Miguel Yaksic SJ
“ANUNCIAR A JESUCRISTO DONDE OTROS NO
LLEGAN”
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En todo, sin optar por nada
Soy el mayor de cuatro hermanos. Mis papás se casaron jóvenes. Los hermanos somos bien distintos, pero muy cercanos entre nosotros.
Estuve en el colegio San Ignacio El Bosque, donde estudiaron mi papá y mis tíos. Mi mamá venía de una familia luterana y al casarse con mi papá se hizo católica. La cultura ignaciana fue siempre la predominante en la familia. A mi papá lo marcaron harto los jesuitas en el colegio.
De niño era más bien tímido, usaba anteojos grandes y fotocromáticos. Al llegar a sexto o séptimo, cuando ya empezamos a salir con niñas, me cambié a lentes de contacto. A esa edad además entré a los Scouts y ahí comencé a sacar personalidad y ganas. Tuve hartos amigos y salía mucho. En los últimos años del colegio estuve también en la CVX y el centro de alumnos. Mi grupo de amigos era fuerte, con harta presencia en el colegio.
Estudiaba poco, no me interesaba el estudio, pero sí participaba con ganas en el centro de alumnos, en las semanas del colegio y especialmente en los Scout, que era lo que más me entusiasmaba. En los Scout descubrí varias cosas: aprendí a convivir con otros, el valor de la amistad, compartir la carpa, estar debajo de la lluvia, irnos juntos de excursión, cocinar. Eso me marcó mucho.
Me acuerdo de un campamento en séptimo básico, cocinando a leña y alumbrándonos con un chonchón a parafina en el sur, bajo la lluvia, con los amigos. Y después íbamos a prender la fogata, a rezar juntos y a compartir cómo estuvo el día. Creo que mi experiencia religiosa está bien arraigada en los amigos, la naturaleza y compartir con otros.
Durante todo ese tiempo también salía mucho. Desde chico tuve un grupo de amigos con los que salía a fiestas. Mi primera polola la tuve en octavo básico.
Carreteé harto en el colegio en segundo, tercero y cuarto medio. De hecho en cuarto me invitaron a hacer Ejercicios Espirituales pero nunca fui, no estaba dispuesto a perderme un fin de semana de carrete.
Dios nunca fue una pregunta en el colegio, me refiero a su existencia. Siempre estuvo muy presente a través de los amigos, los campamentos, en el compartir con otros y sobre todo vinculado al servicio a los más pobres y a la naturaleza.
Yo valoraba tener un espacio para compartir la vida, reflexionar, conversar. Sentía un cierto orgullo de ser de alguna manera profundo en los tiempos del colegio. Ser capaz de conversar con otros de cosas importantes. Ahí Dios tenía mucho que ver.
Le agradezco mucho al colegio y a la formación ignaciana porque me abrieron el mundo: la Iglesia siempre me ha abierto el mundo, me lo ha ensanchado, desde el colegio. Porque me llevaron a conocer mundos que de otro modo no hubiese conocido. Nunca hubiese conocido a los mapuches en el sur si no hubiese estado en este colegio. Nunca hubiese ido a vivir a Los Nogales con una familia y a trabajar en una fábrica, si no hubiese estado en ese colegio. Esa formación me abrió mucho al mundo y me marcó, porque me invitó a salir del mundo del que yo venía.
Recuerdo una vez que íbamos en auto a bailar o a una fiesta y yo sabía que esa noche iba a gastar un poco de plata. En la esquina de El Bosque con Eliodoro Yáñez vi a una señora pidiendo. Me puse a llorar, pensando que no podía ser que yo a los 18 años estaba gastando cinco o diez lucas en ir a bailar y esta señora a esa hora estaba pidiendo plata. Sentía que esto no estaba bien. Esas cosas me iban marcando, y me iban haciendo querer salir de lo común, de lo obvio, del mundo del que yo era parte. Vinculaba eso a un llamado de Dios.
Nunca me planteé la vocación religiosa como un algo explícito, pese a que los jesuitas eran personas atractivas: a muchos los admirábamos. Queríamos conocerlos, saber cómo vivían, hacer lo que ellos hacían. Pero la vocación religiosa nunca fue un tema, seguramente porque me daba un terror inmenso hacerme la pregunta.
Sin embargo el servicio público sí era un tema. Yo no era buen alumno, era bien del montón, entonces no tenía todas las posibilidades para elegir. Pero quería estudiar derecho y entré a la Universidad Diego Portales.
Estudié tres años en que lo pasé muy bien. Ahí sí que me puse a estudiar. Me concentré, me gustaba y me fue bien. Me di cuenta de que los estudios iban a ser una herramienta para poder servir a otros. No me imaginaba ejerciendo como abogado sino que me estaba formando para la política y el servicio público. Y creía que para hacerlo bien había que estudiar.
Al salir del colegio mi mundo de referencia, que era lo ignaciano, el colegio, se me desarmó y yo quedé un poco perdido. Eso me levantó algunas preguntas, e hizo que en abril o mayo del primer año de universidad yo pidiera hablar con un cura. Uno de mis buenos amigos, que en ese tiempo tiraba más para jesuita que yo, se dio cuenta que yo estaba pasando un tiempo medio raro y triste. Me dijo “por qué no vas a hablar con esta persona”. Era un sacerdote con el que luego me acompañé por tres años hasta que entré en el Noviciado.
Un domingo en la tarde después de almuerzo le pedí el auto a mi papá. No le dije que iba donde un cura, le dije que iba a la casa de un amigo. Fui a su casa, que estaba a la altura del metro Ecuador. No me acuerdo mucho de lo que conversamos, pero él me dice que yo estaba triste, preocupado, un poco perdido. Fumé harto, me paseaba por la pieza. Después que conversamos me acuerdo que valoré mucho la posibilidad de haber hablado, de que mis preocupaciones se fueran ordenando. Me dijo “por qué no conversamos de nuevo”, en un mes más, algo así. Yo volví, por tres años, todos los meses.
Yo tenía claro que quería que mi vida estuviera vinculada al servicio y a los más pobres. Me daba cuenta de que Chile era un país tremendamente injusto, segregado. Me sentía privilegiado y que no tenía derecho a hacerme el tonto con eso. Pero no tenía muy claro cómo y qué. Decía “estudio, soy buen alumno y después veremos cómo yo pongo estas herramientas al servicio de Chile”.
En paralelo había formado una nueva comunidad de CVX el primer año de universidad, que armó el sacerdote con el que estaba conversando. Me invitaron yo creo para rellenar los cupos vacíos, era un grupo donde había tres gallos que estaban pensando en la vocación.
La comunidad funcionaba bien. Nos juntábamos semanalmente, hicimos revisión de vida. Queríamos compartir la vida, discernir cómo servir mejor y pudimos ahondar bastante. Además seguía bien metido en los Scout.
Pero al mismo tiempo también quería ser valorado en el ambiente de los amigos, de las mujeres. También carreteé harto en cuarto medio, primer, segundo y tercer año de universidad, todos los fines de semana, harta piscola. Era como querer estar en todo, sin optar por nada. En todo este tiempo tuve algunos pololeos pero fueron todos cortos.
Qué voy a hacer por Cristo
Al término del primer año uno de los de la comunidad dijo que iba a entrar a la Compañía. Yo no podía creerlo, pensaba “qué está haciendo este tipo, qué pasó por su cabeza que se va a hacer jesuita”. Al final del segundo año otro dijo que iba a entrar y volví a quedar bien impactado. Me parecía que era muy radical renunciar a los 20 o 21 años a todas las posibilidades que teníamos para el futuro. Y seguramente en alguna parte de mi corazón resonó. Me movió.
Invitamos a cuatro mujeres a integrarse para formar una comunidad mixta. Ya estaba en tercer año de universidad.
Seguí trabajando con los Scout del Colegio. Me acuerdo que asumí como jefe de una tropa. Me entusiasmaba, yo creía mucho en el método Scout, en esto de irse a un campamento donde los cabros tenían que aprender a convivir, a conocerse y compartir, salir de excursión en medio de la naturaleza y en forma sencilla, sin muchas cosas.
Creía se forjaba algo muy importante de la vida en los Scout y que era un método de formación para la vida. Pero con los años me fui dando cuenta de cómo mi discurso fue cambiando, haciéndose cada vez más religioso. Y hacia el final, fui metiendo mucho más a Dios en lo que yo les decía a los cabros, vinculando a Dios con el cielo estrellado, inmenso, con la noche, con el fuego, con la solidaridad y la amistad.
Me gustaba mucho la montaña, las vacaciones las pasaba haciendo expediciones en el sur, en la cordillera, en medio del hielo o en bicicleta. Cada vez que podía me iba a la montaña y eso lo mantengo hasta hoy día, porque en la inmensidad de la naturaleza me encuentro con Dios. Es un espacio de contemplación de la belleza que me hace mucho bien: cuando uno llega a la cumbre no puede sino pensar que aquí hay un Creador Bueno, que hizo todo esto tan lindo. También tiene que ver con compartir con otros el esfuerzo por llegar a una meta. Ahora que me voy a ordenar de sacerdote estoy esperando poder ir a hacer una misa en la cumbre de una montaña.
En la universidad iba profundizando en los estudios y entrando en varios temas que me interesaron: los derechos humanos, el derecho constitucional y político. Pero al comienzo del tercer año estos intereses se empezaron a mezclar con la inquietud vocacional.
Yo seguía hablando con Keno Valenzuela, S.J. una vez al mes, ya llevaba dos años. Ese proceso de conversas me ayudó mucho a crecer humanamente. A conocerme, saber quién soy, cómo funciono, cuáles son mis necesidades, qué es lo que quiero, cómo me habla Dios, a qué me invita. Nunca la vocación fue un tema, no fue una pregunta explícita. Yo creo que de algún modo estaba por alguna parte, pero no me atrevía ni siquiera a tocar el tema. Las palabras “jesuita” o “vocación” estaban prohibidas en mi vocabulario, ni siquiera las decía. Hasta que en tercer año de universidad comenzaron a aparecer.
Me invitaron en la universidad a un retiro de Semana Santa de la CVX, en Padre Hurtado. Era un retiro en silencio. Yo fui con hartas motivaciones raras. Me gustaba una niña que también iba, y el primer día yo rezaba pero mirándola. En la noche había que anotarse en una lista para acompañar al Santísimo, la noche del Jueves Santo, en grupos de a cinco, en una capilla chica. Yo esperé que ella se anotara y me puse en el mismo grupo. En el fondo yo estaba preocupado por ella, no del Señor.
Al día siguiente fue lo mismo en la mañana, y en la tarde del Viernes Santo dije “bueno, voy a rezar un rato porque a eso vine”. Me fui a la pieza, cerré las persianas. Me senté en la cama y al frente había un crucifijo. No me acuerdo qué texto recé, alguno de la pasión del Señor. Tenía unas preguntas de San Ignacio en los Ejercicios: qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo, qué voy a hacer por Cristo. Me impactaron mucho. Sentí que no había hecho mucho por Cristo, que tampoco estaba haciendo nada por Él ahora. Cuando llegué a la pregunta ¿qué voy a hacer por Cristo? me dije “no sé, pero algo voy a hacer. Algo importante, algo radical”. La imagen fuerte fue ver al Señor en la cruz, dando la vida y yo me sentí profundamente llamado a dar mi vida. Que mi vida no era mía, sino que para regalarla. Fue una oración bonita, súper profunda. Quedé muy movido, sabía que algo iba pasar, pero no sabía qué y la vocación tampoco era un tema.
Me acuerdo de haber ido a hablar después de esto con Keno, S.J. y le dije que tenía un llamado. No sabía si tenía que irme a trabajar como voluntario en el Hogar de Cristo o estudiar más para ser un mejor servidor después, pero me sentía muy llamado a hacer algo más importante, algo más radical, a salir de mi comodidad. Y el fundamento de ese llamado era Jesucristo mismo.
Pasaron los meses, yo me preguntaba casi diariamente qué significaba esto. No rezaba formalmente, pero me sentaba a estudiar y buena parte de mis estudios estaba distraído con estas preguntas.
En julio fuimos con un amigo y el sacerdote con el que conversaba a un restorán que se llama Las Delicias de Quirihue, en el centro. Pedimos una parrillada de chancho y una botella de vino pipeño. Le pregunté a este padre “¿cómo fue tu vocación?”. Él nos contó. Yo dije, ahí mismo y muy nervioso, “esto es lo que yo estoy viviendo, es lo que me está pasando a mí, ¿no será que Dios quiere que yo sea jesuita y que este llamado que viene desde el retiro sea esto?” Fue la primera vez que me lo dije con un poco más de claridad. Ahí quedó la pregunta. Fuimos a dejar al padre a su casa y con mi amigo partimos a una fiesta.
El tema se empezó a hacer más cotidiano y yo estaba muy asustado y tironeado. Le decía a Dios “búscate a otro, yo no quiero. No quiero dejar mi vida, mis estudios, el matrimonio, la mujer, los hijos”. Le decía a Dios, literalmente, “por favor no me cagues la vida”. Aparecía esto todo el tiempo, mientras estudiaba, caminando por la calle, en la micro.
Esto iba cada vez más claro y yo más asustado. Nadie sabía, solo el cura con el que hablaba, al que le decía con mucho miedo y timidez, porque sentía que si le contaba me iba a agarrar. Pero algunas personas más cercanas se empezaron a dar cuenta, porque lo que uno habla empieza a cambiar.
A fin de septiembre llegó un amigo después de la misa de CVX, que me dijo que quedaba un cupo para una experiencia que se llamaba la Storta. Era el segundo mes que se hacía. Se trataba de una casa muy cerca del Hogar de Cristo en Estación Central, donde jóvenes se iban a vivir en comunidad, haciendo su vida normal de estudiantes y donde todos los días se iba a servir al Hogar. Me dijo que empezaba el domingo siguiente. Octubre era un mes de estudio fuerte, quise pensarlo un poco más. Pero me llamaron en la noche de nuevo y ante la insistencia dije “ya”.
SI
A la semana siguiente me fui a la Storta y todas las noches iba a trabajar a la Casa de la Mujer, donde hay mujeres con sus niños chicos, que dejan sus casas por violencia intrafamiliar. Me encontraba con una necesidad, una carencia, una agresividad permanente en ese lugar. Me sentí muy querido y fue experimentar esa necesidad de otros lo que me hizo convencerme de que este llamado de Dios era verdadero. Empecé a experimentar un poco más de paz en ese mes en La Storta. En el servicio a otros este llamado a dejarlo todo tenía sentido.
Creo que al final de ese tiempo me fui aclarando: Dios me pedía que fuera jesuita. Mi papá se dio cuenta y me dijo, “si tú quieres ser jesuita primero termina de estudiar”. Me quedé callado. Un día le conté con calma lo que me estaba pasando, y el papá me dijo que creía que esto era de Dios y que me apoyaba.
Creo que en noviembre dije que sí. Con mucho miedo y pensando esto que había sido mi vida por 21 años iba a dejar de ser mi vida. Las calles por donde caminaba, mis estudios, la casa, todo se iba a acabar.
Me empecé a juntar más seguido con el sacerdote con el que me acompañaba. Yo rezaba, pero no muy formalmente, excepto cuando iba a la cordillera, en la comunidad, caminando en la calle y en la misa los domingos. En enero fui a la jornada vocacional, ya bastante convencido de que quería postular a la Compañía de Jesús. Fue interesante, me encontré con tipos choros que yo admiraba, me gustaba la idea de compartir este camino con ellos. Al final de la jornada decidí postular.
Creo que si no hubiese admirado a los jesuitas nunca habría pensado entrar a la Compañía. Me gustaba su estilo de vida cercano, alegre, sencillo, su capacidad de jugarse la vida por algo. Admiraba a los misioneros, a los que eran capaces de decir “yo parto libremente a servir”.
Postulé contento y nervioso a la vez, pero con paz. Ese verano nos fuimos con mis amigos a Puerto Natales y llegamos con una patrullera de la Armada a explorar los Campos de Hielo Sur y el Monte Balmaceda por quince días. No había nada, nadie. Caminábamos con nuestras mochilas en un clima muy duro.
El día que volvíamos tenía que ir a encontrar la lancha que nos iba a buscar. Era un día precioso de sol, pero la lancha no llegaba. Yo debía llegar a Puerto Natales para llamar por teléfono a Padre Hurtado al Provincial y preguntarle si me habían admitido a la Compañía. La lancha no llegaba, empezamos a angustiarnos, habíamos dejado un depósito de comida en ese lugar, pero un zorro se había comido todo. Sólo nos quedaba un poco de fruta seca. Finalmente llegó la lancha, después de medio día de espera. Llegué al puerto justo a las siete. Me bajé corriendo, llamé por teléfono y aparece Juan Díaz, S.J. con su risa y me dice que estaba muy feliz de admitirme a la Compañía. Mientras hablaba mis amigos me tocaban la ventana de la caseta del teléfono. Nos fuimos a celebrar la expedición y mi entrada a la Compañía comiendo un bistec a lo pobre.
Esa fue la parte fácil. Lo difícil fue llegar a mi casa a contarle a mi familia. Para ellos fue duro, yo tenía sólo 21 años y debe haber sido complicado que me fuera de la casa. Creo que experimentaban una mezcla de orgullo, alegría y a la vez la pena de la pérdida, porque al Noviciado uno se va, no más.
Mis amigos me decían “bueno, estás feliz ¿no?”.Por dentro yo me decía que el tema no era si era feliz o no, sino que si estaba respondiendo a la vocación a la que Dios me invitaba.
Llegó marzo, el tiempo de las despedidas. No sabía cómo comportarme, si era cura o laico.
Me fueron a dejar al Noviciado, recuerdo a mi familia llorando al momento de irse y que alguien me hizo sábanas cortas. Al día siguiente nos mandaron a hacer deporte. Yo veía a estos 18 novicios corriendo por Melipilla a las ocho de la mañana y me parecía tan raro. Fue el primer impacto de decir “¿qué estoy haciendo aquí?”.
Los jueves teníamos reunión de comunidad y después había un momento para compartir. Tocaban la campana para irse a acostar, pero yo me escondía a fumar un cigarro. Era el día de la nostalgia en que vivía la pena de lo que había quedado atrás. No es que tuviera dudas de la vocación, sino que la conciencia de lo que estaba dejando, la mujer, el matrimonio, la familia. Era el dolor de experimentar que el paso que uno estaba dando era fuerte y radical. Pero no me quitaba la paz, siempre sentí una paz fundamental: aunque duela, sé que este es el llamado. Y la paz es una manera de discernir la voluntad de Dios.
El Noviciado fue duro. Este régimen de estar muy hacia adentro, donde el trabajo fundamental es sobre uno mismo, hacerse capaz de una vida espiritual profunda y de vivir humanamente la vocación a la Compañía. Para mí era claro que yo estaba poniendo las bases, los fundamentos para hacerme un hombre capaz de esta vocación. Eso fue muy lindo, profundo y también trabajoso. Hay mucho a lo que morir para volver a nacer. Hay que rehacerse, reconvertirse, generar una identidad nueva en el interior. Por eso el Noviciado es muy intenso.
Me enamoré en el Noviciado de la Compañía de Jesús, de su misión, de servir la fe y la justicia y poder ir al mundo a anunciar la Palabra de Dios. Que nuestra vocación es de ir a las fronteras, de llegar y partir a donde haya que ir. Es una vocación creativa, entusiasta, alegre, donde lo humano es muy importante, donde hablar de Dios es hablar del hombre y de la mujer. Uno no se está arrancando del mundo, sino que te estás metiendo profundamente en él. Es el tema de la Encarnación: Dios decide hacerse tiempo, carne, persona, afecto. Yo sentía que como Dios, me estaba encarnando en las historias de las personas. Para mí hacerme sacerdote era meterme más a fondo en el mundo.
Viví con fuerza esto en el Mes de Hospital. Con un compañero nos tocó ir al Hospital Psiquiátrico, al sector de mujeres que tienen patologías agudas. Nos tocaba un día hacer aseo y al día siguiente estar con ellas en una especie de terapia ocupacional. El primer día fue muy fuerte. Llegó una chiquilla que venía de electroshock y me empezó a tocar la cabeza, me dijo “qué lindo tu pelo” y se sacó la ropa delante de mí. Yo le decía “no te voy a mirar, vístete no más”. Después llegó otra buscando unos dólares perdidos, le dio un ataque, tuvo convulsiones y entre dos enfermeras le pusieron una inyección, la metieron a la sala de aislamiento y me mandaron a que le diera el té. No tenía dientes y estaba completamente amarrada. Yo le remojaba el pan en la leche y mientras se lo daba ella me gritaba que había unos monstruos que se la estaban comiendo por dentro. Esa noche una niña se tiró desde el segundo piso y quedó inválida. Fue una experiencia brutal. Ahí también pude ver el contraste entre los psiquiatras, que eran casi todos ateos, muy desesperanzados, y las mujeres auxiliares de servicio que trabajaban día a día con las enfermas. Ellas me asombraron porque eran de una alegría, esperanza, cariño y delicadeza sorprendentes, mostraban una dedicación al trabajo que contrastaba con los bajísimos sueldos que recibían.
En el Mes de Peregrinación me tocó ir a Tirúa, antes de que llegaran los jesuitas allá. La idea era ir por las comunidades indígenas pidiendo alojamiento a cambio de trabajo, para después poder contarle a Pablo Castro, S.J., que estaba armando nuestra misión allá, cómo eran las comunidades, cuáles eran católicas, etc. Llegar a una casa y que te pasen su cama es impactante, ir con los viejos a cortar el cochayuyo al mar y luego subirlos al hombro por la ladera del cerro, echarlo a la carreta de bueyes, salir a venderlo por 100 pesos el kilo. Nunca hubiese hecho eso si no hubiera entrado a la Compañía de Jesús.
Fueron experiencias fuertes, todo el tiempo del Noviciado y el comienzo de la vocación el acento estaba puesto en que era yo el llamado a servir y dar la vida, partir al mundo a servir a Jesucristo. Lo viví con un entusiasmo y un fuego muy grande, muy centrado en la misión, en la pega, el trabajo. Lleno de deseos.
Para mí ser jesuita tiene mucho que ver con trabajar por un mundo más justo. Esta frase del padre Arrupe, que dice que la Eucaristía no va a estar completa mientras haya hambre en el mundo, me hace un sentido profundo. Hablar de Dios es hablar de justicia. Para mí los más pobres han sido siempre un impulso. Con los años yo le he pedido a Dios que haga de ellos no tanto un objeto de estudio, sino que amigos con los que quiero estar cerca.
Al terminar los primeros dos años volví a Santiago, feliz de haber dejado Melipilla y el Noviciado. Comencé a estudiar Filosofía con ganas de profundizar en la pregunta de quién es el ser humano. En forma paralela a todos los deseos de servicio que traía desde el Noviciado, estaba viviendo un proceso mucho más profundo que Dios fue poniendo en mí desde el Noviciado y que ha sido el gran tema de mi formación, a nivel más humano: yo estoy en la Compañía de Jesús y voy a ser cura no tanto porque voy a dar la vida, sino porque Dios mismo ha sido lo más importante que me ha pasado. Poco a poco fui cayendo en la cuenta de que si el acento estaba puesto en mi voluntad y deseo de dar la vida, llegado el momento en que no pueda más, perfectamente podría decirle a Dios “yo traté, me voy”. Quedaba una ventanita abierta. Pero reconocer ante Dios que estoy aquí porque esta es la mejor vida que puedo vivir y porque verdaderamente Él es lo más importante que me ha pasado, que estoy aquí no por mis cualidades sino que como respuesta a ese amor gratuito, generoso, incondicional, me obliga a cerrar la puerta, ponerle llave y tragármela. El protagonista se ha ido haciendo cada vez más Dios y menos yo en estos doce años de formación. Y hoy día siento que me ordeno de sacerdote diciendo que es pura respuesta a esa gracia fundamental que Dios me dio. Es pura gratitud a Dios.
Eso no quiere decir que esto haya sido muy fácil. La vida de todas las personas tiene mucho de dureza, y la de nosotros en la Compañía también. Las renuncias son duras, por ejemplo la intimidad profunda con una mujer, eso nada lo cubre, ni Dios, ni el apostolado, ni la misión, ni el sacerdocio, ni el servicio. Nada. Eso no quiere decir que uno viva frustrado o triste, pero también hay que ser consciente de que esas renuncias son verdaderas, aunque Dios te ayuda a vivirlas con una paz fundamental. Pero son duras.
En momentos en que se hace duro el camino, en que hay menos fe, esperanza, en que uno quisiera salir corriendo, cuando uno ve que están todos felices con tu vocación, menos tú, me ayuda hacerme consciente de que en todos estos años Dios ha sido consistente conmigo. Como dice la madre Teresa, todo pasa y Dios no cambia, Él ha estado siempre fiel a su promesa. Cuando estoy más desolado me acuerdo de esa fidelidad de Dios que me sostiene.
También me sostienen los compañeros, he aprendido a hacer amigos profundos en la Compañía y me siento muy apoyado por ellos. Tener la posibilidad de compartir lo profundo con otros me ayuda mucho. Hay una intimidad que no es como la que tienes con una mujer pero que sí tenemos los jesuitas, con nuestros compañeros de misión. Con los que uno tiene un camino recorrido y por recorrer juntos. También me sostienen todas las personas con las me voy encontrando en el servicio, a las que uno se debe y que esperan de uno. Les debo mucho a esas personas que me han acompañado, que me han enseñado a ser jesuita.
Seguí la Filosofía hasta sacar la Licenciatura. Me encantó profundizar en las preguntas grandes de la vida humana, hacia dónde dirigir la vida, cómo organizarse junto a otros. Me gustaba mucho buscar ciertos valores comunes en un mundo diverso, plural y fragmentado como el nuestro. Esos años fueron una ayuda excelente para profundizar, preguntarme, problematizar y pensar cómo uno puede hablar de Dios en un mundo diverso. Eso tiene mucho que ver con el tema de la justicia social.
En ese tiempo trabajé pastoralmente en la parroquia Jesús Obrero, que fue entrar en un mundo desconocido. Hacía catequesis y trabajaba en el Mej. Se desplegó una nueva faceta de mí en el tema de las relaciones humanas. Mucho del apostolado en la pastoral se juega en relaciones fecundas con otros. Relaciones de amistad y cariño, de estar juntos, de compartir la vida y entrar en la vida de Dios. Me di cuenta de que cuando yo como jesuita entraba en la vida de otros y dejaba que otros entraran en mi vida, eso tenía un efecto pastoral muy importante. Agradezco mucho a la gente de Jesús Obrero, con quienes fui perdiéndole el miedo a entrar en relaciones afectivas profundas con las personas. Fueron tres años muy lindos trabajando con jóvenes, niños y adultos.
Y fue también una buena combinación el estar en un trabajo pastoral muy en el ámbito afectivo, mientras los estudios eran netamente intelectuales. Estudié harto en esos años y me di cuenta de que uno puede ir desplegando habilidades distintas que son útiles para la misión.
Ya desde esta etapa, el Juniorado, he sentido siempre una tensión entre un apostolado más multiplicador, con recursos, obras grandes, y otro llamado a ir de algún modo a morir con los más marginados y pobres. Que es mucho menos multiplicador porque uno está con menos personas, pero que tiene un sentido evangélico muy profundo. Uno renuncia a cargos, reconocimientos, y se va a vivir la vida de los más sencillos.
En el Juniorado tuvimos una experiencia que me marcó. Fuimos a un encuentro de jesuitas en el Perú, donde tuvimos un curso de Antropología Latinoamericana en Lima, y después nos fuimos a Cuzco, donde seguimos estudiando Antropología y visitamos unas comunidades indígenas de la sierra, la montaña peruana. Nos subimos a un jeep con un jesuita vasco y anduvimos siete horas por la sierra hasta llegar a un pueblito, luego tuvimos que seguir un día completo a pie hasta llegar a un villorrio con casas de piedra y paja donde uno sentía que había retrocedido 600 años en el tiempo. Nadie hablaba español, salvo el catequista de la comunidad, que hablaba muy poquito. Nos quedamos en la casa de unos indígenas, un junior peruano y yo. Una casa que tenía de cuatro metros de largo por dos de ancho, con piso de tierra. Dormíamos tapados con unos cueros de alpaca, muertos de frío. Nevó varias veces. Estuvimos ahí diez días, compartiendo la vida sencilla de estos indígenas. Nos invitaban a sus casas para bendecirlas, lo hacíamos con una fórmula que teníamos en quechua, probablemente la leíamos pésimo. Un día fuimos a cinco casas, en cada una nos esperaba un almuerzo: al tercero estaba desesperado, al cuarto no podía más. Al quinto ya lloraba. Cuando se daba vuelta la señora metía la comida en la mochila, no podía comer nada más.
Me impactó mucho el jesuita vasco que vivía ahí. Hacía unas rondas por dos meses recorriendo a pie las comunidades indígenas, alojando con ellos en sus casas, donde celebraba las liturgias y hacía catequesis. Hablaba muy bien el quechua, llevaba diez años en esa misión. Un día le pregunté: “en diez años, ¿qué has aprendido?, ¿has evangelizado a la gente?, ¿se han convertido, son todos católicos?” Me dice “lo único que he aprendido es cómo podemos convivir juntos dos culturas tan distintas, acompañarnos y rezarle a Dios”.
Me impactó mucho su capacidad de irse a vivir la vida de otros y, con ellos, conversar, dialogar, para ver cómo nos encontramos, sin imposición de ningún tipo. ¡Y diez años en eso! Uno se pregunta dónde están los frutos. Pero ahí están: en haber estado juntos.
Esa experiencia me llamó profundamente la atención, es tan distinta a las típicas de los jesuitas que tenemos grandes obras, colegios universidades, Infocap, Un Techo para Chile, que son espacios donde uno moviliza mucha gente y genera un impacto muy grande. Me sentí siempre tensionado entre esos dos llamados y me he preguntado muchas veces cuál es la mejor manera de traer la justicia del Evangelio.
En ese cuestionamiento me ofrecí para ir a Tirúa en el Magisterio, le dije al Provincial y me respondió que no. Ya estábamos a fin de año, terminaba mi tesis de Filosofía y todos esperábamos las cartas con nuestros destinos para Magisterio. Un día estaba durmiendo siesta y sentí que alguien metía un sobre por debajo de mi puerta. La abrí y decía en tres líneas: te destino a Concepción, a trabajar en la CVX y el colegio. Yo no lo podía creer, Concepción no estaba en los planes.
Sin embargo creo que esos han sido los dos años más lindos que he tenido en la Compañía. Me sentí profundamente cura, muy desplegado, hice de todo: estaba en CVX, fui profesor jefe y de Filosofía, daba charlas, retiros. Daba muchos ejercicios, acompañaba gente, trabajé como bestia, de ocho de la mañana hasta las once de la noche. Sentí esos dos años que para esto entré a la Compañía, para vivir esta vida. Fueron los únicos dos años en que no he estado pensando en lo que viene. No me quería ir de Concepción, me sentí cómodo y querido. También sentí que si uno tiene ganas de estar con la gente puede hacer mucho bien. Allá me encontré con gente hambrienta por escuchar de Dios.
Me dejó muy claro que haga lo que haga en la Compañía, en el futuro, tener una pata en la pastoral con las personas será muy importante. Y que aunque me gusta estudiar, sé que debo mezclar y balancear las cosas.
Donde haya que ir
Me entusiasma mucho el que la Compañía de Jesús nació de un puñado de hombres para ser destinados a las misiones más difíciles. Van siete gallos donde el Papa y le dicen “hemos estudiado, estamos formados, fuimos a la Universidad de París. Mándenos, a donde haya que ir”. Y se esparcen por Europa, África, India, Asia. Esa idea de ir a anunciar a Jesucristo donde otros no llegan me hace mucha fuerza.
Es algo especialmente desafiante hoy día, en un mundo tan diverso y plural. Me siento muy llamado a ir a conversar con otros que no creen, que piensan distinto. Más que donde están las cosas claras, seguras, ir a esa conversación con los que son diferentes de nosotros, y buscar ahí los puntos de encuentro.
Por eso mis opciones de estudio en Filosofía y Teología han ido por ese lado. La tesis que acabo de hacer en Estados Unidos, es sobre cómo tener un discurso de Dios, cristiano, que es un discurso que busca transformar el mundo, en un entorno tan plural, donde para defender la igualdad, la libertad, el respeto mutuo, se remueve de lo público las concepciones religiosas y morales. Creo que con todo lo que pasa hoy día seguimos teniendo mucho que decir y que en el Evangelio de Jesucristo están planteadas las mejores condiciones para la vida humana.
Después de mis dos años de Magisterio me costó volver. Volver a Santiago, a estudiar, ir a la universidad, tener hartas clases, todo eso me costó un poco. No me gustó tener tantas clases pero sí la Teología en sí misma. Esos tres años viví dos en la casa de Hannover y uno en la población Los Nogales, y trabajé en Infocap, la Universidad del Trabajador. Fue choro, porque por primera vez tuve un apostolado específicamente social, donde el tema era la promoción humana de los más pobres. Por una parte tenía el contacto directo con los trabajadores en clases, el patio, en reuniones, y por otra parte había una reflexión sobre el mundo del trabajo en Chile, la realidad de los trabajadores y el trabajo informal, de la que yo también me hice parte. Poder pensar cómo llegar a los trabajadores y ayudarlos a dejar atrás la pobreza fue muy interesante. Me encantó servir ahí, es una obra preciosa donde uno no habla de Dios tan directamente, pero los trabajadores saben que es de la Iglesia.
Hacía clases y formaba ex alumnos de Infocap para que fueran luego profesores de sus compañeros. Había una escuela de líderes. Yo pensaba: “qué puede haber más Evangélico y de Dios que generar un espacio para que la gente viva mejor, más contenta, sea más respetada y recupere su dignidad”. Ser parte de eso para mí fue una alegría grande.
Además en ese tiempo hice algunos pololitos más pastorales, tenía un par de comunidades que acompañaba, una de adultos y otra de universitarios, y algunos acompañamientos espirituales. Para mí seguía siendo importante tener un espacio donde hablar más directamente de Dios.
Esos tres años también exploré harto por dónde seguir estudiando. Llegué a la convicción, después de investigar y conversar con gente, que debía hacer un postgrado en Filosofía Política para meterme en el tema de la justicia, de su fundamento, precisamente para ayudar a renovar nuestro discurso social como jesuitas.
Estudié harto, me preparé y postulé. Me admitieron y me iba a ir a Chicago a estudiar el postgrado. Pero justo antes de eso me fui a Valparaíso a estudiar el examen de grado de Teología. Y desde ahí empecé a pensar quién voy a ser yo en la Compañía de Jesús. Vi que lo primero que voy a ser es ser cura, sacerdote. La gente necesita primero que le hablemos de Dios. Empecé a pensar si no sería mejor que estudiara más Teología que Filosofía.
Partí a Estados Unidos, primero a estudiar inglés. Estando allá me convencí de que había que cambiar de estudios y a un mes de empezar las clases llamé al Provincial, le conté lo que estaba pensando y le pedí cambiar.
Sentía que necesitaba enfrentar los temas de la justicia social y del mundo plural con una perspectiva más arraigada en la Teología Cristiana, para encontrar ahí un fundamento para esa discusión, en vez buscarlo fuera del cristianismo. Además siempre he tenido muchas peleas con ciertos modos de la Iglesia, y creí que iba a vivir más en paz y servir mejor si resolvía esas peleas. Finalmente sentía que quería ser un hombre disponible para que el Provincial y la Compañía me destinaran donde hubiera que ir. Una formación un poco más amplia me iba a ayudar a ser más disponible. Yo quería que mi vida estuviera realmente en las manos de la Compañía, y que ella pudiera decir “contamos con Miguel”. El sacerdocio para mí es eso.
Finalmente fui a estudiar Teología a Boston. Fueron dos años de estudios muy profundos, con un sistema flexible en el que uno elige lo que quiere hacer, se estudia, lee y escribe mucho. Siento que mi reflexión maduró harto, fue un acierto profundizar más en Teología. Las preguntas que traía sobre Dios y Jesucristo en un mundo plural, sobre la justicia social, no quedaron afuera.
Estuve dos años en Estados Unidos y fui a trabajar en una comunidad de inmigrantes dominicanos. El primer año estuve más centrado en los estudios, pero el segundo me ordené de diácono y fui un poco el párroco los fines de semana en esa comunidad. Bauticé unos cuarenta niños, casé. Fue una experiencia muy linda compartir con ellos, es gente alegre, corporal, muchas mujeres que compartían el trabajo, la casa y eran las líderes de la parroquia. Mujeres serviciales, generosas, que llevan la Iglesia desde las bases. Me impactó mucho la experiencia de los inmigrantes que lo dejaron todo, su tierra, sus raíces, para poder llegar a un lugar que les ofrezca a sus hijos mejores posibilidades. Fue un tiempo muy sacerdotal, muy sacramental, muy de cura, esos dos años que iba a Santa Mónica - San Agustín, en South Boston.
Me costó mucho despedirme de ellos, en la misa final quise decir algo en el micrófono y no fui capaz. Me dio harta pena.
Un sacerdote humano para el mundo
Yo he esperado este momento de terminar los estudios, de ordenarme y recibir misión, por doce años. No es poco tiempo. Siempre pensé que llegado este momento iba a estar muy entusiasmado, consolado, feliz, desplegado. Y la verdad es que estoy bien asustado. Cuando entré a la Compañía era cabro, mucho más inocente. Y hoy día doy este paso definitivo consciente de quien soy. De toda mi pobreza, de todos mis miedos, inseguridades. Uno dice “voy a hacer este acto público de ser ordenado frente a mil personas, asumir un rol público, que supone castidad, obediencia y pobreza para siempre, y ya no me puedo arrancar”. Eso me ha dado un poco de pánico.
A pesar del susto y de que no estoy todo lo entusiasmado que esperaba estar, hay una gracia fundamental de Dios, como una paz básica que confirma. Y uno dice “sigo optando por esto” aun cuando a veces uno siente que quiere salir arrancando.
Me imagino que un esposo siente lo mismo muchas veces frente a su esposa, de repente no debe querer verla más y, sin embargo, sigue optando por ella, y ella por él, y por sus hijos. No es privativo de ser cura el que la vocación sea a veces dura, es algo que les pasa a todos.
Dios ha sido tan consistente conmigo, tan fiel, que uno no puede dudar. Es una certeza de fondo, de que la vida está aquí, en esto que uno ha escogido, a lo que Dios me ha llamado y que a uno lo mantiene en su vocación.
Me he soñado mucho como cura en todos estos años. Ahora, concretamente me sueño como encargado de CVX Secundaria, que será mi misión por los próximos tres o cuatro años. Y me hace mucha fuerza todo lo que uno puede hacer para ayudar a formar hombres y mujeres capaces de discernir su vocación en la Iglesia y descubrir que la vida se realiza más allá de uno mismo, que uno está llamado a pensar en el bien común. Ahí tengo las apuestas en este minuto: en marcar hombres y mujeres que después sean capaces de servir a Dios y a Chile, de servir a otros, que vivan un país más democrático, menos segregado, más abierto y tolerante, más fraterno.
Después no sé qué vendrá, no tengo idea. Prefiero mantenerme abierto porque me imagino que finalmente voy a ser uno de esos jesuitas más o menos disponibles para ir de un lado para otro, más que un especialista en algo.
Estando fuera de Chile dos años me hice consciente de la fragilidad de la Iglesia, de la Compañía de Jesús, y de mi fragilidad personal. Allá uno descubre que la Iglesia es una minoría, ves que la Compañía misma es más diversa. Y también la soledad y la distancia te muestran la propia fragilidad, la necesidad de otros.
Estuve rezando harto antes de volver a Chile una carta del rector de los estudiantes de Teología en Boston, donde decía que la habilidad fundamental que requiere hoy un sacerdote es ser capaz de sufrir, porque es en el sufrimiento donde uno será capaz de ser empático y entender a otros. Compara a Jesús con Sócrates: mientras Jesús está en el huerto, histérico, sudando sangre, pero es obediente al Padre, Sócrates bebe la sicuta impávido, como si no pasara nada, sin miedo alguno. Son dos modelos de hombre. Nuestro modelo de hombre es tan afectivo, tan humano, que antes de morir estaba aterrado. El sufrimiento de Jesús y el nuestro es parte del componente profundo de la vocación al sacerdocio. Haber sufrido a uno le va a ayudar a comprender y ayudar a otros.
Me da pena y angustia ver que la Iglesia en Chile y otros lugares está en crisis y que las vocaciones disminuyen. La configuración de la Iglesia está cambiando brutalmente, no sé qué va a venir y yo me estoy ordenando en este contexto. Me da un poco de miedo. Por otra parte, siento un llamado y alegría grande porque nosotros podemos colaborar a hacer que la Iglesia sea mejor, más fiel a Jesucristo. Eso es una tarea muy linda. Le pido a Dios que nos ayude a ser fieles a Jesucristo para poder hacer una Iglesia mejor, un recinto de verdad, de amor, de justicia y de paz para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando, como dice la liturgia de la misa.
Me siento profundamente agradecido de Dios porque me ha invitado a vivir la mejor vida que podía vivir en la Compañía. Siento una gratitud profunda a la Compañía de Jesús, por este puñado de hombres que en comunidad han querido contribuir a hacer este mundo más justo y Evangélico. Me han invitado a mí y me han hecho parte de ese proyecto.
La Compañía me ha hecho un hombre mejor: más humano, más abierto, más tolerante, más capaz de amar, más consciente de quien soy. Me abre al mundo una y otra vez. En Boston yo vivía en el barrio intelectual de Harvard, y dos veces a la semana partía al sector de los inmigrantes. Eran dos realidades diametralmente opuestas y de las dos era parte. Me ha hecho parte la Compañía de muchos mundos distintos, y eso es un regalo muy lindo.
Todos esos mundos me han mostrado la riqueza de la vida humana, la nobleza de tantas personas que desde donde están y como pueden se juegan la vida. Me siento muy llamado a vincular todos esos mundos en Jesús, en Dios. Lo que me ha permitido estar en toda esa diversidad es mi fe en Jesucristo que no me ha retraído, encerrado o encartuchado, sino que me ha abierto. Me ha ensanchado. Es a partir de mi vocación jesuita que he estado en esos mundos. Mi lugar en todos ellos ha sido como jesuita, con una identidad súper clara, para vincular todos esos mundos, para generar esperanza.
En cada lugar donde he encontrado alguien que está buscando y le ofrezco a Jesús, Él termina llenando esos espacios. Para eso tenemos que ser capaces de hablar el lenguaje de la gente y traducir el Evangelio y la Iglesia a un lenguaje comprensible para todos.
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