este encuentro, brota en él una coherencia creativa, quizás la genuina coherencia entre los medios y los propósitos que tienen como eje la dignidad de la persona.
Y es que el encuentro sincero lo hace libre y lo une a otros que caminan por la misma ruta (Pepe Correa y Nacho Vergara entre otros). Libre para partir al sur a trabajar como cura obrero, para vivir en una población de Santiago mientras da clases en la Pontificia Universidad Católica, libre para compartir ideas con los que eran señalados como enemigos de la Iglesia y libre para acompañar, socorrer, denunciar y padecer con los perseguidos de la dictadura militar. Confirma la autenticidad de su convicción, la reacción que tiene frente a la incomprensión y el rechazo; ante todo respetar a la persona, decir la verdad, pero nunca descalificar a un adversario. Creo que se hizo libre para escoger la paz en lugar de la violencia; la justicia en lugar del silencio y la voz crítica en lugar de la inercia de algunas mayorías.
En lo personal, creo que el testimonio de don Pepe - este peregrino – como él dice de sí mismo, nos queda como una invitación y un desafío. Más que el camino trazado, es la brújula que escogió para guiarse y la valentía que tuvo para confiar y recorrerlo.
Juanny Hernández
Amiga
Cuando mi amiga Irene me invitó a conversar con el P. Pepe hace años atrás, fui con mucho entusiasmo, a pesar de no conocerlo. En ese entonces él vivía en la calle Hannover. Me causó una impresión muy agradable. Al día siguiente se me ocurrió llamarlo para preguntarle si quería que lo acompañe a leer, lo que aceptó de buen ánimo. Comenzamos dos o tres veces a la semana, por las tardes. Tomábamos té en la casa, teniendo conversaciones muy intelectuales, cosa que me ha ayudado mucho en mi formación como laica cevequiana. Me fui acostumbrando y el hecho de no querer faltar a esos encuentros, me hacía optar por dejar de lado otros compromisos. Cualquier persona se siente grata en su presencia, puesto que él es muy acogedor.
Cuando leía, si no lo hacía en la forma debida, él me corregía demostrando la claridad de su mente, cuestión que cada día me asombraba y me hacía pensar que a sus años no ha perdido sus capacidades intelectuales. Tampoco había perdido sus habilidades motoras.
En ese tiempo se formó una amistad profundamente fraterna y la confianza que siento al acompañarlo nunca ha sido una rutina, sino un hecho de gran alegría y un gran privilegio, tanto en sus salidas, ceremonias y tantos momentos vividos que, incluso en este momento en que escribo, me da alegría recordarlos.
Cuando le avisaron que debía cambiarse a la residencia San Ignacio me contó que debíamos empacar y deshacer tanta historia vivida y dejar cosas que no le iban a servir porque siempre debía estar preparado para su pascua. Tener todo siempre en orden significaba tranquilidad. Repetía a menudo: “estoy de más en este mundo, he vivido bastante”. Cada vez que yo escuchaba esto no decía nada, pero un día le contesté: “ud. sabe cuando Dios llama, no quiero escuchar más esto”. El, con mucha humildad me dijo, “está bien”, y nunca más lo ha repetido. “A Dios nadie le sobra, menos ud.”, concluí.
En mi camino el P. Pepe ha sido el regalo que Dios me ha dado en estos años. He podido acompañarlo y, a su vez, me he dejado acompañar, logrando compartir mi vida con él, mis dudas sobre la espiritualidad, sobre todo tipo de hechos que me van ocurriendo y él va aclarando con facilidad.
Siento admiración por él, por ser un pastor, por haber luchado, sobre todo por haber estado con la gente más vulnerable, que ha sido capaz de acompañar, sufrir con ellos, y eso lo hacen solamente las personas que Dios ha elegido para ser sus verdaderos representantes como Jesús quiere que realmente sean.
Tiene un carácter muy firme, que se conjuga con su bondad, humildad a toda prueba. El padre Pepe para todo es formal, no sale de su esquema inglés, pero a pesar de su estilo formal conserva el humor, se ríe con facilidad. Creo no haber conocido a una persona como el padre Pepe.
Jaime Escobar
Amigo, Editor Revista Reflexión y Liberación
Un Moralista al Servicio de las Causas Justas
En los más de 25 años que conozco a Pepe Aldunate, siempre he observado una viga maestra en su palabra y praxis cristiana comprometida con la justicia: su opción por los pobres, ésa es la clave de su amor al mundo y su aproximación al Reino.
La claridad de su pensamiento y servicio, la rectitud en el tratamiento de diferentes temas, por delicados o complicados que estos sean, son enseñanzas que a través del tiempo nos deja Pepe como un sello imborrable en el quehacer de nuestras vidas.
Pepe, de una u otra forma, en todos estos años de caminar juntos nos ha demostrado que la disciplina, el compromiso y el valor de la palabra son elementos determinantes a la hora de planificar una acción concreta y llevarla a buen fin. Más si esta tarea tiene un sentido de justicia o encaminada hacia el bien común.
Compartamos una experiencia en que nuestro buen amigo y compañero Pepe Aldunate nos regala su cariño y compromiso en fidelidad a la causa de los pobres: cuando lo invitamos, junto a Rafael Agustín Gumucio, a fundar la revista “Reflexión y Liberación” hace ya más de 20 años, la voz y apuesta de Pepe fue ayudar a difundir una corriente de pensamiento de laicos comprometidos en serio con la causa de la justicia, los derechos humanos y la vida buena para toda persona sin exclusión.
Agradezco infinitamente la amistad, el testimonio y la sabiduría de Pepe Aldunate. Tanto por su delicadeza en la corrección fraterna, como por su tesón y animada esperanza en que de las pequeñas acciones se pueden alcanzar grandes logros. De él aprendí a discernir que en el rostro del pobre está el rostro de Dios.
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