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| Me enamoré de un sueño | ||
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JUVENTUDTuve una vida super normal. Con mi familia, mis papás, mis hermanos. Vivimos en Estados Unidos un par de años porque mi papá estudió allá. Cuando volvimos a Chile vivíamos en el centro, en un departamento. Entré al colegio San Ignacio Alonso Ovalle. Después nos cambiamos a vivir al sector oriente, pero los papás quisieron dejarnos en el mismo colegio porque les gustó. Había gente de todos lados, y eso yo creo que me dio de inmediato una perspectiva de la realidad bastante amplia. Saber que no existía un sólo barrio. Que no todos los papás se desempeñaban en lo que hacía mi papá, sino que había distintos oficios, distintos tipos de ingresos… eso me ayudó mucho. Fue bueno también el subirme a una micro todas las mañanas con mi hermano. Cruzar todo Santiago para llegar al centro. Eres testigo de la realidad, de la gente, el comercio, las protestas, los carabineros. De alguna manera yo era testigo de la vida cívica, de los problemas que existían, de la gente, los rostros, el cansancio. Tengo muchos recuerdos de niño, de haber contemplado la vida. Ahora de grande me doy cuenta de que fueron cosas que quedaron muy marcadas. Eso de ver el mundo diverso, heterogéneo, que había mucha gente, distintos colores, distintos gustos, distintas opciones, distintas verdades, distintas historias. El colegio evidentemente a uno lo marca. Todas las experiencias, los trabajos de fábrica, la CVX, las misas, la presencia de los jesuitas, de los estudiantes jesuitas. Esto de acceder a una Iglesia cercana, humana, que se planteaba muy desde la realidad de uno, de tú a tú, y muy respaldado a la vez por una Iglesia jerárquica que era muy valorada, jugada por la vida. Nosotros, como jóvenes, teníamos una experiencia eclesial super profunda, que lograba generar un movimiento hacia a Dios. Una Iglesia que estaba junto a la gente. Uno no podía entender una Iglesia sin que pasara por el amor al otro… amar a Dios es amar al hombre… amar al hombre es amar a Dios… Esa fue la Iglesia en la cual yo me crié, esa fue la Iglesia que me mostraron los jesuitas. Era una Iglesia alegre, jugada, arriesgada, entretenida, seductora, humana, con los pies en la tierra, que hablaba tu lenguaje… una Iglesia super atractiva. Nunca fui muy buen alumno. No pescaba nada… probablemente los estudios nunca tuvieron un sentido muy profundo para mí, era muy inmaduro y no logré entender que eran un medio. Tenía mis amigas, no era muy bueno para pololear. Eran grupos de amigos muy choros. Me acuerdo que éramos muy soñadores, nos juntábamos en las casas a conversar, a pensar en el país… y éramos chicos, pero estábamos profundamente seducidos por la pregunta de cómo generar un país justo, nuevo. No pude salir del colegio con mi curso, eso fue una pena grande. Cuando estaba en segundo medio me estaba yendo muy mal. Tenía muchos problemas disciplinares, una fama media complicada. En agosto me salí del colegio y en esa fecha ya no pude entrar a otro. En ese período conocí un poco más de cerca de los jesuitas. Dos de ellos fueron a hablar con el rector de ese entonces y le pidieron que me dejara volver al San Ignacio. Y así volví al año siguiente al colegio, pero condicional y repitiendo segundo medio. Las notas no cambiaron, pero la conducta si cambió mucho. Empecé a dejar una rebeldía más bien adolescente, me comencé a involucrar mucho más en el colegio, en las actividades. Egresé de cuarto medio con un promedio bastante bajo, pero curiosamente me fue bien en la prueba de aptitud. Entré a estudiar ciencias biológicas en la Universidad Católica. Mi papá era biólogo, mi mamá era química, entonces ahí hubo una decisión quizás no muy bien pensada, como una inercia familiar. Estuve un par de años estudiando biología. Fueron años bonitos, durante los que estuve muy metido en el tema político. Algo que a mi me ha dejado marcado para toda la vida es el respeto a la vida, sea quien sea el ser humano. Hubiese sido un comunista, hubiese sido un carabinero, uno empieza a fraguar en su interior un respeto profundo a un ser humano que uno reconoce como hijo de Dios. Yo nunca le tiré una piedra a un carabinero. Podrían estar apaleando a un amigo, pero ni siquiera me sentí impulsado inconscientemente a agredir a alguien. Se desarrolló un respeto sagrado. El ser humano es ser humano, y así como yo me oponía a las muertes de unos, también me oponía a las muertes de otros.
A principios de 1986 empezó a aparecer el tema de la Compañía. Yo creo este tema que apareció muy movido por el ejemplo de los jesuitas que yo conocía. Diría que hubo un estilo de vida, una preocupación social, preocupación por el otro. Yo veía hombres jugados, entregados, profundamente enamorados de Dios pero a la vez profundamente humanos, profundamente hombres. Y eso hizo que desarrollara una búsqueda. Tú te das cuenta de que hay algo ahí, en ese modo, en ese estilo de vida que a uno lo comienza a seducir. Para mí ese fue el puente para desarrollar una amistad profunda con Dios y empezar a darme cuenta de que Él también me llamaba. No le di muchas vueltas. Lo conversé con algunos jesuitas, hice un retiro chiquitito y postulé en agosto del año 1986. El 13 de octubre me aceptaron, y el 6 de abril de 1987 entraba a la Compañía. Mi vocación es muy simple. Yo llegué al sacerdocio movido principalmente por un estilo de vida que quería seguir. Me sentía llamado por Dios, pero a través de una vida que me empezó a seducir. Me sedujo ir a las casas de los jesuitas, conversar con ellos, darme cuenta de que eran tipos que tenían ideales grandes, que hablaban de la fe y la justicia, que hablaban de un Dios encarnado, de un Dios que se comprometía. Todas esas cosas empezaron a tener un eco sumamente fuerte en mi vida. Debo reconocer que Dios no se me reveló a través de un retiro, de una experiencia mística... a mi no me pasó eso. Yo me sentí enamorado de un estilo, de una forma, de un sueño, de un modo de ser. No me pregunté mucho qué iba a pasar, si me quería casar… yo me enamoré de un sueño. Después en el camino me fui dando cuenta de que había un montón de cosas que tenía que resolver. Pero debo reconocer que hubo un algo, un quehacer, que me sedujo profundamente, y hasta el día de hoy. Una vez que me aceptaron, empezaron todas las despedidas. Postulamos juntos con Andrés Lira. Y estuvimos en despedidas desde octubre hasta abril… yo creo que después de eso nunca más aceptaron a alguien en octubre. Fue duro no sólo por la espera. Además andas con la guardia mucho más baja, te enamoras, empiezas a pinchar… de hecho en un momento yo me dije, “capaz que me haya equivocado”. Pero fue bueno ese tiempo, porque uno siente que no deja de ser hombre. El tiempo en que yo estaba aceptado en la Compañía y esperando para entrar, me di cuenta de que no por el hecho de ser jesuita o de entrar a la Compañía iba a dejar de ser hombre. Seguía siendo hombre, seguía teniendo la capacidad de amar, de dejarme amar por otra persona. Me seguía gustando estar con mis amigos, conversar, seguía amando profundamente el mundo en el cual vivía… fue bueno descubrir eso.
El primer día, ese día domingo,
yo me di cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando fueron todos los amigos
y nos dejaron, nos fueron a despedir, me di cuenta de que efectivamente
lo que venía para adelante era un cambio profundo en mi vida. Siempre
me acuerdo cuando fui a dejar a un grupo de amigos a la puerta y cerré
el portón de Hannover (una casa ubicada en la calle Hannover donde
estaba el noviciado jesuita), fue la sensación de haber cerrado
una etapa en mi vida. No necesariamente los iba a dejar de ver, pero sí
se cerraba una etapa en mi vida. Esa cerrada de portón me marcó
un mucho. Uno se da cuenta de que para ser jesuita, no tienes que estar en estado de perfección o de santidad, sino que la Compañía te acoge como tú eres, con tus virtudes, con tus defectos. La Compañía te acompaña en tu vida, y en eso es bien impresionante el ir descubriendo con la vida cómo la Compañía de Jesús es una verdadera madre, que respeta tus tiempos, tus procesos, tu propia identidad, tus gustos. Si bien compartimos una espiritualidad, una marca, es un sello que te hace libre. Tú distingues claramente a un jesuita de un no jesuita. Pero dentro de ese cauce encuentras una amplitud impresionante. Desde un hermano que en silencio arregla la sacristía, limpia los cálices, hasta jesuitas que están metidos en el mundo de los medios de comunicación, jesuitas que se dedican a estudiar, a acompañar a un pueblo, como el pueblo mapuche, jesuitas que se dedican a rezar, historiadores, filósofos… hay un respeto por la persona dentro de la Compañía que hace que uno despliegue al máximo sus habilidades y su vocación. Dentro de la Compañía, la vida de uno adquiere un sentido super fuerte. La vida se ordena en torno a un sentido. Al recordar mi tiempo de estudiante, la sensación primera que tengo es de felicidad. De haberlo pasado bien con mis compañeros, disfrutado profundamente la vida en comunidad, nuestra vida apostólica, los ratos de oración, las lecturas, las conversas… esto de sentirte en un grupo de hombres que están soñando juntos algo. El mes de ejercicios del noviciado es tremendamente marcador. Del Dios que entra en la vida, que habla en la vida, que se queda definitivamente en la vida, pese a lo que haya en esa vida. Esa experiencia del Dios presente te da una libertad enorme. Si hay algo que me gusta de ser sacerdote, es hablar de Dios. Y hablar de Dios es volver a esa experiencia de los ejercicios. Qué maravilla es poder comunicar a un Dios que libera, que salva, que quiere, que se pone de parte de uno. Eso es tan sanador, tan estimulante, es un Dios que te mueve hacia adelante. Que te mueve a acostarte cansado en la noche, pero feliz, a levantarte en las mañanas medio cansado, pero con ganas…bueno, ¡eso es estar enamorado!
Cuando terminé mi primer año de teología vivía en Barroso. En ese tiempo todos andábamos medios nerviosos, nos tocaba el magisterio, la primera gran misión que te encomienda la Compañía. Todas las conversaciones de pasillo… oye me van a mandar a Antofagasta, me podría ir a Puerto Montt… me encantaría hacer esto… había una búsqueda muy fuerte de irse a las parroquias, a los sectores populares. Me mandó a buscar el provincial. Me dice que estaba pensando mandarme a España. Jamás se me hubiera ocurrido España, si te mandaban para afuera en esa época era a Estados Unidos. Fui a hablar con José Antonio Aldecoa, un jesuita vasco que me hizo clases de filosofía. Siempre me acuerdo que me pasó un mapa del país vasco. Yo me estudiaba el mapas en las noches, estaba super entusiasmado. Era realmente un premio inmerecido. Empezó una aventura nueva en mi vida. Llegar a una provincia distinta, con un genio muy marcado por ser la cuna de la Compañía. Conocí jesuitas espectaculares. Ahí me di cuenta de que la espiritualidad ignaciana y los ejercicios templan un talante tan claro. Me tocó trabajar en Vitoria, la capital del país vasco, en un colegio politécnico de unos mil alumnos. Yo era una especie de director de ciclo, a cargo de los segundos y terceros medios. Fue un tiempo de meterme en los colegios, de conocer una cultura distinta, de entrar en el mundo de esos chiquillos de extracción popular del país vasco. Junto al el rector buscamos hacer un colegio más humano, más jesuita, pero que era bastante público. Fueron tres años de mi vida que me marcaron mucho. Vivir en una comunidad de jesuitas bastante mayores, hacerse cargo de los viejos, escuchar sus historias, darse cuenta de que la Compañía tiene cientos de años. Saber que hay jesuitas que han entregado su vida. Sentirse parte de un cuerpo que es mucho más grande que uno, que su comunidad o que su provincia, que es el cuerpo universal. Conocí también por dentro la pobreza. Vivir en una comunidad de sacerdotes que ya terminaron la formación, ver las pobrezas, reconocer nuestra propia debilidad. Te ayuda a vivir en una Compañía mucho más real, mucho más verdadera. Darse cuenta de que uno está llamado a esa Compañía, no a la idealizada en los documentos o en la oración, sino que a una Compañía real. Tomé contacto también con mis propias debilidades, con mi propia humanidad. Me sentí perdonado por la Compañía, que siempre vuelve a apostar por uno. Me costó mucho irme de España. Dejar a todos los amigos, el colegio, esa provincia que es tan pobre en vocaciones. Volví a Chile a terminar la teología en la Universidad Católica. Me sentía un poco perdido, no conocía a la gente nueva, se hablaban cosas que yo no tenía idea… pero rápidamente me reinserté en la teología con mis compañeros. Cuando terminé y di mi examen de grado, partí a Inglaterra para hacer mi postgrado en ciencias políticas por dos años y medio. Fue un tiempo 90% volcado en los estudios, con un ritmo muy exigente. Mi vida se redujo a la biblioteca. Fue enriquecedor en la parte intelectual, las ciencias políticas me dieron muchas herramientas para entender el mundo, sus procesos, su organización. Tener tanto tiempo para pensar es un regalo, un privilegio. Yo creo que en el primer mes de Oxford leí lo que había leído en toda mi vida.
Al terminar mis estudios en Inglaterra, volví a Chile para trabajar en Infocap. De eso hace ya cuatro años. Yo venía de Loyola, de la reunión de provinciales donde me tocó trabajar como traductor. El provincial chileno me comentó que tenía la posibilidad de volver a España, y que la otra posibilidad era irme a Infocap. Pese al cariño que le tenía a España, para mi Infocap era una alternativa super seductora. Por el tema de la promoción de los más pobres, del trabajo, me parecía una propuesta “subversiva”, era una institución pionera en el sistema educativo, que combinaba los mundos de los trabajadores, de los universitarios, los empresarios y los políticos. Finalmente me destinaron a Infocap. Llegué en julio del 2001. Me fueron a buscar al aeropuerto mis compañeros de comunidad jesuita, Fernando Montes y Felipe Berríos. A los pocos días me ordené de sacerdote, el 10 de agosto. Al día siguiente asumí la dirección de Infocap. Aquí me toca hacer de todo. Pensar la institución en el presente pero sobre todo en el futuro. Acompañar a la gente, a los equipos de trabajo. Hay un dinamismo interno bien fuerte; el mundo de los pobres es rápido, volátil. Constantemente hay que estar pensando, elaborando, rediseñando. Tenemos más de 800 alumnos que tienen en promedio 29 años, $35.000 de ingreso y siete años de escolaridad. La malla curricular es completa, con talleres, clases de tecnología, lenguaje, matemáticas, microempresa, desarrollo humano y dos cursos electivos. Es un mundo fascinante, desafiante. A uno como jesuita lo exige en su totalidad, en cuanto a creatividad, cariño, cercanía. Hay que estar leyendo constantemente del tema laboral, del tema de los pobres. Para entender sus vidas, su contexto, hay que saber qué está pasando en el mundo. En Infocap estoy todo el tiempo con los pobres. Aquí me hago amigo de la gente, conozco las historias de ellos, su vida. De verdad uno se sorprende. Uno se pregunta cómo pueden seguir viviendo, cómo pueden seguir creyendo. Cómo están invirtiendo un año de su vida en educación, después de todo la historia que tienen para atrás. Son historias duras… Esto cuestiona mucho tus creencias, lo que tú entiendes por lo católico, tu vida religiosa. La vida de ellos te obliga a salir de tí mismo, y esa es nuestra fe. Y Esa es la fe de los cristianos, salir de nosotros a entregarnos por el mundo, por la humanidad. Te revuelve las vísceras estar acá, uno no queda indiferente. Uno se va a la cama con los problemas de la gente. No me genera rabia, sino que impotencia. La rabia es conmigo mismo porque me canso muy rápido. Me dan ganas de tener una pila más larga. Lo que más me ha costado en este trabajo es entender la dinámica de la pobreza. Entender cuál es la verdadera necesidad del mundo de los pobres. La gente no sólo necesita tener un oficio para trabajar. Te das cuenta en el camino que eso es casi un punto final. Para que la gente de verdad pueda ejercer los oficios, hay toda una dinámica interna previa, humana, que tiene que ser sanada. Los pobres no tienen ciudadanía. Hay un problema de identidad, de autocomprensión, de pertenencia, de vínculos. La pobreza destroza todo eso. Entonces el tema es cómo Infocap, por medio de su propuesta educativa, va reconstituyendo esa identidad, esos vínculos de pertenencia. Yo nunca he sido muy bueno para rezar, pero Infocap te exige rezar. Y finalmente no rezas tanto por ti, sino que rezas porque tu trabajo, tu misión, te exige rezar. Ahí uno se da cuenta de que la oración no es el punto de partida, sino que el punto de llegada de nuestra fe. La fe nuestra te mueve de la acción a la oración. Ver gente que llegó a Infocap sin leer ni escribir, y que después de un par de años leen, que escriben, eso es una maravilla. A mí me impresiona el caso de una niña joven, super linda, que me contó su vida. Cuando tendía dos meses la encontró una señora en un basural, ella la crió hasta los tres años y la mandó a pedir a las calles. Ella me dice “yo padre me eduqué en la calle desde los tres años hasta los quince. Y llegué a Infocap por pura suerte, y aquí he vuelto a ser mujer, he vuelto a creer, a tener esperanza, estoy aprendiendo a leer y a escribir”. Esas mutaciones de vida a uno lo marcan. Aparte de Infocap, la Compañía me ha asignado otras responsabilidades: Un Techo para Chile - Secundarios, el trabajo en colegios que no son de la Compañía y la coordinación del área social de los jesuitas. En Un Techo para Chile soy capellán del equipo secundario. Estoy a cargo de todos los trabajos que se hacen con los chiquillos de colegios: los acompaño en los trabajos de verano, invierno, seminarios y otras actividades. Un Techo para Chile me hace poner un pie en el otro extremo. Infocap me tiene metido en el mundo de los más pobres, y en Un Techo yo me voy hacia el otro mundo. Soy testigo de la generosidad de los voluntarios, de los deseos y las búsquedas que tienen ellos. Son jóvenes que no se quieren quedar de brazos cruzados. Es impresionante verlos, con sus códigos, con sus mundos, partir a trabajos, la generosidad, el construir la mediagua, tratar de que la casa quede impecable, conversar con la señora. Verlos reflexionar, discutir, soñar, como se emocionan… Me gusta mucho formar a los chiquillos. Ayudarlos a que piensen, que se cuestionen. Me gusta ver cómo descubren a un Dios muy distinto en Un Techo para Chile. Empiezan a vivir una fe profunda, sólida, anclada en el mundo. El trabajo en los colegios es muy sacramental. Me toca hacer muchas misas, confesiones, liturgias, dirección espiritual, acompañar retiros. Estoy en los colegios Padre Hurtado y Juanita de Los Andes, Carampangue, Monjas Inglesas, un poco en el Villa María. Y también voy a otros colegios a veces, donde me toca ir por Un Techo para Chile. Para el próximo año tenemos un proyecto con los colegios municipalizados de La Florida, que me tiene muy entusiasmado. Este trabajo como sacerdote me llena profundamente. Aquí puedo compartir la experiencia de Dios. Yo busco que los chiquillos crean en un Dios que he ido conociendo a lo largo de mi vida, que me ha seducido, me ha invitado, desafiado. Disfruto profundamente cuando veo que ellos son capaces de romper la imagen del Dios titiritero, vigilante, moralista, y se abren a una experiencia de Dios más humana, de la misericordia, de un Dios que se metió en el mundo. Ver cómo la oración los va liberando es impagable. Como coordinador del área social de la Compañía de Jesús, me toca reunir a los directores de toda las obras sociales de los jesuitas en Chile: el Hogar de Cristo, Un Techo para Chile, En Todo Amar y Servir, Rostros Nuevos, la misión mapuche, etc. Nos juntamos cada dos meses. Hemos ido generando un espacio para compartir juntos la misión, las decisiones, de buscar consejo para tener una dirección mucho más compartida. El desafío más grande ha sido generar cuerpo, necesidad unos de otros. Los jesuitas somos super trabajólicos, nos metemos en nuestra obra y trabajamos, y eso hace que nos olvidemos que hay otros al lado que están pensando en lo mismo, trabajando en lo mismo. Entonces esta área nos ayuda a tener una visión de cuerpo, para ver hacia dónde vamos como Compañía en las obras sociales, cómo promovemos como Compañía la fe y la justicia. La Compañía me ha abierto un mundo enorme, me ha hecho entusiasmarme con un desafío precioso que uno ve por delante. Me ha ayudado a querer el mundo en el que vivimos, que tiene sus cosas buenas y malas, pero es el mundo en el que habita Dios. Tener una visión optimista, alegre. Le agradezco a la Compañía el haber pasado gran parte de los años de formación y cura al lado de la gente más pobre, más sencilla. Compartir su vida, sus penas, luchar por ellos. Uno agradece mucho la imagen de Dios que camina con uno en la vida. Un Dios humano, un Dios cercano, un Dios entregado, que no se mira el ombligo, que no le tiene miedo al mundo, a la modernidad, a la globalización, que no le tiene miedo a los procesos que vive el ser humano. Un Dios encarnado, que vive en la historia. Le agradezco a la Compañía los largos años de estudios. Estudiar tanto ayuda a tener una visión más profunda, menos simplona de la vida. Saber que vivimos en un tiempo fascinante pero complejo, que requiere pensar, discernir, rezar, darle vueltas, leer mucho. versión para imprimir |
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