Otros hablan de Pablo Concha SJ
Catalina Justiniano
Amiga
Hablar de Pablo es compartir acerca de una de las personas que ha marcado mi vida más profundamente. Pablo fue de quien Dios se valió en unos Ejercicios Espirituales hace muchos años atrás para mostrarme su amor incondicional y su llamado a permanecer y confiar en su presencia y fidelidad… y me imagino que Dios transmite esos mensajes a través de quienes los encarnan en lo más profundo.
Aún me emociona y gozo al traer a mi memoria los años en que trabajamos juntos en la CVX de jóvenes. Qué fuerza y energía, repartía su alegría, tallas y abrazos en medio de insólitas exclamaciones eufóricas, podía dar una palabra amorosa a todos quienes se le cruzaban por el frente, gritándonos que Dios nos quiere gozando la vida, felices y queridos por Él. Intenso, mateo y radical, dejó huella en ese tiempo revolucionando a un grupo de jóvenes para volcar toda la reflexión interior hacia lo importante, hacia el servicio; y como Pablo siempre ha sido afortunado, justo en esos momentos llegó el ofrecimiento de la casa de La Storta para coronar ese proceso y para que pudiéramos ejercitar este vuelco apostólico en medio de la vida universitaria. Tanto fruto que ese proyecto dio, es otro gran regalo de Dios a través de la asertividad de Pablo.
Pablo es una persona capaz de concentrarse y darse por entero a lo que Dios le pide, en cada momento, con pura pasión. Esa tremenda energía, esa fortaleza y alegría de vivir permite explicarnos el milagro de su vida hoy día. Son esos dones los que le permitieron en un momento difícil, tomar su camilla, levantarse y seguir andando. Lo lindo es que eso lo hizo con todos los que lo queremos. Con generosidad y sencillez nos permitió acompañarlo, apoyarlo, y vivir con él un proceso que fue duro y transformador para cada uno, haciendo de este hecho un nuevo y tremendo regalo que nos permitió sanar las penas y gozar juntos con su Nueva Vida.
Hoy, esa pasión intrínseca que lo caracteriza le da una tremenda fuerza para vivir, y me llama la atención como esto se ha acentuado en sus homilías, configurando un mensaje radical respecto a lo que en verdad importa: que hay que seguir adelante, que hay que ser fiel y que Dios no nos abandona nunca. El rollo existencial no tiene mucho espacio, mirar para el frente, confiar en el Padre y vivir la vida como un cristiano que se atreve a cargar la cruz de Jesús. Gracias amigo del alma porque estás aquí todos los días, gracias por ser un sacerdote excepcional, gracias por lo que nos regalas y gracias por tu Vida.
Marcelo Gidi SJ
Profesor de Derecho Canónico, miembro del Tribunal Eclesiástico y asesor de comunidades matrimoniales
Escribir sobre una persona de la que te han pedido dar una opinión tiene el riesgo de ser "políticamente correcto" y diplomático. Pero escribir sobre Pablo, quien no es para nada lo anterior, es querer correr el riesgo de ser honesto y objetivo. Cualidades de Pablo, que junto a su alegría, humor, simpatía, trasparencia, inteligencia, hacen de él un gran jesuita. Es serio y libre, es responsable y distendido, es cercano y objetivo.
Lo conocí siendo ambos universitarios de la CVX, 1982, y desde ese tiempo comenzamos a tener una relación como laicos, que se ha ido convirtiendo en una gran amistad como jesuitas. En todos estos años he podido siempre distinguir en Pablo su agudeza, su capacidad y gusto por ver la verdad, su interés por el saber. Pablo, el doctor en moral, es capaz de no quedarse en los libros ni en la teoría, porque es capaz de vivir la realidad a pleno pulmón, con fuerza y determinación tales que permite a quienes se encuentran con él, trabajan con él o lo escuchan, entusiasmarse a vivir mejor y amar a Dios, sin importar las dificultades, adversidades y limitaciones propias. Su hondura espiritual e intelectual, tan lejana al protagonismo, es una de sus mejores virtudes con las que aconseja, orienta, propone e invita sin escatimar nada de sí.
La enfermedad que sufrió, en la cual él mismo ha ido encontrando sus tesoros, ha ido fraguando en él un nuevo hombre, ese hombre que se deja atravesar por el amor de Dios, amor que lo hace transparente a todos en sus muchas actividades docentes, pastorales, espirituales, pero también en la simple y rica vida comunitaria.
Vivir con él ha sido un gran privilegio; reconocerlo como compañero es un gusto y un placer, por sus opiniones, por su humor, por sus conversaciones, sus "dardos" a los cuales hay que estar preparados. Vivir con Pablo es una escuela de humildad... y puchas que hace falta. Sin dudar puedo decir que de él hay mucho que aprender, porque hay mucho que esperar.
Alejandro Barros
Ingeniero en Computación, exalumno San Ignacio El Bosque
Hace unos días me llamaron para pedir que escribiera una líneas sobre Pablo, mi gran amigo Pablo, alias La Chonca. Lo primero que me ocurrió fue una gran emoción y luego me vino a la memoria una cadena de recuerdos.
Partamos por el principio, a Pablo lo conozco desde 1967, Colegio San Ignacio - El Bosque, en 1ro básico, donde compartimos y luego seguimos juntos por todo el paso del colegio.
Nuestra amistad más profunda se empezó a gestar cuando formamos nuestra comunidad de Pioneros, alentados por Edwin Hodgson S.J., estando en segundo medio del colegio, uno de nuestros primeros asesores fue el Keno (Eugenio Valenzuela S.J.), del cual La Chonca no se ha podido librar hasta el día de hoy. Recuerdo esos años con gran alegría, eran momentos de gran entrega y de muchos proyectos de vida, las largas caminatas a visitas de casas en misiones, las intensas reuniones y amor profundo de cada de los miembros de esa comunidad. Con Pablo incluso pololeamos con la misma persona, con poca diferencia de tiempo por cierto para que no le queden dudas a los mal pensados.
Ese periodo nos marcó a todos profundamente y generó una amistad que perdura hasta el día de hoy. Yo por razones familiares partí fuera de Chile por algunos años y a mi vuelta, estuve viviendo en la casa de los Concha durante algunos meses, en esa casa me trataron como a un hijo más, y la Tía Odette, el tío Eugenio y las hermanitas Concha (Paty, Ximena, Tuti y Kanque) son como mis segundos papás y mis hermanitas postizas.
Pablo, participó activamente de mi noviazgo con la Titi, junto a Frank Kaminski S.J. y Horacio Carrau S.J. concelebraron en nuestro matrimonio. Una vez ordenado era nuestro punto de referencia, recuerdos esas largas conversas en mi casa con mi señora Titi y mis hijos mayores, dando la bendición a nuestra casa y esas reuniones para confesarme que hacíamos con un cerveza al frente.
El accidente vascular de Pablo, nos golpeó muy duro, como a muchas personas, hoy damos gracias a Dios porque Pablo esté junto a nosotros, además creo que esa experiencia que lo tuvo tan cerca de la muerte, la ha permitido tener una sensibilidad muy especial y cercana respecto del sufrimiento, el dolor y la muerte que muy pocos la tienes o bien hablan desde la teoría.
Hace pocos días atrás con ese mismo grupo de amigos Pioneros, fuimos a celebrar nuestros 50 años en un viaje a Mendoza, largas conversas con Pablo, misa personal a este pequeño grupo y muuuchas risas y alegrías pasamos esos días.
Me cuesta resumir en estas líneas, son tantas historias juntos. Pablo aparte de ser como mi hermano, es mi referente y guía espiritual, reconozco en él un gran ser humano, un gran jesuita y por sobre todo un gran amigo.
Jorge Díaz SJ
Rector Juniorado Jesuita
Hemos coincidido con Pablo en la misma comunidad en tres oportunidades y en tres situaciones muy distintas tanto para él como para mí. El año 1997 fui enviado a trabajar pastoralmente al Colegio San Ignacio El Bosque; era mi etapa de “magisterio” en la formación de un jesuita. Él ya era sacerdote. Nos fuimos haciendo amigos. Dos años más tarde, en 1999, regresé a los estudios de teología. En esa nueva comunidad, Pablo nos recibió a varios siendo superior, pronto se fue a Europa a continuar sus estudios. En ese tiempo fui testigo de la humanidad y la acogida de Pablo. Me gustó la capacidad y la forma de tomarse en serio la vida, y como invitaba a otros en cierta complicidad tanto apostólica como comunitaria. Esta complicidad la vive también en el disfrutar lo que la misma vida ofrece.
Sin embargo, el reencuentro siguiente fue el menos esperado y el más potente. En el año 2003, ambos y con diferencias de pocos meses tuvimos dificultades de salud, accidentes vasculares cerebrales. La recuperación fue distinta, de diverso grado y a diferente tiempo. En la mejoría, en algunas oportunidades, nos fuimos encontrando en la Residencia San Ignacio, más bien en la enfermería. Allí se nos regaló una forma de amistad nueva, en la que el lenguaje, el modo de enfrentar la enfermedad, la inseguridad, la búsqueda de la confianza en Dios, su cercanía misteriosa, la manera en que cada uno vivía esta situación, pero también las cosas o situaciones que nos hacían reír constituían tópicos importantes.
Poder compartir ese tiempo con Pablo ha sido inmensamente significativo para mí, aún hoy día. Cada vez que nos volvemos a encontrar, casi naturalmente compartimos unos momentos en un grado y en una profundidad cargada de simplicidad que dice relación con lo esencial de la vida. Lo experimentado y compartido da un lenguaje propio, único y que me hace muchísimo bien. No me cabe duda que la vida de Pablo es de una potencia mayor tanto para mí, como para muchos otros. De eso me siento muy agradecido.
Alfonso Verdugo
Amigo, ex alumno colegio San Ignacio El Bosque
Conozco a Pablo como compañero de curso y nos une una amistad desde los 16 años, edad en que entramos a los Pioneros en el Colegio San Ignacio El Bosque, junto a otros siete amigos con los cuales formamos una comunidad y con los que aún mantenemos una gran amistad.
La vocación y entrada de Pablo a la Compañía no nos sorprendió porque era una consecuencia de una adolescencia y juventud muy centrada en lo espiritual, participando en misiones y otras “empresas” que vivimos como Pioneros. Claro que sin dejar de ser jóvenes yendo a fiestas, pololear y “carretear”, como cualquier otro compañero del Colegio.
Las “apuestas” estaban, para entrar a la Compañía, en otros del grupo. Pablo era de los pololos del grupo y con pololeos muy recordados por nosotros. Cuando nos anunció su vocación me llenó de alegría. Su felicidad y la convicción en su decisión me alegró como si fuéramos cualquiera de nosotros.
El ingreso a la Compañía no implicó terminar con la amistad y ver a Pablo creciendo en su fe y contento en su preparación y estudios me alegraba y me sorprendía, pues poco a poco fui conociendo de sus capacidades y habilidades en el conocimiento Teológico y cercanía con los matrimonios jóvenes en el acompañamiento.
Después de su Doctorado en España, Pablo vuelve lleno de energía y deseos de aportar con su conocimiento y capacidades a la Compañía, pero le sobreviene una enfermedad de cuidado y que le significa una lenta recuperación. Nos preocupó y lo acompañamos en su convalecencia, me admiraba cómo Pablo fue reconociendo al Señor en su recuperación y avances, mencionaba cómo había sido regaloneado por él, al sacarlo del riesgo vital del que había pasado.
Hoy como asesor de la comunidad que tenemos seis matrimonios, nos sigue sorprendiendo por su disposición y acompañamiento espiritual, toda la experiencia de su enfermedad le ha dado un nuevo impulso a su vocación.
Enrique Alvear SJ
Estudiante jesuita etapa de Magisterio en Manaus, Brasil
Un creyente de fe profunda y aprendiz de la vida
Dos son las frases que me vienen cuando me enfrento ante el desafío de referirme a Pablo: fe profunda en el Dios de Jesús de Nazaret y aprendizaje de la vida. Así es. Pablo es un hombre de fe, un hombre de Dios, un creyente.
De esto fui testigo en mi tiempo de Noviciado cuando, ya en los inicios de su recuperación del accidente, hablaba con una cercanía bien increíble de la proximidad de la muerte y de cómo la vida presente, en realidad, era un regalo, un don, una gracia. Era la experiencia del Resucitado vivida “en carne propia” como quien viene de “haber vencido a la muerte”. Como quien tiene el coraje y la osadía para volver a vivir, para vivir de nuevo. Como el Paulo de las primeras comunidades cristianas reconozco en Pablo “un converso”: un hombre moldeado y trabajado por el andar del propio caminar. Personalmente, esa radicalidad de Pablo para transitar creyentemente por los nuevos senderos es una característica que me remece en mi propia vida creyente. Y cómo no.
Por último, creo que Pablo tiene una virtud que lo destaca: él es sencillo, mas también lo suficientemente abierto como para aprender de la vida. Cuando no parece haber esperanza, cuando la oscuridad de la vida invade sus colores y empaña las perspectivas, Pablo suele ver con una agudeza, muchas veces tan indiscreta como incómoda, el aprendizaje, el paso posible que la vida no ofrece para seguir caminando abiertos a ella.
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